¿Qué te llevó a escribir La noche de Tlatelolco?

Antes del 2 de octubre, mi contacto con el movimiento estudiantil había sido muy escaso; acababa de tener a un hijo y lo estaba amamantando. Mis impresiones más profundas son ya en la crujía de Lecumberri, pues aunque a los líderes los había visto de lejos en las manifestaciones, sólo en la cárcel los traté con cercanía. Me impresionaron especialmente Gilberto Guevara y Raúl Alvarez. A Gilberto lo conocí durante su huelga de hambre, al lado de una celda cubierta de cáscaras de limón. Luego hice un reportaje para la Garrapata, cuando fueron agredidos por los presos del orden común, que los golpearon a todos, les robaron sus cosas, rompieron máquinas de escribir, atacaron a Eli de Gortari, a Heberto Castillo, a Armando Castillejos. El que más me emocionó fue Gilberto, por el estado de flacura en que se encontraba, y porque para él la cárcel era más dura; no tenía familia en México, todos estaban en el norte. Yo iba a la cárcel casi todos los domingos, con Monserrat Gispert (conocida como Betty Boop), porque ella sabía en qué lista se podía uno apuntar. Y lo dramático es que siempre nos apuntábamos entre los visitantes De Gilberto, porque los demás recibían muchas visitas. Otro que también estaba muy solo era el Chale, Saúl Alvarez. El Raúl Alvarez Garín que yo conocí era distinto del que ahora anda en la calle; con Raúl y la Chata Campa he conservado una gran amistad. El era un hombre temblorosísimo que siempre estaba en cuclillas, quién sabe por que.

Me interesaban los testimonios de todos los muchachos, y me los contaban sin grabadora, sin maldita la cosa, sin pluma ni papel, porque al entrar te revisaban todo, así que cuando regresaba a mi casa reconstruía lo que me habían dicho. Una vez me pidieron que sacara el libro de Luis González de Alba para la editorial ERA, pero lo acabó sacando uno de los abogados, medio por debajo del agua. Lo que sí llevé fue la portada, una foto de Pedro Meyer donde salía un estudiante sobre un automóvil, muy parecido a Luis.

¿Por qué te interesaste en el 68?

– En primer lugar por indignación. Luego, me empezaron a buscar las madres de los muchachos muertos o perdidos, como Manuela, matemática, mamá de Raúl, quien estuvo desaparecido durante 25 ó 30 días. Después vinieron otras para relatarme lo que había sucedido, entre ellas María Luisa Martínez Medrano, que ahora trabaja en el Teatro Campesino y Margarita Nolasco, la antropóloga, que también tuvo un hijo perdido.

¿Qué significó para ti ese trabajo?

– Aunque terrible, fue mucho más fácil que el trabajo del terremoto. Lo del terremoto lo hice como una locomotora en marcha, y cuando intenté leerlo para para armar el libro me sentí aterrada e inconforme. La noche lo escribí con mayor tranquilidad.

Desde el punto de vista profesional son tus dos trabajos más atroces, pero ¿dirías que los más importantes? ¿ Te cambiaron en algo?

– El 68 me cambió mucho, y además coincidió con la muerte de mi hermano Jan, que no murió por el movimiento estudiantil sino hasta el 8 de diciembre en un accidente de automóvil.

Pero aparece en tu libro.

– Sí, porque participó, como tantos jóvenes. Hizo pintas con sus amigos en el Zócalo. Ahora, una cosa así te cambia mucho. En primer lugar me hizo querer más a mi país, participar activamente en la política. Me hizo nacionalizarme; entonces yo era una pinche francesa y a raíz de La noche de Tlatelolco me llamaron de Gobernación para informarme que tenía problemas con mi FM-2, y como estaba casada con Guillermo Haro, me nacionalicé de inmediato. Por eso, no exagero al decir que el movimiento me arrraigó, profundizó mi conciencia de lo que era ser mexicano.

¿Cambió tu trabajo periodístico y literario?

– Seguramente. Después hice un reportaje sobre el festival de Avándaro, en 1971, con mucha conciencia del 68, porque venían a verme jóvenes motos y tronados diciéndome que habían quedado mal después del movimiento. Otra cosa que cambió fue mi relación con los jóvenes.

Aparte de Gilberto y Raúl ¿hubo alguien más que te impresionara?

– Todos. Desde luego Revueltas; Armando Castillejos me pareció un hombre de enorme fortaleza. Tengo muchos escritos de Heberto Castillo, por ejemplo algunas cosas que utilicé en La noche de Tlatelolco. Y otros documentos de la época: por ahí tengo una foto de Elena Garro con el pelo pintado de negro, porque decía que la perseguían. Otra de Madrazo en la Universidad.

¿Qué idea tienes hoy de los estos protagonistas del 68?

– Se va a oír como un cartabón, pero les tengo una admiración absoluta. No han claudicado, los quiero enormemente. Aunque ya casi nunca los veo, conservo una cercanía de cariño muy grande. Lo mismo con Betty, la madre de Carlos Imaz, el nuevo líder; eso era lógico, casi diría que preciso.

En tu crónica Fuerte es el silencio (1980) donde retomas el 68, se nota una cierta decepción, hablas de que el país regresó al silencio, como si no hubiera pasado nada. ¿ Deveras sientes que pasamos “de la represión del 68 a la depresión del 78”?, Y el 88?

– Esa crónica la escribí durante los años de mediatización de Luis Echeverría, quien trató de asimilar todo, como si el gobierno no hubiera sido el culpable. Lo mismo con López Portillo.

¿Crees que les funcionó?

– A la larga, yo creo que no, pero durante esos años así funcionamos todos. El mismo Heberto Castillo, y otros, ahí estaban; no se puede decir que fueran opositores reales sino leales.

¿Todavía piensas que el país regresó al silencio?

– No, ahora hay otro tipo de efervescencia, no sé cuál, no sabría explicarla, pero creo que el CEU es muy importante.

¿Cómo vez ahora al país en relación al 68?

– Ahora pienso mucho en el terremoto. El 68 fue un terremoto pequeño, que anticipaba el de 1985. Sin la masacre, en 68 pudo no pasar nada, pero aquello fue una tragedia y un fracaso, a diferencia del CEU, que si bien no ha cuajado, es un movimiento de éxito. Aquél fue un movimiento de derrota, ya lo era antes del 2 de octubre.

¿Compararías la importancia del 68 con la del CEU?

– No. Me parece que son distintos. El 68 llevó a muchos a tomar conciencia de cosas que ni siquiera pensaban. Las demandas, vistas a distancia, no eran lo más significativo, parecen un pretexto: la destitución de unos policías y otras cosas así. No puedes decir que fueran demandas vitales. En el caso del temblor las demandas eran más precisas.

¿Crees que el terremoto tuvo tanta significación para la vida democrática como el 68?

– Sí, la gente presionó bárbaramente a las autoridades. El terremoto, querámoslo o no y a pesar de lo tibios que son los discursos presidenciales, también cambió la relación del pueblo con las autoridades. Ahora, el gobierno debe darse cuenta, si tiene el mínimo de autocrítica, que sus instituciones no significan absolutamente nada a la hora de la verdad; no son vigentes, ni actuantes, ni nada. Esto es así desde 1968, por lo menos. (H.B.)