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Cuando entré por primera vez a la Ciudad Universitaria, en el sur de la Ciudad de México, era abril de 1971. Estaba el cielo como el de estos días y me impresionó la explanada con un inmenso pino rodeado de torres.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Puebla tenía algunas de las iglesias y casas coloniales más bellas del mundo, pero esos edificios asombrosos, iluminados por serpientes y seres bravíos me atrajeron como hasta hoy me conmueven. Ese lugar resultó al mismo tiempo un desafío y un abrazo. Igual que quien ha encontrado la única respuesta hice el examen de admisión y me cambié de una pequeña universidad privada, apenas dos veces más grande que mi preparatoria, a esa promesa.

El primer año de nuestra vida en el ombligo del país lo viví en un cuarto para tres, compartido con dos estatuas de la libertad. Mi hermana y mi prima Alicia. Las tres veníamos de una pérdida y las tres la vivíamos como si fuera posible no cargarla. Pero las tres éramos huérfanas.

La mamá de Alis, una mujer cuya desaparición partió la luna en dos, murió tan joven que ahora podría ser nuestra hija y tener cinco hijos. Ella era la media naranja de mi mamá, el gajo de una trenza con el que hasta la fecha seguimos tejiendo una alegría de hermanos que no dejan de serlo.

Nuestro papá murió un martes, al muy poco tiempo de saber que yo había pasado de lo que él consideraba un lugar seguro a lo que él temía como a casi nada: el abierto mundo de un universo en el que la vida podría ser tan intensa como precaria. En su cabeza, la UNAM no podía conducir a otra parte más que a la Plaza de Tlatelolco. Y para él cualquier guerra era un capítulo cerrado que no podía abrirse ni para estudiar ciencias duras, mucho menos periodismo. Una nimiedad de la que podía aprenderse con sólo mirar y escribir. Como lo había hecho él.

Para su paz y nuestra pena, él no llegó al 10 de junio.

Por lo menos veinte años tuvieron que pasar para que yo aceptara que mi papá y el de mis cuatro hermanos había muerto de un derrame cerebral y no de una aflicción provocada por mi desobediencia. Pero de eso ya saben suficiente muchos de ustedes. El asunto es uno de los ombligos de mi ineludible microcosmos.

La Facultad de Ciencias Políticas era una construcción de dos plantas que formaban la periferia de un cuadrado. Para algunos sería impensable imaginar que por aquel edificio con dos aulas grandes y varias pequeñas pasara el mundo como si nada. Tenía un jardín en medio, por el que cruzábamos platicando mientras a nuestro lado, recargados en un árbol, lo mismo había diez amigos riéndose que dos besándose.

Cerraba la fiesta una cafetería diminuta, siempre atestada. La atendía un solo hombre, bajito y adorado, al que llamábamos Tacho y cuyo apellido no sabía casi nadie. Sin embargo, no es pequeño el hueco de la memoria en que lo guardamos tomando nota y con un trapo en el hombro.

He hablado antes de lo que hizo con mi fortuna el paso por ese lugar al que siempre recuerdo iluminado por el inteligente sol de la media mañana en que andábamos de un salón a otro. Tuve maestros inteligentes, generosos y hasta sabios. Nada de lo que me fue pasando desde entonces sucedió sin la ayuda de sus heterogéneas enseñanzas. Conocí ahí lo que entonces me pareció el raro privilegio de que nadie supiera más que quién era yo. Ni mi familia ni mis colegios ni lo feliz que fui en la primaria y lo consternada que pasé por la preparatoria. Nada. Ni mis novios perdidos ni los ganados ni la estatura de mi madre diciéndole a todo el mundo que en la Italia de mi abuelo paterno la gente crecía poco y que de semejante herencia no me había librado la estatura de mi abuelo materno. Así que yo medía uno cincuenta y siete sin que nadie me preguntara la razón. Ahora no entiendo por qué era tan crucial no ser alta, pero sigo sabiendo que lo padecí tanto como al poco tiempo de vivir en la Facultad dejó de importarme. De mi eterna amiga Conchita Ortega, una mujer cuya sonrisa fraguaron sus ancestros dándole la gracia de una seguridad en sí misma que yo aún añoro, aprendí en esos días que nosotras, en México, con nuestro uno cincuenta y siete, estábamos en la parte de arriba de la estatura media.

Sigo teniendo amigos de entonces. A varios los he recuperado durante la pandemia. Y sé de sus quehaceres y sus aciertos lo que no supe en mucho tiempo.

¿Quién era yo ese año? Lo mismo que ellos: una tardía adolescente buscando qué iba a hacer con su vida. Y buscándolo sin miedo, como ahora quiero buscar la intensidad con que hemos de vivir lo que nos falte.

Qué rápido ha pasado el tiempo, me digo sabiendo que no es eso lo peor. Lo peor es que así de rápido ha de pasar el que nos quede.

Dice mi cónyuge que esas deliberaciones, no sólo frecuentes sino invariables, con las que yo lo agobio, no me llevan a ningún lado. A él no le gusta oírlas, sin duda no cada noche, así que a veces me las digo frente al espejo, mientras me voy quitando el polvo del día. Pero no me lo perdono, al menos una vez cada diecisiete horas paso por el asunto como si estuviera un rato en los ejercicios espirituales del colegio al que fueron los hombres de mi familia, dos novios que no tuve y el cónyuge agraviado con mis reflexiones. No sé si así sucedía, pero así lo contaba mi papá: en la cima de la noche de aquellos encierros inventados por Ignacio de Loyola, alguien recorría un corredor tocando a las puertas. “Hermanos, morir debemos”, decía. “Ya lo sabemos”, tenían que responder desde sus catres los alumnos. La muerte y reconocer su amenaza. Cosas de jesuitas que me ha tocado compartir por azar.

Una vez más lo escribo: por suerte no fui hombre, esos curas eran tan convincentes que con un descuido podría yo haber pasado un rato en el seminario. Al menos hasta caer en la abismal congoja de quien no espera más vida que ésta. Como si bajara la tarde, se me acabaron las ganas de creer en el Valle de Josafat y su tremendo albedrío.

La vida diaria se volvió más poderosa que cualquier eternidad. Así que a existir temblando. Y hasta la fecha: cada recuerdo envuelto en lumbre, cada desayuno como si con el té y las naranjas se bebiera el deber de llegar a la noche. Y cada noche resuelta en la certeza de que ambiciono al menos siete mil amaneceres antes de aceptar la sentencia.

Tendremos que morir, no digo ninguna novedad frente al espejo de las noches, pero entre más tarde mejor. Aunque cuando veo a los viejecitos de ciento cuatro años recibiendo su vacuna ya no sé si vale el esfuerzo pelear por tres mil noches más allá de las siete mil que tengo previstas.

¿Qué cuentas son éstas? ¿Y cómo vine a dar aquí cuando apenas iba yo entrando a la universidad? Aunque no lo parezca, tiene su lógica. Cuesta pensar en el futuro y sus inexorables consecuencias, sin acudir al pasado. Imposible temer un desafío, sin reconocer la certeza de que trae consigo un abrazo. Cada recuerdo envuelto en lumbre.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Serpientes y desafíos

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