Para Alvaro Ruiz Abreu,

primer arqueólogo

inoficial de José Revueltas y, por tanto, del

camarada Vadillo.

El secreto de la verdad es el siguiente:

no existen hechos, sólo existen historias

Joao Ubaldo Ribeiro

Antes de que lo tomaran preso en 1968, el escritor José Revueltas vivió dos meses clandestino en la casa de Arturo Cantú, a unos pasos de la glorieta Mariscal Sucre. Esa glorieta se ha ido hoy de nuestra ciudad pero no de nuestra memoria, que vuelve nostálgicamente a ella y la recobra verde, casi negra de tantos árboles y jardineras, con sus escaleras de granito y sus leones de bronce protectores de la paz gritona de los niños. Una dicha vacuna y materna reinaba dentro del perímetro floral de la glorieta, separándola así, como a nosotros el 68 y a Revueltas su trenza de sueños para el futuro, de la verdad violenta y reaccionaria del mundo.

Arturo Cantú trabajaba en El Día, un periódico que en su momento, por simpatías presidenciales, ayudó a fundar el senador Manuel Moreno Sánchez, para que criticara al gobierno y rompiera la unidad conservadora de la prensa nacional, tan proclive a las notas solemnes de la ceguera oligárquica y a refrendar sus prejuicios en cocteles de la embajada americana. Cantú coordinaba la página cultural de El Día y era el autor secreto del palindroma más natural que registra el idioma castellano:

Sana tigre, vas a correr rocas a ver gitanas

Si ponemos aparte la mesura norteña del alma de Cantú diestra en la irónica frecuentación de los abismos, es difícil saber por qué Revueltas escogió su casona para refugio. Indiciado como reo peligroso desde la toma militar de la universidad, en septiembre de aquel 68, y buscado por todas las policías de la capital, acaso Revueltas sólo quiso poner en práctica la lunática sabiduría policiaca de aquel cuento de Poe, según el cual el mejor sitio para esconder algo es el que todos pueden ver. La casona de Cantú vivió su clandestinaje revueltiano del más aparatoso y visible de los modos. El pequeño estudio donde se instaló sobre el garaje en un rincón profundo de la casa, acabó siendo el más frecuentado escondite de la historia moderna, una especie de santuario laico por el que desfilaban los líderes prófugos del movimiento igual que los periodistas extranjeros ansiosos de una entrevista con el escritor perseguido, renovado gurú de la disidencia mexicana.

El corazón aventurero de Revueltas había empalmado sin esfuerzo con el trasfondo anárquico de la marea juvenil de los sesentas, aquella loca y brusca necesidad de sacudirse que purgó las entrañas inmóviles del milagro mexicano, anunciando su término. Al amparo de la permisiva y tolerante presencia de Revueltas, las más extravagantes necesidades personales de miembros del movimiento eran satisfechas en el refugio de Cantú. Su hospitalaria clandestinidad empezó a serlo por igual para reuniones políticas del más alto nivel y para repentinas urgencias amorosas de alguna pareja conocida que pasaba por el rumbo y decidía pedir posada en busca de un catre desvencijado donde cumplir el mandato lujoso de sus cuerpos.

Antes de dos semanas dormían regularmente en casa de Cantú, además de Revueltas, cuatro o cinco inquilinos transhumantes, cuyos rostros y atuendos cambiaban cada noche, a diferencia de su estrategia de ocupación, que ampliaba su dominio día con día: de la sala a las recámaras, de la timidez a la familiaridad y de la presencia ocasional a la invasión sistemática. Pasadas tres semanas de inútil resistencia, la familia de Cantú optó por retirarse del sitio y esperar en Saltillo, seiscientos kilómetros al norte de la Ciudad de México, una solución providencial a la extraña tarea que les había asignado la historia.

Una vez barridos del campo los últimos vestigios de la normalidad, la casona rindió sus torreones a la incandescencia social de la hora y celebró sin pudor sus libertades caprichosas, guiadas por el ánimo festivo de Revueltas, y por el genio elocuente que dominaba su espíritu. Trabajaba todo el día, hablando y escribiendo sin parar: dando entrevistas o calentando discusiones, escribiendo manifiestos o volantes, artículos para los periódicos o cartas para compañeros a los que otros compañeros verían durante el día, y llevando en su libreta, un cuidadoso registro de lo que otros hablaban, sugerían o proponían. De modo que pasaba todo el día, minuto tras minuto, dando salida a la corriente continua de las palabras que eran el verdadero fluido de su cerebro proteico, capaz de todos los tonos, a la vez bullente y ordenado, juguetón y solemne, juguetón y narrativo, volcado por igual sobre si mismo y sobre la vasta solicitación de lo real.

A las ocho de la noche, libre de su rutina, Cantú volvía del periódico a la casa tomada, compraba una botella de tequila en la licorería cercana y se disponía, con Revueltas y la gente que hubiera, al único ritual invariable del día: beber y conversar sin agenda hasta las once de la noche, hora en que Revueltas, con rigor calvinista, daba por clausurada la tertulia y se retiraba a teclear las últimas ocurrencias sintácticas de su duende infatigable.

Revueltas era entonces un mito viviente, el escritor mexicano más próximo a los candores de nuestra imaginación libertaria. Tenía cincuenta y cuatro años y había luchado y perdido solo todas las batallas de la heterodoxia y la libertad que hubiéramos podido desear como parte de nuestro destino en la tierra. Por decisiones del gobierno, había sufrido miserias y cárceles en castigo de su militancia comunista. Pero dentro de la jaula del comunismo mexicano, había pagado también, con calumnias, expulsiones y ostracismo, su continua inclinación a la herejía. En los años cuarentas, por censuras de sus compañeros de partido -el Partido Comunista Mexicano, al que perteneció toda su vida y especialmente los años en que no formó en sus filas- había retirado de la circulación una obra de teatro, El cuadrante de la soledad y había incurrido en la autocrítica estalinista contra una de sus novelas magnas, Los días terrenales.

El timbre único y terrible de su voz se había impuesto tanto a la exclusión política gubernamental como a la ortodoxia inquisitorial de sus camaradas, y nos había enseñado a mirar, en los sesentas, el paisaje desolado y profundo de su obra. Mi generación leyó erróneamente esa obra como una extensión puntual del personaje político que admiraba, el José Revueltas que había encontrado en el 68 -tarde y solo otra vez, cuando sus contemporáneos ya sólo buscaban la consagración o la rutina- una nueva ocasión de probar sus anhelos contra las fuerzas petrificadas de lo establecido y de echar sobre la mesa su eterna apuesta juvenil por el cambio, la vida y La Revolución. Pero había otras cosas en esa voz, el eco quebrado de un mundo antiguo que a nosotros, en verdad, nos era desconocido, con su dolor religioso y su rara búsqueda laica del absoluto en el bosque de fantasmas que, según Novalis, poblaron el cielo del hombre a la muerte de Dios.

Gracias a ese malentendido, yo, como muchos otros, tuve entonces frente a Revueltas la delirante pasión personal que no he vuelto a tener por otro escritor: la necesidad casi física de conocerlo y estar junto a él, oirlo, saludarlo, mirarlo de cerca, tener su autógrafo, guardar la servilleta donde hubiera garabateado mientras hablaba o escuchaba. Así que en cuanto supe -por indiscreción de Adolfo Peralta, el precoz trotskista y filósofo de Atasta (Campeche)- que Cantú guardaba en su casa ese tesoro, desplegué la estrategia cansina que al final me condujo por vez primera y única a la presencia sagrada de Revueltas.

