Para Carlos Monsiváis

 

El 2 de junio de 1939, Jorge Luis Borges, tan poco predispuesto a entusiasmarse por modas y novedades literarias, publicó en la revista El Hogar, de Buenos Aires, un ensayo titulado “Cuando la ficción vive en la ficción”, donde comentaba el libro de un joven autor irlandés recién aparecido en Londres: “He enumerado muchos laberintos verbales; ninguno tan complejo como la novísima obra de Flann O’Brien: At-Swim-two-Birds. En ella, un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín, quien escribe una novela sobre los parroquianos de esa taberna, entre los cuales se encuentra el estudiante que escribe la novela inicial. At-Swim-two-Birds no sólo es un laberinto: es una discusión sobre las muchas maneras de concebir la novela irlandesa y un repertorio de ejercicios en verso y prosa que ilustran o parodian todos los estilos de Irlanda. La influencia magistral de Joyce (arquitecto de laberintos, también; Proteo literario, también) es innegable, pero no abrumadora en este libro múltiple”.

Borges no podía saber entonces que era uno de los sólo 244 lectores que durante más o menos veinte años se internarían en aquel texto excepcional. De la misma manera que el autor de aquel intrincado laberinto verbal ignoraría toda su vida el entusiasmo que su libro había provocado en un lejano lector de Buenos Aires, cuyo nombre tal vez nunca llegó a conocer.

¿Quién fue Flann O’Brien?

Fue un novelista irlandés nacido en 1911 y muerto en 1966, cuyo nombre real era Brien O’Nolan, y que en el periodismo, actividad que consumió casi toda su vida adulta, y también su tranquilidad y su energía, utilizó el pseudónimo de Myles na Gopaleen, que lo hizo ampliamente popular en su país natal. Con menos asiduidad, menos interés y más descuido se ocultó también tras los nombres de John James Dol, George Knowland, Brother Barnabas, Stephen Blakesley y Lir O’Connor.

Como Flann O’Brien, escribió dos obras magistrales: At- Swim-two-Birds (Dos pájaros a nado) y El tercer policía; una novela escrita en lengua irlandesa, The poor mouth, una especie de Réquiem en sordina por un idioma en vías de desaparecer, y por los últimos pobladores que aún lo hablaban, descendientes de reyes guerreros y poetas prodigiosos, degradados a una condición donde la diferencia entre su vida y la de los cerdos cuya crianza los mantenía era apenas perceptible; así como dos novelas menores escritas en sus últimos años, La vida dura y El archivo de Dalkey, y la comedia Faustus Kelly.

Fue una personalidad trifronte, un funcionario público, un novelista de vanguardia conocido sólo por un minúsculo puñado de entusiastas, y el autor de una columna popular en el más importante periódico de Dublín. El periodismo acabó por invadir sus facultades creadoras, por hacerlo famoso e infeliz, por convertirlo en una creación de su pseudónimo. Sus auténticas necesidades de discreción y anonimato fueron demolidas. Un hombre que hace uso de tantos disfraces y niega la relación entre su persona y los múltiples nombres que la ocultan, aspira por fuerza a vivir en una celda, situada, de ser posible, en medio del desierto. Le perturbaba, pero no logró, o por alguna razón no quiso, renunciar a ella, la popularidad de Myles na Gopaleen, nombre que sus lectores comenzaron a aplicarle y que poco a poco llegó a sustituir al verdadero. La triunfal invasión de Myles na Gopaleen sobre Flann O’Brien, y sobre Brien O’Nolan, terminó por destruirlo.

