Para Arcadio Díaz Quiñones

Junio de 1986: Pórtico a modo de portería

En el Estadio Universitario de la ciudad de Monterrey, a dos horas de que se inicie el encuentro futbolístico entre Alemania y la Selección Nacional, 60 mil espectadores juegan a ser la bandera de México, encarnan sus colores, exhiben el gusto que les da ser mexicanos —o más bien: ser México—, distribuyen el verde, el blanco y el rojo, simbólicos en el rostro, en las camisetas, los pantalones y los calcetines, en las chamarras y en las sudaderas. Al amparo de la orgía tricolor, miles de banderas se agitan, y no todas ostentan en el escudo el abrazo dialéctico del águila y la serpiente. Las hay con el símbolo comercial de Pique (un chile verde), o con las letras bordadas que ratifican el amor a Saltillo y Monterrey, o con nombres de los jugadores célebres. El escudo varía, pero los colores permanecen. ¡Una borrachera de nacionalidad!, dicen muchos. El colmo de la mentalidad colonizada, y de la imitación del uso gringo de la bandera, según otros. Sin ánimo de intervenir en la polémica, que no se produce porque la atención nunca se desvía del partido, aventuro una opinión: el Mundial 86 de futbol ha revelado la evaporación del patriotismo tradicional, momentánea o permanente, aún no se sabe, y la presencia de un nuevo patriotismo, cuyo centro es el espectáculo y cuya razón de ser desaparece al fin del juego.

I

¿Quién determina las características históricas de la nacionalidad? En lo fundamental, quien elige y acentúa los aspectos históricos y míticos que más le interesan es la burguesía en el poder, apoyada en el precario equilibrio entre los sectores liberal y conservador de las clases medias. El Estado que surge de la lucha armada entre 1910 y 1920, requiere de un espacio de indefinición convincente que auspicie la sensación, mucho más que la idea, de la pertenencia desafiante a un país. Ya se era formalmente una nación y sin embargo pocos lo creían: lo que unificaba era lo que dividía, y la gente se afiliaba a regiones, grupos étnicos, causas políticas, gremios, clases sociales, bandos de caudillos. Se era maya, tarahumara, campesino, anarco-sindicalista, sonorense, veracruzano, pequeño burgués, abogado, zapatero, pobre o rico, mucho más que mexicano.

A la caída de la dictadura de Porfirio Díaz, el nacionalismo es el lenguaje generalizado de la renovación. Es, en la práctica, la defensa de los intereses de una comunidad determinada geográficamente, la ideología de los rasgos colectivos más notables, el orgullo de las diferencias específicas, la mitificación de los comportamientos obsesivos, el ámbito del tradicionalismo cifrado en la religiosidad, el catálogo de los sentimientos más recurrentes. Es, también, el control estatal del significado de ser mexicano.

El nacionalismo es la premisa ideológica de la unidad y la consecuencia orgánica de la fuerza del Estado. Dialéctica sucinta: la vitalidad del nacionalismo solidifica al Estado, y el crecimiento del Estado le infunde legitimidad al nacionalismo. Por eso, a lo largo del siglo, el nacionalismo más promovido y más estudiado es el de los regímenes que a sí mismos se llaman de la Revolución Mexicana, y el que pretende acaparar el PNR/PRM/PRI. Es un nacionalismo belicoso o apaciguable, pleno de reivindicaciones o dispuesto al pragmatismo, primitivo o civilizado (todo según convenga). Mucho menos examinado es el nacionalismo que cunde en las clases populares, en respuesta a sus tradiciones, a las disposiciones de los gobiernos, y a la capacidad de aceptar algunas o muchas de las propuestas de la modernización.

A partir de 1910 distingo, con los entreveramientos del caso, cinco etapas en el nacionalismo popular: primero, la que habría que llamar de la “reaparición de México”, 1910-1920; segundo, el reino del nacionalismo estatal postrevolucionario, 1920-1940; tercero, la era de la unidad nacional, 1940-1960; cuarto, la etapa de la aparición de la sociedad de masas, 1960-1981; quinto, la fase actual, de “postnacionalismo en la crisis”, cuyo rasgo central parece ser un proceso de democratización bárbara de la vida cotidiana y la emergencia de nuevos localismos conectado sin embargo a los contenidos y los instrumentos de comunicación masiva de la aldea global.

A la primera etapa (1910-1920) la unifica la sensación del descubrimiento del país. Octavio Paz le da curso lírico a esa experiencia en El laberinto de la soledad cuando habla de la revelación de la revolución, el vislumbramiento de lo toreado y la identidad tras la máscara. A lo mejor, o tal vez lo que sucede es la incorporación brutal y mínima a los hechos de la nación de millones de individuos excluidos por la dictadura. Por primera vez este campesino asciende al tren, aquel anciano se aventura fuera de su pueblo, la mujer empuña un rifle, el obrero se calienta en las noches haciendo leña de los santos que veneraba hace una semana, la señorita pierde su virtud con tal de conservar viva a la dueña de la virtud, el general se olvida de sus hábitos recientes de peón. Los cambios no significan el fin de un sistema económico, pero denuncian las presiones de una revolución social y cultural en torno al nuevo trato del individuo con la nación.

El discurso histórico de caudillos y líderes vierte elogios sobre el sujeto aparente del relato, el Pueblo, más presente que la entidad mexicanos. Según los marxistas clásicos, en esos años el nacionalismo es, en lo básico, una treta de la burguesía para que sus intereses de clase se identifiquen como los intereses de la nación entera (“Los trabajadores no tienen patria”, argumenta el Manifiesto Comunista). Como sea, el nacionalismo también es una manera de comprender lo que está sucediendo. Los trabajadores mexicanos creen fervorosamente tener patria y examinar la letanía aduladora: el Pueblo, que hizo y continúa haciendo la revolución, se sacrifica con tal de crear instituciones. En su vida cotidiana no tiene dudas: la revolución fracasó, encumbró a los pícaros y sepultó a los idealistas; en tanto multitudes aceptan lo que no pueden enmendar y ven en el nacionalismo la identidad que les permite intuir o comprender el ritmo del desarrollo social.

