Una vieja tradición elitista ha permeado el pensamiento de amplios sectores sociales con la noción restringida de que la cultura es un fragmento acotado de la realidad social que contiene cierta clase de actividades, actitudes, gustos y conocimientos en torno a la creación artística y a un campo limitado del quehacer intelectual. En su versión más difundida, esta concepción sobre la cultura implica la jerarquización de las manifestaciones culturales dentro de un orden universal, o que se plantea como tal; así la cultura propiamente dicha (mejor: la Kultura) es un conjunto breve de temas y prácticas que pueden o no formar parte del horizonte de preocupaciones de un individuo o una colectividad. Sobre esa base es inevitable clasificar a los pueblos y a las personas como “cultos” o “incultos”, en función de que les sean o no familiares los contenidos específicos y restringidos de lo que se define como la cultura (única, universal). Esos contenidos universales, sospechosamente, son en su inmensa mayoría expresiones de la cultura occidental y cristiana y si no lo son por origen, se asumen como tales. En ese contexto la problemática cultural del país queda siempre relegada a un plano muy secundario: los verdaderos y urgentes problemas tienen casi nada que ver con la Kultura. Queda, quizá, la resignación de constatar con don Alfonso Reyes que llegamos tarde al banquete de la civilización.

En ciertos planteamientos esquemáticos de la izquierda también queda diferida la atención a la problemática cultural. Aún cuando se rechace la definición elitista y se acepte incluir contenidos más amplios, se ubica a la cultura dentro del campo de lo superestructural y, en consecuencia, se considera que los problemas culturales, cualesquiera que ellos sean, sólo podrán resolverse en un momento posterior a los cambios estructurales, ya que, en última instancia, la estructura determina a la superestructura. Por distintas vías admitimos la intranscendencia de lo cultural y, más aún, aceptamos que se convierta en asunto ajeno.

La noción de cultura como un plano general ordenador de la vida social que le da unidad, contexto y sentido a los quehaceres humanos y hace posible la producción, la reproducción y la transformación de las sociedades concretas, se abre paso con dificultad, aun en los medios políticos y académicos especializados. En esta perspectiva, el problema de la cultura queda ubicado necesariamente en el centro mismo de las preocupaciones sobre el presente y el futuro de nuestra sociedad. No es aquí el lugar para plantear una discusión académica sobre la definición de cultura; resulta de mayor interés explorar las principales tendencias que se observan en nuestra realidad actual y que conforman, implícitamente, los proyectos culturales que están en juego, es decir, los planos ordenadores que se proponen hoy como modelo para la sociedad mexicana del futuro. A partir de esa proximación se pueden estimar mejor la importancia y magnitud de las implicaciones que tendría la adopción de cada uno de estos proyectos culturales. Es decir: se puede entender por qué la cultura es asunto de todos. Y asunto urgente.

1. LOS PROYECTOS SUSTITUTIVOS

Estos proyectos tienen en común, por encima de sus diferencias, la idea de que es necesario sustituir la cultura real de la mayoría de los mexicanos mediante la generalización de una cultura diferente que les es ajena. El cambio nunca se concibe como el desarrollo de las culturas existentes en el país, sino como la adopción de modelos culturales extraños.

La presencia de proyectos culturales sustitutivos tiene su origen histórico en la dominación colonial. La sociedad colonial fue una sociedad culturalmente escindida y esa diferencia entre colonizadores y colonizados era, al mismo tiempo, resultado de, y condición para, la existencia y el funcionamiento del orden colonial: el contraste entre una cultura superior y otras inferiores justificaba la colonización. Por esa necesidad de diferencia, no podía instrumentarse un proyecto cultural sustitutivo para los pueblos colonizados: pudo, sí, plantearse como racionalización ideológica de la colonización (transformada así en empresa civilizadora), pero de ninguna manera podía convertirse en una práctica social real, porque eso destruiría el fundamento mismo de la sociedad colonial. Al afirmar el origen colonial de los proyectos sustitutivos no me refiero, por lo tanto, a que en esa sociedad se haya tratado de imponer un proyecto cultural de este tipo. La relación es menos directa y más profunda: es el grupo criollo y mestizo que asume el poder al consumarse la Independencia, el que delínea e intenta impulsar en la práctica, por primera vez, un proyecto cultural sustitutivo (con diversas variantes, expresadas con mayor o menor claridad en los programas de muchos de los grupos y facciones que se enfrentan incesantemente a lo largo del siglo pasado).