Consistió esa estrategia en la más ridícula de las astucias. A saber:

Yo era colaborador de las páginas culturales de El día y llevaba tres veces por semana mi colaboración a Cantú, generalmente al mediodía, con el cálculo, casi siempre satisfecho, de ver la nota publicada al día siguiente, porque entre la una y las seis de la tarde Cantú escogía los materiales de la edición. Cuando supe de la ocupación de su casa por el circo clandestino de Revueltas, cambié mi horario de entrega y empecé a llevar mis textos por la tarde, media hora antes de que Cantú terminará su trabajo. El único y abyecto propósito de mi cambio de horario era salir con Cantú del periódico y abordar juntos el camión, con la esperanza de que alguna vez, al bajarme yo del autobús donde me tocaba, unas calles antes de Cantú, Cantú me dijera: “Hombre, por cierto: tengo a Revueltas en la casa y yo sé que lo admiras. ¿Por qué no vienes a verlo conmigo?”.

Pero Cantú no dijo nada las primeras veces, así que busqué la forma de mejorar mi ingeniería y opté por desatar conversaciones interminables sobre cualquier cosa una cuadra antes de llegar a mi bajada. Tenía así un pretexto para acompañar a Cantú hasta su propia parada, y acercar el momento en que dijera, ni modo: “Hombre, por cierto: ya que estamos aquí a un paso de mi casa y en mi casa, como sabes, está Revueltas, ¿por qué no vienes a conocerlo?” Recuerdo haber iniciado a este propósito una conversación sobre Muerte sin fin, el poema fundamental de José Gorostiza en el que Cantú era experto, y en efecto hablamos sin parar hasta la esquina donde debía bajarse Cantú y seguimos hablando media hora después de bajar, pero sin que Arturo dijese, como era el objetivo de la estrategia: “Hombre, por cierto: José Revueltas, que está en mi casa y a quien supongo que te gustaría conocer, conoció a Gorostiza y tiene anécdotas suyas. ¿Por qué no vienes y seguimos nuestra conversación con él en mi casa?”.

Volví a la semana siguiente a desplegar mi pobre ingeniería, y dos veces inventé en la esquina donde debía bajarme conversaciones que lo impidieran. Seguí de largo y bajé con Cantú en la esquina que a él le tocaba, sin que Cantú dijera lo que debía decir, aunque mirara con esa mirada inteligente y risueña, prematuramente adulta, que había bajo su frente generosa, como entendiendo a la perfección la maniobra y dejándola durar, en una burla norteña de la cortesía laboriosa del altiplano, que no se atrevía a decir su nombre. La cuarta o quinta vez que puse en práctica mi estrategia, traté de meter a Cantú en una conversación sobre la pertinencia para México de las disquisiciones de Naphta y Settembrini en La montana mágica de Thomas Mann. Fue entonces cuando Cantú me dijo a bocajarro:

-Tú lo que quieres es ver a Revueltas, ¿verdad?

-Sí- le dije.

-Pues por ahí hubieras empezado -me dijo. -Para qué tantas vueltas metafísicas.

Fue así, humillado y feliz, como llegué -cargando a manera de tributo, la botella obligatoria de tequila y dos refrescos de uva- a la mesa donde esperaba Revueltas circundado, con menos veneración de la que me pareció merecida y más naturalidad de la que me pareció respetuosa, por una pareja de estudiantes que se acariciaban sin cesar, y por Roberto Escudero, el dirigente estudiantil de la facultad de Filosofía con quien habría de compartir años después una pasión por Malcolm Lowry.

Revueltas esperaba con ansia estudiantil la llegada de Arturo y su sacramento nocturno, de manera que al encontrarnos me sorprendió sobre todo la fruición graciosa y juguetona del ánimo conque recibió la botella, ese gozo llano y terrenal en un monstruo al que suponía imponente y terrible, casi sagrado en su majestad sobrehumana. Tomó él mismo la botella entre sus manos, la sacó de su bolsa arrugada de papel de estrasa, como un niño que pela un caramelo, con gesto tan trivial y propicio a la dicha que ganó de inmediato mi adhesión democrática.

-En el caso de que Dios exista, compañero -me dijo, pulsando y agradeciendo, frente a mis ojos, la botella que yo había puesto en sus manos- debe haber hecho el agave del que sale el tequila con la única intención de acercarnos a su causa. Porque Dios, compañero, si existe, habita un lugar sagrado en alguna parte de la vida que el tequila nos da. De manera que funge usted esta noche como el emisario de aquel dios mineral que buscaba Jorge Cuesta. Pero su obsequio nos recuerda por qué el amigo Cuesta no encontró lo que buscaba: Porque buscó en el reino mineral lo que, de existir, existe en el reino vegetal. Mas precisamente: en el agave, de cuyas entrañas generosas nos ha traído usted esta muestra perfecta y transparente.

Era un tequila blanco y su blancura añadía luminosidad a las palabras de Revueltas, que tenían para mí la transparencia del mismo Dios a que aludían.

-Hablas de Dios como si hubieras dormido con él, Pepe -le dijo Roberto Escudero, con tono sacrílego que hizo reír a Revueltas-. ¿No habíamos quedado en que Dios no existe?

-No existe -dijo Revueltas-. Pero en caso de existir, vive en una esquina del tequila.

-¿Pero existe o no existe, Pepe? -dijo la muchacha, que acariciaba la melena marchita de su novio sobre su regazo.

-No existe, compañera -dijo Revueltas, empezando a escanciar el tequila en los vasos que había traído Cantú-. Pero hay que darle el chance metafísico de que exista. Si su noción existe en nuestras cabezas, algo existe ya de él. Que lo hayamos imaginado es ya la prueba de que no podemos descartarlo sin descartar a la vez lo que sí existe, a saber la idea de su existencia en nuestra cabeza. Salud.

-Explícales la apuesta de Pascal -dijo Cantú, después del religioso primer sorbo-. Y luego cuéntanos la tuya.

-En eso de la apuesta yo creo que me chingué al compañero Pascal -dijo Revueltas, jalándose varias veces la risueña barbita de chivo, veteada de canas, que se había dejado-. Verán ustedes: Pascal inventó una apuesta muy práctica y muy francesa, quiero decir: muy acomodaticia y muy inteligente, como son los cabrones franceses. Dijo: No discutamos si Dios existe. Exista o no, nos conviene desde el punto de vista lógico apostar a que sí existe. ¿Por qué? Muy fácil: porque si Dios no existe no se pierde nada apostando a que existe, igual nos vamos todos al limbo, al éter, a la inexistencia, a la nada. Pero si Dios existe, compañeros, ah, entonces haber apostado a su favor nos permite ganar la vida eterna. De modo que lo racional, decía Pascal, es apostar a la existencia de Dios, porque en esa apuesta llevamos todo que ganar y nada que perder. Muy chigón el Pascal. Pero, claro, como es natural, en cuanto los teólogos vieron el cinismo chigón y aprovechado de la apuesta de Pascal, sintieron que perdían la chamba y se le vinieron encima. Le dijeron: “Su apuesta no se vale, compañero. Porque las cosas de Dios no son cosas de apuesta, sino de fe. Si usted apuesta a Dios por cálculo matemático y acierta, su triunfo no tendrá valor ante los ojos de Dios, porque su encuentro con él no habrá sido fruto de la fe sino en el mejor de los casos, de la razón, y en el peor, habrá sido fruto del interés y la conveniencia”. Con lo cual se chingaron al compañero Pascal, que era un gran matemático, pero sobre todo era un gran creyente atormentado por las dudas. Quería creer y para hacerlo sin mala conciencia abstracta, inventó su argumento de la apuesta. Yo he inventado una apuesta que se chinga a los teólogos por un doble carril: porque salva su seudoargumento de la buena fe y porque es una apuesta atea. Yo apuesto, compañeros. a que el compañero Dios no existe. Y no tengo en esa apuesta, como quería Pascal, nada que perder y todo que ganar. ¿Por qué? Porque si Dios no existe, no pierdo nada, ni siquiera la desilusión de haber pensado que existía. Pero si Dios existe, digo, en el remoto caso de que Dios exista, habrá de saber en su infinita y simultánea sabiduría, que ahí abajo, en ese mundo pinche que él concibió, anduvo un pobre diablo llamado José Revueltas que creyó de buena fe, con todas y cada una de sus fibras, que Dios no existía. Y entonces el compañero Dios, en su infinita misericordia, tendrá que decir, a riesgo de contradecir su esencia infinitamente misericordiosa e infinitamente sabia: “Este Revueltas es un pendejo, pero creyó de buena fe, con toda su alma, que yo no existía. Lo menos que puedo hacer para honrar su atea fe de carbonero es salvarlo”. Con lo cual, Revueltas el ateo obtendrá su salvación de la misericordia de Dios justamente porque apostó, con todo su corazón, a que Dios no existe. Lo he expuesto mejor en otras ocasiones pero la apuesta es más o menos como les he dicho. Salud.