Desde el punto de vista de la historia de las mentalidades, este nacionalismo es novedoso. Si en el marxismo clásico, la nación y su ideología, el nacionalismo, son parte de la superestructura, derivaciones de la era capitalista, en países que por ignorancia de la historia se escapan de las leyes del marxismo clásico, el nacionalismo es también, al cabo de el proceso complejo, parte de la estructura mental y política. Al principio, y en esta primera etapa, el nacionalismo popular se expresa en la lealtad ciega a los caudillos, en la ira ante la traición a los principios, en el cinismo, el escepticismo y oportunismo masivo que son aprendizaje de una realidad manejada desde arriba, en la disponibilidad física que movilidad geográfica e invención del presente, en la ferocidad en el combate y en el saqueo que es indiferencia programada ante la muerte, y recuerdo de la moral de los hacendados porfiristas. Todos estos son rasgos nacionalistas, porque se consideran propios de un carácter colectivo, tal y como lo transmiten los corridos, las canciones revolucionarias, los sketches teatrales, el reacomodo de las costumbres.

México, octubre de 1986

En el lote baldío las adolescentes de la banda Pulmex conversan con la periodista. Se arrebatan la palabra. Combativas, reproducen en frases y gestos su proceso formativo. Le explican: la banda es a toda madre, es el oxígeno. En su casa no pueden sentirse a gusto porque luego los padres echan la bronca: que por qué te vistes de ese modo, que no seas ridícula, que ya debes andar de perdida. Y entonces llora el hermanito, porque la mamá no le da descanso al vientre, y ya se quemaron los frijoles, si es que había.

—Salimos a la calle y somos peces en el mar, como dicen. Y nos vestimos como nos da la pinche gana. El chavo disco trae su ropa bien acá, colores claros, ropita más o menos. Aunque los chavos sean pobres, tienen delirio de burgueses y hacen hasta lo que no por vestirse bien. Nosotras no. Traemos nuestros pantalones así, aunque estén gastados. Nosotras no somos burguesas, somos proletarias. O sea: más pobres, de bajos recursos. Nos gustan los colores azul, negro, blanco.

La conversación sigue por todos los rumbos.

—Yo creo que dos tres pasos los podemos sacar de las danzas prehispánicas. ¿Has visto los danzantes? Pues así son los pasitos. Parecidos, no tan igual, pero sí. Pegamos brincos, nos damos vueltas.

—Pues así, como las danzas aztecas, que un brinquito para atrás, que uno para adelante, que a un lado y así sucesivamente como los danzantes aztecas. Acá nuestros descendientes, como quien dice.

—Antes en la banda casi no había morras porque dos tres chavos se pasaban de lanza con ellas y ya no bajaban; y además así, de que se amachaban, ¿no?

—Yo no me quiero casar, porque ya no, porque es gacho. ¿Para que se quieren casar? De nada sirve. Antes sí pensaba casarme, ahora no, ¿verdad? A la vez sí y a la vez, ahorita no. Tener a mis morros acá.

—Al gobierno le pediríamos que nos dejaran ser lo que somos, que no nos repriman tanto, que nos prohiben dos que tres veces el rock, y todo esto, pero nosotros les pediríamos que nos dejaran vivir como queremos, a nuestro gusto, que no nos descriminen.

La escena se prolonga. Es el viejo naturalismo en un paisaje más promiscuo, más violento.

II

En la segunda etapa (1920-1940), el Estado decide convertir el nacionalismo en la educación cívica y moral de las mayorías, la doctrina que no necesite de libros sino de espectáculos. Para esto patrocina una versión monumental de su historia (el muralismo o la Escuela Mexicana de Pintura), y promueve la alfabetización que amplía los límites de la nación y, de paso, capacita mano de obra para el desarrollo industrial; organiza la cultura laica a través de la Secretaría de Educación Pública, defiende sin gran ardor los adelantos económicos, políticos y jurídicos del pueblo que registra la Constitución de 1917, divide a los sectores en corporaciones, y, last but not least, se identifica literalmente con México exigiendo para el gobierno el respeto que a la nación se debe.

Ante una política que las toma poco en cuenta, pero que abre el horizonte de sus posibilidades, y ante un discurso que las adula (“Ustedes habitan un gran país, cuya trayectoria es síntesis de sufrimiento, dignidad y esperanza, y que requiere del concurso de todos. Ustedes son maravillosos porque son mexicanos”), las clases populares reaccionan de modo positivo, con dos grandes excepciones: los grupos étnicos, marginados por la lengua, el racismo interno y la doble explotación, y los grupos más tradicionalistas del campo y las ciudades. Pero la mayoría se va reconociendo en la selección de héroes, actitudes, frases, canciones, paisajes sociales, consignas, visiones utópicas y glorificación de rasgos negativos.

Para imponerse, es preciso enfrentarse a las dos grandes vertientes del nacionalismo de la derecha: la criolla y la campesina. En este orden de cosas, la guerra cristera (1926-1929) es al mismo tiempo revuelta agraria, acto sacramental y fe manipulada. En el Cinturón del Rosario (Michoacán, Guanajuato, Querétaro), los fanáticos matan y torturan, y se dejan matar y torturar en nombre de la fe. Ellos se sienten durante ese breve periodo, literalmente, el Pueblo de Dios, los cruzados que le extirparán a México el demonio bolchevique, el valladar contra la invasión protestante, judía y atea, los elegidos con los fusiles que curas y monjas bendijeron, los apóstoles cuya táctica de sobrevivencia es simple: si los escapularios no desvían las balas, siempre queda el recurso de perder la vida.

Al tradicionalismo criollo lo aisla la modernización. El último patético esfuerzo de rehabilitarlo se produce en el gobierno de López Portillo y su peregrinación natalicia al pueblo de donde algún antepasado salió apenas hace 500 años. Al tradicionalismo campesino lo vencen el ejército y el pacto con la jerarquía. Han afectado a unas regiones pero no han detenido la vida del país. La derecha no quiere advertir el centro de su derrota: la enseñanza primaria, sustento de la unificación del país y correa de transmisión del impulso nacionalista. En 1934, en un discurso en Guadalajara, el ex presidente Plutarco Elías Calles es categórico: hay que arrebatarle a la iglesia el “alma de los niños”. El contenido del lema es sencillo: necesitamos implantar un sentido unívoco de la nacionalidad como historia y como obediencia a las instituciones: estos son los héroes, estos son los villanos, estas son las leyes justas, éste es el lenguaje nacional, éste es el gobierno que demanda nuestro respeto, ésta es la auténtica emoción patria. La campaña, que cuesta muchas víctimas, tiene éxito. En 1910 el 20 por ciento de la educación primaria depende del gobierno; en 1986, el 93 por ciento.