Ese proyecto se estructura con el único acervo cultural que posee el grupo dominante y que no es otro que el que hereda de los colonizadores. En la nueva situación nacional independiente era posible plantear un proyecto cultural que uniformara a la nación, porque ya no había necesidad de mantener el contraste cultural que justificaba y hacía posible el orden colonial; la idea de unidad nacional estaba ligada a la de progreso y exigía una cultura única y uniforme. ¿Cuál cultura podía ser la cultura nacional? Evidentemente, para el grupo criollo y mestizo dominante no podían ser las culturas indias. Su opción fue la cultura europea; y fue una opción ineludible porque, en primer término, era su propia cultura, heredada de los colonizadores, y, en segundo lugar, porque su generalización justificaba la Independencia y permitía articular el proyecto nacional: ellos (los gachupines) se reservaron para si mismos la cultura; nosotros (los mexicanos) la haremos común a todos. La herencia colonial se manifiesta en la ignorancia o, en el mejor de los casos, en la visión devalorativa de las culturas reales de la mayoría de la población, y en la asunción consecuente de la superioridad de la cultura occidental: exactamente igual que en la ideología colonial, salvo que ya no se trata de mantener la diferencia sino de imponer a todos el modelo ajeno de la cultura occidental.

¿Cómo se manifiesta hoy el proyecto sustitutivo? Quizá su expresión más explícita esté en el que propongo llamar “proyecto Televisa”, para vincularlo directamente a su protagonista más conspicuo aunque de ninguna manera el único. Es un proyecto que busca llevar a sus últimos extremos el modelo de la sociedad de consumo. Dadas las características de la economía mexicana y la naturaleza de sus vínculos internacionales, el propósito de consolidar un mercado cada vez más amplio que consuma una cantidad también creciente de bienes (bienes culturales, en última instancia, sean cuales sean), está determinado en gran medida por los intereses de las empresas trasnacionales: es, por tanto, un proyecto trasnacional. El proyecto tiende a generalizar un tipo de comportamiento social totalmente pasivo, hasta alcanzar una sociedad ideal en la que la producción cultural (de ideas, objetos, valores, sentimientos) estuviera en manos de empresas eficientes (trasnacionales), en tanto que el público (el pueblo, todos los demás) sólo consumiera la cultura fabricada. Su lema podría ser, como lo dijo alguna vez Miguel Angel Granados Chapa: no pienses, no sientas, no actúes, no decidas, porque habemos otros más capaces para pensar, sentir, actuar y decidir por ti.

En la base de este proyecto está una concepción de la cultura como un universo ilimitado de bienes a consumir. El ejercicio de la cultura como creación permanente queda reservado un en forma exclusiva a los “equipos creativos” de las empresas, los medios y las agencias de publicidad. Lo único absoluto es el cambio: la transformación cultural es una sucesión incesante de nuevos productos, nuevas actitudes, modas, pensamientos, formas de hablar y de actuar, inducidas o impuestas por los medios.

El “proyecto Televisa” coincide nítidamente con los postulados implícitos del modelo de desarrollo modernizador; ambos se refuerzan mutuamente. Son sustitutivos porque no conciben el futuro como resultado de la activación de las potencialidades culturales presentes en la sociedad mexicana, sino como la consumación de una cultura ajena, en la que la transformación será siempre una transformación de cosas, pero nunca de las relaciones sociales que hacen posible el funcionamiento del modelo. Es un proyecto en el que no tiene cabida el pluralismo ni la diferencia; por el contrario, implica necesariamente la uniformidad cultural. La única división de la sociedad ideal se establecería entre una absoluta minoría que decide y una abrumadora mayoría que sólo consume con las implicaciones que esto tiene en la organización social, política y económica, cambiantes en función de las condiciones históricas concretas.

Cabe mencionar por separado el proyecto cultural elitista, el que de manera más explícita deriva del pensamiento colonialista. Esta corriente se presenta hoy con indumentaria cosmopolita. Mantiene el presupuesto de que existe una cultura universal única cuyos logros superiores se han alcanzado en el contexto de la civilización occidental. El proyecto cultural consecuente se define, para las grandes mayorías del país, como la necesidad de sustituir su cultura propia por los contenidos superiores de la cultura llamada universal. Con al definición restringida de la cultura, las tareas de difusión adquieren en este proyecto una importancia estratégica privilegiada: hay que llevar la cultura al pueblo. La cultura deseada se ve como un conjunto de prácticas, valores e ideas que, por azares de la historia, es ajeno a las mayorías nacionales; en consecuencia, debe elevarse al pueblo hasta las alturas inmarcesibles de la única cultura.

En su versión más limitada, que acepta como cultura únicamente las actividades artísticas ciertos campos del quehacer intelectual, este proyecto es animado por círculos generalmente pequeños de la élite artística e intelectual. Sin embargo, cuenta también con el respaldo decidido de sectores gubernamentales dispersos en toda la topografría burocrática del país.

Una característica consustancial de este proyecto es que excluye cualquier forma de participación de las grandes mayorías: dado que éstas son ajenas a la cultura, su único papel a desempeñar es el de aprender, porque no tienen nada propio que aportar. Sólo a regañadientes se concede la inclusión en el proyecto de algunos rasgos culturales aislados que le den sabor local y un toque de colorido folklórico a nuestra ansiada participación en la cultura única y verdadera.