Encontró enemigos implacables, sin saber combatirlos. Los principales: la frustración personal producida por el fracaso de su primera novela y el rechazo editorial unánime de la segunda, El tercer policía; el raquitismo cultural y moral y el aislamiento de la Irlanda de su tiempo; la fuerte presión sobre el novelista de su fama periodística, y una desmesurada afición por el alcohol que llegó a convertirse en una pavorosa enfermedad. Una reciente biografía ilustrada por Peter Costello y Peter van de Kamp muestra la evolución sufrida en su aspecto desde la época de estudiante hasta poco antes de su muerte. El rostro de querubín satánico del joven universitario decidido a devorar el mundo se transforma, primero, en una luna blanduzca y mofletuda sobre el cuerpo de un regordete funcionario público y evoluciona luego hasta llegar a ser el tejido de rasgos crispados y patéticos de los años finales, un rostro que aúna los gestos de la víctima a los de su verdugo, una imagen viviente de la culpa y el desorden, de la vergüenza y la resignación. Sus últimas fotografías recuerdan las caras de esos psicópatas con que nos sobresalta de cuando en cuando la página roja de los diarios, sorprendidos por la cámara en el momento de su detención o cuando son conducidos al patíbulo: la frente perlada de un sudor viscoso, la mirada huidiza, amedrentada, la piel que imaginamos gris o azulada, el descuido con que la corbata ciñe un cuello sucio y mal abotonado. Gianni Celati compara, en un reciente y espléndido ensayo, la imagen de O’Brien con la de ciertos personajes de los filmes de Carné. Me imagino que se refiere a esa ambigüedad oscilante entre la santidad y el crimen.

El constante juego de disfraces, la proliferación desmesurada de pseudónimos, el gusto por el ocultamiento, la atroz mitomanía final, hacen difícil precisar casi todos los pasajes fundamentales de la vida de O’Brien. Se sabe con certeza que tan pronto como se licenció en la Universidad de Dublín con una brillante tesis sobre la antigua lírica gaélica, comenzó a escribir At-Swim-two-Birds y que usó el pseudónimo de Flann O’Brien para publicarla porque estaba a punto de ingresar al Servicio Público, cuyas funciones le parecían incompatibles con el tono desenfadado que empleaba en la novela, de la que en algunas ocasiones llegó a negar la paternidad. Tuvo la suerte de que el manuscrito cayera en manos de Graham Greene, lector de la Editorial Longmans. Su informe de lectura decidió la publicación: “Es un libro en la línea deTristram Shandy y de Ulyses; su sorprendente humor no oculta la seriedad de sus intenciones: presentar de manera simultánea todas las tradiciones literarias de Irlanda”. La novela vendió 244 ejemplares. Un par de años después, las bodegas de la editorial ardieron durante un bombardeo. Longmans decidió no reeditar el libro. Podrían haber sido escasos los lectores, pero entre ellos los hubo excepcionales. Borges, en Buenos Aires; y entre los de lengua inglesa, Samuel Beckett, que de inmediato le llevó un ejemplar a Joyce, el cual escribió: “Se trata de un auténtico escritor, con un sentido verdadero de la comicidad. Es un libro de verdad muy divertido”. Dylan Thomas, por su parte, escribió: “Esta novela sitúa a O’Brien en la primera línea de la literatura contemporánea”. A pesar de esos juicios, en 1940 Longmans rechazó la siguiente novela de O’Brien, El tercer policía, por considerarla demasiado extravagante. La editorial le aconsejó al autor escribir algo más normal, más cercano y aceptable para el público común. O’Brien ofreció su libro a otras editoriales; todas lo rechazaron con argumentos más o menos semejantes. Al final, decidió declararle a sus amigos que había perdido el manuscrito en una taberna, y no quiso volver a hablar del asunto. El tercer policía fue publicado póstumamente.

Nuestro siglo parece complacerse en repetir de un modo cíclico esa extraña comedia de errores que se suscita entre ciertos autores y el lector. Los casos de Robert Musil, de Hermann Broch, de Malcolm Lowry, de Joseph Roth, son ejemplos de escritores que han necesitado un vuelco en el gusto literario, ocurrido veinticinco o treinta años después de su muerte, para que se revele la magnitud de obras como El hombre sin cualidades, Los sonámbulos, Bajo el volcán, o La marcha de Radetsky. At-Swim-two-Birds y El tercer policía se suman a esa lista de novelas fundamentales de nuestro tiempo redescubiertas tardíamente.

Dos pájaros a nado

El nombre extravagante de esta novela, At-Swim-two-Birds, procede del nombre de una aldea situada en las márgenes del río Shannon, y es la forma sajonizada de un viejo lugar mencionado en la antigua lírica medieval irlandesa que en gaélico suena Snam-da-en.

