Al pasar revista a los acontecimientos de 1968 destaca la ausencia de voces disidentes dentro del aparato o el sistema, dentro de la familia política mexicana. La unanimidad sospechosa se acentúa por la disonancia de unas cuantas voces, muy pocas, que rompieron con una norma establecida, con una ley consolidada por el silencio monolítico de varias generaciones. Entre las voces disonantes sobresale, señera, la del rector Barros Sierra. Nadie le había dicho en público al presidente que eran suyas las voces menores que lo difamaban y atacaban, a lo que en un sistema presidencialista sólo se podía responder con la renuncia. Otra renuncia más tardía, la del embajador Octavio Paz, se sumó a la disonancia después del 2 de octubre.

La disidencia pública se vuelve más notable cuando se recuerda cómo hablaban en privado algunos de los parientes ilustrados de la familia revolucionaria, con qué angustia trataban de mostrar su distancia, casi nunca oposición, e impotencia respecto a la acción gubernamental. Protegidos por el anonimato de la multitud ovacionaron al rector Barros Sierra cuando asistió al informe presidencial de 1968, su más audaz acto de valor e independencia. Los más congruentes callaron para siempre pero casi todos los demás se sumaron a los coros de obediencia y sumisión. Pasados unos años trataron de sugerir que lo hicieron contra su voluntad, por impotencia o maquiavélica táctica. La verdad es que nunca les creímos. Seguimos sin aceptarlo, entre otras cosas por las pocas voces que mostraron, con voluntad y conciencia, que se podía disentir.

Aquí manejo aparato, sistema o familia en sentido estrecho. No incluyo a los que nada más trabajaban en el gobierno. Algunos mostraron su impotencia balando como borregos cuando eran acarreados a un acto de “desagravio” que acabó en corretiza. Tampoco incluyo a los intelectuales que trataban de crear un espacio profesional en las instituciones académicas, al margen de la familia, los que inundaron la prensa de desplegados en contra de la renuncia del rector. Pero hasta en ellos hubo silencios inexplicables, más bien inaceptables. La familia se identifica con los capos, los jefes, los dueños de una voz sonora por un puesto o por una trayectoria pública destacada como políticos e intelectuales, los que nos debían su opinión por haberla dado antes muchas veces sin que nadie la pidiera.

Algunos de los silencios de los capos se entendían aunque costaba aceptarlo. Así sucedió con el expresidente Cárdenas, disciplinado e impotente intermediario y gentil protector de perseguidos destacados. Otros no podían entenderse a ningún precio, como el de Vicente Lombardo Toledano, cerca de su muerte pero todavía secretario general del único partido de izquierda registrado, que no sólo calló sino brindó apoyo indirecto al presidente. También lo hizo Alfonso Caso, que veinte años antes había renunciado por mucho menos a una secretaría de estado, o Torres Bodet, hasta hacía poco director de la UNESCO. Agustín Yáñez, secretario de educación por esos años no sólo no calló sino que prometió o instrumentó la represión administrativa de los participantes en el movimiento en su dependencia. Pero a la lista de los viejos capos, que puede extenderse largamente, se suma una mucho más nutrida que no puede alegar la edad como atenuante. 

El silencio, la disciplina, las conciencias acalladas, no son tan fáciles de explicar. El miedo y la ambición ayudan a explicar la sumisión silente. Pero si esos factores fueran los únicos tendríamos que pensar el México del 68 como una dictadura absoluta, muy cerca del fascismo. A pesar de la concentración del poder en el presidente y del carácter intransigente y autoritario de Díaz Ordaz, que exageraba sus fobias y sus miedos, la comparación del sistema político mexicano en 68 con un régimen totalitario basado en el terror no puede sustentarse. La incapacidad del gobierno para enfrentar el movimiento estudiantil y la insensata represión que lo destruyó, y al hacerlo lo convirtió en un acontecimiento histórico decisivo e inconcluso, no basta para hablar de dictadura. Tampoco podemos hablar de una democracia formal realmente existente, distorsionada por un acto de barbarie. Nuestro animal es de otra especie.

