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La idea de la grandeza nacional recobra fuerza en el nuevo des(orden) planetario que se apodera del siglo XXI. Tras décadas de crítica a los nacionalismos y alabanzas a la globalización, algunos Estados están retomando las claves nacionales de sus historias y exhibiendo, sin mayor escrúpulo, una visión del mundo organizada en torno a las virtudes patrias.

Las reformas constitucionales recientemente aprobadas en Rusia intentan reforzar elementos de una identidad cultural, como la religión, la lengua y los símbolos nacionales, que se asocian a un pasado glorioso. El presidente Vladimir Putin promueve su propio liderazgo perpetuo con la idea de que, luego del periodo de decadencia que siguió a la desintegración de la URSS, la grandeza rusa ha sido recuperada.

En Estados Unidos, el fenómeno del trumpismo está ligado, desde sus consignas hasta sus políticas, al rescate de una supuesta grandeza perdida. Por momentos, ese pasado a reconquistar parece localizarse en la Guerra Fría. No importa que entonces la política exterior de Washington estuviese marcada por un protagonismo internacional que chocaba con los límites de la estructura binaria de aquellas décadas. Donald Trump, lo mismo que su discípulo brasileño Jair Bolsonaro, alude a una edad dorada imprecisa, que no pareciera tener otro asidero que el periodo del esplendor anticomunista en la segunda mitad del siglo XX.

En México, el discurso histórico del presidente Andrés Manuel López Obrador también recurre a la idealización de algunos momentos del pasado nacional. Paradójicamente afín a una discernible tradición historiográfica liberal, que va de Daniel Cosío Villegas a Enrique Krauze, el presidente aclama el patriotismo y la honestidad de Benito Juárez y la vocación democrática de Francisco I. Madero, el respeto a las libertades públicas de la República Restaurada y del breve gobierno maderista.

Pero el presidente muestra otra cara de su visión de la historia en la petición de perdón al rey de España, Felipe VI, por “violaciones a lo que hoy se conoce como derechos humanos” contra los pueblos originarios, durante la conquista, colonización y evangelización de México. En cartas a Felipe VI y también al papa Francisco y al presidente de Italia, Sergio Mattarella, López Obrador solicitó el préstamo por un año de códices, documentos y mapas de Tenochtitlan y reiteró la demanda de disculpas por los abusos de la Conquista y la excomunión de próceres de la Independencia, como los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos.

En esas cartas se anunció la gran conmemoración prevista para este año, que unirá tres efemérides: los 700 años de la fundación de Tenochtitlan, los 500 de “la invasión colonial española” y el bicentenario de la Independencia. Oficialmente, esa gran conmemoración, que arrancará en febrero con un homenaje a Vicente Guerrero en Oaxaca, ha sido llamada de la “Independencia y grandeza de México”. El sentido que busca atribuirse a ese ciclo de festejos es el de una edad dorada imperial, perdida tras la Conquista, que no pudo ser recobrada con la Independencia, como querían los próceres.

 

La nueva jornada conmemorativa responde a un ceremonial histórico entendido como rito navideño. El historiador Mauricio Tenorio ha explorado esa manera de practicar la memoria nacional en su libro Historia y celebración (2009). La crítica de Tenorio avanza sobre una lectura de la relación de México con su pasado, deudora de Edmundo O’Gorman, que desnuda los hábitos celebratorios del Estado nacional. Las fiestas del centenario de la Independencia de Porfirio Díaz en 1910, las del siglo de la consumación de la Independencia de Álvaro Obregón en 1921 o las del bicentenario de Felipe Calderón en 2010 serían algunos antecedentes.

A diferencia de otras conmemoraciones de fin de siglo, como las del V centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1992 o la de los cien años de la guerra de 1898 en el Caribe y Filipinas, que implicaban un vínculo con España y la comunidad iberoamericana, la de 2021 se plantea en términos estrictamente nacionales. De hecho, la forzada calendarización de los 700 años de Tenochtitlan sólo podría explicarse como una concesión al centralismo e, incluso, al nativismo más estrecho, ya que aísla la zona mexica de su entorno mesoamericano.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Los historiadores debaten si Tenochtitlan fue fundada en 1324 o 1325, no en 1321. Eduardo Matos Moctezuma, Patrick Johansson y José Luis de Rojas, por ejemplo, recuerdan que en los códices Boturini y Aubin se fecha en 1168 la salida de los mexicas de Aztlán, ordenada por Huitzilopochtli, en 1324 la hierofanía del tunal, el águila y la serpiente en una ribera del lago de Texcoco, y en 1325 el nacimiento de Tenochtitlan, tras el eclipse lunar de aquel año.

