En Las mujeres de Adriano, el personaje homónimo de la novela de Héctor Aguilar Camín dice: “Si se levantara aquí un Monumento al Padre Desconocido, su efigie sería la de una mujer”, con lo que hace presente que el nivel de involucramiento y la calidad de los cuidados paternos no siempre son satisfactorios, sino es que inexistentes.

Incluir en una reflexión tan paterna la nuestra especie en un ayer prehistórico no requiere, sin considerar por un momento la evidencia, un mayor esfuerzo imaginativo para percibir de manera desfavorable la contribución masculina a la crianza de los hijos propios o ajenos. Todo aquel que crea injusta esta percepción quizá concuerde y le agraden más las observaciones de la psicología evolucionista —que detrás de todo comportamiento humano ve la sombra de Darwin—, como las del investigador David Cyril Geary, quien asegura que “el fenómeno de la inversión humana paterna es extraordinario”.

Ilustración: Oldemar González

Antes de que algún lector infle el pecho y se apreste a celebrar el Día del Padre (o, ¿por qué no el mes?) en exclusiva compañía de otros paterfamilias, mientras madres y demás personas se encargan de sus hijos en fecha tan especial, anotemos y notemos que, cuando Geary añade que la inversión de recursos en la crianza de la descendencia de parte de los portadores del cromosoma Y en nuestra especie “es notable”, el psicólogo evolucionista no tarda en precisar:1 “Comparada con el cuidado paterno hallado en la mayoría de los mamíferos”.

Si de entrada consideramos que dentro de la clase taxonómica a la que pertenecemos lo más común es que sean las hembras las que contribuyen mayormente a la protección y crianza de sus hijos, y que en menos del 5 % de los mamíferos está presente el cuidado paterno, es claro que calificar este último como “extraordinario” en humanos de ninguna manera implica que la nota sea compartida desde cualquier otra perspectiva (la de las madres y la de los hijos, entre ellas) que no sea la evolutiva.

Es verdad que, trátese de Homo sapiens, monos, ratas, culebras ponzoñosas, cucarachas u otros bichos rastreros, hacerse cargo de las crías tiende a ser una tarea asimétricamente distribuida entre los sexos de los progenitores, y lo más común es que ésta recaiga en la madre. Ignoramos por qué es así, pero no es una regla universal, pues hay especies como Neanthes arenaceodentata (un gusano poliqueto) donde la madre no puede cuidar a sus huevos porque el macho se la come una vez que los pone.2 Para garantizar que sus genes pasen a las nuevas generaciones, a este gusano de padre no le queda de otra que incubar los huevos por su cuenta.

En quienes somos hombres y no gusanos la paternidad no es obligada, sino facultativa (dicho esto en términos biológicos), pues no somos indispensables para la sobrevivencia de nuestros hijos, lo que no significa que éstos no puedan beneficiarse de la inversión paterna en ellos en muy diversos ámbitos. Que la selección natural favorezca o no una mayor participación del macho de una especie en la crianza depende del equilibrio entre pérdidas y ganancias que los padres obtengan de su inversión: tener descendencia (y garantizar así la supervivencia de nuestros genes) es bueno, pero tener la espalda cargada de hijos o llevarlos pegados a las patas (estrictamente hablando, en varias especies de anfibios y de insectos y otros artrópodos) no lo es tanto si con eso pierde la oportunidad de aparearse con nuevas parejas, o si se corre el riesgo de que la actual le ponga el cuerno o de que, de plano, ésta abandone al padre luchón.

Entre las especies con cornudos tenemos al ave neozelandesa hihi (Notiomystis cincta), cuya hembra es común que, si su pareja es un macho no muy atractivo,3 copule con otros machos que sean más el equivalente a un Keanu Reeves con plumas mientras el padre está distraído buscando comida para sus futuros polluelos. Para contrarrestar esta amenaza a su paternidad, el macho no se queda con las alas cruzadas y expulsa de su territorio a todo macho cercano, pero aun así suele haber copulaciones extramaritales; a mayor número de ellas, menor es la cantidad de comida que el cornudo lleva al nido. Que este juego de infidelidades, entre varias y muy plásticas dinámicas de pareja, no sean raras en las aves se debe a que los machos pueden hacer prácticamente todo lo que las hembras (como empollar, construir nidos y alimentar a las crías), con excepción de poner huevos. No es tampoco raro, por lo tanto, que en más del 80 % de los casos el cuidado de las crías sea biparental (es decir, colaboran machos y hembras en él).

Cuando el padre no influye mucho en la sobrevivencia de sus descendientes, la selección natural favorece que no intervenga en la crianza. Si los recursos que aporta mejoran la sobrevivencia o la calidad de las crías, la selección favorece a los machos que presentan una estrategia mixta: a veces son buenos proveedores de esperma (lo que se traduce en bebés sanos) y a veces son buenos proveedores de comida y protección (lo que se traduce en bebés, y vástagos de mayor edad, vivos); que oscilen en uno u otro sentido depende de condiciones sociales (la disponibilidad de machos y de hembras, por ejemplo) y ecológicas (entre ellas, la disponibilidad de comida).