A petición del propio Revueltas, informó Cantú de las noticias frescas que traía del periódico. No las recuerdo con precisión pero tenían que ver con los ecos de la llamada Manifestación del Silencio que hizo caminar a cientos de miles de jóvenes por las calles de la ciudad sin proferir un grito, una consigna, un sonido.

-Es la manifestación que ha durado más -dijo Revueltas.

-La del 27 de agosto fue más grande -dijo Escudero-. Los contingentes tardaron en entrar al Zócalo cuatro horas.

-De acuerdo, compañero -dijo Revueltas-. Pero yo no hablo del tiempo físico, ni del tamaño aritmético de la manifestación. Yo hablo del tiempo real, de la duración interna o profunda del hecho. Durante la Manifestación del Silencio estuvimos en la calle sólo dos horas y media, pero fue como si transcurriera un siglo dentro de nosotros. Nunca vimos la ciudad tan clara como ese día, ni nos vimos nunca las caras una por una, como entonces. Teníamos todo el tiempo del mundo para hacerlo. Para prever “Ah, después de esta calle donde vamos, de esa esquina donde está Mascarones, sigue la calle de Insurgentes”. Y tuvimos tiempo de pensar entre nosotros: “Qué bonito nombre para una calle el nombre de Los Insurgentes. Y qué chingón que sea el nombre de la única calle que cruza de extremo a extremo esta monstruosa ciudad de siete millones de habitantes”. Esa manifestación duró dentro de nosotros mucho más tiempo que ninguna otra. La del 27 de agosto duró lo que un orgasmo. Fue mas placentera, pero más rápida también, compañero. Se nos fue en un grito. Esta cosa del tiempo tiene su complicación, como la política mexicana: es una cosa por fuera y otra cosa por dentro. Si se la mira de un lado parece una canana pero si se la ve del otro resulta puro encaje afiligranado.

-Cuéntanos de tu cita con Henestrosa -dijo Cantú, que gozaba como ninguno las ocurrencias de Revueltas y las tenía puestas en su corazón como un catálogo de amores-. Para que entendamos “esta cosa del tiempo”, como tú le dices.

-Mi experiencia del tiempo -accedió sin remilgos Revueltas- se resume en aquella anécdota alcohólica que me recordó hace poco un amigo. Dice este amigo que estaba yo solo, ido callado, en la barra de la cantina Puerta del Sol, la que está en Cinco de Mayo, ahí donde Renato Leduc tuvo la inspiración primera para su Prometeo sifilítico. ¿Recuerdan eso?

Eter sulfúrico, bebidas embriagantes, claros raudales de tequila Sauza…

Fue su respuesta al Ulises criollo de José Vasconcelos y a todo el seudoprestigio helénico del Ateneo. Ah, cómo daban la tabarra con su helenismo de manual. El caso es que me vio este amigo tan desamparado y tan solo, acodado ahí en la barra, que no pudo contenerse y me preguntó qué estaba haciendo. A juzgar por lo que le respondí, deduzco que estaba dándome una vuelta por el tiempo. Le dije a este amigo: “Estoy esperando aquí a Andrés Henestrosa. Quedamos de vernos a la una”. “Pues ya son las dos”, dijo mi amigo. Y entonces yo le contesté: “Sí. Quedamos de vernos aquí a la una. Para hacer tiempo me vine a las doce. Voy a esperarlo hasta las tres. Si no llega a las cuatro, voy a irme a las cinco”. Es la mejor anécdota que me han contado sobre mí mismo perdido en el tiempo.

Contó entonces Roberto Escudero su perplejidad por el hecho de que la memoria pudiera recorrer en instantes lo que en la realidad había tardado horas en suceder, y el modo como se despertaba a veces, en la noche, con la impresión de haber vivido un siglo desde que, dos meses atrás, había empezado el movimiento estudiantil del que era dirigente.

-Se debe a la falta de rutina -observó Cantú-. La vida transcurre rápida cuando los días se parecen a sí mismos y lenta cuando está llena de novedades y aventuras. Decimos de alguien que anda de peripecia en peripecia: “Vive demasiado rápido”. En realidad es al revés: su vida dura más que la del sedentario. Vive, como se dice, dos o tres veces lo que el sedentario y recuerda, por tanto, dos o tres veces más. Si la memoria es el metro del tiempo, el aventurero tiene almacenados más metros de tiempo transcurrido en su cabeza, por decirlo así.

-Pero la memoria es una señora con voluntad propia -dijo Revueltas-. Recuerda sólo lo que quiere recordar. Es el politburó de nuestra alma. Continuamente está borrando a Trotski de la historia. O, para el caso mexicano, a Agustín de Iturbide. Aquí hay algunos intelectuales, como Octavio Paz, muy querido y muy abusado don Octavio, que se horrorizan mucho del borrón de Trotski de la historia soviética. Pero nosotros los mexicanos hemos borrado nada menos que a Iturbide y quién sabe cómo le hacemos para que en la historia de la Independencia mexicana no aparezca, salvo como villano, el que la culminó de hecho, que fue Iturbide. Es como si los soviéticos hubieran borrado a Lenin, no a Trotski. Lo que quiero decir, en todo caso, es que una condición universal de la memoria es borrar lo que no le conviene. Yo siempre que pienso en eso y en el compañero Freud, le recuerdo al compañero Luis Arenal.

-¿El cuñado de Siqueiros? -preguntó Cantú.

-El que asaltó con Siqueiros la casa de Trotski en Coyoacán -asintió Revueltas.

-¿Y eso qué tiene que ver con la memoria? -dijo el muchacho, que seguía recostado en su aguantadora militante-. En todo caso tiene que ver con el cabrón de Stalin.

-Tiene que ver también con la memoria, compañero -dijo Revueltas, condescendiendo.

-Fue una completa chingadera -dijo el muchacho, que trascendía trotskismo hasta por los poros que le cerraba el acné.

-Digamos que media chingadera, compañero -dijo Revueltas-. Porque sólo cumplieron la mitad de su propósito que era doble: ametrallar la casa y matar a Trotski. Ametrallaron la casa, pero no mataron a Trotski, lo que en buenas matemáticas no da una sino media chingadera.

-Fueron chingaderas de cualquier modo -dijo el muchacho, recostando su furia sobre el regazo apacible que lo sostenía en la vida.

-¿Pero qué pasó con Luis Arenal? -dijo Cantú.

