En 2019 el actor Joaquin Phoenix encarnó a una nueva versión del Guasón en la película homónima. En la pantalla conocimos a Arthur Fleck, comediante solitario y tímido que inspira más pena que risa. Por su semejanza con pacientes reales con enfermedades neuropsiquiátricas, el imaginario Fleck llamó la atención de los neurólogos Alexis Demas y David Tillot lo suficiente como para evaluar las posibles causas médicas de la depresión y tristeza mórbida que lo aquejaban. Su mayor interés lo depositaron en el rasgo más conspicuo de este Guasón: su risa patológica.

¿Por qué, en boca de Fleck, es inquietante una vocalización tan identificable y común en nuestra especie? ¿Por qué las carcajadas del hombre que será el Guasón son un riesgo para su integridad física? ¿Por qué se ríe el Guasón? ¿Por qué reímos nosotros?

Ilustración: Oldemar González

Reímos junto con otros (¡ja, ja!) y sabemos que no es lo mismo reírnos de los otros (¡ja, ja, ja!) a que se rían de nosotros (¡ja!). Que no es igual la risa aparatosa del que en la escuela era el payaso del grupo que la risa soterrada de sus compañeros más introvertidos. Que es distinto ser atraídos por quien nos hace reír con frecuencia que por quien es un frecuente reidor. La risa nos resulta tan familiar como no lo es que pensemos seriamente, cual Darwin en La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872), que estamos lejos de ser la única especie risueña del mundo. Si bien desde Platón filósofos, poetas, dramaturgos, novelistas, ensayistas y fauna similar —no siempre regida por una vena cómica— han examinado la risa y nos han expuesto a ella a borbotones, a los científicos interesados en explicar esta risible cuestión (a partir de una, en comparación, irrisoria cantidad de estudios experimentales) lo que menos les arranca es risa.

Sin necesidad de experimentos complejos ni instrumentos sofisticados (y costosos) de medición y visualización de actividad fisiológica (lo que ha desatado la jocosidad de los etólogos a la hora de etiquetar estos estudios como neurociencia de banqueta), sabemos que la risa humana está compuesta por una serie de vocalizaciones cortas, cada una de ellas con una duración aproximada de 1/15 s, que se repite a intervalos regulares de alrededor de 0.2 s, lo que resulta en el onomatopéyico ja-ja.1 La risa femenina tiene una frecuencia promedio de 502 Hz; casi el doble de alta que la masculina, de 276 Hz. La cadencia de la risa es tal que, al alterar artificialmente la duración de los intervalos entre cada nota (“ja”), dejamos de percibirla como espontánea, voluntaria o humana.

“El acto de decir ja-ja” no define reír, pues en la risa intervienen mecanismos cerebrales y motores diferentes a los que nos permiten hablar. Evidencia de ello es que pacientes que han perdido esta última capacidad debido a daños en las áreas del cerebro responsables de ella no tienen mayor dificultad en desternillarse de risa cuando la situación lo amerita. Hay quienes pueden fingir la risa de manera bastante convincente (y ganar un Oscar por ello), pero reír es más bien un acto involuntario. O, si nos ponemos exigentes, con mucho menor control voluntario que hablar.

Según el psicólogo Robert R. Provine, pionero en investigaciones sobre la risa y su función desde una perspectiva evolutiva, creemos que nuestra risa, buena parte de las veces, es una elección consciente a algo que en cierto momento nos pareció gracioso. La verdad es que, durante una plática cualquiera, lo más común sea que la risa se produzca espontáneamente y, casi siempre, más como una respuesta contagiosa al escuchar reír a otras personas y menos como algo provocado por un chiste o alguna otra situación hilarante.

Por décadas la psicología detrás del consumo de series cómicas televisivas (sitcoms) ha intentado aprovecharse del hecho medido y verificado de que, a diferencia de cuando estamos solos, en compañía reímos con una frecuencia treinta veces mayor (no en el sentido acústico, claro está; pero, muy posiblemente, también nos reímos a un volumen más alto). El razonamiento detrás de las risas pregrabadas o grabadas durante la filmación del programa en vivo en un estudio y, en ambos casos, transmitidas a la par de un episodio de La teoría del Big Bang, es que estas risas supuestamente ayudan a incrementar nuestra percepción de los humorosos comentarios de Sheldon Cooper, y que esto a su vez mejora nuestra experiencia hedónica del programa.

Apenas en 2016 una serie de experimentos refutaron tan asentada asunción y llevaron a formular lo que sus autores bautizaron como “la paradoja de la risa grabada”: si por un lado las risas simuladas pueden incrementar nuestra percepción de una escena televisiva como cómica, en qué grado disfrutamos del episodio depende en gran medida de qué tan inmersos estamos en su narrativa, por lo que esas mismas risas pueden tener un efecto negativo en esta inmersión al representar una distracción externa. El saldo final puede —y suele— ir en contra de nuestro disfrute pleno.2

Lo que hemos aprendido a ciencia cierta sobre la función social de la risa no es tampoco gran motivo de jolgorio aún. Sabemos que sutiles —y no tanto— variaciones en la forma en que nos reímos nos permiten comunicar emociones e intenciones específicas, y que al reír podemos fortalecer nuestros vínculos con otras personas, convirtiéndose así en una especie de acicalamiento a distancia. Reír en presencia de otros puede indicar que la interacción dentro de ese grupo social es segura para todos sus miembros. O unas simples risotadas pueden tener el efecto contrario y segregar a quien es víctima de ellas. Y si alguien ríe antes, durante o después de exhibir un comportamiento verbal agresivo, puede ocasionar que los demás interpreten esta conducta de manera más ambigua (un posible mensaje: “Te puedo lastimar, pero en realidad no quiero hacerlo”).