En esta etapa, todavía lo regional es preponderante. Se es primero veracruzano o oaxaqueño que mexicano, lo que en mucho depende de la resistencia social y psicológica a los excesos y saqueos del centralismo. En respuesta, y con rapidez, se ofrecen vías de unificación. La pedagogía nacionalista prodiga murales, libros de historia patria, novelas donde el pueblo sufre y se redime por la sangre, sinfonías de estímulo laboral, canciones de esencialización del “alma popular”. A este proceso contribuye, de modo enorme y genuino, el gobierno del general Lázaro Cárdenas, que le imprime velocidad a la Reforma Agraria, lleva a cabo la Expropiación Petrolera y vitaliza las posibilidades épicas de la nación.

Agréguese a lo anterior el proceso de la izquierda, más nacionalista mientras más insiste en su internacionalismo proletario, y el abandono rencoroso de la contienda ideológica por parte de la derecha, que se decide por el exilio interior. Queda el campo libre para el manejo estatal del nacionalismo, lo que explica las dificultades para distinguir en esta etapa entre nacionalismo de régimen y nacionalismo popular. El pueblo cree en la mitología que se le ofrece y el Estado ofrece una mitología parcialmente forzada por las creencias del pueblo. Desde fuera, el nacionalismo parece la única proposición global para entender el destino de una sociedad.

El Estado lo acepta y muchos sectores lo perciben: este nacionalismo no es lo moderno, pero es el método unificador sin el cual no procede la modernización. Tómenlo o déjenlo: se acepta que la nación es, al mismo tiempo, la forma y el contenido, la legislación y el espíritu de los mexicanos, o se vive aquí sin entender las claves de lo real, convenidas entre el Estado y las mayorías. Durante esta etapa, en lo cultural y en lo social, el nacionalismo parece serlo todo.

México, marzo de 1986

En un cine eminentemente popular, el público ríe a carcajadas viendo El Milusos, la película clásica de las centenares destinadas a probar que el mexicano común es feo, tonto, histérico, incompetente, a distancia de siglos de los hábitos contemporáneos, fatalmente anacrónico. Aquí. Ese individuo es del campo y quiere irse al Distrito Federal a conseguir empleo, porque ya en su comunidad sólo quedaron personajes de El llano en llamas resentidos con Juan Rulfo porque no encontró seleccionables sus desventuras. El público se ríe de las torpezas del campesino confundido ante la cultura urbana: no dura en ningún trabajo, se aterra ante los semáforos, se deja engañar, no entiende que la honestidad es cosa del pasado, y que en la ciudad de México siempre será uno de tantos millones de extraviados en el metro como en el octavo círculo del infierno. ¡Pobre infeliz! Lárgate a tu lugar de origen y muérete de hambre en cabal armonía con el paisaje. La gente se burla de la caricatura de ellos mismos que se le presenta, porque prefiere eso, la caricatura difamatoria, a la ausencia de todo registro de su existencia. Y porque no toma en cuenta el mensaje moralista, sino la posibilidad de divertirse a costa de su experiencia personal y de clase. El sentido del humor de las clases populares, que le es esencial a su nacionalismo, asimila numerosos elementos de la campaña racista y clasista en su contra porque los invierte, los despoja del sentido hiriente, y los usa como símbolos familiares.

Antes, en los años de triunfo del cine mexicano, en 1940 o en 1950, el espectador se identificaba de modo positivo. Él era o quería ser así, como el héroe en la pantalla: gallardo, galán, de sentimientos nobles pese a la hosquedad con éxito relativo que ya aumentaria, solidario en la tragedia y en el relajo. Ahora, en plena crisis, el espectador está más enterado: los gobiernos se han burlado de él, los políticos se llevaron todo el dinero a Estados Unidos, él está tan jodido como su vecino y si no puede respetar a su vecino es porque ninguno de los dos saldrá del agujero donde viven si no es para irse a otro agujero. ¿Cómo no venir al cine a ver las películas mexicanas que los de arriba desprecian si no es para reírse de cúan jodidos son sus semejantes?

III

En la tercera etapa del nacionalismo popular, de 1940 a 1960, el elemento dominante es la campaña de la Unidad Nacional, sin duda la más exitosa de las promovidas por el Estado. Al principio, en 1941, el sentido del término Unidad Nacional es preciso: acción conjunta en tiempos de guerra de todas las clases sociales contra el nazismo y el fascismo. Casi de inmediato, se amplía el concepto: abolición de la lucha de clases, difusión de la idea de una sólida mentalidad esparcida entre ricos y pobres, la del Mexicano, celoso de su irresponsabilidad y vanidosamente pre-moderno. Es mujeriego, voluble, desobligado, incapaz de un esfuerzo sostenido, satisfecho ante su falta de profesionalismo (La Mexicana, cuando alguien se acuerda, es una convención del melodrama: “Como buena mexicana, sufre el dolor tranquila”, se dice en una canción).

El gobierno del presidente Manuel Avila Camacho propone la Unidad Nacional. Las élites están de acuerdo, los distintos grupos que componen la famosa abstracción, las masas, aceptan, y la industria cultural se aprovecha. En política, se cambia la solidaridad general por la complicidad sectorial: confróntese la diferencia entre el apoyo unánime de la población a la Expropiación Petrolera de Cárdenas y la felicidad exclusivamente burguesa ante la política agraria del presidente Miguel Alemán. En lo social aparece la cultura urbana que integra aspectos de lo campesino con los requerimientos de las ciudades y se divierte ante el modo en que el show business deforma y desaparece a muchas de sus tradiciones (“El otro día vi a un charro y a una china poblana sin necesidad de boleto”). Todo esto presidido por un hecho: la industrialización acelerada, que en lugar de suprimir el nacionalismo y las diferencias nacionales, los estimula mitológica y políticamente al insistir en un desarrollo nacional.