-Con Luis Arenal, sí -dijo Revueltas, volviendo del rodeo las mayéutico en que se había demorado-. Pasó esto: durante dos años traté de que este mudo que era Luis Arenal me hablara del asalto con Siqueiros a la casa de Trotski. Que me contara completa su media chingadera, ¿verdad? Traté de confesarlo por todos los medios. Lo llevé a comer, a beber, a bailar, lo invité al burdel de La Bandida en la Condesa, le hice escuchar canciones revolucionarias, corridos norteños. Una vez le soplé el réquiem de Mozart. Siempre invitándole copas, porque le encantaba el chínguere, y siempre para ver si ablandándolo me contaba. Finalmente, una noche fuimos al Leda. Ese día un libro yo había terminado. Nada menos. Y lo había terminado muy temprano, en la mañana, inesperadamente. Había trabajado en ese libro durante casi nueve años y de pronto, cuando creí que me faltaban todavía dos capítulos o algo así, lo cual para mí quería decir que me faltaban dos años de trabajo, esa mañana escribí de corrido sin parar casi seis cuartillas y de pronto di con un párrafo que resumía muy bien las cosas y que cayó como recitado por mi nariz hacia mi mano. Puse el punto y aparte de ese párrafo y en cuanto lo puse dije para mí: “Ya acabaste, Pepe”. Me di una vuelta por el cuarto, incrédulo y me argumenté: “Esto es un truco tuyo. Ya no quieres trabajar. Te inventaste un final”. Pero un tercero dentro de mí, más poderoso y convincente, me dijo: “Acabaste, no le des vuelta”. Le creí, porque me lo decía con esa sinceridad que uno no puede rebatir, aunque sea falsa, y entonces fui echarme un tequila a la cocina. Pero eran apenas las nueve de la mañana, así que luego de echarme el primer tequila, me eché el segundo, a ver si me ayudaba a rematar el día. Porque, de pronto, me pareció que el compañero día no iba a terminar y que había que darle una ayudada. Le di su ayudada con una botella de tequila y así pasó con cierta suavidad hasta el mediodía, en que me fui a comer con Luis Arenal. Al revés de lo que había hecho hasta entonces con él, esa tarde me dediqué a hablarle como un loco, sin darle pausas. Ni siquiera para que dijera, como siempre decía, su frase lapidaria: “Eso, ni Stalin”. La usaba para todo esa frase. Por ejemplo, cuando, uno le decía que había hecho el amor tres veces la noche anterior o había leído La guerra y la paz en la última semana, el compañero Arenal decía: “Eso, ni Stalin”. Era su comparación favorita: lo que podía o no podía el compañero Stalin. El caso es que seguimos bebiendo como hasta las diez de la noche, hora en que recalamos en el Leda. Yo seguía hablando hasta por los codos contándole mi libro y luego el libro que quería escribir después del que había terminado, hasta que llegó un momento en que ya estaba él harto de su silencio. Tan harto estaba que me dijo: “Hablas más que Stalin tú, ni que fueras Stalin. Te voy a contar lo que nunca vas a poder contar si no me escuchas”. Y entonces se puso a contarme lo que le había pedido durante los últimos dos años: cómo habían asaltado Siqueiros y él la casa de Trotski en Coyoacán. Pero la vida es más mañosa que los vivos, compañeros. Y para ese momento ya llevaba yo tantos tequilas y tantos anises que me pareció, mientras la escuchaba, la historia más deslumbrante e increíble del mundo, pero al día siguiente no pude recordar ni una sola de las palabras del mudo Arenal. Recordaba el efecto deslumbrante de su relato, pero ni una sola de sus peripecias. Como quien se acuerda del efecto deslumbrante del Quijote y no puede recordar que Sancho Panza tenía un jumento. Me hizo un efecto absolutamente literario el relato del mudo Luis Arenal, pero lo que yo quería era un efecto histórico. Quería los detalles reales del hecho, no el impacto mágico de una narración del mudo Arenal. Eso es para que vean cómo funciona el politburó de la memoria. Hasta la fecha sólo sé que aquella noche el mudo Arenal me abrió las compuertas del infierno y que estuve ahí, pero no sé cómo era el infierno, ni cuántos diablos rostizaban niños inocentes a su entrada. Borré una iluminación sólo comparable a la que no quiso entregarme en su momento el camarada Vadillo.

-Cuéntala -pidió Cantú.

-Es una no-historia -dijo Revueltas.

-Las no-historias no existen por definición -dijo el compañero trotskista, que parecía confundir la impertinencia con la sinceridad revolucionaria.

-Existen a la manera de la Revolución Mexicana, que fue una no-Revolución -dijo Revueltas.

-Será una no-Revolución -dijo Escudero-. Pero cómo friegan con ella.

-Tanto como nos friega, al menos a mí, la no-historia del compañero Vadillo -dijo Revueltas-. Cantú la sabe completa.

-Si la cuentas de nuevo, puedo aprenderla otra vez -dijo Cantú.

-Es una historia prohibida del comunismo mexicano -dijo Revueltas-. Ustedes deben saber que el comunismo mexicano está lleno, como nadie, de iturbides y trotskis. Hemos callado casi tanto como hemos hecho.

-¿Cómo es la historia? -dijo la muchacha, que seguía acariciando a su trotskista, con intención de cualquier cosa menos de borrarlo de su historia

-Dirás cómo no es -insistió Revueltas-. Lo fundamental de esa historia es que nunca fue contada. Quiero decir: sabemos sus alrededores, su principio y su final, pero no sus adentros ni sus enmedios. Es como si tuviéramos el hoyo del cañón pero no el acero que lo forra, ¿verdad?

-¿Dónde conociste a Vadillo? -dijo Cantú.

-En el potro del tormento de las juventudes comunistas de los años treintas -dijo Revueltas-. Salíamos juntos a misiones del partido, que entonces tenía una fuerte presencia en ciertas zonas rurales, particularmente en Veracruz. Salíamos a cada rato. A organizar una huelga, a llevar un mensaje secretísimo a la familia del camarada Laborde, a parlamentar, como se decía entonces, con los matones de la CROM, que habían arrinconado a nuestros cuadros en Puebla No parábamos. He llegado a preguntarme si las juventudes comunistas de entonces tenían más militantes que Evelio Vadillo, Miguel Angel Velasco y yo. Porque apenas se ofrecía alguna tarea complicada, que exigía salir de la capital y correr algún riesgo, mandaban llamar al camarada Revueltas o al camarada Vadillo o al camarada Velasco, para que fueran a cumplir esta misión importantísima del partido. Y salíamos a rifárnosla sin chistar. Más que sin chistar: con alegría, con gozoza disponibilidad, sintiendo la corriente eufórica de la historia en nuestra minúscula biografía, como si estuviéramos conectados directamente con el futuro del hombre. Era un abuso de los camaradas, pienso ahora, pero no recuerdo una época más feliz, de una mayor armonía personal con el imperfecto universo, que aquellos años de tareas imposibles que solía encargarnos el Partido. Recuerdo una misión de aquellas. Venía escrita a máquina con sus márgenes perfectos a lado y lado, y decía más o menos esto: “Se ordena al camarada Revueltas dirigirse a la brevedad a la zona de Pátzcuaro, en Michoacán, donde últimamente prolifera la inconformidad proletaria de los campesinos e indígenas de la zona. Deberá tomar contacto con los líderes populares de aquellas regiones, establecer una nueva organización de sus luchas, afiliar a la mayoría de los campesinos de la región al Partido y generar una potente manifestación que demuestre a los pueblos del mundo que la llama de la lucha proletaria se extiende por México con fuerza incontenible y solidaria del movimiento de la revolución mundial”. Yo tomaba esa orden y me iba a Pátzcuaro, con tres pesos en la bolsa, en un camión destartalado. Al llegar trataba, en efecto, de tomar contacto con la inconformidad proletaria del lugar, la cual se reducía casi siempre a algún pleito de linderos entre comunidades que habían peleado durante siglos por esa razón. Era suficiente para que yo empezara algún tipo de aleccionamiento histórico sobre las pugnas en el seno del pueblo, la historia de la opresión de los terratenientes sobre los campesinos y la necesidad imperativa, propiamente histórica, de que los campesinos reconocieran como vanguardia a las clases proletarias de las ciudades, donde al fin se dirimirían las cuestiones políticas fundamentales de la lucha campesina. De algún modo o de otro, acabábamos cayéndole bien a alguien de los escuchas, que nos invitaba a comer y a dormir en su choza. Luego que habíamos hecho confianza, con esa sabiduría y esa suavidad insuperables de los campesinos y los indígenas mexicanos, nos preguntaban los compañeros: “¿Y ustedes qué andan haciendo aquí? ¿No están perdiendo clases en México? Todo eso bastaba para que redactáramos un informe al Comité Central diciendo que habíamos tomado contacto con el movimiento local y que, aunque lento, el trabajo de concientización avanzaba hacia un estadio superior de lucha. Era muy frustrante, porque nosotros, con nuestros veinte años a cuestas, lo que queríamos en efecto era promover La Revolución, instaurar el comunismo en México. Esas palabras eran sinónimas en nuestras cabezas de la realización del hombre en la tierra. Queríamos, literalmente, hacer aquí una revolución soviética, que nos parecía lo más luminoso que pudiera proponerse la historia del hombre.