At-Swim-two-Birds entraña un tránsito vertiginoso entre todos los registros de la literatura irlandesa, y es un libro que contiene por lo menos otros tres libros. Uno, sobre la relación entre el novelista y sus personajes, la difícil convivencia entre el demimurgo y sus criaturas, las cuales acaban rebelándose contra quien les otorgó la vida. Otro, sobre la antigua leyenda medieval del rey Sweeney, a quien Dios castigó con la locura y, ¡cómo si fuera poco!, con la inmortalidad, por haber atentado contra la vida de un piadoso clérigo, y que en los viejos cánticos gaélicos aparece convertido en un triste pajarraco que salta de un árbol a otro; y un tercero, que registra el nivel que podríamos llamar cotidiano, compuesto por las vicisitudes familiares del joven escritor que intenta escribir una novela, su iniciación en el alcohol, sus diarios pequeños conflictos, sus disquisiciones en torno a la obra que escribe, circunstancias de las que poco a poco va surgiendo esa alucinación que es la novela entera.

El tres, por lo visto, es el número fundamental en el universo de O’Brien. At-Swim-two-Birds se inicia con la reflexión de su joven autor, el estudiante de Dublín, sobre la inconveniencia de que un libro posea un principio y un final únicos. El libro ideal tendría que contar con tres inicios perfectamente diferenciados, interrelacionados sólo en la mente del autor, de manera que sus múltiples combinaciones pudieran producir un centenar de finales diferentes. Una vez convencido de esa necesidad formal, esboza tres puntos de partida posibles para la novela que se propone componer.

El primero: El Pooka Mac Phellimey, miembro de la familia del Maligno, meditaba en su cabaña, sentado ante una mesa de trabajo tallada laboriosamente, sobre la naturaleza de los números, segregando mentalmente los impares de los pares. Sus toscos dedos, de larguísimas uñas, acariciaban una cajita de rapé de redondez perfecta, mientras por los huecos de la dentadura dejaba escapar una amable cavatina. Era un hombre cortés, apreciado por todo el mundo, debido al trato generoso que le daba a su esposa, una de las Corrigan de Carlow.

El segundo: en el aspecto del señor John Furriskey no se advertía nada extraordinario, pero lo cierto es que poseía una distinción rara vez conocida: había nacido a los veinticinco años de edad, con una memoria excepcional, pero sin ninguna experiencia personal que la respaldara. Ostentaba una buena dentadura, aunque un poco manchada por el tabaco. Dos de sus muelas habían sido obturadas y una nueva cavidad comenzaba a abrirse paso en el canino superior izquierdo. Sus conocimientos moderados de física comprendían la ley de Boyle y el paralelogramo de fuerzas contrarias.

El tercero: Finn Mac Cool fue un héroe legendario de la antigua Irlanda. No podía decirse que fuera un hombre mentalmente robusto, pero sí que su físico era soberbio. Cada uno de sus muslos tenía el grosor del vientre de un caballo, adelgazándose en los tobillos al diámetro del vientre de un potrillo. Centenares de niños hubieran podido entretenerse lanzando pelotas contra su espalda inmensa; tan amplia, que con facilidad hubiera podido detener la marcha de un regimiento en un paso de montaña.

Finn Mac Cool es el vehículo que le permite al narrador entreverar su proyecto con la vieja tradición gaélica. Finn canta en una de sus primeras apariciones:

Soy un hombre del Ulster, y un hombre de Connacht y un griego,
Soy Cuchulainn y soy Patricio,
Soy Carbery-Cabeza-de-Gato y soy Goll,
Soy yo mi propio padre y soy mi hijo
Soy todos los héroes que han sido desde el inicio de los tiempos.

Las vanguardias tienden a ser ásperas, severas, moralistas; pueden proclamar el desorden, pero entonces el desorden se vuelve programático. Excluyen el placer. Al protestar contra el pasado se cargan por lo general de pésimos humores. Pocas son las excepciones a esa regla. En la primera novela de O’Brien nada queda al azar; tampoco intenta disimular su asombrosa riqueza lingüística, su cultura filosófica, sus complejos contrapuntos temáticos. At-Swim-two-Birds es un laberinto cuyos muros están cubiertos de espejos. En ellos la realidad se fractura sin cesar, se empequeñece o magnifica, es triturada hasta transformarse en otra realidad que es pura y simplemente literatura. La forma anticipa algunas novelas que muchos años después intentarían una nueva estructuración del género. Pero ninguna de ellas puede compararse a la del irlandés en cuanto a ejercicio del humor, a su radiante alegría, al regocijo que transpira su lenguaje.

