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1. Hacia 1691 los aguaceros y la crecida de las aguas en el lago de Texcoco hicieron temer a los habitantes de Ciudad de México una inundación tan destructiva como la de 1629. Quien halló la mejor solución fue el sabio novohispano don Carlos de Sigüenza y Góngora luego de inspeccionar los canales. “Requerían una limpia minuciosa que permitiera el paso de una corriente más rápida y, a la vez, de un mayor volumen de agua. Aunque no había nada original en esta proposición, se la llevó a cabo con mucho mayor cuidado que en ocasiones anteriores, pues al hacer la limpieza de los canales se solían apilar los desechos en las orillas y, con el tiempo, volvían a caer en los canales. Bajo la supervisión de don Carlos todo el desecho fue llevado a una distancia prudente, salvo lo necesario para construir el parapeto. Los efectos beneficiosos de esta operación fueron más duraderos.

“Además de destapar de desechos acumulados los viejos canales, Sigüenza sugirió la construcción de otra acequia, que librara del peligro de inundación a los barrios occidentales de la ciudad. ‘Aprobó su excelencia el conde de Galve mi dictamen’, escribió Sigüenza, ‘y me encargó esta obra’. Esto resultó en una profunda zanja de ‘dos varas de hondo, seis de ancho y tres mil seiscientos veinte que tiene en su longitud’, que pasaba por el Puente de Alvarado, escenario del famoso ‘salto’, y terminaba en la calzada de Chapultepec. Con la tierra tomada de la inmensa zanja, el erudito-ingeniero construyó en dirección de Ciudad de México un gran parapeto que, reforzado por unos sauces que don Carlos mandó plantar, era capaz de contener las aguas crecidas, obligándolas a correr por el desagüe, sin desbordarse en la ciudad, ‘y así ha ido sucediendo’, escribe el catedrático, orgulloso, ‘con notable contento mío cuando esto escribo’.

“Por lo que hemos narrado antes podrá verse que Sigüenza no sólo sabía ser un estudioso aislado, un recluso, sino, llegada la ocasión, un hombre de asuntos prácticos. En caso necesario, soltaba su activa pluma para empuñar la pesada pala, a fin de servir a la ciudad que amaba”.

2. Un famoso verso de Garcilaso de la Vega dice: “Tomando, ora la espada, ora la pluma”. De Sigüenza pudo decirse: “Tomando, ora la pluma, ora la pala”.

Fuentes: 1. Irving A. Leonard, Don Carlos de Sigüenza y Góngora. Un sabio mexicano del siglo XVII. Traducción de Juan José Utrilla. FCE, México, 1984. // 2. Garcilaso de la Vega, Obras. Prólogo de Antonio Marichalar. Espasa-Calpe, Madrid, undécima edición, 1975.

 

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