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Es un hecho conocido en obstetricia que las mujeres embarazadas tienen un mayor riesgo de enfermedad grave por algunas infecciones, debido principalmente al cambio inducido por el embarazo en la inmunidad que normalmente se adapta para no reaccionar frente al feto. El riesgo de los virus respiratorios para ellas se ve agravado por factores fisiológicos como la restricción respiratoria, lo que conduce a una mayor mortalidad cuando padecen cualquier forma de infección pulmonar. El caso de la influenza es emblemático porque desde 1918 se pudo demostrar la alta tasa de mortalidad en mujeres embarazadas, hecho que se corroboró durante la pandemia de la variedad A H1N1. Para prevenir la influenza, existe una vacuna, pero a pesar de que se desarrolló en los años 40, no fue sino hasta 1960 cuando se aprobó universalmente su aplicación durante la gestación. Existen, por otro lado, infecciones que pueden afectar al feto causándole malformaciones graves, como el caso de la rubeola, cuya vacuna se recomienda entonces a las mujeres antes del embarazo. Los efectos finales de la aplicación masiva son la prevención de malformaciones, pero no se recomienda su aplicación a la mujer gestante porque si bien no se han demostrado efectos negativos en los casos en los que accidentalmente se le ha aplicado a mujeres que no se sabían embarazadas, el riesgo teórico existe porque es una vacuna hecha con virus vivos. Ninguna vacuna de virus atenuados ha demostrado daños evidentes al feto, de tal forma que ocasionalmente se aplican bajo circunstancias especiales.

Ilustración: Raquel Moreno

También existe un grupo de vacunas que hoy se aplican rutinariamente a las mujeres gestantes porque está demostrada la protección al recién nacido, como la de tosferina y tétanos. Se trata de vacunas fabricadas no con los gérmenes, sino con las sustancias dañinas producidas por éstos, así los anticuerpos producidos por la mujer pasan al feto.

Hoy tenemos una veintena de vacunas en desarrollo contra el covid-19, hechas con fragmentos del virus o con parte de la información genética de éste, con la finalidad de que la mujer articule una respuesta inmune al generar anticuerpos que pasarán también al feto. Existen algunas evidencias científicas de dichos anticuerpos en recién nacidos de madres que han padecido la enfermedad durante la gestación y no tendría por qué ser diferente en caso de que la mujer reciba la vacuna. Obviamente existió un retraso en el mundo respecto de la inclusión de mujeres embarazadas en los estudios, pero algunos laboratorios están subsanando esa deficiencia al articular protocolos ex profeso.

La sospecha basada en la historia de la vacunación, acerca de la inocuidad de muchos biológicos vacunales, ha provocado que a pesar de carecer de evidencia explícita muchas autoridades sanitarias en el mundo estén recomendando discutir cada caso con las mujeres de manera individual, y si existen problemas de salud previos (como la diabetes o la hipertensión) o condiciones laborales que favorezcan la infección, permitirles vacunarse. En México tenemos un panorama grave respecto al tema por el incremento considerable en mortalidad materna por covid-19 que constituye hoy la primera causa, quizá explicable parcialmente por la frecuencia tan alta de diabetes en el embarazo; pero en todo caso todavía no tenemos una ruta clara para las mujeres embarazadas que decidan solicitar la vacuna. Urge articular una política nacional para favorecer que cada una de ellas pueda discutir abiertamente con el personal sanitario la posibilidad y, en caso necesario, el Estado pueda brindarle el biológico de forma rápida y eficaz.

 

Isabel Villegas Mota
Infectóloga del Instituto Nacional de Perinatología.

Raymundo Canales de la Fuente
Ginecobstetra del Instituto Nacional de Perinatología e integrante del Colegio de Bioética A. C.

 

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