At-Swim-two-Birds es, entre muchas otras cosas, un relato que sigue de cerca el progreso literario de un joven estudiante, quien, harto de la monotonía de sus estudios y de la perpetua presencia de un fastidioso y severo tutor, descubre dos formas deliciosas de evasión: la creación de una novela y la frecuentación de las infinitas tabernas que pueblan la ciudad de Dublín. Ambas aficiones lo llevan a inventar a Dermont Trellis, personaje estrambótico, novelista de profesión, quien, a diferencia de su joven creador, vive obsesionado por transmitir a la literatura una función moral y didáctica. Dermont Trellis se propone escribir un libro para fustigar sin piedad los males derivados de la incontinencia carnal. Para ello mantiene a una serie de personajes imaginarios encerrados en un hotel de su propiedad a la manera de un director de cine que tuviera acuartelados a los actores mientras filma una película. Una novela moralizante puede sólo nutrirse de protagonistas arquetípicos que encarnen la lascivia y la virtud, el bien y el mal absolutos. La trama de la novela sería muy simple: Peggy, una joven bella y casta se ve acechada por el libertino John Furriskey, creado con el propósito expreso de descargar su lascivia en la casta doncella y recibir ulteriormente el castigo adecuado. A los otros personajes les corresponde velar por la virtud de la joven y la imposición de una pena ejemplar a su lascivo estuprador. Pero, sin que el autor se entere, los personajes cumplen otros designios. Furreskey se enamora tiernamente de la heroína a quien debía seducir. La sirvienta corresponde su amor y le confiesa haber sido ya violada por todos aquellos personajes creados precisamente para custodiar su virginidad. Furreskey la perdona y se casa con ella; montan una pastelería, tienen varios hijos y viven tranquilos y felices el resto de su vida. Para que el novelista Trellis no advierta su liberación lo mantienen dormido con un fuerte soporífero, y sólo se presentan en su casa durante los pocos minutos del día en que el autor puede salir de su letargo. La historia se desliza por cauces cada vez más inverosímiles. Todos los estilos son bien recibidos, en especial los que parodien y ridiculicen otros estilos. El elenco de personajes incluye elfos, diablos, gangsters, filósofos y borrachos. En boca de ellos las viejas sagas vuelven a cobrar vida y a mezclarse fantasmagóricamente con la doble existencia de los protagonistas, la que les ha impuesto su autor y la que libremente han elegido. De hecho, todo puede ocurrir en el transcurso de la novela. Dublín es asediada y semidestruida por una tribu de aguerridos pieles rojas, escapados de la imaginación y control de un autor de westerns; hay madres que paren hijos que las superan tanto en edad como en tamaño; elfos y demonios que hablan sobre la música de Bach y el alza escandalosa en el costo de la vida; amores que llegan a la culminación física entre un novelista y los seductores personajes femeninos que va creando. Y hay un final jocoso donde todos los personajes de esa kermés enjuician y condenan a un castigo ejemplar al autor que tanto los ha importunado en el transcurso de la novela.

La vocación por el tres de O’Brien vuelve a manifestarse en el párrafo ejemplar que cierra el libro: “Demasiado conocido es el caso de aquel pobre alemán enamorado del número tres, quien reducía todos los aspectos de su vida a una cuestión de tríadas. Una noche volvió a su casa, se sirvió tres tazas de café, puso tres cucharadas de azúcar en cada una de ellas, se cortó tres veces la yugular con una navaja de afeitar y con mano agonizante garabateó en la fotografía de su mujer: íAdiós, adiós, adiós!”.

