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Durante mi adolescencia viví en un pequeño poblado al sur de Alemania: lugar tranquilo, a veces aburrido, cerca del Danubio y a menos de dos horas de la frontera. Mi primer acercamiento consciente con la “ilegalidad” ocurrió ahí. Mis amigos solían consumir hachís y en alguna ocasión los acompañé a uno de los canales que desembocaban al río, donde lo compraban a un joven alemán. Apareció después de enviar un mensaje de texto, como por arte de magia; viajaba de una ciudad, que los taxistas consideraban refugio para el lavado de dinero, a doce minutos de distancia en bici. Esa ciudad era un sitio estratégico para el contrabando y escenario de la violencia que se publicaba esporádicamente en las páginas interiores de un diario local.

Ilustración: Estelí Meza

De acuerdo con la Oficina Federal de Investigación Criminal de Alemania, en 2005 había investigaciones por crimen organizado en las 16 Bundesländer. Baviera, donde vivía, ocupaba la tercera posición nacional con 81 casos. Tanto entonces como ahora, uno de los grupos que más dolor de cabeza causaba a las autoridades alemanas era un club de motociclistas con presencia en varios estados. Sus integrantes estaban involucrados desde los setenta en narcotráfico, contrabando y trata de personas, y se empleaban como profesionales de la violencia para empresas.

A algunos sorprenderá que los alemanes se hayan hecho de la vista gorda por décadas. Sin embargo, qué tal si se ve de otra forma. Estos grupos son parte de la sociedad, no son entes ajenos a ella. El incumplimiento sistemático de la ley no es una anomalía. Las organizaciones criminales pueden estar mejor o peor ordenadas, pueden ser más o menos nocivas; pero en todos lados existen sin excepción. Si se mira así, en México no hay un problema de organizaciones, sino de otro tipo: de violencia, para empezar.

Las organizaciones criminales no son empresas monolíticas con papeles bien definidos. Si se observa de cerca a los conocidos cárteles se redescubre que están conformados por distintos grupos sin jerarquía clara; y es común que entre aquéllos que conforman una misma alianza haya disputas violentas por mercados, rutas o decisiones. Además, las personas que se consideran parte de éstos pueden tener mayor o menor independencia, lo que se traduce en que colaboren con distintas organizaciones a la vez. De alguna forma también son víctimas de la precarización del trabajo, por lo que no es poco frecuente que tengan más de una fuente de ingreso.

Las fronteras entre ellos y nosotros, entre el Estado y estos grupos, son porosas; por eso se relacionan con empresas, sindicatos, partidos políticos, autoridades locales, policía, ejército o autodefensas. Sus prácticas, vínculos con las comunidades donde tienen presencia, interés político, objetivos y origen —tanto grupal como el de los individuos que integran estas organizaciones— varía enormemente a lo largo del país; también el tipo de violencia que ejercen y los delitos que llevan a cabo. Desde luego, hay conflictos armados focalizados; y continúa en marcha un proceso de privatización de los mecanismos de orden local que ha relegado, con violencia, a las herramientas tradicionales de autoridad.

Contribuye poco a la comprensión de las organizaciones criminales colocar un puñado de grupos en un mapa a manera de helado napolitano como el que presentó la Unidad de Inteligencia Financiera el año pasado, en el que se observa un dominio territorial pleno. Los Beltrán Leyva o el Cártel del Golfo como categorías, por ejemplo, no ofrecen explicación alguna, porque no existe tal cosa. No son grupos homogéneos, organizados.

Simplificar sirve y ha servido para convencernos de que entendemos y así justificar una estrategia policial y militar que distingue entre ellos y nosotros, y que responsabiliza a enemigos, con fronteras bien definidas, de los males del país. Otra ruta sería complejizar su entendimiento y construir alternativas para contener la violencia causada tanto por organizaciones criminales como por otros, por nosotros.

 

Jorge Zendejas
Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México; exfuncionario de inteligencia civil. Es coordinador del seguimiento de organizaciones criminales en Lantia Intelligence.

 

2 comentarios en “Nuestros criminales

  1. El proceso de análisis es brillante, me era imposible parade parar la lectura. Inicia con lenguaje sencillo y con ejemplos claros del narcotráfico cotidiano entre jóvenes en el primer mundo y corrige con precisión la estrategia aplicada en nuestro país para conseguir resultados menos dolorosos, pero contundentes.

  2. Me llamó la atención el énfasis sobre los narcóticos que están siendo consumidos por ciudadanos comunes y corrientes. Y los criminales que los venden, también son mexicanos. Forman parte de dos estructuras, una formada por miembros consumidores y otra por traficantes. Como lo señala son nuestros criminales, no verlo así es dejar la solución definitiva muy alejada.