En el número 143 de nexos, Alvaro Ruiz Abreu publicó un avance de la biografía que ha escrito sobre José Revueltas. Hacia el fin del texto, reconstruía la despedida de los camaradas José Revueltas y Evelio Vadillo en Moscú, en 1935: “Se despidieron con un efusivo apretón de manos comunistas. Revueltas volvió a México. Vadillo se perdió esa noche en la oscuridad del estalinismo; misteriosa e inexplicablemente desapareció, hasta su regreso a México enfermo, prematuramente envejecido; tal vez venía de los campos de concentración del estalinismo y, más que decepcionado, arrepentido de haber puesto en duda alguna vez la redención del hombre en el socialismo. Volvió a su país tan sólo a morir”. Llevado en parte por este párrafo, Héctor Aguilar Camín escribió un relato ficticio, pero hecho bajo la forma del testimonio, sobre José Revueltas recordando a su vez a El camarada Vadillo. Este relato se publicó cinco meses después, en nexos 147. Al parecer, hay muchas personas más interesadas en encontrar a Evelio Vadillo: reconstruirlo, explicarlo, en cierto modo resarcirlo, completar esa vida que aún no acaba de volver del confinamiento. Poco después de publicado el texto de Héctor Aguilar Camín, él mismo recibió estos documentos en forma de carta, que siguen en busca de Evelio Vadillo.

Estimado señor Director:

Leí con entusiasmo y una especie de extraña nostalgia, su excelente artículo “El Camarada Vadillo”, publicado en nexos 147. Cualquiera pensaría que se trata de un relato inventado por Revueltas. Desgraciadamente no es así.

Conocí la historia de Evelio Vadillo en Moscú, a partir de una carta que envió a Antonio Carrillo Flores, en mayo de 1980, un viejo compañero de la “Escuela de Jurisprudencia”, el abogado Adolfo Zamora. Carrillo Flores era entonces nuestro embajador en la Unión Soviética y yo un funcionario diplomático llegado hacía poco de Egipto.

Zamora, compañero de Vadillo en la Universidad hacia los años 1932-1934, solicitaba de su amigo embajador un expediente que supuestamente se hallaba en la Embajada y en el cual debía encontrarse -junto con otros papeles- un relato dirigido a las autoridades mexicanas, que Evelio habría escrito detallando “su odisea rusa”. Zamora preparaba un libro como homenaje a Vadillo y sentía que las circunstancias de su relación con él lo designaban deudor. Además, pedía el material con cierta prisa (“Mon petit avenir -decía- así lo demanda”).

Un día, mientras desayunábamos en el hotel “Cosmos” (Carrillo y yo solíamos ir a nadar ahí con frecuencia) Don Antonio me mostró la carta y me pidió localizar de inmediato los documentos. Esa mañana, luego de acompañar al Embajador a su automóvil, me quedé parado en la acera del hotel leyendo con incredulidad una y otra vez la carta, mientras observaba frente a mí el parque de exhibiciones de los “logros económicos de la URSS” (VdNK).

Desafortunadamente la búsqueda fue infructuosa; los archivos de esos años se habían concentrado hacía décadas en México, donde Zamora tampoco encontraba los esperados apuntes. Carrillo respondió a Zamora y le dio cuenta de nuestro esfuerzo sin resultados. Por mi parte, le pedí conservar una copia de la carta, que guardo hasta hoy en mis archivos y de la que envío a usted un ejemplar, pues me parece que ilustra parte de la vida de Vadillo en la URSS que la crónica de Revueltas -por las circunstancias de su reencuentro con el viejo amigo- no pudo recoger.

Como algunos amados personajes literarios y desde luego más allá de las ideologías, a partir de ese momento Vadillo se convirtió en una entrañable y respetada presencia en la Embajada, no sólo por la fatalidad de su destino, sino por la entereza con la que resistió esos duros años.

