La creciente demanda de servicios de salud está privilegiando la atención de pacientes afectados por COVID-19, sobre la atención en salud considerada no esencial ni urgente. ¿Cómo impacta esto en la salud sexual y reproductiva de mujeres y adolescentes?1

 

Mujeres y hombres siguen teniendo relaciones sexuales aun en situaciones extremas: guerras, desastres naturales y epidemias. En estas circunstancias, es más probable que las relaciones se den bajo coerción y violencia. Por lo tanto, las mujeres necesitan anticonceptivos, en particular de emergencia; antibióticos y antirretroviral posexposición y de mantenimiento para personas con VIH —la adhesión al tratamiento es vital para su éxito—.

Las mujeres con embarazos deseados deben tener atención prenatal aquí y ahora. Hay lecciones aprendidas de la epidemia de influenza AH1N1 y del zika sobre la salud materna y fetal que sería imperdonable olvidar. ¿Cómo afecta la infección a las mujeres embarazadas? ¿Hay transmisión vertical? ¿Existe riesgo de malformaciones en el producto? ¿El virus se transmite durante el parto vaginal? ¿Implica indicación para cesárea electiva? ¿Se puede, y cómo, favorecer la lactancia en las mujeres contagiadas? Existen ya recomendaciones internacionales2 y las evidencias, hasta el momento, tranquilizan. Sin embargo, no dejan de ser escasas y prematuras; por ejemplo, sobre la potencial teratogenicidad tendremos información robusta sólo a mediano plazo. Por lo tanto, es necesaria una estricta vigilancia epidemiológica para la seguridad de las mujeres y sus recién nacidos.

Por su parte, las mujeres con embarazos forzados, no intencionados o que ponen en riesgo su vida y su salud necesitan servicios de aborto. Éstos son esenciales, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, y urgentes (sensibles al tiempo) y no pueden ser prorrogados o suspendidos.3

Ilustración: Patricio Betteo

 

Un altísimo porcentaje del personal de salud está constituido por mujeres; muchas más en la “base” de la pirámide —trabajadoras sociales, laboratoristas, enfermeras hasta médicas generales—. Conforme sube la pirámide, se invierte la tendencia y se “masculiniza” la profesión. En esta pandemia hay más mujeres en la trinchera, en contacto directo con los infectados y enfermos. Por ejemplo, se estima que en Wuhan, China, hasta el 90 % del personal de salud eran mujeres.

 

En una contingencia como ésta, las mujeres —ya sea que cuidan de su familia o son trabajadoras del hogar que cuidan de la familia de otras(os)— están, más que de costumbre, “encerradas” en las casas. Con los hijos sin ir a la escuela, con los maridos y parejas en teletrabajo, con los ancianos a cargo protegiéndolos del contagio en residencias y asilos, y las mujeres mismas también obligadas al trabajo en línea, la carga del cuidado y de las tareas domésticas se acentúa exponencialmente para ellas y se agrava más por las carencias económicas.

Esto no es sólo un tema de carga de trabajo. La relatora especial de la ONU sobre la violencia contra la mujer4 y el Instituto Nacional de las Mujeres5 resaltan otro impacto de la pandemia de COVID-19 en mujeres y niñas: el riesgo de que aumente la violencia doméstica, emocional, física y sexual, incluidos los feminicidios.

En paralelo con los retos, esta pandemia ofrece oportunidades de nuevos modelos de atención y de conductas que debemos aprovechar de manera creativa y solidaria. Necesitamos soluciones flexibles e innovadoras para asegurar atención a servicios y acceso a insumos esenciales para la salud sexual y reproductiva, desde anticonceptivos, antirretrovirales hasta medicamentos para interrupción del embarazo. Se deben aprovechar las potencialidades de la telemedicina, con consultas virtuales, entrega de recetas electrónicas, envío a domicilio de medicamentos, al adaptar flujogramas y protocolos ya validados en guías y recomendaciones internacionales.6 También necesitamos implementar más modelos de atención en línea para contención y primeros auxilios emocionales en caso de violencia doméstica, rápidas intervenciones de protección y de asesoría legal, incluidas denuncias telefónicas.

Parteras y enfermeras perinatales pueden proveer atención domiciliaria o en espacios adaptados y separados (casas de parto). Así no se expone a las mujeres a ambientes hospitalarios potencialmente contaminados y contaminantes, y se favorece una atención respetuosa y segura del parto.

En circunstancias donde la larga convivencia diaria visibiliza la carga desproporcionada del trabajo doméstico de las mujeres, podemos aprender juntos un nuevo contrato más solidario y más equitativo en la repartición de tareas del cuidado entre los miembros del núcleo familiar; entre las diferentes generaciones; entre los padres y los hijos, pero sobre todo entre mujeres y hombres. Ojalá ésta sea la semilla de una nueva masculinidad posible y de una nueva, necesaria igualdad.

 

Raffaela Schiavon Ermani
Ginecóloga y endocrinóloga. Es consultora independiente.


1 Disponibles en: https://bit.ly/3aDTUh5; https://bit.ly/2VBTxPM ; https://bit.ly/2yHtXQC.

2 Pueden consultarse en: https://bit.ly/2yHMhsK.

3 https://bit.ly/2y40wrV.

4 https://bit.ly/2xb1fad.

5 https://bit.ly/2VUygjm.

6 Disponibles en: https://bit.ly/2VCQSW0; https://bit.ly/2KDtWQq.