-Pero Stalin ya había tomado el poder en la URSS -reprochó el joven trotskista.

-No en nuestras cabezas, compañero -dijo Revueltas, divertido más que irritado por los rigores del tribunal que, sin saber cómo, ya tenía enfrente-. Y el Stalin de que habla usted no había tomado el poder ni siquiera dentro del propio Stalin. Le estoy hablando del año 34, sólo cinco después del crack mundial del capitalismo y de la Gran Depresión. Como nunca, el capitalismo parecía entonces cumplir las profecías de Marx y encaminarse a su desaparición. Y la única alternativa a esa desaparición que había entonces en el mundo, era la revolución soviética. El Stalin que conocemos no existía aún, aunque ya venía en camino. Faltaban cuatro años para los procesos de Moscú, y otros cuantos para el asesinato de Trotski. Pero más que nada, compañero, eran los años en que queríamos y necesitábamos creer. Ya se sabe que la fe mueve montañas, entre otras cosas porque es ciega y no distingue las montañas del llano, ¿verdad?

-¿Pero qué pasaba aquí? -dijo Cantú, devolviendo a Revueltas a su historia.

-Aquí había sucedido ya una revolución -dijo Revueltas-. Y en nosotros, los jóvenes comunistas, había unas ganas incontrolables de prolongar la Revolución Mexicana. Habíamos nacido una generación después, como quien dice. El gran acontecimiento nos había agarrado en camino. Yo nací el 20 de noviembre de 1914, el día que se conmemora la Revolución Mexicana, nada menos. Precisamente el día en que yo nací, en Durango, las fuerzas villistas ocuparon la ciudad. Siempre he pensado que si hubiera nacido quince años antes habría formado parte de las tropas de Villa que tomaron Durango el día en que yo nací. Pero cuando abrí los ojos ya todo estaba hecho. Entonces, lo que queríamos yo y muchos otros de mi generación, era que la película empezara de nuevo, esta vez para tener la revolución de a de veras, la revolución socialista. Queríamos con toda el alma que nos pasara algo grande, que “un chivo nos diera un tope y una cabra de mamar”, como decía Renato Leduc. Por eso íbamos a los pueblos a donde nos mandaba el Partido, buscando lo que nos decían que había y lo que no. Fue así, buscándole chichis a las culebras y mangas a los chalecos, como el camarada Vadillo y yo nos metimos en la bronca que nos hermanó para siempre.

-¿En Monterrey? -dijo Cantú.

-En Monterrey -dijo Revueltas-. En 1934. Según el Partido estaba a punto de darse ahí una insurrección popular obrera. Y naturalmente nos mandaron al camarada Vadillo y a mí. Allá fuimos a dar llenos de ganas, con la modesta consigna de atraer la insurrección hacia el Partido. Lo que había era un grupo de colonos molestos porque los habían desalojado del margen del río Santa Catarina, donde se habían asentado ilegalmente. Cuando nosotros llegamos ya les habían dado terrenos en otra parte y habían hasta publicado en el periódico una carta de agradecimiento al gobernador, de modo que la insurrección había terminado y no teníamos nada qué hacer. Pero no podíamos resignarnos al ridículo de volvemos sin haber orientado un movimiento de masas. En eso estábamos cuando nos enteramos de que en un punto llamado Camarón, del mismo estado, había estallado una huelga de quince mil obreros agrícolas que exigían el pago de salario mínimo. Allá nos fuimos de inmediato a organizar a las masas desorientadas. Pero ese pleito si iba en serio. Estaban los compañeros huelguistas muy bien organizados, muchos de ellos armados y apoyados por la vaga simpatía del gobierno estatal, que los había dejado avanzar sin obstaculizarlos mucho. No bien nos enteramos el camarada Vadillo y yo de la situación, mandamos por telégrafo una denuncia de los hechos a El Machete, que era el periódico del Partido, con tan buena puntería que alcanzamos la edición del día siguiente y antes de que hubieran pasado tres días de nuestro contacto con la lucha agraria neolonesa, precursora de la lucha agraria mundial, ya circulaba de boca en boca nuestro texto y lo leían en las asambleas los que sabían leer para que oyeran los que no. De inmediato los terratenientes dijeron que la huelga se había desvirtuado y que estaba infiltrada por agitadores comunistas. El anticomunismo era el deporte favorito de los políticos callistas de la época. El senador McCarthy que vino después en Estados Unidos, hubiera parecido un pendejo, un tibio, comparado con el anticomunismo mexicano de los años treintas. Así que más tardaron los terratenientes en decir que había comunistas tras la huelga de Camarón, que las autoridades en ubicarnos a nosotros como los agitadores responsables, porque éramos las dos únicas personas de todo el lío que no eran del lugar y nadie nos conocía. Nos detuvieron un día por la noche, sin decir palabra, y nos subieron a un tren con custodia. Pasamos la noche pensando que nos aplicarían la ley fuga en cualquier momento, pero amanecimos en la ciudad de Querétaro, donde sin decir palabra nos treparon a otro tren rumbo al noroeste. Cuando llegamos a Mazatlán entendí, porque ya había hecho antes ese camino. Le dije al camarada Vadillo. “No te asustes compañero, pero creo que nos llevan presos a las Islas Marías”. “Presos por qué, Pepe? ¿Qué delito cometimos?”, me dijo el camarada Vadillo, que era muy leguleyo y puntilloso. “Pues el mayor de los delitos”, le dije, “porque nos llevan a la mayor de las prisiones de México”. Nos llevaban en efecto a las Islas Marías, una prisión cuyos muros eran de agua, como escribí después en una novela, y que estaba destinada a los reos y criminales más peligrosos del país. Yo había estado ahí un año antes por delitos parecidos a los de ahora: “agitación”, “incitación a la violencia”, “infidencia” y “traición”. Son los delitos por los que me han perseguido siempre, los mismos por los que me persiguen ahora en el 68. Si me hubiera dedicado toda mi vida a robar bancos, me hubiera ido mejor. El caso es que fuimos a dar a las Islas Marías, el camarada Vadillo por primera vez, yo por segunda. No teníamos aún veinte años.

