Ya he relatado en algún libro que mi medio principal para viajar, hace treinta años, fue el aventón, dedo o autostop. Lo practiqué en todos los países donde puse mi humanidad y también en Ciudad de México para desplazarme de Coapa hasta Ciudad Universitaria. Alguna vez viajé en aventón desde Puebla a Coatzacoalcos dentro de la cabina de una pipa de gas que tomaba las Cumbres de Maltrata a una velocidad temeraria. El chofer bebía café negro acompañado de tabletas de paracetamol con el propósito de mantenerse despierto. Y en ningún momento tuve miedo, pues era joven y el impulso vital propio de mi edad me lanzaba en dirección a alguna guerra, cualquiera que ésta fuera. Ni siquiera sentí temor cada vez que la policía me levantaba de una autopista en Francia, pues en ese país estaba prohibido pedir autostop en los caminos federales. Sólo tenías permitido hacerlo en las carreteras locales. A finales de los años ochenta yo temía más a la policía francesa que a cualquier otra en Europa, acaso por el hecho de que los franceses aman al hombre en abstracto y lo detestan en concreto, o porque su revolución ha sido, en realidad, producto más de su vanidad que de amor por el ser humano. La peor bienvenida que he tenido en mi vida tuvo lugar en Marsella cuando, segundos después de haber descendido del tren, dos policías vestidos de civil franceses me cargaron en vilo para introducirme a un cuarto y someterme a un interrogatorio repulsivo e intimidante. También caí en manos de los carabinieri, de los guardias españoles y sólo una vez me tomó la policía alemana confundiéndome con un inmigrante turco (para efectos prácticos no se equivocaban). España era en aquel entonces el país en el que resultaba casi imposible obtener un aventón. Me levantaba más la policía que los camioneros o automovilistas; no obstante, lograba entablar buena relación con ellos gracias a que conocían el nombre de Hugo Sánchez y yo les narraba anécdotas de su trayectoria deportiva en México.

Ilustración: Kathia Recio

No los molestaré con estas aventuras ya que no tienen interés más que para quien las ha vivido. Sólo quiero remarcar el hecho de que no recuerdo haber sentido ninguna especie de temor y consideraba todo lo que me sucedía como una aventura. Y ahora me pregunto: ¿cómo pude haber perdido aquella temeridad? Sé que hoy en día nadie se detendría para responder a un pedido de aventón mío si no fuera con el fin de asaltarme o conducirme a una funeraria. No podría emular de ningún modo la travesía que realizó John Waters a sus más de 60 años pidiendo aventón desde Baltimore a San Francisco, armado sólo de una mochila y letreros desechables que decían, por ejemplo “End of 70 West”, “No soy un sicópata”, “Estoy en crisis de la mediana edad”, “Estoy escribiendo sobre aventones”. El resultado de su experiencia y de sus fantasías se halla escrito en Carsick (2014), y a quienes disfrutamos de sus películas, “Pink Flamingos”, “Viviendo Desesperadamente”, “Polyester”, etcétera, o de libros suyos como Crackpot (1986), nos parece natural que haya emprendido una aventura semejante. Yo podría escribir un par de volúmenes acerca de mis correrías en aventones, pero estoy más interesado en preguntarme qué pasaba por mi mente durante aquella época. Los lectores de Schopenhauer o de Gilbert Ryle sospechan, como estos filósofos, que es imposible que un sujeto conozca lo que sucede en la mente de otro sujeto, y que los mensajes están afectados por una especie de segunda ley de la termodinámica en relación a su significado o contenido: una erosión. Apenas escribimos o narramos lo acaecido en una aventura la perdemos y quien nos escucha o lee imaginará algo distinto a lo que intentamos comunicarle. De allí la resignación a no ser del todo comprendidos. En la actualidad y en México ya no se piden aventones pese a que han pasado más de treinta años desde que los utilicé como eficaz medio de transporte y el progreso ético tendría que haber garantizado ya el libre y seguro tránsito por las carreteras. ¿Qué les parecería pedir hoy un aventón de Morelia a Pátzcuaro? John Waters influyó de modo notable en mi juventud al grado de que describí mi primer libro de relatos —en la contraportada— como “una aportación importante al género de la literatura basura”. De hecho, tomé el término “basura” y el temperamento de mis relatos del absurdo y enloquecido cine de Waters al que él mismo denominó “cine basura”. No estuve jamás a su altura, ni siquiera en los aventones.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.