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Tuve la suerte de ser amigo de Ignacio van Aerssen, artista español que vivió muchos años en Ciudad de México y que murió prematuramente hace poco más de un año. Ignacio amaba y odiaba a México como el que más —el país nunca le fue indiferente—, y en los desayunos que hacíamos en el Sanborns de San Jerónimo seguido comentábamos situaciones y costumbres notables o curiosas. Yo aprendía siempre de su perspicacia y sentido del humor extraordinario.

Ilustración: Patricio Betteo

Una de las observaciones ignacianas que más se me ha quedado, tanto que hasta me acuerdo de los huevos rancheros que me estaba desayunando cuando la dijo, iba más o menos así: “En este país a la gente la conmueve el perro que toca el piano”. Y me explicó que mientras en Europa la gente se emociona con un pianista que toca el piano —o sea, con un ejecutante que ha sido entrenado puntillosamente—, en México se celebra al autodidacta y al ejecutante que no tiene los insumos indispensables para realizar su tarea a plenitud.

Y me dio ejemplos de algunas de las escenas que más emocionan a los mexicanos: la del mecánico que arregla el motor con un alambrito; o la niña campesina que dedujo sola los principios del álgebra porque en su colegio no enseñan nada de eso; o el músico que aprende a tocar a Liszt de oído, y con piano prestado…

Aunque pareciera ser un ejemplo de modestia, el síndrome del perro que toca el piano viene apuntalado por la vanidad: somos tan geniales que alcanzamos el firmamento sin invertir un peso en ingeniería aeroespacial, y si gastáramos en eso hubiéramos llegado a la luna mucho antes que Neil Armstrong. México tendría los mejores científicos, los mejores músicos, los mejores deportistas, los mejores mecánicos del mundo si así lo quisiera. No los tenemos porque no nos interesa o porque somos pobres o por la corrupción universal en la que vivimos. Pero si llegaras a dudar por un momento de que somos lo mejor del mundo, ahí está el caso del perro que toca el piano para demostrarte que tenemos un talento insondable; allí están los “niños genios” que aparecen cada año o dos en nuestros diarios y que ingresan a estudiar la carrera de Medicina en la UNAM con apenas 8 años de edad. Es que somos geniales, y si no nos esforzamos en entrenar pianistas poco importa, porque la genialidad nos sobra.

De modo que la fenomenología del perro que toca el piano va de la mano con cierto conformismo respecto a la falta de inversiones serias en educación y formación profesional. Y por eso cuando se llega a invertir en formación de alto nivel, inmediatamente brincan las acusaciones de elitismo: acusaciones de por qué la flamante escuela de música en que tanto dinero se invirtió rechaza a tantos aspirantes o por qué los conciertos no son gratuitos o por qué los que sí son gratuitos los tiene que pagar el gobierno cuando debería mejor gastar en otra cosa… A la gente le da también por preguntar por qué hay que pagarle al pianista que toca el piano, cuando todos conocemos a algún “perro” que lo tocará por unas cuantas croquetas… De modo que la glorificación del perro que toca el piano cumple con la doble función de paliar el orgullo nacional mancillado por tanta mediocridad y, al mismo tiempo, con evitar realizar los gastos e inversiones requeridas para que en el país haya suficientes pianistas.

Puesta al día la idea de Ignacio van Aerssen, la exaltación del perro que toca el piano es una modalidad de sentimentalismo patriotero que explica cómo llegó a suceder que se gastaran los fondos que estaban destinados a la investigación científica para mejor comprar una refinería en Houston. Total, ¿para qué tanto gasto y faramalla si sabemos que en México la ciencia brota solita de ese manantial inagotable que se llama “genio popular”?

 

Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

2 comentarios en “La fenomenología del ‘perro que toca el piano’

  1. Excelente, mi ignorancia no me permitía expresar para comunicar lo que pensaba. Gracias por compartir.

  2. Sus bromas las encuentro de mal gusto, sobre todo si se toma encuenta su curriculum académico: no todos los mexicanos desayunamos huevos rancheros, ni todos somos gordos y chaparros,etc., es decir, no podemos ser vistos con sus lentes de estereotipos. Es usted un imperdonable mal observador. En opinión de un experto
    indio en educación la sociedad mexicana es sofisticada a pesar de su deficiente sistema educativo.