Los 700 años de Tenochtitlan aparecen como un gesto celebratorio, de carácter fundacional, que compensa dos efemérides incómodas para la narrativa nacionalista: la derrota de los guerreros mexicas y la captura de Cuauhtémoc en 1521 y la entrada del Ejército Trigarante en Ciudad de México, en septiembre de 1821, encabezado por Agustín de Iturbide. El malestar con esos hitos de la historia de México se refleja en las fórmulas verbales que utilizó el presidente en su carta al papa Francisco, el pasado 2 de octubre. A la caída de Tenochtitlan le llamó “500 años de la invasión colonial española” y al 27 de septiembre “bicentenario de nuestra Independencia”.

En realidad, la invasión española del actual territorio de México comenzó varios años antes de 1521. Hubo una primera expedición, desde Cuba, al mando de Francisco Hernández de Córdoba, en 1517, que llegó a Isla Mujeres, Cabo Catoche, Campeche y Champotón. Luego otra, en 1518, al mando de Juan de Grijalba, que llegó hasta Coatzacoalcos, San Juan de Ulúa y Cempoala. La expedición de Hernán Cortés comenzó en abril de 1519, por las costas de Veracruz.

Lo que se conmemora en 2021 son los 500 años de algo que, indebidamente, se conoce como la “caída de Tenochtitlan”, pero que, en estricto sentido, fue la reconquista de la capital imperial mexica por las tropas de Cortés. Los españoles ya habían conquistado Tenochtitlan, pero en junio de 1520 fueron expulsados de la ciudad por las fuerzas del tlacochcalcatl y nuevo huey tlatoani Cuitláhuac, hermano menor de Moctezuma. Más de un año tomó a Cortés recuperar Tenochtitlan y no fue hasta 1523 que culminó el proceso jurídico y político de fundación del virreinato de la Nueva España.

Desde el Porfiriato, el nacionalismo mexicano entendió la conquista como una gesta en que los guerreros mexicas, comandados por Cuauhtémoc y Cuitláhuac, resistieron heroicamente la usurpación española. En tensión con ese discurso, objetivado en estatuas, monumentos y libros de texto, fue desarrollándose una historiografía que llamaba a valorar con objetividad la Nueva España, en tanto periodo insoslayable en el proceso histórico del país. La mayor limitación del relato heroico era que imaginaba la Conquista, únicamente, como choque civilizatorio —guerra y resistencia, epidemias y masacres—, mientras borraba las evidencias de diálogo, traducción y mestizaje cultural que se produjeron entre los siglos XVI y XVIII.

Entre Lucas Alamán y José Vasconcelos, la literatura cortesiana en México acompañó y alentó diversos proyectos del conservadurismo católico. Sin embargo, desde mediados del siglo XX comenzó a vertebrarse, en el pensamiento mexicano, una visión de la Conquista liberada de los traumas cultivados por un indigenismo de Estado, que transitó, cómodamente, de la eugenesia porfirista a la revolucionaria. Ensayos como El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz, Los grandes momentos del indigenismo en México (1950) de Luis Villoro, La invención de América (1958) de Edmundo O’Gorman y La visión de los vencidos (1959) de Miguel León Portilla marcan una fase de intelección de las fracturas del pasado mexicano desde la perspectiva de una integración de la memoria.

En vísperas del quinto centenario de la llegada de Colón a América, el debate sobre el significado de aquel acontecimiento en México alcanzó niveles desconocidos en buena parte de América Latina y el Caribe. La fórmula del “encuentro de dos mundos”, propuesta por León Portilla, fue cuestionada y complementada por otros autores, como Leopoldo Zea, Edmundo O’Gorman y Enrique Dussel, que prefirieron hablar de “invención”, “encubrimiento” o “dominación”.

