La batalla del Somme en la Primera Guerra Mundial, el 1 de julio de 1916, se ha descrito muchas veces. Ese ataque total, a fondo, se preparó mediante el bombardeo incesante de las líneas alemanas, prolongado durante muchos días y tan intenso que, según se nos dijo, toda resistencia iba a ser aplastada; las alambradas del enemigo, destruidas; sus trincheras, arrasadas, y los pocos alemanes que sobrevivieran iban a quedar reducidos a un estado de imbecilidad babeante. Para nosotros sería un paseo. Pero muy diferente fue el recibimiento que nos hicieron. Cuando al fin salimos de las trincheras y nos lanzamos al ataque en plena luz del día, el aire estaba plagado de murmullos, zumbidos y plañidos que sonaban como enjambres de avispas y avispones, pero eran, naturalmente, balas.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Muchos de los oficiales de mi batallón cayeron en el momento mismo de ponerse ante la vista del enemigo. El jefe de mi compañía recibió un tiro en el corazón antes de avanzar un paso. Neville, el chistoso del batallón, que llevaba un balón de futbol para que sus hombres se lo fueran pasando hasta llegar a las líneas alemanas “atrasadas y desiertas” y luego se iba a cargar a cualquier “baboso” que se encontrara asustándolo con su famosa mueca (llevaba dentadura postiza y al sonreír podía hacer la mueca de una calavera), cayó también muerto al instante, lo mismo que el gordo Bobby Soames, mi mejor amigo. Había pasado con él la tarde anterior y me había dicho tranquilamente, sin la menor emoción: “Me van a matar mañana. No sé cómo lo sé, pero lo sé”. Cuánto logré avanzar yo, ni me acuerdo; me imagino que no pudieron ser más de doscientos metros. Salté de la trinchera como un galgo y avancé rápidamente entre las avispas con el cuerpo doblado. A mí, que siempre había sido muy aprensivo respecto a la sangre, las mutilaciones y la muerte, lo que secreta, y especialmente me aterrorizaba era que me pegaran un tiro en los huevos, lo que explica, psicológicamente, por supuesto, porque desde el punto de vista físico era inútil, que me lanzara al enemigo con el cuerpo agachado. Pronto me di cuenta de que me ponía en ridículo; miré hacia atrás y vi que los soldados de mi pelotón salían aún a gatas de la trinchera y tuve que esperar a que me adelantaran. Mi joven asistente de Norfolk, Willimot, que caminaba a mi lado, cayó al suelo. “Mi alférez, me he quedado paralizado”, gimió; tenía la cara blanca como la pared y sus ojos de buey, grandes y azules, estaban llenos de pánico. Una bala, quizá dirigida contra mí, pues habrían visto mi revólver y mis insignias, le había partido la columna vertebral. El sargento de mi pelotón, Griffin, lo levantó para meterlo en un hoyo hecho por la explosión de algún obús, y allí lo dejó. Entonces sentí un golpe en el brazo izquierdo. Miré y vi que tenía un agujero en la manga y noté que me salía sangre. Luego se me saltó la gorra. La recogí y me la volví a poner: tenía un agujero en la corona. Entonces hubo una explosión a mi costado que me hizo tambalear y caer al suelo. Me quedé allí inmóvil. Griffin y uno de los soldados me recogieron y me metieron en otro hoyo profundo. Entonces Griffin trató de desabotonarme la guerrera para examinarme la herida y tal vez curarla. No estaba inconsciente sino sólo aturdido, y para entonces ya tenía una idea de lo que había pasado. Se nos había dicho a los oficiales que lleváramos en la mochila una botella de whisky para celebrar la victoria después del “paseo”. Mi botella de whisky explotó al alcanzarla un proyectil. Tuve una vaga noción de esto cuando el sargento Griffin me movió: noté cómo crujían los cristales en la mochila debajo de mi brazo. No sabía con exactitud lo que había ocurrido; además del dolor punzante que empezaba a sentir en el brazo, tenía dolor en un costado, lo que quería decir que también me habían herido allí, aunque no tenía ni idea de cómo era la herida ni de su causa. Lo que sí recuerdo perfectamente es que opuse resistencia a los intentos de Griffin de examinarme. Permanecí tendido con los ojos cerrados y el brazo sujetando con firmeza el costado herido de forma que no pudiera explorarme debajo de la guerrera. No quería saber, ni quería que él supiera, lo que me había pasado. No me sentía enfermo. Sólo asustado y aturdido. Podía haberme puesto en pie fácilmente, y si podía haberme puesto en pie, debería haberme puesto en pie. Pero tendido estaba y tendido seguí. Aunque en aquel momento mis pensamientos no se formulaban tan clara o tan crudamente, tenía una “patriótica”, el tipo de herida por el que todos los soldados suspiraban y evocaban en sus cantos (“A mi querida y vieja patria hazme volver”), y mi pelotón, del que estaba muy orgulloso, podía arreglárselas ahora sin mí.

Mis heridas eran, en realidad, insignificantes hasta la vergüenza: una bala me había atravesado el brazo sin tocar el hueso y se me había alojado un trozo de metralla o de cristal de botella (no recuerdo de cuál de las dos) bajo la piel de un costado, encima de las costillas. Por tanto la explosión debió de ser lo bastante violenta como para que aquel objeto me atravesara la guerrera y la camisa. En Inglaterra me hicieron un recibimiento propio de un héroe victorioso y, aunque era reacio a mostrar mis heridas cada vez que, con mezcla de compasión y admiración, alguien me lo pedía, no lo era a dejar la impresión de que la explosión de la botella me había hecho perder el sentido totalmente. Y, sin embargo, tan extraños somos los humanos con nuestras contradicciones que no me sentía a gusto en la “Patria”, y pasados unos meses conseguí que me volvieran a enviar a Francia. De inmediato me ascendieron a capitán.

 

Fuente: J. R. Ackerley, Mi padre y yo. Traducción de Rafael Ruiz de la Cuesta, presentación de Javier Marías. Editorial Anagrama, Barcelona, 2011.

 

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