Lo que hace posible la aceptación gozosa de la Unidad Nacional es la idea del Progreso material que será un salto histórico. De modo inevitable, la idea del Progreso se sobre elementos religiosos, y su primera construcción visible es la creencia en la Escuela como instrumento de ascenso social. El Progreso es un sueño y un imperativo moral categórico que comparten todas las tendencias. La derecha abandona su fobia a los adelantos tecnológicos y la izquierda cede en su odio a lo que no tiene un signo ideológico visible. En algo se cree: la civilización sólo va en esa dirección. El Progreso es fatal y los cambios irreversibles, por lo menos que el Progreso, al abolir lo que se ha sido, elimine la pobreza, la ignorancia y la enfermedad. El Progreso traerá consigo un mayor conocimiento del mundo, un mayor poder sobre la realidad, las virtudes que el conocimiento infunde la felicidad resultante. Al extenderse la secularización, la vida será cada día más racional. Y para arribar al Progreso sólo se requiere unirse con firmeza en torno a la Nación-Estado.

La estrategia del Progreso es el desarrollo intensivo del capital, que absorbe menos mano de obra y produce mayor concentración de la riqueza. Desde el principio, hay descontento. Sin embargo, la crítica al desarrollismo tarda en extenderse por la fuerza del Estado, y por la explosión de lo del nacionalismo popular que entre 1940 y 1960 vive su etapa magnífica de autoengaño y desenvolvimiento crea, cuyos fenómenos de gran originalidad se localizan sobre todo en la capital, pero abarcan al país entero, fruto de encuentro afortunado de los medios electrónicos y las tradiciones, de la relación dinámica entre el crecimiento urbano y la confianza en una psicología colectiva.

Por otra parte, y culturalmente, el nacionalismo va dejando de ser la atmósfera omnipresente. En su etapa de júbilo social, la política de Buena Vecindad con Norteamérica y el desarrollo capitalista, impulsan a las clases dominantes a deshacerse de su influencia. A la burguesía el nacional ya no confiere status (ya no le es imprescindible internamente). A las clases populares todavía les resulta el (divertidísimo) instrumento de modernización.

Tijuana, marzo de 1982

En un hall inmenso, una tocada de rock, con un grupo local especializado en oldies, las melodías del rock suave de los sesentas. Los asistentes son jóvenes entre 14 y 25 años, a los que llaman cholos por sus correspondientes en Estados Unidos, aunque las semejanzas entre unos y otros no van más allá de la vestimenta. Los cholos mexicanos habitan los guetos de la miseria, sus padres vinieron de Tijuana para irse a la prosperidad de los estéits, pero no la hicieron, They didn’t make it, y aquí se quedaron, de choferes, de artesanos, de meseros, y sus conversaciones y quejas les hartan a sus hijos, irritados ante los relatos de añoranza y derrota. A ellos no les va a pasar lo mismo… y por lo pronto su habla mezcla el slang de la cárcel y el espanglish, y en su actitud lo preponderante es la cerrazón al mundo externo. A ellos la historia y la política de México les importan un carajo… y sin embargo son ferozmente nacionalistas a su modo. Creen en la familia, aceptan que el barrio y el grupo son su identidad y veneran a la Virgencita de Guadalupe con espíritu que mezcla la mística con el gusto por los comic-books, y por eso la llevan tatuada en brazos y torsos, estampada en las camisetas, bordada en las chamarras. 

¿Qué opinan estos cholos de Norteamérica? Los gringos les caen mal y su experiencia de trato directo con ellos es el desfile de las malas ondas. Pero no estaría mal vivir allá, la cosa tiene sus ventajas, y de cualquier modo la economía está integrada, y…

Canta the leading voice del conjunto Solución Mortal:

Basta

Salgo a la calle
Sólo a caminar
Se me cruza un pinche chota
No me deja pasar

Me pide la cartilla
El amargará
Me sube a la patrulla
Por lo feo que estoy

La excusa es que soy feo
para sacar dinero.
Ya estuvo que me quedo
con eso del dinero.

Me viola mis derechos
ese pobre caifán.
Me trata como un perro
creyéndose ganar.

Me recoge mis espuelas,
me quita el cinturón.
Dice que mataré a alguien,
el muerto seré yo.

Sólo quiero que me dejen.
Solamente estar en paz
Si guerra te provocan
Guerra les darás.

IV

¿Por qué distingo entre la tercera etapa y la siguiente que ubico entre 1960 y 1980 ? Aunque continúan todos los procesos su intensificación masiva —creo— los convierte en algo cualitativamente diferente. Prosigue el avance triunfal de la norteamericanización, apoyada en el culto fanático por la tecnología, que se importa en su totalidad; se solidifica el poder del Estado, se extiende la cultura urbana, se debilita la cultura campesina.

En el periodo de 1960-1980 se agudiza el problema nacional, que es en síntesis el de las presiones de la modernización sobre el nacionalismo. La modernización según el modelo norteamericano trae consigo diversas exigencias: la aceptación de un conjunto de mitos y costumbres internacionales, la nivelación cultural que deriva del crecimiento de la enseñanza superior y de la presencia de los medios masivos, la eficiencia (la adopción de los valores de la productividad) que arrasa con el árbol totémico de la idiosincracia, la incorporación creciente de las mujeres a la economía (que recompone a la Familia), la movilidad social y física de grandes contingentes y el crecimiento de la tolerancia. Y lo que se oponga a lo anterior, deja de ser rentable, así viva sobre un nopal devorando a una serpiente.

A esto se añade el debilitamiento de un arma extrema del Estado mexicano, el patriotismo, que en su versión heroica o en su versión chovinista, ha sido a la vida política lo que la fe a la religión, pero que desgasta el uso exhaustivo y monopólico del Estado. Sólo se debe ser patriota cuando el Estado llame a serlo; condénese y reprímase toda manifestación anti-imperialista no promovida por el gobierno. El patriotismo viene a menos, incluso como término de uso corriente, y el nacionalismo popular en su dimensión política deviene esperanza inerme y pasiva, algo nunca en acto y siempre en potencia. Esto conduce a una “secularización” de la política, el eclipse de la actividad religiosa hacia la nación.

