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Herbert Braun, colombiano, se dedica al estudio de la violencia en América Latina y es autor de un libro sobre el “bogotazo”.

Fue uno de los pensamientos más poderosos de todos los tiempos el que se apoderó del gobernante de México en 1968. Tiene sus orígenes en una larga historia intelectual que sostiene que el consenso es el estado normal de la vida social. No encontramos las fuentes de éste pensar en esa otra gran escuela que nos enseña que la condición humana yace en el conflicto. Pero las teorías opuestas, seguramente por lo grandes que son, se tocan: los que creen en el conflicto a diario maldicen el consenso; los del consenso se la pasan pensando en el conflicto.

El conflicto era la gran preocupación del presidente. “íQué grave daño hacen los modernos filósofos de la destrucción que están en contra de todo y en favor de nada!” (IV Informe, 1968). Se refería a Herbert Marcuse, el filósofo que vivía al otro lado de la frontera, lamentándose de la “tolerancia represiva” de la sociedad post-industrial y de la lentitud con la cual el proceso histórico se dirigía hacia su ansiada sociedad utópica.

Las dos teorías se tocan, mas no se entienden. Para los conflictólogos el conflicto es intrínseco y el consenso impuesto. Para los consensualistas el consenso es orgánico, el conflicto ajeno. Ahí está la poderosa idea del presidente. Es abstracta y simple a la vez.

México tiene con qué normarse por sí solo. Es semejante al cuerpo humano: produce los anticuerpos para contrarrestar las enfermedades. La sociedad se impulsa hacia la vida, y la paz es su condición idónea. Pero ésta tiene que venir de adentro. “La paz”, sostuvo el presidente cuando era candidato, “que se mantiene sobre la fuerza y el miedo es falsa y amenazadora, no es paz orgánica, natural como la respiración”. Estaba convencido que México aún no había llegado a ese estado, ya que a la Revolución le faltaba mucho por hacer, especialmente para los campesinos. Por eso su miedo era tan grande ante el conflicto. La incierta paz mexicana se prestaba a la acción del agitador. Además, presentía que sus propios colegas se podrían aprovechar de la situación para mejorar sus posibilidades de llegar a Los Pinos.

El presidente se preocupaba por “las mismas disímiles fuerzas del interior y le externas que han seguido confluyendo para tratar de agravar el conflicto” (IV e Informe). Una sociedad muere, pero ya de vieja, cuando su civilización decae, a no ser que algo ajeno a ella, una infiltración, intervención o invasión produzca condiciones contra las que la sociedad no puede combatir. El conflicto viene de afuera. Las dos fuerzas son disímiles. Los modernos filósofos de la destrucción no son mexicanos.

Cuando el presidente tiende su mano el 1° de agosto desde Guadalajara, lo hace sabiendo que lo acompañarían únicamente otras manos mexicanas, nunca las de agitadores con ideas extranjeras, o las de extranjeros que vinieran a causar un mal a la nación. Esperaba que fueran millones de manos las que se alzaran para producir la unión que le daría la fuerza de la nación en contra de lo ajeno. Era poco lo que se podía hacer directamente. ¿Cómo combatir contra lo que no se conoce? El agitador no muestra su cara, no da la mano.

Como todas las grandes teorías de la humanidad, ésta es imposible de combatir. No hay información empírica que la pueda dar al traste. Al contrario, todo lo confirma. Cuando el presidente regresó de Guadalajara, le informaron de lo que ya se había imaginado. Los disturbios obedecían a acciones organizadas. Se habló de la acción de provocadores extranjeros que habían estado involucrados en los acontecimientos de París. Ya el 26 de julio el jefe de la policía había puesto en duda el hecho de que los disturbios fueran promovidos por “auténticos estudiantes”, apuntando en vez a “agitadores comunistas”.

La idea no era únicamente del gobierno. El 25 de julio la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios (UNER) había declarado que el problema se originaba en Cuba. La Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) culpó, el 30 de julio, a grupos extremistas de “filiación trotskista”. El 2 de agosto el Frente Universitario Mexicano informó que el conflicto era “dirigido por extranjeros”. Ese mismo día el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO) llegaba a la conclusión de que “no han sido verdaderos universitarios ni mexicanos los que han provocado planeadamente al Ejército”. Al día siguiente, la Plataforma de Profesionales Mexicanos opinaba que el conflicto era la “copia fiel… de recientes sucesos de París”. En un desplegado el 4 de agosto, la Federación de Trabajadores del Distrito Federal sostenía que eran “otros los instigadores y perversos, que servían a intereses ajenos a México”. El Sindicato de los Ferrocarrileros se refirió a “malos mexicanos y perniciosos agitadores extranjeros”. En un manifiesto del 5 de agosto, el Partido Popular Socialista atacó las acciones conjuntas de la CIA, el FBI, y el MURO. Ese día el director de “Resumen, Pensamiento Liberal de México”, escribió: “Se trata de una intromisión extranjera en los asuntos interiores de México”. Fue el día de esa gran manifestación del Poli cuando el movimiento se llenó de gente. Paradójicamente, entre más mexicanos se declaraban, uniéndose a él, más se confirmaba la idea de una conspiración de origen foráneo.

