A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Aunque he circunscrito mi vida citadina a lugares a donde puedo llegar caminando, hace cerca de un mes el automóvil que me transporta distancias más largas dejó de vivir, sin motivo aparente. Mi exasperación me convirtió en un energúmeno; tanto tiempo tratando de no depender de una máquina y en cuanto ésta me fue necesaria, la mala fortuna se esforzó en darme una lección. En el siglo XXI, una caja de herramientas y ciertos conocimientos de mecánica automotriz no resultan ya suficientes para reparar la máquina una vez que se ha tirado al piso (tendría uno que llevar consigo otro auto de repuesto). La máquina se tira, como una vaca herida o un mamut atravesado por cien flechas, y uno sólo tiene la posibilidad de contemplarla allí, inanimada, como una pieza de museo, anclada a su materia inmóvil, a su maquinaria, la cual es hoy en día objeto exclusivo del conocimiento de expertos. Hoy, cuando sería justo —es decir, consecuente— que el saber acumulado durante milenios nos convirtiera en seres más independientes a la hora de pensar, vivir, reparar los daños y procurarnos placer, el propietario del vehículo o conductor tiene que, si quiere seguir en el camino junto a don Quijote, acudir a un especialista; a la empresa que le ha vendido la máquina, la cual es posible que se encuentre al otro lado del mundo o plantada en una red que constantemente amenaza con desaparecer; a la aseguradora, y a un sinnúmero de intermediarios que han secuestrado para su beneficio el objeto de nuestra supuesta propiedad. Los intermediarios llevan a cabo una función útil, sí, a cambio de la inmovilidad del cliente, rehén o víctima. Dice Alain Finkielkraut en Los latidos del mundo (Amorrortu, 2008) que Europa se ha vuelto vieja, pero que no se ve por ninguna parte a los adultos. Sucede algo similar en la Aldea Global: el adulto es el ser desplazado, un niño que sabe operar juegos electrónicos, pero que desconoce los mínimos rudimentos de la física. Una plaga de operadores no es precisamente el paradigma de la autonomía o de la libertad individual: más bien edifica un mundo de juguete.

Ilustración: Kathia Recio

El hábitat es atravesado por todos los frentes, tomado, abierto sin remedio por un continuo ejército de intermediarios, expertos y auxiliares que cumplen una función y sobreviven: operadores de un entorno que ellos no crearon, es decir, que no pensaron. Las televisiones, por ejemplo, ya no se reparan: se tiran a la basura. A falta de asegurar su existencia, la exigencia de privacidad se ha transformado en un asunto algo cómico: lo privado se empequeñece como una pelota de pimpón. Exigir privacidad mueve a la risa en nuestra época. Del ábaco a la computadora se ha tejido una paciente historia del despojo. Hoy, los soldados de la comunicación, la mercadotecnia, la publicidad y los expertos de toda clase entran y administran nuestros objetos útiles, antiguamente parte de nuestro conocimiento y de las habilidades comunes. Algo similar sucede en casi todas las instancias de la vida, sea en aspectos de salud, educación o de diversión inclusive: los soldados de la felicidad confían en un progreso que, hipotéticamente, les garantiza trabajo y un lugar en el mapa; por lo tanto, siguen órdenes de un capitán invisible: la corporación, el Estado, las modas. El mapa y el plano no representan la misma cosa: el primero está allí para que su contenido pueda ser recorrido con el cuerpo; el segundo para saber cuál es allí nuestro lugar y la función que cada uno debe desempeñar. La complejidad tecnológica tendría que hacernos más libres y dotarnos de tiempo para pensar o procurarnos un confort a la altura humana en vez de reducir nuestro horizonte creativo a ser limpiadores de establos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

Un comentario en “Mundo de juguete

  1. Bueno, los visionarios, que los hay, dicen que el automovil privado como lo conocemos tiene sus días contados y con ello la licencia para conducir, cosa que me provoca la visión de estar rodeado de armastotes inservibles en cementerio gigantesco de automóviles.