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En un admirable libro sobre su reciente viaje a través de Centroamérica y México, Aldous Huxley considera, con la ironía que es peculiar del más inteligente y más libre de los espíritus ingleses contemporáneos, algunos de los absurdos que sorprendió en la educación en México, a la que caracteriza como el amor platónico —que no espera ninguna correspondencia de la realidad— de un Dante en pos de una Beatriz inaccesible. El paso de Huxley fue rapidísimo; no obstante, su observación no pudo ser más exacta, y fundada en dos o tres rasgos que advirtió en la superficie de las cosas que se ofrece al viajero apresurado, sin tiempo para profundizar sus impresiones en las conversaciones y en los libros, pone de manifiesto la excepcional penetración de su juicio. Aldous Huxley con seguridad ignora las doctrinas que inspiran a la educación pública mexicana; pero no se le ocultó su profundo sentido, y lo sabe expresar con una frase; en México la enseñanza es platónica. Indudablemente lo es; pues no le crean ninguna obligación las consecuencias de sus actos; la realidad no la compromete, y, abismada y caprichosa, tiene el irresponsable y libérrimo carácter interior de los sueños.

El caso al que se refiere Huxley es significativo. Se creó una escuela —la Casa del Estudiante Indígena— con el fin de impartir a un grupo de indios nuestra civilización europea; pero en el momento en que se descubrió que los indios se europeizaban y no querían volver ya más al ambiente primitivo del que salieron y en el cual sus nuevas nociones carecían de sentido, se declaró ineficaz el método y se clausuró la escuela. En cambio, se abrieron otras que ya no tienen por efecto inconformar al indio con su medio tradicional. No puede darse un caso más humorísticamente ejemplar: se cierra una escuela en el momento en que se descubre que está efectivamente educando a los alumnos; se declara inservible a una educación en cuanto se descubre que educa; se considera como una depravación a la enseñanza que abre al espíritu del que la recibe un horizonte nuevo. Sin duda que se huye, en efecto, de una correspondencia con la realidad; sin duda que se trata de un puro y exaltado amor, pero platónico. [El Universal, junio 9 de 1934.]

Fuente: Jorge Cuesta, Ensayos políticos. Introducción de Augusto Isla. UNAM, 1990.

 

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