A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

“Fíjate, hermana y compañera, cómo está la cosa que,
para poder estar vivas, tenemos que hacer otro mundo”.
—Coordinadora de Mujeres Zapatistas
para el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan1

 

Ha pasado tanto en materia de igualdad de género en México en la última década que pareciera que el país está avanzando: se han reformado leyes, formulado políticas públicas y establecido instituciones nuevas dedicadas a prevenir, corregir o reparar desigualdades y formas de violencia en contra de las mujeres; se han resuelto casos emblemáticos; se han creado y consolidado organizaciones no gubernamentales y colectivas feministas a lo largo y ancho del país; se han llevado a cabo más de 200 000 procedimientos de aborto legal y seguro; las calles nunca se habían llenado tanto de mujeres marchando por sus derechos; el feminismo es parte frecuente de la conversación pública. A simple vista, pareciera que estamos en ese futuro, más justo y más igualitario, que las feministas de hace décadas reclamaban.

Los logros no son menores. Pero la cosa, por supuesto, no es tan simple. No sólo porque dentro del feminismo hay importantes disputas acerca de los objetivos, estrategias y prioridades que deben buscarse, sino también porque, incluso en lo que coincidimos, las realidades cotidianas que vive la mayoría de las mujeres continúan siendo alarmantes y profundamente injustas. Después de tantos cambios culturales, políticos y sociales, nos siguen matando, violando, desapareciendo, dejando fuera de espacios de poder, obligando a parir. ¿Qué ha cambiado y qué permanece? ¿Qué podremos recordar en el futuro de estos años de reivindicaciones feministas en México? Ahora sí, ¿el patriarcado se va a caer? El tiempo probablemente ayudará a aclarar algunas de estas preguntas. Sirva mientras tanto un esbozo de algunas luchas y elementos clave de la última década, con la parcialidad de alguien que se emociona, se preocupa y se abruma a diario con las idas y venidas de las diversas manifestaciones del feminismo actual.

 

La noción de que en el control de la reproducción se disputa un espacio de libertad importantísimo para las mujeres ha sido un punto de partida clave para el movimiento feminista. La despenalización —legal y social— del aborto se encuentra en el centro de una discusión material, simbólica y jurídica sobre las posibilidades que deben tener las mujeres para definir su propia vida, y las obligaciones positivas del Estado para garantizar dichas opciones. A casi 90 años de iniciadas las exigencias feministas en materia de aborto en México, el avance legal es limitado, aunque no menor: la despenalización del aborto hasta la semana 12 en Ciudad de México a partir de 2007, la aprobación y reforma a la ley vigente en relación con el acceso al aborto por violación, la disminución de penas, el aumento de causales legales, la reciente reforma de despenalización en el estado de Oaxaca.

Si bien la exigencia básica de las feministas se centra aún en garantizar el aborto legal, seguro y gratuito, las narrativas en torno al tema se han transformado en relativamente poco tiempo; en parte, gracias a la indudable importancia del acceso al aborto con medicamentos para permitir abortos seguros aún en contextos legalmente restrictivos. También, la década del programa de interrupción legal del embarazo en Ciudad de México ha permitido documentar evidencia importante y, con ella, sofisticar las exigencias al Estado. A dichos factores se suma la aparición de la Marea Verde, movimiento social surgido en Argentina en el marco de la discusión para despenalizar el aborto en dicho país, que ha atravesado Latinoamérica a partir de 2018.

En México, la Marea Verde se expresa a través de una militancia joven y activa, que llena los foros, las calles y los monumentos públicos de pañuelos verdes como símbolo de una batalla que sin duda es histórica, pero que tiene formas y lenguajes distintos. En algunos años, hemos transitado de un discurso centrado en el aborto como un último recurso frente a una situación indeseable, hacia nuevas formas de discutir y comunicar el tema, formas que se proclaman orgullosamente “abortistas”, que reivindican el humor frente a los discursos de los grupos conservadores, que bailan, cantan y acompañan abortos con misoprostol al tiempo que proclaman un optimista “será ley”.

