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En cierta ocasión el carismático, arrogante, egoísta, manipulador y ególatra Frank Underwood, presidente de Estados Unidos en la ficción televisiva House of Cards, se vanaglorió: “Yo me rezo a mí mismo por mí”. Si creemos que Underwood creía a pie juntillas lo que pudo ser la oración que acompañaba su ritual de probarse un traje (hecho a la medida, por supuesto) ante un espejo de cuerpo entero, con ello superó incluso al mitológico Narciso cuando, según consigna Ovidio en el libro tercero de Las metamorfosis, dijo: “Me abraso en amor de mí”.

Dado que el narcisismo es un rasgo de personalidad del Homo sapiens, desde que hay humanos, hay narcisistas. Que narcisismo y narcisistas gocen de cabal salud, medida en cuanto a presencia y número en el mundo de hoy, evidencia que alguna ventaja evolutiva debe de otorgarles ser los émulos de Narciso. En lugar de pasar la vida enamorados de su imagen reflejada en el agua, se muestran enamorados de la imagen que proyectan en quienes los rodean y, en el caso de los llamados narcisistas grandiosos,1 sólo tratan de convencernos de que conocerlos fue lo mejor que pudo pasarnos. Lo bueno para ellos es que, si lo consiguen (cuando lo consiguen, dirían ellos), pueden alcanzar posiciones privilegiadas (más que merecidos reconocimientos a sus atributos, en su opinión), como líderes de un grupo de investigación, de un movimiento artístico o de un país. Lo malo es que suelen no importarles los costos sociales que conlleva su búsqueda de poder y de prestigio.

Antes de apuntarnos o apuntar al narcisista más cercano a una terapia psicológica, aclaremos que todos llevamos dentro un Narciso. Como quizás dirían algunos autores de best sellers de superación personal, es un narciso que unos riegan de vez en cuando y otros abonan a diario y a todas horas. Es decir, hay niveles “normales” de narcisismo y hay narcisismo patológico. Este último es el famoso trastorno narcisista de la personalidad contenido en el aún más famoso (entre los psiquiatras) Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (long seller, en su actual quinta edición, conocido por sus siglas en inglés como DSM-5).

 

Desde que en 1898, el sexólogo Havelock Ellis usó la palabra narcisista para referirse a masturbadores —y no encomiando esta práctica erótica autoexploratoria, sino etiquetándola como una perversión sexual—, la ruta seguida por los estudiosos del narcisismo ha sido en ocasiones más patética que patológica, por gracia en gran parte de la continua intervención de los psicoanalistas. A principios del siglo XX, Otto Rank se apropió y redefinió el término para asociarlo —como hasta ahora lo hacemos— con la vanidad y la autoadmiración. En tanto, para Freud (narcisista ejemplar para quien busque resaltar en el medio académico, y esto no es un elogio) el narcisismo era: o una etapa normal en el proceso de maduración del individuo, o una condición patológica; y fuese una u otra, había que desenraizarlo de nuestra psique.

Erich Fromm en los años sesenta nos advirtió del narcisismo maligno que, a diferencia del benigno, no hace que nos sintamos orgullosos de lo que hacemos, sino de lo que tenemos (apariencia, salud, riqueza, etcétera). El análisis frommiano no pudo encontrar, posiblemente, mejor ni mayor narcisista maligno que Hitler para ejemplificar, en El corazón del hombre, sus posibles y nefastas consecuencias, que en su forma más grave llevarían a un síndrome de decadencia, “raíz de la destructividad e inhumanidad más depravadas”.

Hoy en día psiquiatras, psicólogos, sociólogos y neurólogos coinciden en que los individuos con trastorno narcisista de la personalidad tienen un comportamiento continuo y a largo plazo, que se caracteriza por un sentimiento extremo de superioridad y autoconfianza, una excesiva necesidad de ser admirados y una empatía reducida o inexistente.2

Ilustración: Oldemar González

Es justo en nuestros tiempos que diversos medios acusan a los mileniales de ser la Generación Yo al, supuestamente, ser epidémico el narcisismo entre quienes la conforman. Aunque continúa el debate sobre si las generaciones recientes son en verdad más narcisistas que las anteriores, cada vez más la evidencia acumulada apunta a que las diferencias que con la edad experimentamos en nuestros niveles de narcisismo (elevados en la infancia, con incrementos en la adolescencia hasta alcanzar un máximo en la transición a la adultez joven) son mucho mayores que las posibles diferencias en el narcisismo generacional.3 Hay un estudio que, con base en una muestra de casi cincuenta mil personas, concluyó que los niveles de narcisismo en universitarios estadunidenses prácticamente no han cambiado en treinta años (de 1980 a 2010).4

Abundan también las pruebas de que en décadas recientes ha ido en aumento la suma de los narcisismos individuales, lo que resulta en un narcisismo social o colectivo que no debemos confundir con el narcisismo grupal. Este último es un mecanismo de defensa de los miembros de un mismo grupo social que nos lleva (si somos parte de éste) a vociferar absurdidades como “Los mexicanos somos los más creativos del mundo”. Productos culturales como la música y la literatura sirven como indicadores de estos cambios, y en el primer caso esto se traduce en un incremento en frases y palabras de autopromoción de características y atributos de estrellas pop incluidas en la lista anual de Billboard Hot 100 en 1990, 2000 y 2010. Entre las fanfarronadas más recientes que aúllan algunos de estos narcisistas cantantes5 tenemos que “la fiesta no empieza hasta que yo llego” (Ke$ha, el signo de dólares en su nombre debió encender las luces de alerta); soy “La perra en tacones más candente justo aquí” (Rihanna), y “Tengo una cuenta de banco más grande que lo que la ley debería permitir” (no, no se trata de Lozoya, sino de SisQó).