-¿De qué los acusaban? -dijo Roberto Escudero.

-Nunca supimos -dijo Revueltas-. No hubo nunca juicio legal ni condena formal. Lo cual estuvo muy bien, porque cuando llegamos y nos reconoció el jefe del penal, vino y me dijo: “¿Qué haces otra vez aquí muchacho? ¿Ahora si delinquiste o vienes otra vez a lo pendejo?” Era un general Gaxiola, norteño, que se decía a si mismo socialista, lo cual era común entre muchos generales de la época. Una excelente persona el general Gaxiola. En mi primera estancia en las Islas me había tratado bien, me había dado trabajo de oficinista en su despacho y habíamos terminado planeado mucho sobre la revolución y el socialismo. Y a la primera oportunidad de indulto que hubo me había soltado, de manera que estuve ahí en las Islas sólo unos cinco meses. No los puedo contar, la verdad, entre los peores de mi vida. Era un trabajo agobiante. Había que cortar leña y alijar los barcos que llegaban con cargamentos de sal y víveres. Y se trabajaba sin parar ocho horas cada día, incluyendo sábados y domingos. Tenía las manos ampolladas y sangrantes la mayor parte del tiempo, pero el trabajo por lo menos evitaba pensar en la verdadera chinga que nos estábamos llevando. Por la tarde, nos alcanzaba el tiempo para leer un poco en la biblioteca, que llenamos de literatura subversiva pidiéndole libros al general Gaxiola. Y hablábamos el camarada Vadillo y yo, hablábamos por la noche como arrullándonos, hasta que el cansancio nos rendía. Durante meses, durante los diez meses que estuvimos en el penal, la última voz que oí por la noche antes de dormirme fue la voz de Evelio Vadillo, y él la mía. Y la recuerdo ahora, en medio de nuestra desgracia, casi como un bálsamo materno, como un sustituto de aquella voz esencial que nos guardaba cuando niños de demonios y fantasmas, que nos protegía del miedo y el riesgo, que nos volvía a meter al regazo seguro y cálido de la tierra. No hablábamos de nosotros, sino de La Revolución, de la lucha de los pueblos y del futuro. Yo me quejaba a veces de pensar lo que debería estar sufriendo por mi culpa mi familia. El camarada Vadillo ni eso. Pero el tema de nuestras conversaciones no importaba. Lo importante era escucharnos uno junto al otro en la enorme noche infinita de las Islas, sabernos uno junto a otro, perdidos pero solidarios, en la inmensa e inhóspita vastedad del mundo. Estuvimos diez meses juntos en las Islas Marías, como creo que ya dije. Salimos en febrero de 1935, con la amnistía que decretó el gobierno de Cárdenas. Y apenas salimos, alcanzamos nuestra recompensa, la más dulce y compensatoria, en efecto, que hubiéramos podido imaginar: una invitación a formar parte de la comitiva del Partido que acudiría al VII congreso de la Comintern, la Internacional Comunista, a celebrarse en Moscú. Nada menos que Moscú, la capital del mundo nuevo. Y nada menos que la Internacional Comunista, la asamblea de los portadores del futuro comunista mundial.

-¿Cuándo fue el congreso? -preguntó Escudero.

-Julio de 1935 -dijo Revueltas. -Nosotros llegamos a Moscú el 25 de julio, justamente el día de la apertura. El camarada Velasco, el camarada Hernán Laborde y yo. El camarada Vadillo había viajado dos semanas antes, y ya nos esperaba. Era una fiesta Moscú, la fiesta universal de los comunistas. Stalin habló el día de la inauguración. Y empezó ahí en su discurso la línea de la formación de los frentes populares, la alianza para la lucha contra el fascismo y de solidaridad mundial con la sobrevivencia del socialismo en la URSS. Luego cada país cantó su himno: italianos, argentinos, españoles, peruanos. Nos abrazamos, nos vitoreamos. Tuvimos la experiencia candorosa, pero que no se parece a ninguna otra, de la solidaridad y la pertenencia a la cofradía de la verdad, a los batallones de la definitiva liberación del hombre. Me acuerdo de mi estremecimiento ante el desfile de los jóvenes soviéticos en la Plaza Roja, mi absoluta convicción de haber visto la verdad de la historia en sus rostros rubicundos y entusiastas, en sus banderas y sus saludos al presidium, que a su vez encarnaba la sabiduría, la honestidad, la rectitud, la absoluta comunión del individuo y la historia. Siempre la historia, ¿verdad? En todas partes la historia, en cada episodio un hecho histórico, en cada declaración unas palabras históricas, ¿verdad? Era como haber entrado a una esfera perfecta donde todo tenía sentido, significación y armonía. El camarada Vadillo y yo nos quedamos en Moscú cuando terminaron los festejos, invitados por el Komsosol de la ciudad, la organización de las juventudes comunistas soviéticas. Nos cansamos de ir a reuniones y admirar a nuestros camaradas y de hablar, hablar incesantemente, el camarada Vadillo y yo, de cómo alumbraríamos en México una realidad como la que veíamos, luminosa y perfecta. Porque así veíamos y sentíamos todo. Ibamos a museos, visitábamos centros de trabajo, caminábamos por el Kremlin todo el día y todos los días nos sentábamos en una cervecería del bulevar Pushkin a beber y seguir hablando, sin parar, interminablemente, de cómo llevaríamos a México lo que estábamos viendo. Una de esas veces, con pudor y pena por las ventajas que representaba para él lo que iba a decirme, el camarada Vadillo me comunicó su decisión: lo habían invitado a quedarse como becario en la universidad para estudiantes extranjeros y había decidido aceptar la invitación. Me dolió como una traición. Que no me hubieran invitado a mi, primero, y que el camarada Vadillo no me hubiera puesto en el camino de recibir la invitación, que no hubiera condicionado incluso su aceptación, a que me invitaran también a quedarme. Pero conforme pasaron los días, me confesé que mi sentimiento era absurdo, porque yo en ningún caso hubiera decidido quedarme en la URSS. Yo quería regresar a México, a luchar por implantar el socialismo en México. También porque tenía por acá una camarada cuyos ojitos me llamaban casi tanto como la patria socialista. Y porque en esos días me llegó una de las peores noticias de mi vida: la muerte de mi hermano Fermín, en la Ciudad de México, una muerte estúpida, insoportable y prematura, como todas las muertes. Arreglé las cosas para volverme. La última noche la pasé tomando cerveza y despidiéndome del camarada Vadillo en nuestro segundo hogar moscovita, que era la cervecería del bulevar Pushkin. “Te envidio porque regresas a nuestra dolida tierra”, me dijo el camarada Vadillo, ya entrada la noche. “Yo me quedaría en la patria de Lenin y Stalin”, le dije, “pero alguien tiene que trabajar allá para imponer en México el socialismo que aquí florece”. “Tú lucharás allá y yo acá”, me dijo el camarada Vadillo. “Y nos encontraremos, andando el tiempo, con la satisfacción del deber cumplido en un mundo más justo y digno que el que nos heredaron a nosotros. Con eso nos daremos por satisfechos de haber entregado nuestra vida a la más justa y plena de las causas”. Así hablaba siempre el camarada Vadillo, mirando hacia adelante, seguro y henchido de su misión en la tierra. Nos despedimos esa noche ya fría de Moscú con un abrazo largo que disfrazó los nudos de nuestras gargantas. Era el fin de septiembre de 1935.

Calló Revueltas, como haciendo una pausa para beber su tequila. Pero luego de beber, siguió callado, la vista ida, mirando al suelo.