Del lado de las oportunidades que los machos tienen para aparearse, la selección natural favorece la participación del cuidado paterno cuando el costo es menor que conseguir otras hembras con las que aparearse. Si, además, la certeza de que se es el padre de las crías es baja, la selección favorece el abandono paterno. Por ejemplo, en especies de peces en las que la fertilización es interna, el macho ignora si los huevos fertilizados lo fueron gracias a él y, en consecuencia, abandona a la hembra después de fertilizarla (si es que ocurrió así, en el mejor de los casos).

Como la conducta paterna ha evolucionado en varias ocasiones y de manera independiente en los animales, lo menos costoso en términos evolutivos es usar y adaptar en ella los sistemas prexistentes —hormonales y neuronales— que determinan la conducta materna. Así, la intensidad de la respuesta conductual de los padres en presencia de las crías —no necesariamente las propias— puede modificarse hasta cierto punto al aumentar o disminuir, ante ciertos estímulos ambientales o de manera artificial, la producción de ciertas hormonas o la sensibilidad de los receptores de estas hormonas en los machos. Esto significa, al menos en teoría, que es hasta cierto punto posible hallar una fórmula química para ser un buen padre: basta una pizca de testosterona por aquí, un puñado de prolactina por acá, una cucharada de oxitocina por allá…

Como parte de este coctel paternal, tenemos que la testosterona disminuye cuando un macho se convierte en padre. Padres con niveles más altos de esta hormona tocan menos a sus infantes, hacen menos voces agudas al hablarles y se involucran menos en los cuidados de los recién nacidos.4 Pero, por otro lado, la concentración de testosterona se eleva cuando un bebé llora y no es consolado, por lo que tal vez, ante amenazas como la presencia de depredadores, facilite al padre que defienda agresivamente a su bebé. Otros ingredientes de la mezcla neurobiológica aumentan la empatía paterna (la oxitocina) y el tiempo que un padre pasa jugando con niños (la prolactina).

Y un factor social que desencadena conductas paternas es tener sexo, pero esta receta por el momento sólo se ha observado en jerbos de Mongolia (roedores de la especie Meriones unguiculatus).5

Una mayor colaboración paterna en nuestra especie no necesariamente garantiza la calidad de los resultados. Con base en estudios comparativos entre sociedades tradicionales y modernas sabemos que, al menos en las primeras, lo usual es que existan beneficios físicos y sociales para los hijos; de los más tangibles, una menor tasa de mortalidad. Como ejemplo tenemos que, entre los achés (cazadores-recolectores que habitan en Paraguay), la tasa de mortalidad en niños menores de 15 años es de más del 45 % cuando el padre está ausente, mientras que se reduce a un 20 % si está presente.

En sociedades modernas como la nuestra, distinguir algunas de las diferencias entre padres exitosos e incompetentes es posible —experimentos sociales aparte— gracias a las películas de Disney.6 Entre los primeros tenemos a Maurice y al jefe Powhatan, padres de Bella en La bella y la bestia y de Pocahontas; entre los segundos, al Sultán y al rey Neptuno, padres de Jazmín en Aladdín y de Ariel en La sirenita. La diferencia más palpable entre unos y otros es la comunicación: mientras que los dos últimos hablan a sus hijas, los dos primeros en verdad hablan con sus hijas. Ser un buen padre, por supuesto, es mucho más que estas caricaturas de la paternidad. Felicidades a todos los que lo son.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Geary, D. C. “Evolution of parental investment”,en: Buss, D. M. (ed.), Handbook of Evolutionary Psychology, John Wiley & Sons, Inc., 2016.

2 Ridley, M. “Paternal care”, Anim. Behav. 26, 1978,pp. 904-932.

3 El sex appeal depende no sólo de características físicas como el tamaño del ave y el color de su plumaje; en algunas especies, como los ruiseñores (Luscinia megarhynchos), también de qué tan buenos cantores sean. A mayor complejidad de los cantos de un ruiseñor, mayor es su contribución en el aprovisionamiento de alimento para las crías, por lo que este rasgo indica a la hembra que será un buen proveedor.

4 Rilling, J. K. y Mascaro, J. S. “The neurobiology of fatherhood”, Curr. Opin. Psych. 15, 2017, pp. 26-32.

5 Martínez, A.; Arteaga-Silva, M.; Bonilla-Jaime, H.; Cárdenas, M.; Rojas-Castañeda, J.; Vigueras-Villaseñor, R.; Limón-Morales, O., y Luis, J. “Paternal behavior in the Mongolian gerbil, and its regulation by social factors, T, ERa, andAR”, Physiol. Behav. 199, 2019, 351–358.

6 Wynns, S. L. y Rosenfeld, L. B. “Father-daughter relationships in Disney’s animated films”, Southern Comm. J. 68(2), 2003, pp. 91-106.