El Tercer Policía y el Código De Selby

Si en At-Swim-two-Birds todo es movimiento y el mundo se transforma en una serie delirante de encuentros y desencuentros, en un vertiginoso tránsito de personajes, situaciones, ideas, épocas y estilos, en El tercer policía O’Brien crea, en cambio, un mundo donde la inmovilidad es la regla. Sus personajes se internan, y el lector con ellos, en la Eternidad, donde todo está detenido, resulta incomprensible y se repite cíclica e interminablemente. El tiempo no transcurre, cualquier acción parece no terminar nunca por completo, plasmarse en una etapa que no conoce final. “Habían pasado dos o tres horas”, dice el narrador, “desde el momento en que el sargento y yo iniciamos nuestro viaje; sin embargo, el campo y los árboles, y las voces de todo lo que nos rodeaba, tenían aún un aire de aurora. Reinaba todavía un incomunicable sentimiento de amanecer y de comienzo. Nada había crecido ni madurado y nada había empezado tampoco a concluir. Un pájaro que trinaba no llegaba aún a alcanzar la última nota de su canto. El conejo que salía de su madriguera tenía todavía la cola bajo tierra”. Lo que ocurre en ese mundo parece no ocurrir integralmente. Todo es evidente y no significa nada. Como en los cuentos infantiles, la lógica que rige las acciones es diferente a aquella a la que la vida nos ha acostumbrado. Hay un policía obsesionado por la extraña teoría de la transubstanciación molecular que va paulatinamente convirtiendo a los ciclistas en bicicletas, a la vez que las bicicletas se van humanizando. Una bicicleta purga una pena en la cárcel; otra ha sido colgada, pues su condición semihumana la ha arrastrado al crimen. Al sargento le preocupa que llegue el momento en que las bicicletas comiencen a exigir el derecho de votar, pretendan ocupar escaños en el parlamento, decidan sindicalizarse.

La trama de El tercer policía es relativamente simple. Un muchacho irlandés, cojo para más señas; bueno para nada, salvo para estudiar la obra del genial y controvertido filósofo De Selby y los comentarios de sus apasionados exégetas, se deja arrastrar por su socio y participa en el asesinato de un millonario rural. Un argumento decisivo logra convencerlo: con el producto del crimen el joven lograría editar por fin la obra sobre De Selby en la que ha trabajado durante varios años. Después de cometer el crimen el narrador pierde conciencia de su identidad. No recuerda su nombre ni el lugar donde pudo haber ocultado la caja de caudales del hombre asesinado. La mejor solución le parece dirigirse a la comisaría de policía y exigir la búsqueda del tesoro que de manera inexplicable se le ha escapado de las manos. Con dificultades logra convencer al policía en turno, el parlanchín sargento Mac Cruiskeen, de que no desea anteponer ninguna demanda sobre el robo de una bicicleta, ni tampoco alguna acusación contra una bicicleta. En la Comisaría entra en contacto con un mundo de objetos tan finos, tan imposiblemente diminutos, que se vuelven invisibles, aunque se les observe a través de la lupa más poderosa, y de formas musicales de notas tan agudas que ningún oído humano pueda registrar. La mayor consolación en ese mundo en donde se ha extraviado la halla en la meditación filosófica. Repasar algunas teorías de De Selby y el intento de desbrozar la selva de confusiones creada por los apologistas y detractores del admirado filósofo ocupan buena parte de su energía mental. Los datos que el lector empieza a conocer sobre el célebre pensador son tan ambiguos, para decirlo de una manera amable, como las circunstancias en que se mueve el protagonista. De Selby, por ejemplo, sugería que la noche, lejos de ceñirse a la teoría comúnmente aceptada de los movimientos planetarios, era tan sólo un producto de acumulaciones de “aire negro” producidas por ciertas perturbaciones volcánicas, sobre las que no entraba en detalles, y también a algunas actividades industriales bastante lamentables. De igual manera resulta extraordinaria la teoría del filósofo sobre la naturaleza del sueño, que él define como una mera sucesión de pérdidas del conocimiento producidas por un estado de asfixia ligera. Entre sus comentaristas existía una corriente de detractores feroces. El peor de todos, el repugnante Du Garbandier, osó escribir: “Le supreme charme qu ‘on trouve a lire une page de De Selby est qu ‘elle vous conduit inexorablement a l’heureuse certitude que des sots vous n’etes pas le plus grand” (El supremo encanto que se desprende de la lectura de De Selby es que inexorablemente conduce a la dichosa certidumbre de que entre los imbéciles vosotros no sois los mayores). En otra ocasión la malevolencia de aquel malqueriente implacable se aprovechó de la incapacidad de De Selby para distinguir los hombres de las mujeres, lo que le dio pie para elaborar una serie de suposiciones calumniosas: “Tras la famosa ocasión en que le presentaron a la condesa Schanapper, De Selby hizo referencias halagadoras a ‘ese hombre’, ‘ese culto caballero’, ‘ese competente colega’. La edad, la capacidad intelectual y el modo de vestir de la condesa se prestaban a aquel error perdonable, que cualquier persona afligida por una vista deficiente podía cometer, pero, desgraciadamente, no podía decirse lo mismo de otros casos, por ejemplo cuando se dirigía en público a jóvenes dependientes, camareras y empleadas llamándolas ‘muchachos’. En las escasas referencias que hizo a su misteriosa familia, llamó a su madre ‘un caballero muy distinguido’, ‘un hombre de rígidas costumbres’, ‘un excelente esposo’. Du Garbandier utilizó ese patético defecto para rebasar no sólo los extremos del comentario científico, sino todos los límites conocidos de la decencia humana. Aprovechando la tolerancia de la legislación francesa en lo referente a asuntos equívocos y obscenos, produjo un panfleto disfrazado de tratado científico sobre la idiosincracia sexual, donde De Selby es citado por su propio nombre como uno de los monstruos más degenerados producidos por la especie humana”.