-¿Qué pasó entonces? -dijo Escudero, después de vaciar su propia copa.

-No sé -dijo Revueltas-. No volví a ver al camarada Vadillo sino veintitrés años después, hasta el mes de octubre de 1958.

-íCómo! -saltó la muchacha, que acariciaba la cabellera de su trotskista.

-Como suena -dijo Revueltas-. Ni yo ni nadie en México volvió a ver al camarada Vadillo, sino hasta su regreso al país en 1958, veintitrés años después de nuestra última cerveza en el bulevar Pushkin de Moscú.

-¿Qué le pasó? -dijo Roberto Escudero.

-Le pasó la historia del siglo XX -dijo Revueltas, volviendo a una racha de nerviosa espiga de su barbita de chivo-. Sabemos ahora lo que fue esa historia. Sabemos también que ya venía hacia nosotros mientras nos tomábamos aquellas felices cervezas en el bulevar Pushkin en el otoño de 1935. Quiero decir, estaba ya en curso la trituradora estalinista. A fines de ese año cobraría su primera víctima mayor con el asesinato del camarada Kirov en Leningrado. A partir de ahí se desató la gran purga de la vieja guardia bolchevique, que conduciría a los procesos de Moscú, la alianza con Hitler, la segunda guerra mundial, el terror estalinista, los campos de concentración, el culto a la personalidad, el socialismo en un solo país. Todo lo que sabemos, aunque no sé si lo sabemos todo. No importa, en general sabemos esa historia atroz de la que fuimos cómplices candorosos tantos años y que avergüenza hoy nuestra moral de comunistas del mismo modo que la historia de los papas disolutos y sanguinarios avergüenza la conciencia de todo católico bien nacido. Pero lo que no sabemos es cómo pasó esa historia por la vida pequeña, invisible, del camarada Vadillo.

-Pero a ver, Pepe, más despacio -dijo Roberto Escudero-. ¿Qué pasó? Algo debe saberse.

-Muchas cosas -dijo Revueltas-. Y cosas terribles, pero generalidades, suposiciones, conjeturas, no la historia puntual, detallada, de lo que la historia del siglo XX hizo con el camarada Vadillo.

-¿Cuáles son las generalidades? -dijo Escudero.

-Poco después de que yo volví a México el camarada Vadillo fue arrestado en Moscú -dijo Revueltas-. Al parecer, porque el dormitorio donde él vivía, en la universidad, apareció una mañana tapizado de volantes y consignas trotskistas en español. Los dormitorios eran casas donde vivían seis o siete estudiantes y nadie podía entrar a ellas sino los habitantes de cada casa. De modo que la conclusión de los investigadores fue que el responsable de tamaña conspiración debía estar entre los habitantes del dormitorio. Pero no pudieron establecer quién y procedieron entonces, con ese rigor lógico innato de las policías políticas, a detener a todos los ocupantes, para interrogarlos. Lo que sigue no se sabe, salvo que fueron remitidos a distintas aldeas de trabajo en las provincias orientales. Lo que decimos genéricamente: “Fueron mandados a Siberia”.

-¿Y qué pasó luego? -preguntó la muchacha, que por un momento había dejado de acariciar a su trotskista.

-No lo sabemos -dijo Revueltas-. Hay indicios de que pasó la guerra en distintos campos de trabajo en el norte y el oriente de la URSS.

-¿Pero nunca preguntaron ustedes aquí en México por la suerte de su compañero? -dijo la muchacha, más tocada por la historia que ninguno de los presentes.

-Miles de veces -dijo Revueltas-. Preguntaron sin parar sus familiares y nosotros, sus camaradas y amigos. Pero las respuestas eran maravillosas. Según una de ellas se había ido de voluntario a la guerra civil española y había vuelto tan cargado de honores que lo habían dado de alta como oficial en el ejército soviético. Luego, había decidido volverse ciudadano soviético y quedarse a hacer la guerra por la patria socialista, cortando todo lazo con su vida anterior. Al terminar la guerra, se nos dijo que había marchado como voluntario a la revolución China y lo imaginamos con naturalidad hablando chino y decidiendo la historia en el foro de Yenán. Lo cierto es que pasó todos esos años cautivo en la trituradora estalinista. El, el camarada Vadillo, mexicano que no sabía ruso suficiente ni para pedir las cervezas que nos tomábamos en el bulevar Pushkin.

-¿Pero cómo se creyeron eso? -dijo el compañero trotskista acomodándose en el regazo hospitalario que lo había sostenido toda la noche.

-Como buenos y disciplinados comunistas -dijo Revueltas-. Igual que los cristianos primitivos se creyeron la resurrección de Jesús y los cristianos de hoy creen en la continuidad histórica de la Iglesia Católica Romana.

-¿Qué pasó después? -dijo Cantú.

