Al cumplir veintiún años, Virginia Woolf recibió un regalo de su hermano Thoby: una traducción de los ensayos de Montaigne. Llevaba años buscando esa versión. Le confiesa que ya estaba desesperada por llevársela a la cama. La admiración de Woolf por Montaigne no pudo haber sido mayor. Con su marido hizo tres veces la peregrinación a la torre. A su amiga, la poeta Vita Sackville-West, le escribía extasiada: “Te lo juro: es la misma puerta que él abría. Subí por los escalones gastados en ondas profundas que él pisó. Me asomé por las tres ventanas por las que contemplaba su viñedo. Ahí está su escritorio, las vigas, la silla, los perros. Todo exactamente como era en vida de Montaigne. Bueno, tal vez los perros no”.

La novelista llegó a sugerir que el género al que Montaigne había dado nombre podría ser considerado como el máximo invento literario. El artefacto, más que un vehículo, era una sustancia: una forma que expresa lo que no puede ser dicho de otra manera. La fundición del ojo y lo mirado. La autora de Las olas lo entendía como un arte de riesgos: “Un baile sobre la cuerda floja”. Es que en el ensayo aparece irremediablemente la palabra yo, que en inglés es una línea solitaria y vertical. La valentía del ensayista radica en la confrontación con sí mismo. Ahí se basa también el peligro del género. Virginia Woolf era muy consciente de ello. El ensayo podía volverse una plaga. La literatura de la inteligencia distraída puede encallar en la exhibición narcisista o en ornamento banal. Si el ensayo se nutre de perspectiva y de forma, ante ese doble embrujo (el espejo y la elegancia) puede sucumbir.

Ilustración: José María Martínez

En el lector común está el tiento del ensayo. En ello también continúa el paseo original de Montaigne. Escritura que da la espalda a los especialistas, que mira con sospecha a quien ejerce de autoridad. Ese es precisamente el título de sus dos compilaciones: El lector común. Lo pesca del doctor Johnson: “Me alegra encontrarme con el lector común porque gracias al sentido común de ese lector libre de prejuicios literarios y de las delicadezas y dogmatismos de la erudición, decidirá al final del día la honra poética”. El lector común era el cómplice y el verdadero juez de la literatura. No era un crítico profesional. No era un académico. El lector común no se dedica a leer. No lee todo el tiempo y cuando lo hace, tal vez tiene prisa. No estudia con disciplina: curiosea. Brinca de un lado a otro y retiene el aire de sus lecturas. No se sumerge en todas las posibles honduras de un texto, pero lo disfruta con naturalidad. Ese lector común es, en realidad, el maestro y el modelo del ensayista.

Virginia Woolf aprendió de su padre la lección más valiosa sobre el arte de la lectura. Hay que leer lo que a uno le gusta y punto. No se necesita otra justificación para tomar un libro. El gusto es suficiente recomendación. Nunca hay que pretender admiración por quien no se la ha ganado en nosotros. Y de esa lección en la lectura, se derivaba otra para escribir: hay que usar la menor cantidad de palabras para lograr la mayor claridad y la mayor precisión. La clave en ambos ejercicios es el placer. Si hay un principio que rige al ensayo es que debe dar placer al lector. Todo en el ensayo debe subordinarse a ese propósito. La seducción ha de mantenerse desde la primera hasta la última palabra. Y entre una y otra, ha de ofrecer un abanico de experiencias: la sorpresa del descubrimiento, el gozo del aprendizaje, la calidez de una conversación cordial y la emoción de un buen pleito.

Hay que poner a hervir la caldera de nuestros impulsos y contradicciones, sugiere Woolf en su ensayo sobre Montaigne. Abrámosle la puerta a la intuición, dejémonos llevar por el arranque, celebremos el absurdo. Que el mundo piense lo que le dé la gana. Sólo la vida importa. La feminista que denunció las condiciones que han suprimido la voz de la mujer y que pedía para la creadora una habitación con cerradura es la misma mujer que abraza el placer sin certificado. El ensayo puede ser un símbolo de esa plenitud: un gozo que se libera del permiso de los guardianes. Un deleite que no pretende lecciones.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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