Ilustraciones: Kathia Recio

 

Las mujeres han estado históricamente fuera de los espacios de poder donde se toman las decisiones que les afectan. La lucha por el reconocimiento de sus derechos políticos ha sido crucial no solamente por el valor intrínseco que supone reconocerlos, sino también por el valor instrumental que esto puede tener para avanzar la lucha por la justicia y la igualdad de género. Necesitamos a mujeres en espacios de poder para representar no sólo sus propios intereses —en temas que les afectan exclusivamente o de manera distinta—, sino también para que participen en las conversaciones públicas en las que históricamente han estado ausentes: mujeres hablando de seguridad pública, de presupuestos, de urbanismo, de futbol. Que lo público sea también nuestro.

En México, esta causa se ha concentrado, aunque no exclusivamente, en promover y perfeccionar mecanismos de acción afirmativa, primero mediante el establecimiento de cuotas de género (2002) y, después, con la introducción del principio de paridad a nivel constitucional (2014). En mayo de 2019, una reforma constitucional estableció el principio de paridad de género transversal, un hito en materia de política que establece que todos los poderes de la Unión y los organismos autónomos deberán integrarse por la mitad de mujeres y hombres, a nivel federal, estatal y municipal.

Las leyes cambian y las cifras de mujeres en espacios de poder aumentan, pero la cultura resiste. Las mujeres que logran ocupar espacios de poder enfrentan techos de cristal que les impiden incidir de manera real en las estructuras de poder o son relegadas a ámbitos considerados como típicamente “femeninos”. Los partidos políticos buscan nuevas formas para darles la vuelta a las reglas político-electorales. La violencia política en contra de las mujeres es brutal y generalizada: en 2015, un comando armado secuestró y asesinó a Aidé Nava González, precandidata a la alcaldía de Ahuacuotzingo, Guerrero. En la campaña electoral de 2018, diecisiete candidatas fueron asesinadas. En 2016, la Fepade registró 103 casos de agresiones políticas con motivaciones de género. En 2018, Luchadoras registró al menos 85 agresiones en contra de precandidatas y candidatas en medios digitales.2

Actualmente México es el país de la OCDE con el mayor porcentaje de mujeres en el poder legislativo: 48 % en la Cámara de Diputados, 49 % de la de Senadores, 49 % en los congresos locales. Esta representación dista mucho de ser paritaria en el poder ejecutivo y judicial, pero los datos actuales no dejan de ser sorprendentes: nunca antes en la historia habíamos tenido tantas legisladoras. Nunca antes un gabinete paritario. Nunca un marco normativo tan ambicioso en términos de paridad. Si esta representación se traducirá en cambios reales hacia políticas más justas e igualitarias, hacia diferentes formas de ejercer el poder, hacia distintas prioridades, está todavía por verse.

 

El movimiento feminista ha sido clave para mostrar las diferentes formas de violencia que enfrentan las mujeres y para cuestionar las profundas fallas del sistema de justicia para prevenir, sancionar y reparar dichas violencias. En la última década, los espacios digitales han resultado críticos para estos fines. En 2016, la etiqueta #MiPrimerAcoso en Twitter logró en unas horas aglutinar los testimonios de cientos de miles de mujeres sobre experiencias de acoso y violencia sexual, muchas de ellas desde la infancia. En 2017, el fenómeno de #MeToo, asociado a una serie de denuncias masivas de acoso sexual en Estados Unidos, encontró eco en México y se replicó en la esfera digital y fuera de ella. Estos ejercicios de reconocimiento colectivo de experiencias comunes han servido como un acuerpamiento digital y físico sin precedentes, un despliegue masivo de sororidad y de reconocimiento no sólo de las violencias individuales experimentadas de forma cotidiana por las mujeres, sino también del sistemático silencio, desconfianza y revictimización que las acompaña.