-La parte menos oscura de la historia -dijo Revueltas-. Murió Stalin y vino el XX congreso del PCUS, donde nos enteramos parcialmente del horror que habíamos celebrado. Ya sabemos eso. Lo importante para el camarada Vadillo es que con el deshielo pudo salir de su cautiverio y regresó a Moscú. Pero nadie lo conocía en Moscú. Tarde o temprano alguien pidió sus papeles, rastreó su historia, sospechó desde luego de ese mexicano que alegaba haber sido prisionero del estalinismo y por vía de mientras fue confinado otra vez, ahora en las cercanías de Moscú y en un régimen menos opresivo, para dar tiempo a que se aclarara su situación. Ahí en esa especie de reclusión benigna que le permitía trabajar como mozo y circular restringidamente en el área, pasó cuatro años. Por fin, un día tuvo la ocurrencia de meterse a la embajada mexicana en la URSS y contar su caso. Se ofreció el embajador a gestionar su libertad y Vadillo lo autorizó a hacerlo diciendo que estaba cansado y quería volver a morirse a México. Pero no le dijo una palabra de su experiencia en la URSS. Las gestiones duraron un año porque no había registro en el gobierno moscovita de lo que había sucedido esos años con un mexicano llamado Evelio Vadillo. En esas diligencias se enteró el embajador, vagamente, de las peripecias que yo les he contado. Finalmente, a mediados de 1958, Evelio Vadillo fue liberado de su confinamiento y autorizado a viajar a México. Llegó aquí en julio de 1958. Yo había roto con el Partido en aquellos días y me tenían en la perrera, condenado al ostracismo, de modo que no supe que Vadillo había regresado sino por casualidad, dos meses después de su llegada. Averigué su dirección y me presenté en su casa. No quiso recibirme. Le puse entonces una carta recordándole quiénes éramos. Como a la semana llegó a verme a la redacción de la revista Política una sobrina suya. Me dijo que su tío me esperaría la tarde del viernes siguiente en su casa, a las seis. Me pidió que fuera puntual y que, si podía, le llevara alguno de mis libros. Le llevé, dedicados, todos los que tenía y me presenté al cinco para las seis. Me hicieron pasar al departamento, muy modesto, de sillones raídos, en un edificio oscuro y que olía a caño de la calle de Alvaro Obregón. A las seis en punto apareció por la puerta de la recámara un anciano de cejas muy negras, encorvado, metido en un overol azul de obrero. “Quiovo, Pepe”, me dijo. Por la voz reconocí, con horror y compasión, lo que los griegos describen con la palabra catarsis, a mi amigo Vadillo. Debía tener, como yo, cuarenta y cuatro años, pero su aspecto era el de un hombre de sesenta. Había perdido los dientes y el pelo, y le colgaban de la cara los cachetes y los carrillos de la boca como pellejos de guajolote. Lo abracé, y al abrazarlo olí en su cuerpo el olor agrio de la vejez y el descuido. Me dijo cuando nos sentamos: “¿Desde cuándo usas lentes? Te dan facha de profesor”. Pensé que acaso él me estaría viendo tan viejo como yo lo veía a él, ya que la imagen recíproca que conservábamos era la de nuestros veintiún años. “Uso lentes desde mi última expulsión del Partido”, le dije, bromeando: “Para no sentirme a ciegas en el mundo”. Se rio sin convicción. “¿Cuántas veces te han expulsado del Partido?”, preguntó después. “Todas”, le dije, “pero no me voy aunque esté fuera.” “Algo de eso me han contado”, dijo, y tosió discreta pero pinchemente. “Te traje los libros”, le dije. “Son muchos”, dijo él. “Cuántos más piensas escribir?” “Los que alcance”, le dije. “Pero no vine a eso. Vine a verte a ti, a saber cómo estás, a que me cuentes lo que pasó”. “Cómo estoy, ya lo ves: mejor que nunca”, dijo Vadillo con exhausta ironía. “Y qué pasó, no vale la pena. No vale la pena hablar de eso”. “Pero algo muy grave pasó”, le dije. “Desapareciste un cuarto de siglo. Aquí hubo versiones: que estuviste de voluntario en la guerra española, de voluntario en la revolución china”. “En ninguna”, dijo Vadillo. “Tampoco en el Ejército Rojo, aunque me hubiera gustado”. “¿Dónde estuviste entonces, Evelio?”, le dije. “En un pliegue de la historia, Pepe, como tú dirías”, dijo Vadillo. “No vale la pena hablar de eso. Mejor háblame de ti. ¿Cómo ves el Partido? ¿Tenemos posibilidades para el futuro?” “Ninguna”, le dije. “El mexicano es un proletariado sin cabeza, sin vanguardia, sin partido”. “Conozco tu alegato sobre eso”, dijo Vadillo, aludiendo a mi libro sobre el proletariado sin cabeza. “No sé si eres del todo justo”, agregó. “A lo mejor pecas de impaciencia”. “Peco de impaciencia y de conciencia”, le dije. “Pero te repito que no vine aquí a hablar de mis libros, sino de ti. ¿Qué pasó contigo estos años? Quiero saber”. “No vale la pena”, dijo Vadillo. “Es una situación que pertenece al pasado. Y no debe interesarnos el pasado, sino el futuro. Para eso hemos vivido y para eso hemos de morir”. “¿Estuviste preso?”, le dije, empezando a forzar la situación. “Digamos que viví, junto con todo un pueblo, una desviación histórica del socialismo”, dijo Vadillo. “¿Preso?”, insistí. “Yo no lo diría así”, dijo Vadillo. “¿Cómo lo dirías, Evelio?”, persistí. “Cómo lo decía Engels”, dijo Vadillo: “La historia camina por el lado malo. Avanza dando rodeos, se equivoca en apariencia, pero al fin llega donde tiene que llegar. Si queremos conquistar el futuro, hay que pagar el precio de no siempre caminar derecho hacia él. Eso es lo que pasó”. “¿Pero qué te paso a ti?”, le dije, supongo que ya un poco exaltado. “A ti, no a la historia del socialismo: ¿qué te paso?” “Lo que me pasó a mí no importa, ya te lo he dicho”, dijo Vadillo. “Y no habrás de saberlo por mi boca. Los individuos no importamos en esto. Eso es lo que aprendí estos años. Somos a la vez todos y nadie. Mejor dicho: o somos todos o no somos nadie, porque nadie se salva solo”.

Calló Revueltas otra vez como olvidando que lo escuchábamos. Cantú se atrevió a romper ese silencio imponente y casi ritual, con una voz seca, quebrada: -¿Y no te dijo nada?

-Nada -dijo Revueltas.

-A su manera te dijo todo -sugirió Roberto Escudero.

-Según su curiosa dialéctica, sí -aceptó Revueltas-. Pero según la realidad, lo único que me dijo como a las ocho de la noche fue que debía descansar. Se metió al cuarto de donde había salido y vino su sobrina a acompañarme a la puerta. No volví a verlo. Murió un mes después. Un miserable publicó en el diario Excélsior un libelo culpándonos a mí y a otros de haberlo abandonado en la URSS.

-Nuestra prensa es una mierda -dijo el muchacho trotskista, todavía en el regazo de su soldadera pero incómodo, herido y a la vez resuelto a no dejarse tocar por la no historia del camarada Vadillo.

Su comentario acabó de matarnos. Nos quedamos viendo la mesa, girando las copas vacías sobre los pulgares.

-A propósito de la prensa -dijo Revueltas por fin-. Tengo que responder un cuestionario para el periódico estudiantil de la Universidad de Berkeley, y es la una de la mañana. Si no tienen otra moción, propongo un último brindis y a la cama.

-Se acabó el tequila -dijo la muchacha.

-Un brindis de aire, entonces -dijo Revueltas-. Si el aire es el alma del mundo, hagámosla comulgar con la nuestra, tragándolo.

-Brindo por el camarada Vadillo, que creyó en el alma de la historia -dijo Cantú.

-Dos tragos grandes -dijo Revueltas.

Se puso de pie, en posición de firmes, para dar dos mordidas al aire y tragar, concentrado, como si en verdad comulgara.

Reímos y lo amamos como sólo podía amársele en persona, con una ternura vecina de la risa y la alegría. Cayó preso mes y medio después, el 18 de noviembre de 1968, acusado de todos los delitos imaginables que él, en una confesión burlona, multiplicó hasta lo grotesco. Salió luego de dos años de prisión tras haber escrito en su celda serena una de las obras maestras del horror carcelario, El apando, y se dejó morir unos años más tarde, en su departamento, harto de vencer una depresión cósmica que los médicos no supieron y él no quiso combatir.

En julio de 1980, al cumplirse el cuarto aniversario de su muerte, llegó a la redacción de la revista nexos, donde yo trabajaba, un sobre delgado de remitente anónimo. Traía una fotocopia del oficio de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política de México, que entregaba al reo José Revueltas a la Procuraduría General de la República. Junto con el oficio, fechado el 18 de noviembre de 1968, venía un texto del propio Revueltas, escrito a manera de entrada de un diario el día de su detención.

Lamentaba Revueltas en su texto la muerte de Vicente Lombardo Toledano porque había perdido para siempre la posibilidad de polemizar con él en vida para “demoler una a una sus posiciones ideológicas”. Decía no tener quejas de su captura “salvo, desde luego, por la pérdida de la libertad” y se mostraba feliz por haber recibido de sus propios captores los libros más inesperados, empezando por el Libro rojo de Mao Tse Tung y terminando por el teatro completo de Chejov. El texto terminaba así:

Escribo estas notas como quien arroja un mensaje al mar dentro de una botella. ¿A manos de quién llegarán si a manos de alguien? Bueno, escribir ya en sí mismo es una forma de la libertad, que aún sin papel ni pluma nadie nos podrá arrebatar de la cabeza, a menos que nos aloje dentro de ella una buena bala con la que termine todo.

Sé que la imaginación de esa bala rondó sin melodrama su cabeza aquella primera noche de su última prisión. Me atrevo a creer también que, antes de dormirse, extrañó la voz fraterna, antigua, del camarada Vadillo, la voz que había cifrado para él, alguna vez, el sonido cálido de la madre y de la tierra, de la juventud y de la fe, la voz incontenible de la esperanza que había dado a sus vidas el fuego catecúmeno que las encendió hasta consumirlas, y a sus muertes el fulgor crepuscular del siglo donde aún crepitan, inconformes, sus rescoldos.