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Arafat le preguntó a mi madre si había caminado en un campo minado.

—Caminar en un campo minado no puede ser derecho. O explotan las minas —dijo quien conocíamos como Abu Ammar—. Hablaba de lo que consideraba la necesidad de ensuciarse las manos, en código de guerra, para lograr un objetivo. Lo hizo hasta que el mundo, su mundo, se dio cuenta del costo de la violencia como sustituto a la ruta política. Aceptó discutir lo que había sido impensable. También debía abandonar el camino recto en la solución política, aceptar la existencia del que se asumía opuesto para estrechar su mano.

Pasaron demasiados años y hoy esa idea resulta totalmente exigua. El síntoma que era más lógico rechazar, la destrucción, es ahora una vista por la asepsia política y beligerante. El camino de los puros insiste en limpiar de realidad sus percepciones y sigue representando el ejemplo de la imposibilidad actual. Es agotador, para cualquiera que quiera asirse al rigor de la verdad y el tiempo, insistir que Hamás no es lo mismo que Palestina, que judíos no son lo mismo que el gobierno de Israel o que el mismo Israel. Ambos pueblos existen en un territorio, en diásporas, y no dejarán de hacerlo. Repetir hasta el cansancio la desaparición de uno u otro es caer en el delirio: lo fuera de la realidad.

Infinidad de quienes se asumen propalestinos, sobre todo en los terrenos alejados a Medio Oriente y ahora también entre muchos de los más jóvenes en el lugar, creyeron que decir Hamás equivalía a todos los palestinos. Muchos de sus opuestos, igual. Incluido un gigantesco número de políticos israelíes que desaparecieron de su memoria a Rabin o una infinidad de asumidos proisraelíes que encontraron un lugar apacible en la negación del horror, la discriminación, la humillación y la segregación. “Somos la única democracia de la región”, se insiste frecuentemente, porque supongo que hay quien puede llamarle democracia al sistema de propios que excluye a los que consideran ajenos, aunque caminen por la misma calle. En la misma calle donde unos caminan con más derechos que el otro.

En algún libro escribí que tenía medianamente cerrado mi capítulo Palestina, no sentí que podía profundizar más en la imposibilidad que se mantenía inamovible. Era agotamiento. Mayo me recordó la necesidad de seguir insistiendo en lo obvio. No hacerlo es una de las múltiples razones del lugar donde nos encontramos.

Emitir juicios es asumir sus consecuencias y es más cómodo no asumirlas: nada diluye la necesidad ética de pronunciarse contra la aberración, como recurrir a la idea abstracta de complejidad. Qué fácil se ha hecho decir que una condición es compleja. Es compleja Palestina, es complejo Israel y sus múltiples conflictos entrecruzados. Entonces se le pide prudencia al juicio que cada uno prefiera evitar.

No, no hay teoría de cuerdas ni gravedades invertidas en la ilegalidad intrínseca al avance de la ocupación israelí, sobre todo desde 1967. Tampoco es complejo reconocer el sistema de discriminación y exclusión que viven los palestinos con el control estructural que sostiene Israel sobre sus poblaciones; sólo hay que admitirlo. Hace tiempo que el concepto “apartheidse separó de su concepción sudafricana. Cuando un Estado ejerce control de bienes, de paso, de registro de identidad, como lo hace Israel hacia los palestinos, se llama apartheid. Tampoco hay complejidad en la radicalización de sectores árabes a causa de todo lo anterior y de la incapacidad y desinterés político de los liderazgos palestinos, tan corruptos como maniqueos. La radicalización, el sectarismo y su violencia, con su vocación a prometer la inexistencia del otro desde su naturaleza asesina, son justamente las rutas contrarias a la complejidad. Son burdas como lo es la tendencia de liderazgos regionales a buscar la solución militar al conflicto político. No es compleja la indiferencia de la comunidad internacional, es simplemente detestable y mezquina.

Nos hemos quedado con la explicación del origen fundador de uno y de la Nakba del otro —la expulsión de los palestinos en 1948—; nos hemos conformado como sociedad, como comunidad internacional, y ha redituado hacerlo. Mayo, como instante, se va a diluir. Ya no hablaremos tanto de Palestina, de Israel o de sus asentamientos; omitiremos el entorno en espera de la próxima crisis. La responsabilidad por omisión es compartida.

Ilustración: Jonathan Rosas

Mientras mantengamos el sistema de vicios habrá otros Sheikh Jarrah. Ese barrio del este de Jerusalén —territorio palestino ocupado y sin reconocimiento internacional de su anexión por parte de Israel— se repetirá con otra orden de evacuación firmada por un juez. Posiblemente el barrio tendrá un nombre distinto. O será el mismo. Se ordenará evacuar a otras familias o a las mismas. Un detonador más para alimentar el vacío de soluciones que le siguen a la repetición hasta el cansancio de una solución de dos Estados. Expresión de buena voluntad que desecha la metamorfosis del mundo y el avance de las extremas derechas con su discurso abiertamente racista. Vacío que elude la toma de postura. Atavío con un disfraz de principios, capaces de esgrimirse sin siquiera las condiciones que los sustenten. Esa repetición constante es también causa del desastre que vemos hoy. Disculpa vaporosa: que todos vivan felices y cosechen aceitunas juntos, pero que en términos prácticos evita decir que no están las condiciones para esa opción.