La explicación del silencio en la familia tiene que ver con la naturaleza de la bestia: la conformación del sistema político y de su tradición. Hablar de una familia revolucionaria como la detentadora del poder político puede ser ligeramente exagerado pero muy ilustrativo. Las familias están unidas por vínculos peculiares, más profundos que los que enlazan a los simples conciudadanos. Se conocen desde antes, desde siempre, y tienen un clóset con sus propios fantasmas, cuyos oscuros secretos sólo conocen los parientes. A las familias se ingresa por nacimiento, matrimonio y amasiato o concubinato, adopción o arrimo, lazos personales que establecen un sistema de lealtades, una precisa contabilidad de deudas y deudores. Los ritos de ingreso y de pasaje de la familia ilustran la lealtad que se traduce en disciplina. La lealtad no elimina los odios ni previene los conflictos pero los confina a un espacio privado y reservado. La ropa sucia se lava en casa porque la información íntima y compartida puede manchar a todos al hacerse pública. La lealtad personal entre los parientes brinda seguridad y apoyo pero también configura un sistema de presión y de chantaje. La denuncia pública de la familia propia daña profundamente al denunciante y amenaza a sus seres queridos y cercanos. Eso lo saben muy bien los sicilianos. La familia revolucionaria mexicana, aunque sea política sin dejar de ser consanguínea, es una familia.

La familia revolucionaria mexicana está dotada con una misión. No se considera una representante del pueblo sino su guía, su líder. A ella le corresponde la inmensa tarea de sacar al pueblo de su ancestral atraso e ignorancia para encaminarlo hacia el progreso. La familia es patriota, ni duda cabe, pero identifica a la patria con la familia y su misión. La democracia formal la entiende y la maneja la familia como un voto de confianza, como un rito que confirma su mandato histórico. El espíritu misionero y evangélico otorga a los lazos familiares una trascendencia casi religiosa. La entrega a la misión evangélica se premia y recompensa con largueza. Se trata de formar dirigentes, no mártires. Además, el capital en manos de la familia es perfectamente congruente con la misión modernizadora y progresista. El espíritu misionero de la familia, que hoy suena a un discurso errado aunque pueda ser una creencia verdadera, emergió con toda la fuerza del silencio en 1968.

La misión trascendente de la familia la ha rodeado de enemigos. Otras familias, todas reaccionarias, y poderes extranjeros similares combaten contra la misión y la nación. La política se vuelve un asunto entre linajes, una batalla entre árboles genealógicos. En la guerra entre familias la teoría de la conspiración es la mejor explicación -estrictamente la única para las movilizaciones del pueblo ignorante y sin criterio, el rebaño que necesita el pastor-. El movimiento de 1968 fue visto y explicado como una conspiración. La conspiración nunca estuvo más de moda. No se probó su existencia, pero tampoco necesitaba prueba. Era evidente porque correspondía con la concepción y el estilo político de la familia, con el sigilo y el secreto, con el ocultamiento de las intenciones pese a la nobleza de sus objetivos misioneros. La familia formada para la conspiración no podía creer lo obvio: que un sector de la sociedad se movilizara con autonomía y por su propia iniciativa. No podía creerlo por razones poderosas: si eso fuera posible su misión trascendente y civilizadora para llevar al pueblo a la verdadera democracia carecería de sentido, se habría vuelto redundante.

En 1968, la teoría de la conspiración caló más hondo de lo que nos imaginamos entre la parentela. Lo curioso es que, para la familia, el origen de la conspiración era confuso. Para unos procedía de la CIA, para otros de Moscú, algunos creían en la conspiración internacional del anarquismo que movilizó a los estudiantes del mundo rico en 1968, otros en el simple contagio irracional que servía a los propósitos desestabilizadores de las otras familias internacionales y poderosas. La gran banalidad de las olimpiadas, ya perdidas en la memoria colectiva, era el gran argumento para confirmar la presencia de oscuras fuerzas atentando contra la nación. Además de las conspiraciones planetarias existía la conspiración dentro de la familia que se aprestaba para enfrentar la sucesión. Los primos ilegítimos y sus arrimados aprovechaban el río revuelto para conspirar contra la familia y su única y verdadera tradición. Muchos silencios se explican por aceptación de las teorías de la conspiración. Una conspiración tan profunda, perversa y maligna que amenazaba con contagiar a los benjamines, a los herederos y sucesores. Entonces la familia de los mexicanos bien nacidos cerró sus filas.

Miedo, disciplina, ambición, lealtad y chantaje, patriotismo, unidad frente a la conspiración y la agresión, en fin, la pertenencia a la orden misionera que tenía la pesada carga de gobernarnos, de dirigirnos a la mayoría de edad, pueden hacer más comprensible y menos aceptable el silencio, la complicidad, la renuncia a la conciencia. Pasados veinte años persiste el silencio. El 68 entró al clóset de los fantasmas junto con los secretos que pocos saben.

– Y la familia, ¿cómo está?

– Bien a Dios gracias. ¿Y la suya?