En la etapa de 1960 a 1980, el nacionalismo estatal se aleja de modo paulatino de la vida cotidiana de las mayorías e intensifica su rechazo al gran instrumento de la izquierda social, el nacionalismo revolucionario, antes capaz de grandes movilizaciones, pero detenido por la represión a los obreros en 1958-60, y por su dependencia del Estado. La explosión de este periodo, el Movimiento Estudiantil de 1968, es al principio internacionalista y democrática, pero el discurso chovinista del gobierno de Díaz Ordaz obliga a los dirigentes estudiantiles a revisar su política, y a hacerse de una fachada nacionalista, que es pronto actitud orgánica y termina siendo la gran consecuencia cultural del movimiento: la revisión crítica del pasado de México.

En esta etapa al nacionalismo del Estado lo defienden la estabilidad social más ostensible de América Latina, la política de concesiones a los grandes sectores, la influencia ideológica sobre el conjunto de la sociedad y la dignidad de la política exterior: defensa de Cuba, defensa de la Unidad Popular chilena, asilo a los refugiados políticos, adhesión al Tercer Mundo, apoyo al régimen sandinista. Pero las mayorías se alejan progresivamente de este nacionalismo autoritario, ya incapaz de legitimarse a diario.

Sitiado, hostigado, sin prestigios externos, al nacionalismo popular le quedan creencias esenciales: la nacionalidad otorga una psicología intransferible, la vida de cada quien es reflejo del destino colectivo, y el destino colectivo es síntesis agigantada de los rasgos fatales del mexicano. Esto explica los fracasos y el porqué, pese al cúmulo de fallas, persiste el optimismo. Si este nacionalismo tiene bases históricas y culturales —la escuela primaria, la Constitución, la fuerza de una conciencia nacional implantada por el acuerdo entre Estado y sociedad—, se ha despolitizado ya, y su acervo sentimental se nutre de las experiencias de familia y sociedad que se confunden con los recuerdos de la industria del espectáculo: las tradiciones que se ajustan a la interrupción de los comerciales. Y la industria alienta el nuevo entendimiento de la realidad, la americanización, al tiempo que sigue embotellando sensaciones Y situaciones nacionalistas.

Las pesadillas del relajo producen cómicos

El anhelo de los dueños de los medios masivos: domar a los 40 ó 60 millones de cabezas rencorosas convirtiéndolas en un solo espectador agradecido. Para su desgracia, la realidad es más perversa que la comunicación. Terminada su actuación como público, la gleba recobra su poder expresivo y se torna violencia, abandono, codicia, solidaridad, egoísmo. Lo que ha visto la distrae y divierte, pero su vida muy otra cosa.

No disminuyo la importancia de los medios masivos en la conformación del nacionalismo popular urbano. Su influencia voraz le da forma verbal (y ordenamiento visual) a un número importante de estados de ánimo, pero no los crea ni sostiene. No son las películas semipornográficas del cine nacional las que determinan los rugidos masturbatorios desde las butacas, ni son las fotonovelas las que prodigan rubores virginales en jovencitas que esperan al Príncipe Azul al cabo de su tercer aborto; ni son las telenovelas las causantes de arrobo de las amas de casa, felices por los enloquecimiento vicarios que las tranquilizan en su desposesión. La escasez ordena la vida social, y a la televisión le toca encauzar los ordenamientos. Por eso es más importante en la expresión de este nacionalismo lo que sucede en torno al deporte: 1968, la Olimpiada; 1970, el Mundial de Futbol; 1986, el Mundial de Futbol, o en torno a la música. Así, el Festival de Avándaro en 1971 potencia la ambición juvenil de espacios que sólo ellos les correspondan (la brevísima utopía comercial y marginal que dio en llamarse la Nación de Avándaro).

Sólo en la superficie, y para fines oportunistas, funciona ya el nacionalismo de cerrazón al mundo, de exaltación de tiempo local y odio al tiempo universal. Pero ese nacionalismo está históricamente liquidado, pese a las campañas proadecentamiento de la lengua, y las cacerías de la “identidad nacional”. Así, en la explosión de júbilo vandálico y desacralizador del Mundial 86 cabría ver no un imposible regreso al chovinismo, sino el placer ante la conversión en magno show del conjunto del nacionalismo (el de cada quien incluido). El mayor espectáculo de la sociedad del espectáculo es la sociedad cuando se despliega sin excepciones.

En lo básico, a lo largo del siglo, el nacionalismo popular sigue recibiendo sus impulsos unitarios de las instancias previsibles: la escuela y el grado escolar que allí se obtiene, el trabajo y la vivienda, los esfuerzos o los desistimientos en la tarea de educar a los hijos, la rutina laboral, la relación del individuo con la ciudad, la cultura política. Las novedades son la relación con la tecnología y con el pesimismo. Los medios masivos manejan un “escapismo” que atenúa el estrépito del cambio y es música de fondo en el traslado del rancherío al tugurio, de la dictadura patriarcal a la “liberalización” de la familia. Lo que de fuera se juzga “enajenación”, desde dentro suele considerarse relajo entretenido y necesario.

México, medianoche del 11 de diciembre de 1985

En la Basílica de Guadalupe, cientos de miles de peregrinos acuden a ratificarle su lealtad a la Morenita del Tepeyac. Son creyentes que también son mexicanos, y son mexicanos que además son creyentes. Identidad racial, compromiso histórico, devoción por las creencias de los antepasados, desamparo que se redime en la confesión de fe ciega, que es la potencia dentro de la impotencia.