¿Dime cómo ríes y te diré quién eres? No se rían (o mejor sí), ya que un grupo de psicólogos demostró experimentalmente que, en efecto, es un indicador de estatus social: individuos con alto estatus social se ríen de una manera más dominante que aquellos con bajo estatus social y conversaciones en contextos agresivos provocan que haya más risas dominantes que sumisas.3 ¿Cómo no aprovechar esto de manera intuitiva? En el mismo estudio se observó que individuos con bajo estatus social ríen de manera distinta dependiendo del contexto, de manera que con sus risas falsamente dominantes (sin exagerar demasiado, pues corren el riesgo de que se rían de ellos al ser descubiertos) sean percibidos por otros como con mayor estatus que el real.

La simulación de risas dominantes, ¿servirá también para aumentar el atractivo sexual de alguien? Quizás, pero habrá que comprobarlo en condiciones controladas. Lo que sí sabemos es que, en conversaciones entre mujeres y hombres, ellas se ríen en promedio alrededor de un 126 % más que ellos, lo que convierte al sexo femenino en el destino mayoritario de las bufonadas del masculino y, al menos en relaciones heterosexuales, es posible que se trate de una exhibición de inteligencia y creatividad dentro del cortejo del macho a la hembra humanos. Apoya esta hipótesis que tanto hombres como mujeres se ríen más de las gracejadas de ellos que de las de ellas y, dado que, como ya dijimos, reírnos no es una elección consciente, es entonces posible que no se trate de algo cultural.

La risa es como un bálsamo más allá del cliché y rigurosamente hablando porque al reír nuestro cuerpo libera opioides que, en principio, proveen de una placentera ruta neuroquímica que favorece las relaciones a largo plazo entre humanos y, por añadidura, vuelven cierta la creencia de que reírnos hace que nos duelan menos nuestras caídas físicas y emocionales.4 Un estudio ha mostrado que la ubicuidad de la risa en las conversaciones de las madres latinas que viven en Estados Unidos —entre ellas y con otras personas— tiene un efecto positivo en su bienestar, que es mayor al de las mucho menos risueñas madres de origen europeo y resulta en una mayor esperanza de vida a pesar de sus, en comparación, desventajas socioeconómicas.5

Y no sólo nuestros parientes más cercanos ríen (los chimpancés, entre ellos). En 1997 dos psicólogos decidieron hacer cosquillas a unas ratas en la panza, con lo que se dieron cuenta de que estos animales disfrutaban de esta estimulación y emitían vocalizaciones con una frecuencia definida de 50 kHz que, al igual que bebés humanos en una situación similar, no podían tratarse de otra cosa que de ataques de risa. Otros experimentos confirmaron este hallazgo y ahora además sabemos que las ratas que se ríen son optimistas, pues ante un estímulo ambiguo que puede representar un premio o un castigo para estos roedores, aquéllas que han sido previamente sometidas a una sesión de cosquillitas apuestan más porque al accionar la palanca obtendrán un resultado favorable.6

De vuelta con el Guasón, Demas y Tillot señalan que los incontrolables, repentinos e inoportunos episodios de risa de Fleck permiten diagnosticarlo con síndrome pseudobulbar, comúnmente causado por, entre otras afecciones, traumatismos cerebrales (lo más probable y evidente en este caso).7 Los neurólogos añaden que, no obstante se trata de un personaje de ficción, el cuidado de pacientes con aflicciones neuropsiquiátricas como el Guasón es un problema de salud pública que —añado yo—, junto con el estudio científico de la risa y al contrario del presente texto, no es algo para tomárselo a broma.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Provine, R. R.  “Laughter as an Approach to Vocal Evolution: The Bipedal Theory”, Psychon. Bull. Rev. 24, 2017, pp. 238-244.

2 Gillespie, B.; Mulder, M. y Leib, M. “Who’s Laughing Now? The Effect of Simulated Laughter on Consumer Enjoyment of Television Comedies and the Laugh-Track Paradox”, JACR, 1(4), 2016, pp. 592-606.

3 Oveis, C.; Spectre, A.; Smith, P. K.; Liu, M. Y., y Keltner, D. “Laughter Conveys Status”, J. of Exp. Soc. Psych., 65, 2016, pp. 109-115.

4 Manninen, S.; Tuominem, L.; Dunbar, R. I.; Karjalainen, T.; Hirvonen, J.; Apronen, E.; Hari, R.; Jaaskelainen, I. P.; Sams, M., y Nummenmaa, L. “Social Laughter Triggers Endogenous Opioid Release in Humans”, The J. of Neuroscience, 37 (25), 2017, pp. 6125-31.

5 Ramírez-Esparza, N.; García-Sierra, A.; Rodríguez-Arauz, G.; Ikizer, E., y Fernández-Gómez, M. J. “No Laughing Matter: Latinas’ High Quality of Conversations Relate to Behavioral Laughter”, PLoS ONE, 14(4), e0214117, 2019.

6 Rygula, R.; Pluta, H., y Popik, P. “Laughing Rats are Optimistic”, PLoS ONE, 7(12), e51959, 2012.

7 Demas, A. y Tillot, D. “Pathological Laughing and Psychotic Disorder: The Medical Evaluation of the Joker”, Acta Neurol. Belg, 2020.

 

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