Por mi parte hice algunas averiguaciones y descubrí que Ernesto Madero, entonces Embajador nuestro en Polonia, había estado comisionado como joven diplomático en Moscú, cuando Vadillo se refugió en la Embajada, antes de su regreso a México. Comenté el asunto con Don Antonio e invitó a Madero a pasar la navidad de 1980 con nosotros en Moscú. El Embajador en Polonia asistió puntualmente y al término de la cena, entre platos de ate con queso que generosamente nos había preparado “Chabelita” a cocinera de la embajada habló de Vadillo y del viaje que por instrucciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores hizo con él a París por tren, para embarcarlo de ahí en un avión a México. Fueron varios días de convivencia y Madero nos recordó vivamente el relato de Evelio sobre sus años en la Unión Soviética.

Ernesto Madero se encuentra jubilado, pero en perfecta salud. En ocasiones lo encuentro por las mañanas, delgado y bien erguido, cuando va a dejar a su nieta al colegio donde asiste también mi hija mayor. “Dobre utra” (buenos días) me dice en ruso con alegría; “Dobre utra, señor Embajador”, e irremediablemente viene a mi memoria el caso de Evelio Vadillo, que dejará de perseguirme ahora que su extraordinario artículo lo ha obsequiado a todos nosotros.

Atentamente,

Ricardo Villanueva Hallal

México, D.F., a 2 de mayo de 1980.

Sr. Lic. don Antonio Carrillo Flores.

Embajador de México.

Moscú. URSS.

Estimado Antonio:

Me pregunto si conociste y en su caso, si recuerdas a Evelio Vadillo Martínez, estudiante que fue de Leyes hacia los años 1932-34 en nuestra escuela. Por lo demás, no importa cuál sea tu respuesta a tal pregunta para los fines que motivan esta carta; preferiría, claro está, que en ti hubiera por él alguna simpatía personal de principio; más en fin…

Vadillo, nacido en Ciudad del Carmen, Camp., fue entonces amigo mío, recién vuelto yo de Francia. Estudiaba Leyes, como yo, pero al mismo tiempo era él miembro del Partido Comunista, y tan sobresaliente que había decidido no recibirse, al término de su carrera, por no ofrecer su diploma universitario como blanco a los ataques de quienes se oponían a la ambición suya por llegar a la secretaría general del partido. Temía ser tachado de “intelectual pequeño burgués. (Ya conoces el esquematismo mental de esas personas).

El señor Hernán Laborde era entonces secretario general del PC y por tanto su adversario electoral. Este, para quitarse de encima a Vadillo, urdió, contra él, ayudado por sus cofrades extranjeros, una conminación de éstos que lo obligara a viajar fuera de México, en misión de estudios teóricos y prácticos de política revolucionaria. Contra su voluntad -como a mí me lo confió- Vadillo dejó su patria y se dirigió a la Unión Soviética, en marzo de 1935, cubierto con un pasaporte falso. Llegó y se internó en el sitio designado. 

No tenía mucho tiempo de residir y estudiar en el Instituto Marx-Engels, cuando en el muro de un retrete del plantel apareció una leyenda que decía: “Viva Trotsky”. Esta le fue imputada y se le sometió entonces al juicio de una asamblea de los residentes del centro.

Entre ellos se encontraba su compañero de cuarto, otro mexicano a quien apodaban “La Chiva” (ignoro su nombre). Pues bien. en ra asamblea. “La Chiva” cubrió a Vadillo de improperios: renegado, perro, etc. Total, Vadillo fue llevado por los agentes espías del instituto a la estación de policía correspondiente; y el jefe policiaco del lugar lo condenó, sin trámite alguno, a 5 años de campo de concentración y a 5 de relegación en Alma Atá, en la Rusia oriental. Fueron sus primeros 10 años de sufrimiento.

Salido del gulag, en Alma Atá llevó vida marital con una admirable mujer, viuda de guerra, que lo albergó en su casa y le ayudó a encontrar trabajo en una fábrica de zapatos. Años después, riendo, me confiaba Evelio que a los seis meses de tener empleo, era ya jefe de departamento en la empresa, tal era el nivel de capacidad del personal.