Son creencias. Hubo poca información que las sustentara. Pero sí la suficiente: la universidad está llena de comunistas; el conflicto se desborda con algo que tiene que ver con Cuba; hay comunistas y extranjeros en la cárcel; sus nombres aparecen en los periódicos; todo comenzó con un incidente minúsculo; alguien se tuvo que aprovechar de él; los estudiantes no tienen bandera; no saben lo que quieren; alguien que no muestra la cara tiene que estar detrás de ellos; ellas se visten de minifalda; ellos usan el pelo largo; oyen música estrepitosa en inglés; su ídolo es el Che Guevara; no piensan en México.

El mundo lo confirmaba. Los estudiantes se rebelan en Columbia y Berkeley; un extranjero mata a Bobby Kennedy; los rusos invaden Checoslovaquia; los estudiantes de Tokio, Sao Paulo, Montevideo, Roma y otras ciudades se enfrentan violentamente a sus gobiernos; el mundo está en ebullición; los valores de la vida moderna se encuentran en crisis; los jóvenes se enfrentan a sus padres. “Habíamos estado provincianamente orgullosos y candorosamente satisfechos de que en un mundo de disturbios juveniles, México fuera un islote intocado”. Pero no. “Mis previas advertencias y expresiones de preocupación habían caído en el vacío” (IV Informe).

Esta forma de pensar no le es particular a México. Es una idea que trasciende las épocas, las fronteras, la cultura misma. Pero su dinámica algo tiene de México. “Lo que cuenta es México” (IV Informe). Como México no hay dos. Un sólo camino: México. Es un nacionalismo que maneja el Estado porque la sociedad lo siente. “Hagamos todos buen uso de los caminos y medios que la Constitución nos marca para hacer realidad un convivir armónico basado en la garantía del orden dentro de la libertad y la justicia social” (IV Informe).

Cuanto más hondamente se cree en algo, en México, en la paz, en el consenso, más se teme perderlo. De ahí que editorialista tras editorialista en esos primeros días de agosto quería creer y hacer creer que no eran “verdaderos” “auténticos” estudiantes los que impulsaban el conflicto. Si los culpables no eran los estudiantes, aún formaban parte de la nación pacífica. Se les podía salvar. Todavía había consenso. Era imprescindible encontrar al agitador extranjero.

Se buscó ese extranjero para salvar a México. Pero como tantas veces ocurre con las grandes teorías, en vez de salvar y realizar la realidad, la niega y la minimiza. Niega que el conflicto fue mexicano. Ridiculiza a todos esos miles de mexicanos que salieron a la calle. En vez de glorificar a México, pinta a su juventud como unos entes pasivos que se dejan llevar fácilmente por unos pocos extranjeros. “De algún tiempo a la fecha, en nuestros principales centros de estudio, se empezó a reiterar insistentemente la calca de los lemas usados en otros países, las mismas pancartas, idénticas leyendas, unas veces en simple traducción literal, otras en burda parodia. El ansia de imitación se apoderaba de centenares de jóvenes de manera servil, y arrastraba a algunos adultos” (IV Informe). Es un malinchismo que no se reconoce a sí mismo. ¿Cómo llegará la Revolución a tener éxito si la juventud mexicana no sabe lo que hace?

El presidente se alejó de los estudiantes. ¿Lo habrá hecho porque un poderoso pensamiento se apodero de él? El movimiento era tan extraño, tan distinto a cualquier cosa que el país había vivido, que no podía ser realmente mexicano. ¿Habrá estado convencido el presidente de que al dialogar con los estudiantes le estaría estrechando la mano a unos títeres? ¿Que los estudiantes no sabían lo que querían? ¿Que el diálogo era imposible?

¿O no será que el presidente se agarró de ese pensamiento? Si el conflicto hubiera sido con pequeños grupos de estudiantes, o con trabajadores sindicalizados, o si se hubiera movilizado una gran capa de campesinos pobres en el campo, el presidente seguramente habría entendido, y buscado la manera de solventarlo. Pero había muy poco en su vida personal o pública que le pudiera llevar a entender un movimiento masivo de protesta en la ciudad, entre personas privilegiadas, estudiantes y clases medias, cuya situación económica no era nada angustiosa. ¿Qué habría hecho el presidente sin poder negar esa parte de su realidad que tanta consternación, tanta angustia le causaba? ¿Qué habría hecho durante esas largas, solitarias horas en Los Pinos sin el filósofo? ¿Dialogar con los estudiantes?