La historiografía sobre Hernán Cortés llegó a un punto de máxima sofisticación con los estudios de José Luis Martínez, quien luego de dar a conocer ensayos sobre Moctezuma, Cuauhtémoc y Netzahualcóyotl, se concentró, en los años 90, en la edición de los cuatro volúmenes de los Documentos cortesianos y de su gran biografía sobre el conquistador extremeño. Sin ceder a la mitológica figuración de Cortés como “padre de la nacionalidad mexicana”, ni escamotear la violencia física y espiritual de la Conquista, Martínez vio en la personalidad del conquistador una clave para la comprensión del experimento novohispano, como tramo constitutivo de la historia nacional.

También Octavio Paz, en su gran ensayo Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), apostaba en aquellos años por una visión postraumática del pasado mexicano. La polémica que suscitó el libro de Paz con Elías Trabulse, Antonio Alatorre, Mónica Mansour o Margo Glantz evidenció diversas maneras de entender la poesía de la monja novohispana y, a la vez, formas contradictorias de asumir el legado católico, ilustrado y criollo de la Nueva España. Pero en el campo historiográfico de los estudios novohispanos, que creció aceleradamente a fines del siglo XX, el libro de Paz fue recibido como un llamado a abandonar las purgas arbitrarias del Virreinato en la historia de México.

En libros como El nuevo pasado mexicano (1991) y Memoria mexicana (1994) de Enrique Florescano se resume a cabalidad la interrelación que llegó a producirse, a fines del siglo XX, entre la historiografía profesional y el discurso político sobre el pasado. Florescano recorrió exhaustivamente los avances de la historiografía sobre el México antiguo, la conquista, colonización y evangelización de Mesoamérica, el Imperio de Iturbide y las experiencias federalistas y centralistas, el santannismo y la Reforma, la República Restaurada y el Porfiriato, la Revolución y la Posrevolución. De aquel ejercicio se desprendió un llamado a fundamentar, en el saber histórico, las políticas de la memoria nacional.

 

La forma en que el Estado mexicano está enfocando las conmemoraciones del próximo año podría sugerir la rearticulación de una vieja y desautorizada tesis, según la cual, la consumación de la Independencia en 1821 supuso la recuperación de una soberanía imperial perdida tras la Conquista. Como estudiara David Brading, esa tesis fue sostenida por algunos actores intelectuales y políticos de la Independencia mexicana, como Carlos María de Bustamante y fray Servando Teresa de Mier, pero no por todos. Mier y Bustamante, cada uno a su manera, abandonarían sobre la marcha aquella visión providencial de la historia de México.

En los Sentimientos de la Nación (1813) de José María Morelos, lo mismo que en los Elementos constitucionales (1812) de Ignacio López Rayón y en la Constitución de Apatzingán (1814) se hablaba de una nueva entidad nacional, llamada Anáhuac, América o América Mexicana, independiente de España. El republicanismo de Morelos y otros líderes de la Independencia rompió con la herencia imperial, aristocrática y militarista, tanto de los mexicas como de los castellanos.

Sin embargo, en el Plan de Iguala, en febrero de 1821, y, sobre todo, en el Acta de Independencia de septiembre de ese año, se entronizó la forma imperial de gobierno en un país enorme, entonces llamado “América Septentrional”, que se extendía desde Guatemala hasta California y desde Yucatán hasta Texas. La idea del imperio se veía justificada por una historia de grandeza, que arrancaba con la dominación mexica de Totonacapan, Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo y continuaba con el expansionismo monárquico español, bajo el del Virreinato de la Nueva España. Ilustres observadores europeos de la realidad virreinal, como Alexander von Humboldt o el abate francés Dominique de Pradt, habían sostenido a principios del siglo XIX que el reino novohispano tenía las dimensiones territoriales y la potencial hegemonía de un imperio.

En la propia literatura virreinal hubo tempranos indicios de ese imaginario imperial, como el poema épico Grandeza mexicana (1604) del eclesiástico toledano y obispo de Puerto Rico, Bernardo de Balbuena. La “grandeza” a que aludía Balbuena era militar, religiosa y estatal (“oculta fuerza, fuente viva de la vida política”), pero también cultural: la “insigne ciudad”, asentada en “sierras de agua”, era “rica e ilustre” por sus edificios, el ingenio y el arte de sus vecinos.

