En treinta breves relatos, el escritor, astrónomo y físico teórico Alan Lightman (Memphis, 1948) transforma en ficción los inicios de un joven Einstein que, mientras trabaja en una oficina de patentes en Berna, empieza a concebir los borradores de la teoría de la relatividad. En cada relato fechado, Einstein sueña con una concepción del tiempo distinta e imagina cómo esa nueva naturaleza del tiempo puede moldear mundos, sociedades, hábitos, toda una cultura. Publicado originalmente en 1993, el volumen Los sueños de Einstein ha llegado a convertirse en un bestseller internacional, con traducciones a treinta lenguas, en el que colindan con la más acertada sensibilidad la prosa y la ciencia, el arte y la física. Muchos autores han leído en este libro de Lightman un diálogo con Ítalo Calvino: en cierto modo, Los sueños de Einstein son a la física teórica lo que Las ciudades invisibles son a la geografía y al urbanismo.

A continuación presentamos el relato que corresponde al sueño del 9 de junio de 1905, aun a sabiendas de que cada fragmento sólo se enriquece con la lectura total del libro.


9 de junio de 1905

Imagina que las personas viven eternamente.

Resulta extraño, la población de las ciudades se divide en dos tipos: los Luego y los Ahora.

Los Luego afirman que no hay prisa para empezar las clases en la universidad, para aprender un segundo idioma, leer a Voltaire o a Newton, ascender en el trabajo, enamorarse, formar una familia. Para todas esas cosas hay un margen de tiempo infinito. En un margen de tiempo infinito se puede lograr cualquier cosa, de ahí que todo pueda esperar. Es más, el apresuramiento lleva con frecuencia al error. ¿Quién puede discutir esa lógica? A los Luego se les reconoce en cualquier tienda o paseo. Tienen andares tranquilos y llevan ropa cómoda. Se dan el gusto de leer todas las revistas que encuentran abiertas, de reorganizar los muebles de sus casas o de iniciar una conversación tan fácilmente como cae una hoja de un árbol. Los Luego se sientan en los cafés y charlan sobre las posibilidades de la vida.

Los Ahora afirman que con sus vidas infinitas pueden hacer todo lo imaginable. Pueden tener un infinito número de carreras, casarse un número infinito de veces, pueden cambiar de orientación política siempre que quieran. Una sola persona puede ser abogado, albañil, escritor, contable, pintor, médico, granjero. Los Ahora siempre están leyendo nuevos libros, estudiando nuevos negocios, aprendiendo nuevos idiomas. Para poder experimentar la infinitud de la vida, empiezan temprano y nunca bajan el ritmo. ¿Quién puede discutir esa lógica? Los Ahora son fáciles de identificar. Son los dueños de los cafés, los profesores de universidad, los doctores y enfermeras, los políticos, la gente que no para de agitar la pierna cuando se sienta. Se desplazan a lo largo de toda una sucesión de vidas, deseosos de no perderse nada. Cuando dos Ahora se encuentran por casualidad junto al pilar hexagonal de la fuente Zähringer, comparan sus vidas, intercambian información y miran el reloj. Cuando dos Luego se encuentran en el mismo lugar, ponderan el futuro y siguen la parábola del agua con la mirada.

Los Ahora y los Luego tienen algo en común. Una vida infinita implica también una infinita lista de familiares. Los abuelos nunca mueren, ni tampoco los bisabuelos, las tías abuelas y los tíos abuelos, los tíos abuelos lejanos, etcétera, todas las generaciones pasadas están vivas y dan consejos. Los hijos no escapan de las sombras de sus padres, ni tampoco las hijas de las de sus madres. Nadie toma posesión de sí mismo.

Cuando un hombre abre un negocio se siente obligado a discutirlo con sus padres y abuelos y bisabuelos, y así hasta el infinito, para poder aprender de sus errores. Y es que ninguna nueva empresa es totalmente nueva. Todas las cosas han sido probadas ya por algún antecedente del árbol familiar. Es más, todas las cosas se han logrado, pero a un precio, y es que en este mundo, la multiplicación de logros está parcialmente dividida por el decrecimiento de la ambición.

Y cuando una hija quiere consejo de su madre, no lo puede conseguir sin más. Su madre debe preguntar a su madre, que a su vez debe preguntar a su madre y así hasta el infinito. Y del mismo modo que los hijos e hijas no pueden tomar sus decisiones por sí mismos, no pueden tampoco confiar en el consejo de sus padres. Los padres no son ninguna fuente de certidumbre. Hay millones de fuentes.

Cuando cada acción debe verificarse un millón de veces, la vida es pura tentativa. Los puentes llegan hasta la mitad del río y luego se acaban bruscamente. Los edificios tienen nueve plantas, pero les falta el tejado. Las reservas de jengibre, sal, bacalao o carne cambian según la opinión del momento del tendero, o con cada consulta. Las frases se dejan sin terminar. Los compromisos se rompen pocos días antes de la boda, y en las calles y avenidas la gente se detiene y mira hacia atrás, por si ven a alguien.

Ese es el precio de la inmortalidad. Ninguna persona es un todo. Nadie es libre. Con el tiempo, algunas personas han llegado a la conclusión de que la única forma de vivir es morir. En su muerte los hombres y las mujeres se ven libres del peso de su pasado. Esas pocas personas, y ante la mirada de sus queridos familiares, se ahogan en el lago Constanza o se arrojan desde el monte Lema poniendo así fin a sus vidas infinitas. En ese sentido, lo finito conquista lo infinito, la ausencia del otoño triunfa sobre los millones de otoños, la ausencia de nevadas sobre los millones de nevadas y, sobre los millones de consejos, triunfa su ausencia total.

• Alan Lightman, Los sueños de Einstein, trad. de Andrés Barba, Barcelona, Libros del Asteroide, 2019, 152 p.

 

Alan Lightman
Escritor y físico teórico. Fue profesor de Astronomía y de Física en la Universidad de Harvard y en el MIT. Es autor de seis novelas, entre ellas Los sueños de Einstein y El diagnóstico.

 

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