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En los pueblos fronterizos del noroeste de México es común ver a grupos de hombres vestidos con chamarras de camuflaje como las que se venden en los supermercados de Estados Unidos para los cazadores. A veces también se ve a mujeres con pantalones o sudaderas de este tipo. Así como la ropa deportiva se popularizó en los años noventa como vestimenta para todo tipo de ocasiones y se convirtió en el atuendo emblemático de algunas pandillas y mafias, aquí la vestimenta de camuflaje ha ido permeando poco a poco los ámbitos íntimos y cotidianos. No es que se considere glamurosa ni mucho menos, simplemente abunda. Este hecho en apariencia insignificante permite pensar cambios sociales más amplios, como la militarización y el desdibujamiento de las diferencias perceptibles entre civiles, sicarios y agentes de seguridad del Estado.

Ilustración: Raquel Moreno

Los puestos de mochilas, zapatos y ropa llegaron en un principio siguiendo a los migrantes y se fueron desplazando de un poblado a otro al ritmo de las alzas y bajas en la migración, desde Santa Ana hasta San Luis Río Colorado. Los productos en venta han cambiado con el paso de los años, ahora se ven mallas de camuflaje para dama, mascadas tipo kufiya palestina y artículos de manufactura local como los cubrezapatos con suela de alfombra que permiten desplazarse en el desierto sin dejar huella. Lo que está claro, es que a lo largo de estos quince años, los productos para migrantes se han vuelto cada vez más parecidos a un uniforme militar. Al mismo tiempo, han proliferado en la región los grupos armados estatales y criminales. De tal forma que además de permitir a los migrantes camuflarse con el entorno natural para evadir la vigilancia de la patrulla fronteriza, esta vestimenta también tiene el efecto de igualar a los actores entre sí.

No es un asunto menor. Al indagar sobre una masacre de migrantes poco comentada que ocurrió en 2015 en las inmediaciones de Altar, me explicaron que lo que había sucedido es que los sicarios confundieron a los migrantes con miembros de un grupo rival, o bien que miembros del grupo rival se habían mezclado entre los migrantes para esconderse. “Como todos andan igual…”, me dijeron. Es cierto, en las brechas que van hacia la frontera, una puede cruzarse con una camioneta llena de personas sentadas en la cajuela, vestidas en camuflaje, con mochilas y a veces con pasamontañas o paliacates. Pueden ser migrantes, burreros, guías, sicarios, puntos o incluso podrían ser jornaleros. Diferenciarlos requiere de otro tipo de signos, como las armas, los radios y el aspecto físico.

La vestimenta en realidad es tan sólo el signo más visible de una ambigüedad más profunda, un camuflaje sistémico que aqueja al régimen en su conjunto. El ejemplo más claro son las policías. Cuando uno se detiene a contestar preguntas en uno de los tantos retenes, difícilmente sabe con quién está hablando. Hay, por un lado, retenes falsos, operados por grupos armados que se hacen pasar por policías para cerrar una carretera y extorsionar o revisar a las personas que circulan por ahí. Hay también retenes sostenidos por miembros legítimos de las policías municipales, que sin embargo trabajan directamente para los sicarios o la mafia locales. Ese desdoblamiento del aparato de dominación en estructuras formales e informales que se camuflan entre sí es uno de los datos más importantes para pensar la producción cotidiana del Estado en México. Se trata de una formación histórica particular, con formas propias de poder y resistencia que apenas empezamos a describir de manera empírica. La proliferación del camuflaje, como uniformidad militarizada de amplios sectores de la población y como mimesis entre actores estatales y criminales, es uno de sus elementos.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “La sociedad del camuflaje

  1. El artículo es interesante: todos se disfrazan de militares, la custión a responder es si produce los efectos esperados.