A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Quisiera decir, sin ánimo de alarmar, que quien no conoce o no se ha entrometido en la biografía de José Fouché se ha perdido de un ángulo bastante apreciable del carácter humano, un retrato abusivo y preciso creado desde la perspectiva literaria del poder y de la fábula histórica. Ahora bien, yo me refiero, en este caso, a la biografía que del político francés escribió Stefan Zweig, a quien considero, con excepción de R. W. Emerson y un par más, uno de los más delicados, imaginativos y sagaces relatores de vidas ajenas que haya yo leído a lo largo de mi considerable cantidad de años. La malicia política, la capacidad de comprender a sus enemigos, su ausencia de ideales, de pudor, y también su buena fortuna hicieron que Fouché nos dijera desde su tumba, en pleno siglo XXI, que la Revolución francesa jamás ha sido llevada a cabo, y que la guillotina, el terror, la acusación expedita se enaltecieron y practicaron por encima de los deseos republicanos y del desprecio hacia la monarquía. Los enfrentamientos de Fouché con Robespierre, Talleyrand o Napoleón, de los que emergió siempre victorioso, son una lección cuyo sentido imperante es que el idealismo político es una tontería, un pretexto para que las pasiones se revistan de inteligencia y fe de servicio, y los depredadores más cautelosos consigan sobrevivir en medio de las batallas civiles.

Ilustración: Kathia Recio

Aunque Fouché ocupó una silla en la Asamblea y fue un fustigador de la monarquía divina, no le importaban los ideales de la Revolución. Sus ánimos asesinos se saciaron en nombre de la libertad del pueblo y en contra de los hostigadores de la nueva época. Tanto que llegó a ser conocido como el Ametrallador de Lyon y dueño de una de las frases más crueles de la lucha armada francesa: “La guillotina mata demasiado despacio”. La figura de Fouché, hoy, es importante como lección histórica y estímulo para el escepticismo revolucionario. Zweig lo dibuja como un hombre en apariencia apocado, moderado, amante de la intriga y del compromiso ambiguo. Su militancia entre los girondinos y sus desplazamientos al jacobinismo fueron actos naturales y coherentes con su desagradable personalidad y su falta de espíritu renovador. Es recordado como un maestro del espionaje, la conspiración y por bajar la cabeza ante el poder, pero siempre con el propósito de esperar otra oportunidad e imponerse de nuevo.

Pero la vida de Fouché puede ser revisada leyendo a sus biógrafos. Lo que deseo comentar en estas líneas es el asombro que aún me causan los verdaderos cínicos, no los que se a ven a sí mismos de esa manera, sino quienes no tienen empacho en pasar de un bando a otro teniendo en la mira sólo su propia conveniencia, ejecutando la comedia política con una pericia escalofriante y una habilidad que sólo les es otorgada a los mediocres, a los que insisten en ostentar un poder a pesar de todas las humillaciones sufridas, de las derrotas escandalosas y también silenciosas, de las genuflexiones premeditadas. La Revolución francesa fue un pretexto para que los espíritus más temperamentales se expusieran y se inmolaran; para que los más recatados y calculadores obtuvieran beneficios personales y ascensos. Lo que de ninguna manera representó esa lucha armada fue el ideal de la Ilustración y la liberación de las masas de la ignorancia y del poder dictatorial. Esa revolución nunca tuvo lugar, en cambio sobreviven todavía quienes han lucrado en su nombre y en su arcadia. El libro de Zweig es una vitrina del temperamento político más ruin y por tanto demasiado humano: por ello eligió a Fouché como pasajero de un barco cuyo rumbo lo proponía su beneficio personal, su corrosiva envidia y su capacidad de conspirar a la sombra.

El político sagaz, el más astuto tolera los ideales de progreso, los aplaude, se vale de ellos, permite que obtengan algunas victorias, pero, sobre todo, sabe que lo único que puede hacer un hombre es acumular, acrecentar, administrar su poder con el único fin de sobrevivir y tener honores; inventarse un personaje; tejerse una investidura; dejarse de achaques idealistas.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

Un comentario en “Política y guillotina

  1. Sin la Ilustración no existiría ni la educación universal ni el fin de la tortura ni el fin de la pena de muerte.