Ayúdanos. Contempla a este tu pueblo. Si tú no intervienes, ¿quién va a hacerlo? Sácanos del hoyo, patroncita. Mira que te ofrecemos los rostros inexpresivos a fuerza de tan reveladores, las pencas de nopal en las rodillas, los pies que sangran delatando los kilómetros caminados en el bullicio del éxtasis, la vista extraviada en la redención del trago, el ánimo danzante hasta el confín de la noche… No hiciste igual con ninguna otra nación, Virgencita, tú acompañaste al libertador Miguel Hidalgo y venciste a la extranjera Virgen de los Remedios, tú no te separaste de Emiliano Zapata, tú estás en cada estanquillo y en cada refaccionaria y en los caminos y en los camiones, y en cada choza habilitada de vivienda popular. Ahora te toca darnos una mano, mira que ya el salario mínimo es una burla y acaban de aumentar la gasolina, las tortillas, los frijoles…

El rezo arquetípico y verdadero compendia millones de plegarias y señala a un tiempo modalidades de la religión popular y facilidades ancestrales para la manipulación, cuya forma actual es la insistencia de la jerarquía católica, que en su lucha contra el protestantismo exhibe el Registro de Propiedad Espiritual: la Virgen de Guadalupe está en el centro de la identidad Nacional y quien no la venera, deja de ser mexicano. Históricamente sin duda el guadalupanismo es la forma más encarnizada del nacionalismo, ¿pero qué sucede en un mundo postradicionalista? ¿Cuál es hoy la relación entre nacionalismo y guadalupanismo?

Más que una pasión belicosa, se puede hablar de un lazo implícito, cuya esencia es la mezcla de alcances y limitaciones: la miseria, la comprensión del mundo a través de actos rituales, el desamparo, la costumbre, el amor estremecido por los símbolos, el sincretismo como vía de adaptación (primero a la Conquista, luego de la modernización), el fanatismo que es entendimiento corporal de la falta de racionalidad. Hidalgo y Zapata acudieron a la Guadalupana para obtener el espacio psicológico de la nación deseada. Los cristeros fueron los últimos que intentaron la militarización de su fe, el apoyo explícito y armado del Cielo a sus concepciones agrarias y teológicas. Después, la secularización es tan avasalladora que, por lo pronto, pese a los esfuerzos políticos de la jerarquía, la religión se confina doblemente al fuero interno.

Creo liquidado el espíritu cristero, propio de grupos y regiones aislados del mundo. Hoy los ultramontanos son una minoría numéricamente insignificante y los mismos sinarquistas, simpatizantes del fascismo y el franquismo, devinieron un partido tradicional de derecha (PDM), ya no la resistencia martirológica. El salto dialéctico de expresiones del tradicionalismo se advierte en algo todavía riesgoso en México el celo hipermítico e hiperrealista de algunos artistas chicanos, como César Martínez que le adjudica a La Gioconda el rostro de la Virgen y titula el cuadro La Mona-Lupe, o Yolanda López que pinta a Guadalupe Tonantzin, a Guadalupe-Frida Kahlo, a Guadalupe-Marvila. Sin ir aquí hasta lo que muchos considerarían provocación, el guadalupanismo, como lo prueba cualquier visita a la Basílica, se ha transformado en una industria pop. Incluso los cholos en Tijuana o Ciudad Juárez, alteran con familiaridad los rasgos de la Virgen en sus murales efímeros.

¿Qué porcentaje de mexicanos se declara sin religión, pertenece a denominaciones protestantes o a sectas, asiste a templos espiritistas o espiritualistas trinitaria marianos? El número es muy alto, y el límite de la manipulación es el incremento de la tolerancia hacia lo que las tradiciones no admitían.

El nacionalismo naco

Lo que ocurre con el espíritu colonial es típico de este proceso. Antes, en 1910 o en 1940, la actitud colonizada fue aspiración y ejercicio de minorías; al masificarse, deviene no el deseo de huir de la mexicanidad sino, por el contrario, el anhelo de no alejarse demasiado de ese fenómeno moderno y coloquial llamado México. Sin guía de turistas al lado no se reconoce “lo típico”, y las muchedumbres deseosas de aprender inglés (“¡el idioma del siglo! ¡La lengua de las oportunidades!”), que oyen exhaustivamente rock o música disco, y ajustan sus ideas de juventud y vida contemporánea a la moda de Estados Unidos, piensan que haciéndolo se parecen a los demás nacionales. El nacionalismo ya implica su traducción simultánea.

La decisión nacional se ajusta a la influencia universal: la modernización en México sólo se concibe si pasa por la atenta vigilancia de lo norteamericano. La burguesía se ha internacionalizado, y las masas también. Si no se consideran parte de Occidente, son de seguro una porción “occidentalizada”. Si las clases dirigentes se sienten rescatadas del anacronismo por la tecnología, a la tecnología le deben las clases populares sentirse a un paso de la modernización. Adaptarse es la consigna.

La modificación rápida y drástica de expresiones sexuales y culturales, de sentimientos y resentimientos políticos, de sentidos del ocio y del deber, exige un análisis profundo, en donde el nacionalismo de las clases dominantes no determine el grado de colonización. Desde los años setentas, al nacionalismo popular lo define su lealtad esencial a su proceso formativo, y su negociación de los símbolos y las actitudes que no le resultan indispensables. Sumen las expresiones en inglés, el sueño de trabajar en Norteamérica, la indiferencia ante las declamaciones patrióticas, el amor por el Adidas look, los walk man, las series dobladas, los casettes y los videocasettes. En conjunto, delatan la candorosa convicción en lo externo (las apariencias y los gadgets, el sonido y la onomatopeya) como vías de modernización. Oigo rock y veo con ironía admirativa a Sylvester Stallone. Soy contemporáneo desde México de los demás espectadores. El nacionalismo no se interrumpe, se transforma sustancialmente en la coexistencia pacífica del localismo extremo y el apantallamiento colonizado.

En la superficie no cambia mucho el nacionalismo popular. Por dentro, lo socava la revolución del comportamiento, el pragmatismo que se expresa como relajo o cinismo, y que cabe en un término: sociedad de masas, la explosión demográfica que aisla progresivamente a las clases dirigentes, y quebranta los métodos probados de control. La amplitud de la vida social y la voracidad del desorden programado del capitalismo desarticulan los mandos unipersonales. Se pierde gran parte del influjo de la Iglesia sobre los individuos, y, aunque se mantenga la estabilidad, se deterioran muchos controles internos del Estado. El paternalismo, útil todavía como estrategia política y corporativa, es fórmula cada vez más inerte de control social y es cada vez mayor el costo político, económico y moral de sostenerlo. Un ejemplo en el aparato sindical: Fidel Velázquez, el símbolo de la estabilidad, es también el símbolo del costo onerosísimo de la estabilidad.