Terminada la relegación, con los ahorros que había logrado reunir, pero sin pedir pasaporte interior, tomó el ferrocarril hacia Moscú, para allí, de la embajada, gestionar su visa de salida del país, cosas ilegales ambas, como tú sabes. Apenas iniciado el viaje, le robaron el dinero, boletos, etc. Vuelta a Alma Atá.

Y vuelta a juntar rublos. Cuando pudo otra vez hacerlo, tomó de nuevo el tren y llegó a Moscú a principios de junio de 1947. Se dirigió a la embajada mexicana y pidió asilo en ella. Era embajador don Luciano Joublano Rivas. Empero, como Vadillo era de tez, cabello y ojos claros, hablaba mal el castellano después de 12 años de no practicarlo, y su atuendo era el de un campesino ruso, incluso los pies, envueltos en periódicos, la gente de la embajada se resistió por un lapso a creer el relato del refugiado. Para comprobar su origen mexicano, Vadillo dio como referencias personales en México, a Carlos Zapata Vela y a mí. Ambos corroboramos su dicho ante la Secretaría de Relaciones Exteriores, que nos interrogó.

El embajador lo alojó entonces en el sótano de su sede; y comenzaron ambos a gestionar el visado de salida para él, ante el Ministerio de RREE de la URSS. Todo fue inútil. Los funcionarios soviéticos rehusaron el visado una y otra vez, alegando que la solicitud de éste debía ser formulada ante las autoridades respectivas del lugar del domicilio legal de Vadillo: Alma Atá. El embajador gestionó el documento incluso por notas y conferencias con el señor Molotov, entonces ministro del ramo. Nada obtuvo.

Cansado de esperar en el encierro del sótano, sin perspectiva alguna de éxito, Vadillo decidió salir de allí, marchar de vuelta a Alma Atá, y gestionar en este lugar su visado.

Poco después de llegar a tal ciudad, próxima de la frontera con el Sinkiang chino, como sabes, mientras comía en un restaurante oficial, un vecino de mesa comenzó a provocarlo, incluso con insultos soeces. Vadillo me refería cómo había logrado él resistir un buen rato la provocación, adivinando que se trataba de un agente especial de la G. P. U. -hoy K.G.B.- que buscaba el pretexto necesario para prenderlo. Sin embargo, pasado un tiempo, la sangre campechana pudo más que su prudencia, y descargó un bofetón en la cara del polizonte. Detención, cárcel y proceso, en el que se le acusó de ser “espía mexicano” (sic). Fue condenado a diez años de reclusión; y se le envió a una cárcel en Krasnoiarsk, a orillas del río Jeniséi, si no me equivoco, al oriente de Moscú.

En ese sitio conoció a varios profesionales e intelectuales rusos y extranjeros. Uno, ante la reticencia de Vadillo a hablar con franqueza, le dijo, “no tema usted conversar libremente aquí; en lugares como éste está la única gente honrada que hay en este país”.

Ligó amistad con un prisionero austríaco, ingeniero él, creo yo. Ambos intercambiaban enseñanza de sus idiomas nativos.

En 1953, muerte de Stalin. El deshielo de Malenkov y luego de Jruchov. El austriaco es puesto en libertad. Llega a Viena y de allí escribe a la Secretaria de RREE de México dando cuanta información poseía de Vadillo, a quien, perdido todo contacto con él desde la embajada, daban por muerto, lo mismo autoridades que amigos de México.

Unos y otros comienzan nuevamente las gestiones para sacarlo de Rusia. Y hacia principios de 1955, las autoridades de allá lo sacan de Krasnoiarsk y lo llevan a una dacha de los alrededores de Moscú. En ella lo ponen en engorda, lo visten de catrín; y al cabo de dos o tres meses, lo entregan reconstruido a la embajada, con el permiso de volver a su patria. En el momento de embarcar en el avión que lo llevará a Paris, para de allí tomar el de México, le regalan una cámara fotográfica “Kiev” -que después él me obsequiaría-, una lata de un kilo de caviar -que aquí comeríamos juntos- y una botella de vodka -que también a medias consumiríamos él y yo con el caviar-. Todo eso en compensación a veinte años de sufrimiento…

Llegó a México el 16 de octubre de 1955, por la noche. En el aeropuerto, mi esposa y yo lo esperábamos, acompañados por el señor Crespo de la Serna, funcionario de la Sría. de RREE, hermano de Jorge Juan, el crítico de pintura.