Esa grandeza de la cultura tenochca es la que admiramos en piezas monumentales como las Piedra de Sol, Piedra de Tízoc, Coatlicue, Coyolxauhqui y la más recientemente descubierta Tlaltecuhtli. Pero también en las esculturas, los dibujos, la cerámica, los calendarios, la poesía y la filosofía náhuatl. Sin embargo, como ha observado Ángel González López, aquella deslumbrante producción cultural formaba parte de un enorme aparato de propaganda cosmogónica, puesto en función de la Conquista y dominación de las naciones vecinas. Esa filosofía imperial sería implacablemente suplantada y perfeccionada por las dinastías de los Habsburgo y los Borbones.

A mediados del siglo XX Salvador Novo tomó el poema de Balbuena de pretexto para lanzar una crítica al “discurso cifrado” del patriotismo mexicano. Toda aquella exaltación nacionalista, que se repetía en los himnos de la América hispana, se había compuesto con el “recuerdo quemante de las encomiendas y de la inquisición vergonzosa del yugo español”. Todas aquellas pastorales patrióticas hablaban de “un osado enemigo y de morir en combates”, del “recuerdo de los héroes, envueltos en una insignia sin mácula”, pero ocultaban los “graves desalientos” de la propia historia nacional, escribió Novo en su Nueva grandeza mexicana (1946).

Más o menos lo mismo opinó José Vasconcelos de las conmemoraciones del centenario de la consumación de la Independencia, celebrado en septiembre de 1921, por el gobierno de Álvaro Obregón, del que formaba parte como secretario de Educación. “Fiestecitas de Pansi” —en alusión artera al entonces ministro de Relaciones Exteriores Alberto J. Pani—, “humorada costosa”, “comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde”, son algunas de las expresiones que Vasconcelos dedicó a la conmemoración de aquel centenario.

En sus memorias El desastre (1937), Vasconcelos atribuyó la idea del bicentenario a Pani, pero lo cierto es que dos periódicos importantes, Excélsior y El Universal, y sus respectivos directores, José de Jesús Núñez Domínguez y Félix F. Palavicini, también jugaron un papel importante en la iniciativa de aquellas fiestas. Núñez Domínguez, que se interesó en la historia de los virreyes novohispanos y en la presencia en México de otros próceres latinoamericanos, como Simón Bolívar y José Martí, tenía una visión positiva del papel de Iturbide en la descolonización.

Desde el Porfiriato, la centralidad de Iturbide en la sucesión de eventos que va del Plan de Iguala a la proclamación del Primer Imperio en mayo de 1822, fue contrarrestada por el culto heroico a Vicente Guerrero. El caudillo guerrerense era esgrimido como reverso insurgente, mestizo, plebeyo y republicano del criollo Iturbide, originalmente realista. También en aquellas fiestas obregonistas fue así, aunque la Comisión del Centenario puso especial cuidado en otorgar un cariz popular a la celebración por medio de verbenas folklóricas en Chapultepec e inauguración de nuevas escuelas en barrios obreros. A pesar de su antipatía por aquel centenario, Vasconcelos aprovechó la ocasión para organizar un congreso de estudiantes latinoamericanos e invitar a intelectuales de Iberoamérica como los colombianos José Eustaquio Rivera y Carlos Eugenio Restrepo y el español Ramón María del Valle Inclán.

El republicanismo decimonónico, de Morelos a Juárez, logró rebajar la pompa imperial de aquel mito de la grandeza mexicana, sobre todo, después de la pérdida de más de la mitad del territorio nacional en la guerra de 1847. El nacionalismo revolucionario del siglo XX también contribuyó a dotar de sobriedad el ceremonial cívico y a reconciliar a México, no con su pequeñez, pero sí con su medianía. El nuevo espectáculo conmemorativo pone a prueba los usos políticos de la memoria, en un momento de reorientación de la democracia mexicana, a inicios de la tercera década del siglo XXI.

 

Rafael Rojas
Historiador y ensayista. Profesor e investigador del CIDE. Su libro más reciente es La Polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría.

 

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