Lo irreductible es, en última instancia, la imposibilidad de prescindir de un sentimiento nacionalista cambiante y ajustado a la visión que las mayorías y las minorías tienen de las mayorías. De un nacionalismo multiclasista, folclórico, adecentado y guiado por el paternalismo se transita a otro, casi exclusivamente popular, rijoso, obsceno, desencantado, naco y cuyo centro no es la unidad política sino el traslado casi íntegro de “la Nación” a la esfera de la vida cotidiana. El orgullo positivo del nacionalismo (“Como México no hay dos”) se muda a un orgullo negativo (“Somos el país más corrupto o transa”). En la mudanza persisten las señales históricas: la ideología del mestizaje decente y patriótico amueblado con efemérides, símbolos y estatuas; el juego entre la vanidad nacional (muy raida) y la resignación (intolerable); el gusto por una psicología inventada.

Sin duda persisten los profundos condicionantes históricos, las viejas causas y convicciones, los enconos inaplazables, pero en lo inmediato el nacionalismo es ya un happening cotidiano, donde el país se transforma a diario para seguir reconociéndose en el espejo, y se convierte en ideología sentimental mucho de lo vivido y de lo imaginado, cuya traducción más comprensible se halla en el espectáculo, en el desmadre.

Distrito Federal, septiembre de 1985

Al alcance de los entrevistados, sólo una respuesta desplegada en frases: “Estamos aquí por solidaridad… Son mexicanos como nosotros… Si a la hora de la desgracia no estamos juntos, ya mejor le cambiamos el nombre al país… Son nuestros compatriotas y nuestro semejantes. Ayudarlos es asunto de humanismo y de nacionalismo”. Los voluntarios llevan casi 24 horas de trabajo continuo en las ruinas, y en sus rostros el cansancio y la tez vigilante, son formas del insomnio. Ahora no imaginan podrían recordar cómo se juntaron, cómo decidieron crear brigadas, llevar ayuda a las víctimas del terremoto, rescatar sobrevivientes, conseguir comida y ropa, instalar albergues. Hace rato se pelearon con los soldados que acordonan la zona, y los desafiaron: “¡Necesitamos seguir en el rescate, estamos seguros de que hay gente con vida!”, y se impusieron, y continúan allí, sobre las montañas de cascajo, apartando suéteres y fotos, libros y objetos semidestruidos.

Es la política, mucho más que los medios masivos, y acción civil mucho más que la política, lo que le da forman al nacionalismo.

V

En la quinta etapa del nacionalismo popular en el México del siglo XX, lo determinante, desde el inicio de la crisis al día de hoy, es la democratización violenta de la vida social, democratización desde abajo, aunque todavía incierta y lastrada por el sectarismo y el culto a la ignorancia que es la gran herencia del anti-intelectualismo. Es una energía opuesta a las generalizaciones clasistas, racistas y sexistas desde arriba, al antiguo y fácil desprecio de las élites a lo popular. Es el rechazo de los panoramas unificadores y un gusto por la fragmentación. Si en el periodo 1960-1980, lo básico fue el crecimiento económico y la ampliación horizonte del ascenso individual, el nacionalismo alimentó la cultura de la impunidad (el lema del autoescarnio autocomplacencia: “La corrupción somos todos”), en un periodo marcado por la sobrevivencia, el nacionalismo popular se expresa como rencor antigubernamental, desconfianza, teatralización de la violencia, cinismo y escepticismo respecto al futuro nacional, admiración por la tecnología, sentimientos antimperialistas manifestados sardónicamente, renovación de la fe en el localismo, pero ya no el pueblito de Azuela o López Velarde, sino en la colonia, el barrio, la banda.

El nacionalismo se expresa en algunos sectores como sentimiento difuso, prepotente, no ligado todavía al proceso electoral, sino a la vida cotidiana. En las escuelas, en el trabajo, en el ámbito de las relaciones íntimas, incluso en las reacciones de impotencia general ante la deuda externa, disemina a la fuerza el conocimiento del país, con sus revelaciones sobre el “genio” y la “inteligencia” de la clase gobernante. La crisis revela la increíble banalidad de la burguesía en el poder, y sus técnicas de “aprovisionamiento y carisma”.

Esta democratización parcial o sectorial se le impone a un nacionalismo popular de tradición autoritaria, que debe renunciar a costumbres entrañables. Así, presionado por la concentración demográfica, por la distribución inevitable de información cultural y por las políticas de la sobrevivencia, este nacionalismo renuncia con rapidez insólita a los estereotipos más rígidos de “femineidad” y “masculinidad” -lo que va del aspecto del Indio Fernández al arete de Rigo Tovar-, admite la incorporación masiva de las mujeres al proyecto de nación a través de su ingreso a la economía, abate nociones grandilocuentes: la Honra, el Respeto Inmanente, la Autoridad que no admite respuesta. Al aferrarse la idea de sociedad se modifica la perspectiva de nación.

En este “postnacionalismo” intervienen distintos componentes. Cito algunos:

• la creciente fragmentación de la experiencia colectiva, pese al poder homogeneizador de la crisis;

• la imposibilidad gubernamental de usar el antiimperialismo de las mayorías como “sentimiento oficial”;

• la exaltación del localismo;

• la ausencia visible de teorías, lo que tiene que ver con las dificultades para concertar acciones comunes, y con la desconfianza a la política;

• el sitio ambiguo o arrinconado del patriotismo en la cultura urbana. Esto en primer lugar, se relaciona con la pérdida o el debilitamiento del sentimiento religioso de la nacionalidad, con la “secularización del nacionalismo”;

• la incorporación masiva de las mujeres a la política y a la economía, lo que erosiona en grado máximo la idea del nacionalismo como esfera de dominio masculino;

• la idea omnipresente del fracaso de la nación oficial.