El primer obstáculo supera lo evidente. Depende de fronteras que ya no existen. Plantear la solución de dos Estados obliga a que Israel desmantele el avance de sus asentamientos, política de Estado que contradice el planteamiento de una ocupación temporal. No hay insumo para que eso suceda. Sin fronteras y sin liderazgos políticos dispuestos a la existencia del otro, hablar de dos Estados es hacerlo de unicornios. Académicos especializados en la región y diplomáticos de todo espectro han favorecido una ilusión que no se ajusta a realidades, pero permite coloquios. Es perorata sin un Hamás capaz de abdicar de su principio fundador, porque hacerlo equivale a renunciar a su razón de existir: la creación de un Estado Islámico Palestino. Ilusorio con un Mahmud Abás aferrado a su incapacidad política en la Autoridad Nacional Palestina, pese a la seducción ideológica de Hamás en Cisjordania, su territorio. Imposible con políticos israelíes, Netanyahu o no, afianzados en una ultraderecha que usufructúan el trumpismo regional. El fundamentalismo se entendía más árabe, ya es compartido. Ambas partes tienen los incentivos inmediatos para continuar la radicalización y la violencia. Todo frente a la mirada internacional que aprendió a dar discursos bonitos.

El recrudecimiento de las condiciones generales y el deterioro de la vida alientan el radicalismo, lo vemos en cualquier lugar. No todos los lugares tienen las condiciones de violencia perpetua y mezcla de factores que tiene Medio Oriente.

En esta ocasión pudo abrirse la puerta a un gigantesco error, tanto de Netanyahu como de Hamás. Por un lado, Hamás parece conquistar suficientes réditos políticos. Gente en el Cisjordania que apoyaba a Fatah, apoyándolos ahora. Es prudente suponer que, de celebrar las elecciones que pospuso Abás, hoy las ganarían. Pero al mismo tiempo, por el nivel de desproporción por parte de Israel, tiene que entender las formas de usar ese capital político fuera del conflicto armado. Sigo sin ver intención de ello. Con las condiciones actuales ese apoyo, por la disparidad de fuerzas, advierte la búsqueda de su destrucción. Fundamentalistas contra fundamentalistas.

Lo que parecía para Netanyahu el mismo alimento, a partir del nivel de violencia, también generó mayor radicalización. Esa radicalización se ha extendido de tal forma que cuando se dice que la responsabilidad es exclusiva de Hamás, ya no sólo se trata de ellos, sino del apoyo social que consiguieron. Ése no se puede destruir al ser tan extensivo. La brecha de la imposibilidad se profundizó. La erosión tardará en sanar.

Abu Ammar y otros entendieron que se llega a un momento en el que no se pueden seguir levantando cuerpos. Crearon entonces las condiciones. “Sin socios para la paz no puede haber paz”, dijo una vez Yitzhak Rabin.

Dejaremos de hablar de la escalada de este año. Con el tiempo, habrá quien quiera buscar qué detonará la nueva expresión de violencia; las imágenes de niños llorando frente a las ruinas de nuevos edificios; la prisa de los reporteros vaciando sus oficinas; la lluvia de bengalas que promete el escudo antiaéreo israelí. Esa persona solo discutirá los síntomas que tienden a verse como causas con tal de no detenerse en la naturaleza del conflicto.

Cuando dejemos este momento, Filastin, Palestina, seguirá allí, pronunciada en árabe por árabes y no árabes, y ya no la pronunciaremos hasta que una vez más vuelvan los detonadores que llevan a preguntar cómo llegamos ahí. No son los detonadores, es la continuidad y los lugares comunes transformados en la perpetuidad que cobija la omisión.

Dimos dos pasos atrás, reconozcámoslo antes de seguir recitando nadas. Si queremos hablar de soluciones se necesita primero establecer las condiciones para ello. Deserosionar mayo.

El camino minado estallará si no se entienden las vías de coexistencia. Decir solución de dos Estados, de uno —que es de facto—, sin profundizar en ellos, es la reducción de la dicotomía. La inclinación por enunciar complejidades termina por encontrarse con el abrazo a la simpleza: si los míos son buenos, los de ellos son malos, aunque esos ellos no sean todos los señalados y los aparentemente buenos sean perversos.

Las causas alrededor de Palestina e Israel no esconden grandes complejidades, como tampoco admiten las respuestas que se han convertido a lo largo de décadas en el lugar común para eludir responsabilidades, defender a la tribu, deslegitimar al otro, negar la posibilidad de pensar en contradicciones.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.