Los cientos de miles de testimonios se respaldan también con estadísticas públicas: de los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que hay en México, 66.1 % (30.7 millones) ha enfrentado algún tipo de violencia alguna vez en su vida. En 41.3 % de los casos, esta violencia es sexual y con frecuencia es perpetrada por familiares, conocidos y parejas. La mayoría de estas agresiones (78.6 %) no se denuncian, por miedo, por desconfianza hacia las autoridades y por el desconocimiento de los procedimientos que hay que seguir (Endireh, 2016). La desconfianza en las autoridades está fundamentada en hechos concretos, en un sistema de justicia que con frecuencia revictimiza a las mujeres, filtra sus datos personales, pierde evidencia, estigmatiza a las víctimas. Un sistema que simplemente no funciona para obtener justicia.

 

El último eslabón de la cadena de violencias por razón de género que enfrentan las mujeres —el feminicidio— ha sido una batalla central para los feminismos en México, así como un motor importantísimo de movilización. No es para menos: nos están matando. Con su tipificación en el Código Penal Federal en 2012, las feministas han buscado incidir en la manera en que el Estado nombra, cuenta, investiga y castiga los homicidios de mujeres —especialmente aquéllos que se perpetúan específicamente por razón de género—.

En 2010, se crearon los Centros de Justicia para las Mujeres y las Unidades de Género en el Poder Judicial. La Suprema Corte de Justicia de la Nación y la Corte Interamericana han resuelto importantes casos emblemáticos y establecido nuevos criterios jurisprudenciales para investigar y juzgar posibles casos de feminicidio. Pero la brutal realidad del feminicidio permanece. De 2015 a 2019, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública ha registrado 3366 presuntos casos de feminicidio. De acuerdo con la ONU, nueve al día. La violencia asociada a la militarización del país iniciada en 2007 ha afectado tanto a hombres como a mujeres —aunque de forma distinta—, pero la violencia privada e íntima que enfrentan las mujeres en su hogar se ha alterado poco en los últimos diez años.3 A las mujeres las matan cada vez más en la vía pública, pero también las matan en su casa: su pareja o sus familiares, con armas blancas, con fuego, mediante asfixia, golpes, estrangulamiento.4 Matan a niñas, a jóvenes que regresan a casa de una fiesta o del trabajo, a activistas feministas, a universitarias, a trabajadoras. Con impunidad y de forma cotidiana.

Algunas apuestan por los canales institucionales: declarar la Alerta de Violencia de Género en algún estado o municipio, tipificar nuevos delitos, acompañar a las mujeres en el largo camino para acceder a la justicia. Otras, por acciones más allá de dichos canales: organizar grupos de autodefensa, recurrir o replicar un escrache, salir a las calles a reivindicar la rabia ante un sistema que permite realidades inaceptables. En 2019, el Gobierno de México, la ONU y la Unión Europea presentaron la Iniciativa Spotlight, un programa que contará con 11.8 millones de dólares y que plantea establecer acciones para prevenir y eliminar el feminicidio en los municipios con las más altas tasas en el país: Ciudad Juárez, Chilpancingo, Ecatepec y Naucalpan. Mientras, los números aumentan y la rabia ante una realidad absolutamente inaceptable crece.

 

El 24 de abril de 2016, en lo que se conoció como la Primavera Violeta, se dio la movilización feminista más numerosa registrada en la historia del país hasta entonces: entre cinco y siete mil asistentes, en 40 ciudades de 27 estados del país. El año pasado, las zapatistas lograron reunir a más de diez mil mujeres (provenientes de más de 35 países) en el caracol de la Zona Tzots Choj, Chiapas, para el Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. De acuerdo con Cimac Noticias, de 2007 a 2017, se registraron 124 movilizaciones feministas, digitales y en la calle en México.5 Aunque la centralización de la protesta sigue siendo notoria, las movilizaciones y encuentros ya no se dan sólo en Ciudad de México. Su composición es diversa, pero destaca la participación de jóvenes. Los espacios separatistas son frecuentes. Los hombres, si tienen que ir, van atrás. Las posiciones acerca del papel que pueden o deben cumplir varían, pero al menos parece haber un consenso de que llevan demasiado tiempo protagonizando.