Excluidas descaradamente por la lógica del ascenso capitalista, las masas, sin estas palabras, y a través de un comportamiento acumulado, ven en sus colectividades a la única nación real. Son los mexicanos que si viajan no es por placer, y si se quedan es porque no tienen otra. A las clases dominantes les obsesiona ser cada día menos mexicanos (según los moldes ortodoxos), y a los dominados les importa reapropiarse el gentilicio, ya que sólo se pueden sentir eso, mexicanos, con los inconvenientes materiales y las ventajas explicativas del término. Pero esta vez, la condición de mexicanos exige un acercamiento en detalle, la exaltación de los límites: colono popular, costurera, burócrata, profesionista, ama de casa, chavo-banda, cholo, punk, desempleado, subempleado. Ya se acepta: sin poder adquisitivo no hay glamour, pero de lo que resta es posible extraer diversión y por eso se soportan películas lamentables y reiterativas, chistes al margen de la risa, anotaciones racistas sobre lo popular, aglomeraciones, las humillaciones del discurso populista de la industria de la conciencia.

En los espejos distorsionados y denigrantes del “ser nacional”, cada quien se contempla como le da la gana, y en la nación de la necesidad no ingresan burgueses y políticos.

En tanto ideología de la superioridad o la singularidad, el nacionalismo es una limitación. Como política de movilización psicológica y cultural en un país vecino de Estados Unidos, es una necesidad que no halla sustituto. La crisis lo ha revelado: luego de las décadas del ascenso cosmopolita, la devolución a la franca pobreza ha mostrado el rostro de una sociedad que no prescindió del nacionalismo porque en el fondo nunca creyó en las alternativas. Hoy, la literatura, la pintura, el teatro, han vuelto a un nacionalismo obsesivo, más libre y más inteligente, desprovisto ya de cualquier pretensión de grandeza o de cualquier tentación de xenofobia, pero nacionalismo al fin. Y no me toca decir, porque no lo sé, si se trata de una técnica de consolación o de la etapa que precede al espíritu universal.

Distrito Federal, noviembre de 1985

En una colonia popular de la capital, desprovista de servicios elementales, sin asfalto, sin agua potable, sin vigilancia, unos adolescentes la emprenden con el habla circular. Se ven a diario, piensan y creen más o menos lo mismo, pertenecen al millón de jóvenes que se agregan cada año y sin esperanzas, a las estadísticas del desempleo. Se dicen a sí mismos Los Sex-Panchitos o los Mierdas Punk y su nombre genérico es chavos-banda. Como ellos hay en la ciudad medio millón o más de adolescentes y de jóvenes reunidos en grupos de 20, 30 ó 50, que se emborrachan, se drogan, roban ocasionalmente, traen consigo un sociólogo o un antropólogo que redacta su tesis de licenciatura o maestría, ejercen libremente el sexo con las jovencitas que los rodean, ya ni siquiera se afanan por obtener empleo. O, también, buscan ser distintos, erradicar las imágenes negativas, discutir los problemas de la marginación, pasarla bien sin chingar a los demás. A unos y a otros los rodea la leyenda negra: son las infames turbas que descenderán sobre las zonas burguesas, violando, matando, rasgando con navaja los cuadros de Tamayo y de David Hockney. La realidad, sin ser más dulce, es menos frenética: su rabia viene de la opresión y la opresión convierte su ignorancia en autodestrucción, que es violencia ocasional para los próximos y amenaza casi siempre visual para los ajenos.

¿Qué tan mexicano es un chavo banda? Elijo un fragmento cualquiera de ¿Qué transa con las bandas? de Jorge García Robles. Habla un joven de 18 años, un Panchito:

Pero unos días después que vamos a su secundaria de ellos, y como hay dos o tres gueyes que les pasan a sus chavas, acá se agasajan a dos tres rucas, luego hasta se las cogen acá dos tres gueyes, hasta las rucas ellas mismas subían a cotorrearla allá al terreno de nosotros porque les pasaba la onda de la banda. Y que se peina la banda de los BUK y otra vez vale verga, o sea que van acá y empiezan a achicalar a dos o tres gueyes de nosotros. Y luego otra vez nosotros “no, que vamos sobre de ellos” y se junta toda la banda y los vamos a achicalar. Luego otra vez se calma el pedo y otra vez hay paz, pero al rato otra vez la bronca. Como algunas rucas de los BUK iban en las secundarias de nuestros terrenos, las Panchitas se las traían movidas. Luego iban de cabras con su banda y regresaban con más rucas “a ver vamos a aventarnos un tiro, que su pinche madre”. Y hasta dos o tres veces con nosotros se dieron tres toques las chavas de los BUK acá, cotorreándolas chido y acá. A veces les gustaba más el coto de nuestra banda, o sea que era más desmadre andar acá con nosotros y más chidos.

¿Qué desprendo de este párrafo y del habla allí concentrada? El auge del costumbrismo, etapa superior o inferior del nacionalismo. Imaginarse un lenguaje —dice Wittgenstein— es imaginarse la forma de vida. Y de acuerdo a numerosos testimonios, los chavos-banda imaginan su vida con el eterno vagabundo, el sexismo como compañerismo, violencia física que es demanda territorial, la germanía que defiende de las intromisiones del exterior, la droga que es censo social efímero e intenso, la lealtad de grupo que ingreso al ser nacional más próximo, la solidaridad que es la nacionalidad entrañable.

El aspecto no deja lugar a dudas. Estos chavos han visto varias veces Mad Max II, Blade Runner, Escape de Nueva York, Los guerreros, y cientos de video clips, y en su afán ser modernos, resultan apocalípticos para la burguesía. Son la nueva masa juvenil de las ciudades mexicanas, los que intensifican el barroquismo del caló para alejar a los intrusos, los que salen de la escuela sin distinguir ni a un héroe patrio ni al Presidente de la República en turno, pero con el conocimiento detallado de los personajes de televisión. Son los diferentes a la política (“Es la porquería”) y a la sociedad civil. Son, al parecer, lo más alejado del nacionalismo y del internacionalismo, y sin embargo, en los momentos en que actúan el desafío y la amenaza, en que no son los guerreros feudales a las puertas del palacio burgués, su repertorio básico de ideas y emociones se despliega, invadido por las superficies tecnológicas, pero profundamente nacionalistas porque en su interior no tienen para dónde hacerse. Como suele ser, el arraigo mezcla el amor a costumbres y creencias y la falta de alternativas. Algunos de ellos, los menos, irán de indocumentados. La mayoría se quedará allí, en la colonia que es cada vez más una aldea, en la ciudad que cada vez más una colonia popular, en el país que es cada vez más una sola ciudad.

Noviembre de 1986

 

Carlos Monsiváis