Fue Vadillo el último en bajar del avión. Temíamos ya que no estuviera en él. Y cuando pudimos recibirlo, fue Crespo quien lo reconoció. A mí me pareció uno de esos comunistas arquetípicos que dibuja Abel Quezada: el traje mal cortado y peor ajustado, con bolsas de holgura involuntaria; y el sombrero redondo, hundido hasta las orejas. En fin, era Evelio que volvía a casa. Del aeropuerto (ya sin Crespo) lo conduje al departamento de su hermana Maria, en Tacubaya. Conversamos, tomando caviar con vodka, hasta tarde en la noche. Nos citamos días después. La rutina de su vida mexicana recomenzó.

En un hotel de la calle de Uruguay, arreglé para él una conferencia de prensa. El 15 de noviembre de 1955, se efectuó la reunión. Los diarios le dieron poca importancia a los hechos y dichos de Vadillo. Al fin y al cabo, sus desdichas no eran más que el pan cotidiano del mundo político en el que él había decidido confinarse.

El 4 de junio de 1957, cursó Vadillo un memorándum al secretario de Relaciones Exteriores, pidiéndole se reclamara una explicación del gobierno soviético respecto de su conducta perjudicial contra un nacional mexicano. Mandó copia del ocurso al presidente Ruiz Cortines. Ignoro si el señor Padilla Nervo gestionó algo en respuesta a lo pedido por Vadillo. Creo que no.

En mayo de 1958, de un síncope cardiaco, éste muere en un café de la calle de San Juan de Letrán, adonde había entrado, cuando le daban bola en la acera para asistir a una cita importante, a pedir un vaso de agua-que tomó-porque sentía un cierto malestar. Se dijo que la G. P. U. Lo había asesinado, porque supo-cosa cierta-que V. escribía las memorias de sus penalidades en Rusia. Sin embargo, parece que no, que éste no fue un crimen oficial, según testimonio de su hijo Evelio Vadillo Gutiérrez, ahijado mío.

Toda esta larga historia, Antonio, me lleva al meollo de la carta que lees.

Mientras estaba refugiado en el sótano de la embajada mexicana, Vadillo escribió un relato de su odisea rusa, destinado a las autoridades mexicanas; y llenó algunos otros papeles, todo lo cual formó un expediente que obra en el archivo de la embajada que ahora se halla bajo tu sabia potestad.

Como procurador de mi ahijado Evelio hijo, ahora próspero hombre de negocios y de familia, residente en Mazatlán, Sin., y con mi propio derecho a una información ya inocua por el paso del tiempo, me he acercado al subsecretario Rosensweig Díaz -de cuyos padre y tío fue amigo- para pedirle fotocopias costeadas por mi de los documentos constitutivos del expediente Evelio Vadillo Martínez de la embajada de Moscú. El ha ordenado a mi amigo Javier Wimer, director del archivo general de la secretaría, que proporcione lo que pido. Empero, Javier me dice que habiendo buscado en el archivo general de aquí, no ha encontrado expediente alguno referente a Vadillo; que éste debe hallarse en el archivo de Moscú, y que la orden para indagar, sacar las fotocopias y enviármelas debe ser dada por el señor embajador, a quien ahora me dirijo.

Al solicitarte ayuda en esto, Antonio, no me mueve otra cosa que el deseo de llevar a buen fin, una “Semblanza de E. V.” que he comenzado a escribir, con el beneplácito y colaboración de Evelio hijo, como un homenaje que alguien debe rendir al hombre de vida y pensamiento concordantes, puro y generoso que fue Vadillo. Me parece que las circunstancias de mi relación con él me designan deudor, y debo pagar. Ayúdame a hacerlo.

Espero con cierta premura tu respuesta. Mon petit avenir, como decía una dama mi amiga (Q.E.P.D.), así lo demanda.

Gracias anticipadas. Tuyo,

Adolfo Zamora