Las movilizaciones callejeras y las nuevas formas de activismo digital conviven —y se cruzan— con otras formas de militancia: organizaciones civiles; colectivas; especialistas; académicas; defensoras que, si bien pueden no identificarse como feministas, trabajan por los derechos de las mujeres; feministas “históricas”, cuyos tonos y estrategias encuentran poco eco entre las manifestaciones del feminismo de las más jóvenes. En el contexto de un movimiento con voces tan múltiples y diversas, la decisión de quién puede fungir como representante, así como la definición de mensajes unitarios, se vuelve compleja. Pero la preocupación expresada hace un par de décadas por la posible desmovilización del feminismo a causa de su institucionalización6 —en programas de estudio académico, en instituciones del Estado y en las organizaciones civiles— no refleja la realidad actual de un movimiento claramente activo, a ratos disciplinado, sororario y optimista, a ratos desordenado, dividido y volcado en disputas internas. 

 

Los grandes cambios institucionales, políticos y jurídicos en México en materia de igualdad de género no han sido acompañados por una transformación equivalente en la vida de las mujeres. En los últimos años, el movimiento feminista ha respondido con una fuerza sin precedentes. Hoy, tiene la oportunidad de hacerse preguntas distintas y más sofisticadas, pero también más cercanas a las experiencias vividas de mujeres distintas y diversas, de reivindicar no sólo la rabia, sino también la ternura, la empatía, la sororidad. Yo no sé si el patriarcado se va a caer pronto. Pero el movimiento feminista sin duda está vivo. Es abrumador y a ratos caótico. Es un aquelarre de brujas de muchos colores, de pañuelos verdes, primaveras violetas y diamantina que brilla y emociona y pica los ojos y la cabeza antes de irse a dormir. Con cada paso que logre, provocará una reacción. Y no es para menos: estamos tratando de construir un mundo nuevo.

 

Isabel Fulda
Politóloga del CIDE, maestra en teoría legal y política de UCL y coordinadora de investigación en el GIRE.


1 https://bit.ly/2slSB6g.

2 Luchadoras MX, Informe “Violencia política a través de las tecnologías contra las mujeres en México”, 2018. Disponible en: https://bit.ly/2ZvEGHc.

3 CIDE, Data Cívica, “Claves para entender y prevenir los asesinatos de mujeres en México”, México, 2019. Disponible en: https://bit.ly/37b9UWv.

4 Secretaría de Gobernación, Inmujeres, ONU Mujeres, “La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias 1985-2016”, México, 2017. Disponible en: https://bit.ly/3611yAL.

5 CIMAC, “Movilizaciones feministas en la Ciudad de México 2007-2017”, México, 2018. Disponible en: https://bit.ly/2Qm2vwN.

6 Véase Griselda Gutiérrez Castañeda, coord., Feminismo en México. Revisión histórico-crítica de un siglo que termina, Programa Universitario de Estudios de Género, UNAM, México, 2002.

 

Un comentario en “Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven

  1. La mayor presencia de mujeres en el Poder Legislativo no ha sido garantía, hasta ahora, de menor corrupción; como ejemplo debe tomarse el Congreso del Estado de Morelos, cuya Legislatura LIII fue escandalosamente venal, principalmente por casos de mujeres diputadas. La actual Legislatura, la LIV, es la que más mujeres integra en todo el país, sin que eso la vuelva más eficiente y transparente que otras, sino todo lo contrario. En Morelos, pues, las mujeres legisladoras han resultado igual o más corruptas que sus pares hombres.