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Llegó el día del primer partido por la Copa del Mundo [Chile, 1962], contra México. Ganamos y metí un gol. Salí del campo feliz, pero la ingle me dolía más que nunca. Era demasiado, así que hablé con el doctor Gosling. Me examinó, me preguntó si me dolía, le dije que muy poco. “¿Puedes entrenar?”, me preguntó, y la sangre se me heló. Mentí. “Hombre que no entrena, hombre que no juega”, había dicho nuestro entrenador Amaral. Sabía que si paraba por lesión, no jugaría. “Creo que igual puedo entrenar, doctor”. Gosling no estaba convencido. Me dijo que si sentía dolor era mejor parar ahora y reservarme para los últimos partidos, los decisivos. Prometí tenerlo al corriente, pero en el fondo sabía que no iba a hacerlo. No sé si fui temeroso o temerario, si me sentía invulnerable o me sentía más vulnerable que nunca y, por lo tanto, con miedo de fracasar. Lo cierto es que a través de ese dolor, una voz interna me estaba lanzando una advertencia que desoí.

Fotografía: Joop van Bilsen, bajo licencia de Creative Commons. Dutch National Archives, The Hague, Fotocollectie Algemeen Nederlands Persbureau (ANEFO), 1945-1989, Nummer toegang 2.24.01.05 Bestanddeelnummer 914-4284

El siguiente rival era Checoslovaquia, un rival duro, pero nosotros éramos favoritos. Me seguía doliendo la ingle pero dispuesto a no dejarme vencer no hice caso de la advertencia de mi cuerpo y salí a jugar con toda confianza. Recibí una pelota de Garrincha, encaré el área rival, vi un hueco y pateé con todas mis fuerzas. La pelota rebotó en el poste, fui a buscarla, y de pronto sentí un desgarro interior. Me encontré tirado en el suelo con la pierna doblada contra el estómago. Mário Américo [un utilero legendario de Brasil] ingresó al campo, se inclinó sobre mí ansiosamente y me ayudó a incorporarme. Tuve que doblar la cintura para soportar el dolor. Por entonces la FIFA no permitía cambios, así que un lesionado dentro del campo era mejor que un hombre menos, pensé. “Estoy bien, Mário, sigo, sigo”.

Y aquí quiero hacer un alto en el relato para destacar algo que viví ese día, que nunca había visto antes y que rara vez volví a ver. Pues si la intención de este libro es transmitir mis experiencias a las nuevas generaciones, la caballerosidad deportiva de tres de mis rivales merece ser elogiada: Masopust, Poplar y Lalas. Aún no existían las campañas a favor del fair play, pero a hombres como ellos no hacía falta recordárselo. Cuando vieron que estaba lesionado pero seguía en el campo, debieron comprender mi desesperación por jugar. Al mismo tiempo, supieron que cualquier entrada fuerte podría llegar a perjudicarme seriamente, ya no sólo durante el Mundial, sino para el resto de mi carrera. Ellos también se estaban jugando la clasificación, pero sin perdjudicar a su equipo los tres evitaron toda jugada que pudiera dañarme. Es un gesto que siempre recuerdo con emoción.

Fuente: Pelé, Mi legado, Planeta DeAgostini, España, 2002.

 

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