El protagonista de El tercer policía, en el transcurso de una larga jornada en que parece dar un salto a través del espejo, sale una tarde con su socio a buscar la caja del tesoro. De repente se encuentra solo; en vez de hallar el cofre codiciado encuentra al hombre que ha asesinado. Mantiene con él una conversación crispada y desapacible que es más bien una no conversación, descubre de pronto que ha olvidado su propio nombre, escucha la voz de su alma, la cual, la verdad sea dicha, le presta muy poca ayuda y casi ningún consuelo, deambula por caminos torcidos, tropieza con un asesino cojo (también él tiene una pierna de palo), jefe de la banda de cojos del Distrito, quien le promete amistad y ayuda eternas, llega a una Delegación de Policía, donde un sonriente sargento le pregunta si su asunto tiene algo que ver con una bicicleta, y luego, junto con otro policía, le hacen conocer los extraños prodigios que atesora esa oficina. Poco más tarde es sentenciado a morir en la horca, no por el cirmen cometido, sino por una combinación de equívocos que lo hacen parecer culpable de un delito del que no tiene la más mínima idea, demuestra su incapacidad para probar su inocencia, desciende a un lugar profundo de la tierra, da otro salto a través de otro espejo, y allí vislumbra una vaga imagen de la Eternidad. A punto de ser llevado al patíbulo, una bicicleta parcialmente humanizada lo ayuda a escapar. En el camino, por azar, penetra en el despacho secreto del mítico Tercer Policía, del cual ha oído hablar con admiración a los dos servidores del orden público de cuyas manos acaba de escapar, y al final llega a su propia casa. Con apagado asombro descubre que lo que le ha parecido una noche o parte de una noche ha tenido una duración de veinte años. Advierte también que ha estado muerto durante todo ese lapso. Con resignación, dirigido por la inercia, que es como a él se le revela el destino, se encamina a la próxima delegación de policía, donde el mismo sargento de turno que lo recibió la primera vez, vuelve a hacerle la misma pregunta: “¿Se trata de una bicicleta?”. Sabe que el ciclo ha vuelto a comenzar y que no cesará nunca, volverá a encontrar a un cojo, a bajar a un subterráneo, a ver construir el patíbulo donde tratarán de colgarlo, a escapar, a regresar a su casa natal y descubrir en el camino la oficina secreta del Tercer Policía. Todo habrá de realizarse una vez y otra vez de la misma manera.

Ese sonambúlico deambular donde lo inverosímil está descrito con la mayor naturalidad, con la misma adjetivación que alguien emplearía para calificar los actos más ordinarios de la vida cotidiana, se tiñe sólo a momentos de una ligera irrealidad, sólo como el ligero desenfoque del lente a través del cual alguien contempla un paisaje, se sustenta en una inasible tristeza, rota de cuando en cuando, en un brillante contrapunto, por los comentarios sobre De Selby y la recreación de la sórdida lucha que enfrenta a sus comentaristas y que ha terminado por enloquecerlos y llevarlos al crimen. El absurdo que rige los actos ocurridos en el Más Allá ha terminado por filtrarse y contaminar las elucubraciones filosóficas de y sobre De Selby.