 

Los títulos de best sellers que compramos reflejan también características que apuntan a un narcisismo social: la preocupación continua por la superación personal, la salud, la dieta, la sexualidad, el aspecto físico y el misticismo. El número de obras asociadas con este narcisismo prácticamente se ha duplicado en un periodo de 60 años (de 1950 a 2010), hasta representar 35 % de las ventas en línea.6

Mientras no se trate de un trastorno patológico, ser narcisista no es en sí un aspecto de nuestra personalidad que deba ser forzosamente erradicado. Los narcisistas, en buena parte por su búsqueda de reconocimiento público, tienden a convertirse en líderes y celebridades en esferas en apariencia tan distintas como la ciencia, el arte, los negocios y la política. En este último caso, un estudio muestra que, además de ser alto el narcisismo en 42 de los presidentes de Estados Unidos, estos niveles han aumentado con el tiempo.7 Trump no fue incluido en el análisis, pero para saber que es el narcisismo hecho carne no hay más que verle la cara; y ni siquiera eso: basta con verle las cejas. Tan sólo a partir de las cejas pobladas es posible identificar a los narcisistas, lo que seguramente permitió a nuestros ancestros evitar o al menos desconfiar de éstos, y llevó a los autores del estudio a cuestionarse si, en su deseo de ser admirados, reconocidos y recordados, los narcisistas cuidan o acentúan el aspecto de sus cejas depilándolas, pintándolas o tatuándolas.8

Una capacidad de los Narcisos que les es de gran ayuda para sobresalir en todos los ámbitos públicos citados es la previa y fugazmente mentada creatividad. Está tan asociada con el narcisismo que no sabemos si ser muy narcisista conduce a una persona a involucrarse en actividades creativas (la eterna búsqueda de reconocimiento) o si los logros creativos vuelven a alguien cada vez más narcisista.9 Si de arte hablamos, entre mayor es el narcisismo de pintores modernos (1860-1970) y contemporáneos (1970 en adelante), mayor es el precio que alcanza su obra en el mercado. La medida del narcisismo en estos artistas puede ser inferida a partir del tamaño de su firma (tomando en cuenta el tamaño del apellido10). Aunque es claro también que no todos podemos ser Picasso, al menos podría ayudarnos ser más presuntuosos y machacar como él “Yo soy Dios, yo soy Dios, yo soy Dios”.

Para alcanzar una mayor visibilidad ante su público, narcisistas menos talentosos, creativos e inteligentes siempre pueden recurrir a un lenguaje ofensivo que, al violar la etiqueta, llame la atención,11 o pueden tomarse selfis —símbolo por antonomasia de la actual pandemia narcisista— para compartirlas en las redes sociales (¿para qué más?). Eso sí, noticias como la de una familia de Narcisos, que en junio de este año estuvo a punto de morir al caer a un pozo en Indonesia mientras admiraba su imagen en el celular, nos alertan del riesgo de morir por narcisismo.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Los protagonistas de este texto. Por cuestión de espacio, los narcisistas vulnerables, que buscan ser aceptados en vez de admirados, no pudieron aquí lograr ni lo uno ni lo otro.

2 Gerge, F. R., y Short, D. “The Cognitive Neuroscience of Narcissism”, J. of Brain, Behav. Cogn. Sci. 1(6), 2018.

3 Grubbs J. B., y Riley A. C., “Generational Differences in Narcissism and Narcissistic Traits” en Hermann, A.; Brunell, A., Foster J. (eds), Handbook of Trait Narcissism, Springer, Cham, 2018.

4 Roberts, B. W.; Edmonds, G., y Grijalva, E. “It is Developmental Me, not Generation Me: Developmental changes are more important than generational changes in narcissism”, commentary on Trzesniewski & Donellan, Perspectives on Psi. Sci. 5(97), 2010, pp. 97-102.

5 Traducción libre del autor de: “The party don’t start til I walk in”; “The hottest bitch in heels right here”, y “Got a bank account bigger than the law should allow”.

6 Rovenpor, J., Kopelman, R. E., Cohen-Brandwein, A., Quach, P. y Waldman, M., “The best-seller as an indicator of societal narcissism”, Society, 2016, 53(4).

7 Watts, A. L., Lilienfeld, S. O., Smith, S. F., Miller, J. D., Campbell, W. K., Waldman, I. D., Rubenzer, S. J. y Faschingbauer, “The double-edged sword of grandiose narcissism: Implications for successful and unsuccessful leadership among U.S. presidents”, Psychol. Sci. 24(12), 2013, 2379-2389.

8 Giacomin, M. y Rule, N. O., “Eyebrows cue grandiose narcissism”, J. of Personality, 87(2), 2019, 373-385.

9 Jauk, E. y Sordia, N., “On risks and side effects: Does creative accomplishment make us narcissistic?” Creativity, 5(2), 2018, 182-187.

10 Zhou, Y. “Narcissism and the art market performance”, Eur. J. of Finance, 23(13), 2016, pp. 1-22.

11 Adams, J. M.; Florell, D., Burton, K. A., y Hart, W., “Why do narcissists disregard social-etiquette norms? A test of two explanations for why narcissism relates to offensive-language use”, Pers. Indiv. Dif., 58, 2014, pp. 36-30.

 

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