Un gran error editorial y de perspectiva literaria ha querido que Samuel Beckett sea, sobre todo, un dramaturgo. Lo es, en efecto, pero esa luz meridiana provocó una zona de sombra sobre la verdadera identidad de Beckett, la novela. No deja de ser una ironía que el mismo Beckett haya impedido, en buena parte, que sus novelas brillaran como brilló su teatro. Quiero decir que Samuel Beckett es uno de esos pocos casos en que el escritor es víctima de su coherencia. El rechazo de la publicidad, el silencio absoluto fuera del mundo de su literatura, la frontera armada que puso a su vida íntima fueron también los “editores” que vendieron al mundo la imagen del dramaturgo y que despreciaron, en cierto sentido, al novelista. Como sea, no es bueno confundir: el mundo necesita más escritores víctimas de su coherencia y no víctimas de sus ambiciones.

Como suele pasar con el temperamento de los escritores, éstos se hacen y deshacen con el paso del tiempo. El repudio beckettiano a la vida pública tiene su historia. En el año de 1948 Murphy, la segunda novela de Beckett, vendió cuatro ejemplares. Bordas, el editor que se animó a publicarla después de muchas dudas, canceló las opciones de edición de su nueva novela, Mercier y Camier y de un libro de relatos. El mismo Bordas atribuyó el desastre de ventas a la necia negativa de Beckett a participar en el lanzamiento de la novela: no dio una sola entrevista y, mucho menos, un solo servicio a la prensa. Bordas tenía razón.

Tiempo después, las Editions de Minuit contrataron con Beckett Mercier y Camier. Fue una audacia: hasta el año de 1951, Murphy vendió 95 ejemplares de una edición de tres mil. En esa época Beckett escribía en la noche y dormía en el día. Cuando no se le daba la escritura caminaba de noche en busca de algún café donde beber una cantidad de alcohol suficiente para emborrachar a toda la tripulación de cualquier barco irlandés. Como suele pasar en estos casos, cayó enfermo. Se dijo que fue una gripa que trajo innumerables secuelas.

Cerraba la década de los cuarentas y Samuel Beckett había escrito cuatro novelas, Murphy, Watt, Mercier y Camier y Molloy; una serie de cuentos, entre otros, “Primer Amor”, “El Expulsado”, “El Calmante” y una pieza de teatro, Eleutheria. Durante dos años Suzanne, su mujer, le llevó a seis editores distintos las novelas de Beckett; los seis se negaron a publicarlas.

Muchos años después Beckett recordaría esto: “Empecé a escribir teatro para salir de la depresión negra en la que me hundió la novela. Mi vida en esa época era terrible y pensé que el teatro le traería algo de alegría”. Entonces, el 9 de octubre de 1948 empezó a escribir una pieza de teatro que terminó en enero de 1949: Esperando a Godot.

Una de las bromas que la posteridad jugará a Beckett, o mejor, a los críticos de Beckett -porque como escribió Norbert Elías, la muerte es un problema de los vivos- será esta: sus novelas serán, en poco tiempo, clásicos imprescindibles para quien pretenda normar la historia de la novela europea. Pienso en el aura de clásicos que ronda las obras de Robert Musil, James Joyce, Marcel Proust, Hermann Broch o Franz Kafka.

El simple azar recurrente de las modas y los reconocimientos volverá a la trilogía francesa compuesta por Molloy, Malone muere y El innombrable un clásico de la novela del siglo XX. En parte porque en esas tres tramas vive un personaje moderno: el clochard y el flanneur, el vagabundo, el paseante y el observador. Este héroe que ha poblado las grandes ciudades del fin del milenio será el gran tema -de hecho lo es ya- de los narradores del nuevo siglo. Y los personajes que Beckett concibió en los cincuentas, esos cuerpos oscuros hundidos al borde de una carretera, aterrados y desesperados a la vez, solitarios y sin esperanza serán la referencia inmediata de los intentos del estilo y las aventuras europeas de la prosa.

Le sucedió a Baudelaire. Su poesía se volvió una lectura Universal cuando fueron comunes y corrientes las novedades del capitalismo. Quien quiera entender un gran centro comercial y acercarse al hombre de la muchedumbre debe leer a Baudelaire. Algo parecido sucede con Samuel Beckett: quien quiera entender el funcionamiento de los amplios e interminables freeways, de la escasez en la abundancia de las grandes ciudades, de la soledad de los que no subieron al tren de la modernización de los países del primer mundo, debe leer a Beckett.

Beckett escribió novela, cuento, poesía, teatro, guiones radiofónicos, argumentos fílmicos; no hubo forma que se le negara y que no ejerciera con gran rigor profesional. Quien frecuente su obra se dará cuenta de esto y de la solidez narrativa en que se levanta -solidez: tensión dramática, sentido de la trama, trabajo de personajes, paciencia estilística- pero de algo más: de que es una lectura dolorosa. Su espacio natural es la desesperación, la desesperanza, la soledad, el encierro sin matices formales ni disimulos estilísticos. Se sufre leyendo a Beckett, aunque sea un sufrimiento aleccionador, inteligente, posible. Pero esta no es una buena razón para alejarse de su obra; se sufre igual todos los días en otras zonas de la vida, y con muchas menos lecciones en el camino.

Durante mucho tiempo preocupó a Beckett que sus novelas y relatos fueran autobiográficos. Le inquietaba al grado de que dio a la imprenta “Primer amor” hasta que murió la mujer que evocaba el relato. Y en efecto, sus novelas son, según cuenta su biógrafa Deirdre Bair, retratos minuciosos de su vida y de las presencias que la poblaban. Pero a nadie se le ocurriría pensar hoy que los personajes digamos centrales de su obra – Watt, Murphy, Molloy, Malone, Vladimir, Estragón, Ham, en fin- sean Samuel Beckett. Porque ciertamente no lo son, y es posible que nunca lo hayan sido. Cuando la eficacia literaria logra que la primera persona entre en la vida del lector y éste piense que la historia que lee no sólo le sucedió al narrador sino a él también, entonces el asunto se vuelve un enigma literario -y la autobiografía es lo de menos-. Pero algo más, si esa historia puede leerse durante años sin que el tiempo la dañe en lo esencial, entonces estamos en la provincia beckettiana. Y si esa eficacia y esa suerte frente al tiempo surgen de un feliz desafío imaginativo, entonces estamos en el corazón de la obra de Samuel Beckett y de un clásico en dos lenguas, la inglesa y la francesa.

Gore Vidal pensó que los novelistas predicen su futuro. Los últimos días de Samuel Beckett confirmaron, de una forma extraña y misteriosa, esta intuición temible. La última vez que Israel Horovitz vio a Beckett fue en un asilo para ancianos en el que se recluyó voluntariamente. Lo encontró en una habitación en penumbras, vestido con ropa vieja y escribiendo a mano sobre una mesa de bridge. Esta imagen final fue prevista muchos años atrás por el mismo Beckett. La pieza mágica de esta admonición se repite varias veces en una de sus mejores novelas, Malone muere: Malone escribe en la oscuridad una obsesiva página, le desespera que el lápiz que usa para escribir se consuma; viste ropas raídas que no recuerda cómo obtuvo y está en un lugar al que no sabe cómo ha llegado. Este modo de fundar el futuro es, en efecto, una ironía más del vasto y querible mundo beckettiano.