“El lector estará con toda seguridad familiarizado con las tormentas que se han abatido sobre el códice De Selby, el más perturbador de todos sus textos ológrafos. ElCódex (nombre que Basset fue el primero en emplear) es una colección de dos mil páginas de papel tamaño folio con una apretada escritura manuscrita por ambas caras.La principal distinción del manuscrito es que ninguna de sus palabras es legible. Varios comentaristas han intentado descifrar algunos pasajes que parecen menos impenetrables que otros y se han destacado por las fantásticas divergencias no sólo en el significado de esos pasajes sino por los absurdos que exponen. Mientras que Basset describe un pasaje como ‘un tratado penetrante sobre la vejez’, Henderson (biógrafo de Basset) se refiere al mismo como ‘una descripción no carente de belleza del parto de las ovejas en una granja no especificada’. Hatchjaw, mostrando posiblemente más astucia que perspicacia escolástica, presentó de nuevo su teoría sobre la falsificación de los textos y expresó su asombro ante el hecho de que algunas personas inteligentes hubieran podido engañarse por ‘un fraude tan burdo’. Un curioso contratiempo surgió cuando, desafiado por Basset a que demostrara con hechos esa arrogante afirmación, Hatchjaw mencionó, como sin dar demasiada importancia al asunto, que once páginas del texto estaban todas numeradas con el número 88. Cogido indudablemente por sorpresa, Basset efectuó una verificación por su cuenta y no pudo encontrar en su ejemplar ninguna página marcada con dicho número. La discusión posterior reveló que ambos comentaristas afirmaban tener en su posesión ‘el único códice auténtico’. De dar crédito a Krauss, el misterioso filósofo de Hamburgo, la obra que lleva el portentoso título de ‘Códice’ no es más que una colección de máximas en extremo pueriles sobre el amor, la vida, las matemáticas y otros temas similares, expresadas en un inglés deficiente y gramaticalmente incorrecto, que carece por completo de la reconditez y el hermetismo característicos de De Selby. Hatchjaw observó secamente en un artículo de prensa que la aberración de Krauss se debía a la confusión sufrida por aquel extranjero en relación a las palabras inglesas Code (código) y Codex (códice) y expresó su intención de publicar un ‘breve folleto’ para desacreditar de manera eficaz la obra del alemán y todos ‘los fraudes y disparates’ semejantes. La obra no llegó a aparecer, lo que se atribuye a maquinaciones de Krauss en Hamburgo y al hecho de que el pobre Hatchjaw fue detenido una vez más, en esta ocasión por denuncia de sus propios editores, quienes lo acusaron de haber sustraído ciertos accesorios de una mesa de trabajo en la oficina de la empresa. El juicio se pospuso y posteriormente fue sobreseido por la no comparecencia de algunos testigos innominados residentes en el extranjero. Es probable que el tiempo o la investigación arrojen nuevas luces sobre ese documento imposible de leer y del que existen, por lo menos, cuatro ejemplares, todos igualmente indescifrables, del que cada uno de los propietarios afirma tener el original auténtico… Quizás resulte innecesario referirse a la contribución de Du Garbandier sobre este asunto. Este comentarista se contentó con publicar un artículo en L’Avenir, donde afirmaba haber descifrado el ‘Códice’ y descubierto que se trataba sólo de una serie de acertijos de una obscenidad indescriptible, relatos de sórdidas aventuras amorosas peculaciones eróticas, ‘todo demasiado lamentable para ser repetido, ni siquiera en líneas generales’”.

En la Eternidad, qué duda cabe, el Códice De Selby jamás será descifrado. Hatchjaw, Bassett, Krauss y Du Garbandier continuarán aportando las mismas incompatibles versiones sobre su contenido. Se seguirán “eternamente” calumniando, se odiará con intensidad animal hasta desembocar una y otra vez en la misma idéntica demencia.

“El infierno”, escribió O’Brien, “gira en torno a un eje. Por su forma es circular y por su naturaleza es interminable, reiterativo y más bien insoportable”.

Marienband, mayo de 1988.