No es demasiado áspera la vida dentro del serpentario a pesar del sofoco que abraza su territorio, poblado en sus más apartadas aristas por esbeltas y discretas arañas que no llaman la atención de los mirones. Parece que su atmósfera se densa de fieras y decisivas batallas. Parece, porque el peso del aire se debe no a la fogocidad sino, por el contrario, a la sedentariedad de sus moradores. El calor, de su lado, es grasa quemada con lentitud, hiel apenas contenida. Qué variedad para nada frecuente, que lo digan si no las fotografías de los personajes ilustres que han visitado al establecimiento, sus firmas estampadas con emocionado pulso en el libro de huéspedes distinguidos que el criador de gorilas guarda en un cajón del escritorio, allá en su oficina; que lo digan sus maneras de sobrevivir ante los ojos de los espectadores que tallan el boleto entre los dedos sudorosos al hacer cola y avanzar paso a paso (cuidado con ese hombro, esa rodilla) hasta la puerta del colorido local para luego deslizarse furtivamente en un espacio apropiado a los codos y la barbilla sobre los riscos de madera que nos aislan de los que entran a mirar y después siguen de largo, cruzan el haz de luz de la puerta, salen a la rueda de la fortuna recortada en la noche y, más allá, a una uña de luna creciente, cambiando impresiones sobre nosotros, la anaconda sudamericana que alterna temporadas de un nerviosismo de langosta, durante las cuales no hay quién salga ileso de su lingual alcance, con periodos de ovillarse en el centro del local, junto a las palanganas de agua que el criador de gorilas cambia regularmente; la tarántula calva, el monstruo de Gila, el tejón de dos cabezas aficionado al queso, ah, jabalicito, que tan terrible parece y no esgrime más que una lengua larga en que se mezclan agriándose el servilismo y la furia con el arrepentimiento y el cinismo, cuando revolotea alrededor del que elige como víctima de sus infamias. Jabalicito no embiste -tal es, con una sola excepción, su no envidiable atractivo- porque a final de cuentas, y de manera invariable, la cobardía desplaza a sus intenciones. Hay dos alacranes también, un hombrecito plúmbero cuya más alta ambición es devorar el sol y, largo y soñoliento lagarto, yo, que me retiro a descansar el mayor tiempo que puedo durante la corriente estación: otoño.

Habito unos metros cuadrados por el rumbo del oeste, desde donde domino la extensión del serpentario, cuestión de suma importancia en estos días de alejamiento y lenta, descuidada y reparadora respiración. Desde acá estoy al tanto de los desplazamientos de la anaconda y de jabalicito, que pueden madrugar en cualquier momento y dar machetazo a caballo de espadas, como se dice, lo cual sería lamentable de toda lamentabilidad, especialmente en estos tiempos de cometas y temblores. Durante días como éstos, cuadrúpedo y reptil pugnan por avalanzarse sobre mi indefensa piel pero algo los detiene, una última precaución, un plan más refinado de homicidio, no sé.

Los lunes, el criador de gorilas no viene. Fumando y leyendo pasa la mañana en su oficina, las piernas a lo largo del escritorio, la cafetera eléctrica a punto, los inusuales versos sobre el respaldo de la pesada silla en que se sienta, escritos con letra de plantilla y enmarcados adecuadamente: “Enemigo subterráneo,/ oscuro y torvo enemigo,/ te mataré con mi canto./ Día a día, con mi canto.”. Los martes aparece al filo del mediodía. Llega sudoroso de su entrenamiento con los orangutanes, chasquea sobre nuestros oídos la salva del látigo que le precede en la anodina ceremonia de acercarse a las palanganas, vaciarlas sobre la tierra y llenarlas nuevamente de agua, maniobra en la que invierte unos cuantos minutos. A continuación, se acerca detrás del látigo que enrolla en la cintura, pasea la vista por cada tramo del establecimiento, se enciende un cigarro y se arrima a un rincón, viendo y olfateando detenidamente. Así es él, dice que esta cabrón que le jueguen una, que cualquier día. Después se va y sólo excepcionalmente regresa antes del otro martes, si la anaconda hace de las suyas, por ejemplo, ocasión en que cae un chubasco de agua fría sobre la excitada serpiente, con lo cual el dueño del establecimiento la persuade para que vuelva a su nido, se ausente del centro del local porque asusta a los habitantes y hasta a los que pagan por ver (que no son demasiado diferentes a nosotros, por lo demás). Cuando jabalicito se propasa basta que el criador, alertado por el barullo, chifle a lo lejos desde la oficina para que el cuadrúpedo se aparte rezongando y suelte la araña que había logrado atrapar entre sus menudos colmillos, no peligrosos sino mellados a fuerza de embestir el polvo (la única excepción de su atractivo).

Poco antes de las fiestas patrias que acabamos de celebrar haciendo virtud de la hipocresía llegaron al serpentario dos gallinas australianas y un gallo japonés que les pone sobrevolándolas, un ave de tres alas y el azoté de las despensas, un esbelto, ágil, saltarín y trepador puerco de Maruata. Son las últimas adquisicones del criador de gorilas. Cuando los presento, sostuvo en el aire el caballito de tequila del improvisado brindis para extenderse en las currículas de los nuevos habitantes, poniendo especial énfasis en el alcance culinario del marrano y pensando con conmiseración en el ordinario y gringo origen de jabalicito (aunque él alega que es británico) que rezongaba y se tallaba lastimosamente contra la piel de hipopótamo de que están hechas las botas de su amo.

Ahora nos estamos preparando para las posadas. Luego vendrá la rosca de reyes y etcétera y sucesivamente: así nos la vamos llevando, entre los inocuos ataques de jabalicito (el otro día, el puerco de Maruata atisbaba codiciosamente su larga lengua) y el huero sarcasmo de la anaconda. Así se suceden las estaciones en este serpentario que imagino no muy diferente a otros, en donde la vida es áspera, pero no tanto.

 

Rafael Torres Sánchez, uno de los mejores poetas mexicanos de la actualidad, nació en Culiacán en 1953 y ahora vive en Guadalajara. Su libro Fragmentario (FCE, 1985) reúne diez años de producción poética. Este relato pertenece al libro inédito Cuento contigo.

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