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El proceso de desaparición de la Policía Federal e integración de sus elementos a la Guardia Nacional fue deshonroso y nada merecido. Me refiero aquí al descrédito y maltrato del que fueron objeto, y no así al despliegue y conformación de la Guardia Nacional, que amerita un análisis más profundo. Sus miembros fueron profesionales que sirvieron con lealtad —a pesar de los casos excepcionales de equivocaciones y abusos— durante un periodo de violencia e inseguridad exacerbada en México. Que la Policía Federal haya presentado vicios en su trabajo no debió traducirse directamente en un revanchismo en contra de sus miembros. Si se hubiera trabajado con los recursos humanos existentes, el retorno potencial pudo haber sido mucho más alto y efectivo que el actual.

Ilustración: Estelí Meza

El diagnóstico de Andrés Manuel López Obrador no fue completamente desatinado. Es innegable que la Policía Federal reiteradamente persiguió causas ilegítimas. Primero, no pasan desapercibidos los casos de García Luna y de otros funcionarios que sirvieron al crimen. Segundo, al igual que en otras instituciones como la PGR y el Cisen, con frecuencia se utilizaron recursos institucionales para atacar a opositores. López Obrador fue uno de sus objetivos centrales: el aparato estatal condujo investigaciones y, a veces, formuló acusaciones por su supuesto papel en el escalamiento de movimientos sociales. Uno de éstos fue el análisis criminológico por el “gasolinazo” de 2017 en el que la Policía Federal lo implicó como promotor de las protestas. No sorprende que López Obrador repudiara a la institución, pero es excesivo catalogar a sus miembros como carentes de disciplina y moral.

Aun ahora no sabemos si efectivamente hubo interés de incorporar a los policías en la Guardia Nacional. Alfonso Durazo sí elaboró un ambicioso plan para una policía civil, pero el gobierno se inclinó por delegar de último momento toda la responsabilidad a las Fuerzas Armadas. Entonces comenzó la improvisación. La cúpula de la recién creada Guardia Nacional, conformada en su totalidad por perfiles castrenses, comenzó a evaluar a los policías con parámetros arbitrarios —los lineamientos de incorporación no serían publicados hasta meses después—; es difícil imaginar su imparcialidad a la luz de la desconfianza militar en autoridades civiles. Los seleccionados como aptos tenían que conformarse con una reducción salarial, de prestaciones y días de descanso. Por el carácter tajante de la oferta, no suena exagerada la especulación de que, en realidad, se les trataba de disuadir.

Muchos optaron por la salida decorosa: tomar la liquidación y renunciar a sus aspiraciones. Otros fueron más determinados y lanzaron una ambiciosa movilización nacional en contra de la readscripción —que a la postre los condenó a servir como vigilantes en instalaciones federales. En cualquiera de los casos, es indiscutible que fue un proceso frustrante. Sin embargo, para quienes decidieron aceptar la oferta, la decisión salió más cara aún.

Los expolicías fueron menospreciados: tanto en el andamiaje legal —que establecía requisitos amplios y discriminatorios frente a sus pares castrenses— como en el trato una vez dentro. Personal que contaba con buenas credenciales fue relegado. A algunos se les instruyó realizar labores redundantes, mientras que a otros sólo se les ignoró. Peor aún, todo el aprendizaje institucional de la función policial quedó prácticamente en el olvido; lo que hoy rige son las tácticas militares.

No tengo duda de que el papel de la Guardia Nacional hubiera sido distinto, para mejor, en caso de haber buscado un acercamiento con personal de trayectoria de la Policía Federal y trabajar en objetivos comunes. Sin embargo, se perdió la oportunidad de contar con un cuerpo verdaderamente policial que tomara las riendas de la seguridad después del retiro de las Fuerzas Armadas de las calles.

 

Luis Alfredo Osnaya Hoyos
Licenciado en Derecho. Es integrante del equipo de consultores de Lantia Intelligence.

 

Un comentario en “Policía Federal ✘

  1. No se qué insistencia en ser de izquierda. U otra cosa, o una derecha reformada. Pero eso de ser progresista y/o de izquierda es una tradición a sí mismo y a la sociedad.