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Vuelvo a un añejo texto de Michelangelo Bovero (“Kakistocracia: la pésima república”, 1996). Teniendo en mente al gobierno de Berlusconi, Bovero recordaba que Polibio, más o menos 150 años antes de Cristo, veía que las buenas formas de gobierno —monarquía, aristocracia y democracia— se convertían en su contrario: tiranía, oligarquía y oclocracia. La democracia resultaba una buena fórmula porque “era el gobierno de las leyes”, pero si degeneraba en la ilegalidad se “transformaba en oclocracia, el gobierno brutal de la plebe, de la muchedumbre, que al final ‘reencuentra un amo y un monarca’”.

Alberto Caudillo

Por su parte, Valentina Pazé se acercó al pensamiento de Platón y Aristóteles y encontró similares observaciones (“La democracia, ayer y hoy”). Dado que en democracia la mayoría decide quién debe gobernar y legislar, quien quiera hacerlo tiene que seducir a los votantes. Por ello, no resultaba ajena a la democracia la demagogia. “Un modo de hacer política de aquél que busca los consensos fáciles” (Aristóteles). Para Platón, el demagogo era “un adulador del pueblo” y “sabía adivinar los gustos y los deseos de las masas”. De hecho, democracia y demagogia, para él, resultaban sinónimos.

Para ganar la adhesión de los más, el demagogo no intenta elevar el nivel de comprensión de sus partidarios, más bien se dedica a alimentar sus prejuicios, simplificando, expresando lo que cree que lo conecta con ellos, mimetizándose con las emociones y nociones que están sembradas en la sociedad. Reniega, por inútil, del eventual papel pedagógico que puede tener la política y por ello ni siquiera trata de elevar el conocimiento de la mayoría. Por el contrario, explota el sentido común, le ofrece cauce y representación, y no le importa si lo dicho es verdad o mentira, si aclara o confunde, lo relevante es ganar la voluntad de los seguidores.

Luego de las últimas campañas, convertidas en una feria multicolor y vacía, plagadas de ocurrencias y gracejadas, con bailecitos “cotorros” y desfiguros lamentables, uno está obligado a volver, de una manera triste y resignada, a los clásicos. Porque se suponía que las campañas bien podrían ser útiles para elevar el horizonte de comprensión de nuestros problemas y al final proponer algunas soluciones o por lo menos soluciones a medias. Pero no. Al parecer, se trata de “conectar” con el “respetable” alimentando el mínimo común denominador.

Como si los partidos, coaliciones y candidatos se hubiesen puesto de acuerdo —salvo contadas y notables excepciones—, el conjunto de las campañas irradió desconocimiento, fatuidad, jolgorio impostado y memez. Como si en nuestra época no hubiera espacio para la deliberación fundada, los argumentos racionales y las evidencias. Y lo más preocupante es que quizá no sea solamente un asunto nacional, sino una tendencia universal y de gran aliento: la conversión del espacio público en un circo de múltiples pistas, cada una de ellas más frívola que las otras.

Hay, al parecer, una sobreexplotación de las emociones y un olvido de la dimensión racional. Por eso la musiquita, los bailes, la sonrisita, el sensacionalismo, la descalificación moral del adversario, la autoindulgencia y, en el extremo, la violencia. La consigna parecería ser: reduce la complejidad a un esquema maniqueo, ofrece una papilla fácil de digerir, aprende de los merolicos que tienen un imán para atraer a la gente, expresa con persuasión lugares comunes y entre más comunes mejor. Fúndete con los más.

Hay un efecto acumulado y al parecer imparable que se alimenta por los grandes medios de comunicación, las redes, la farándula y ahora por la política convertida en un espectáculo degradado y degradante. ¿Quién podría enfrentar esa espiral que todo lo trivializa? Ojalá tuviera siquiera un esbozo de respuesta.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

 

2 comentarios en “Oclocracia