Es fácil advertir los puntos de convergencia entre el proyecto elitista y el “proyecto Televisa”: en ambos se concibe la cultura deseable como algo que no surge de aquí, sino que fue creado o está siendo creado al margen de la realidad cultural concreta de la mayoría de los mexicanos. La visión limitada del proyecto elitista, frente a la dinámica mucho mayor y más inclusiva del “proyecto Televisa”, parecen conducir inexorablemente a la asimilación de aquél como un conjunto de productos culturales susceptibles de integrarse a la oferta para el consumo masificado (indicios: Fundación Televisa, Museo Tamayo, promoción de colecciones de discos y libros de “alta cultura”, barras de programación “cultural”, etc.) El proyecto sustitutivo alcanzaría entonces nueva unificación.

2. EL PROYECTO DE LA CULTURA NACIONAL ÚNICA

De un carácter diferente es el proyecto oficial que propone un nacionalismo cultural, el cual persiste aunque ya sin el auge que tuvo entre 1917 y los años cuarenta. Es la expresión de la revolución triunfante que requería la formulación de un modelo cultural propio. Nacionalizó la concepción elitista y cosmopolita de la cultura e impulsó un programa alternativo a partir de formas y contenidos que se asumieron como neta y uniformemente mexicanos. El proyecto corresponde a la concepción de México como una nación en proceso de formación: la unidad nacional no se ha logrado y se ve amenazada por su diversidad (de lenguas, de cultura, de identidades étnicas y regionales). Una sola cultura nacional debe ser meta de la revolución. No sólo en el arte o en la filosofía de lo mexicano, sino en términos mucho más generales que se impulsan a través de la escuela, el sistema político y la política agraria. Los símbolos nacionales que crean los intelectuales y artistas de la revolución se difunden masivamente a través del aparato educativo y se apoyan en las instancias políticas. El reparto agrario y, en general, la política económica, reforzarían la intención uniformante. Por ahí corren las ideas vertebradoras del plano general de vida al que debería ajustarse la sociedad mexicana según este proyecto cultural.

A diferencia del proyecto sustitutivo, en el que los contenidos de la cultura propuesta son ajenos a la sociedad mexicana, los gobiernos de la revolución proponen la construcción de una cultura nacional a partir de lo propio. Esta cultura única reclama ser la culminación de un largo proceso histórico: de ahí la valoración de lo arqueológico y la construcción de una historia oficial selectiva y heroica en la que todos los eventos que la forman desde el más remoto pasado, son finalmente escalones que conducen al triunfo de la revolución y a la permanencia de sus gobiernos hasta al consumación de los tiempos. Es, por otra parte, una cultura popular, enfrentada por eso al proyecto elitista cosmopolita, tanto porque aspira a ser la cultura de las grandes mayorías como porque adopta indiscriminadamente muchos productos de la creatividad popular, especialmente en el campo de las expresiones artísticas y las artesanías. Ante el cosmopolitismo europeizante hay un intento por afirmar un rostro propio, que se quiere síntesis de los múltiples rostros que en la realidad conforman la nación.

Basta acercarnos un poco al clima intelectual y político de los años veintes y treintas para percibir hasta qué punto el proyecto cultural de la revolución alcanzó a ser hegemónico entre los sectores políticamente más activos. No es de extrañar, por tanto, que existan amplios grupos de la población que, desde distintas posiciones sociales y políticas, lo sostengan como el proyecto deseable, aunque disientan en algunos puntos de sus formulaciones clásicas. Esto lo mantiene vivo, pese a que el medio oficial ya no lo impulsa con la vehemencia anterior, salvo en los discursos de ocasión.

Hay puntos en común entre el proyecto cultural de la revolución y los que se han mencionado previamente. Aquí también nos encontramos con la noción de la cultura como algo que existe al margen y por encima de la sociedad; esta es la cultura que el Estado de la revolución ha creado y corresponde a ese mismo Estado generalizarla, empleando para ello los recursos que la nación ha puesto en sus manos. En contraste, la participación popular no sólo se admite sino que se desea (a diferencia del “proyecto Televisa”), pero a condición de que se dé únicamente en los marcos previstos por la propia cultura oficial. En esta medida es también un proyecto sustitutivo que implica la supresión de las culturas reales. La política indigenista de integración es un ejemplo acabado del pensamiento uniformante y sustitutivo que yace en el fondo del proyecto cultural de la revolución: la diversidad cultural queda reducida a un rico Folclor, todo igualmente nuestro y mexicano.

3. EL PROYECTO PLURALISTA

La intención de construir una sociedad mexicana homogénea corre a lo largo del siglo XIX y se impulsa con fuerza en la Reforma y, posteriormente, en la revolución. La idea central consiste en asumir que todos los mexicanos constituyen un sistema social único que posee y decide sobre el acervo total de los recursos del país, en función de un plano general (una cultura) que todos comparten y que ordena y da sentido a la vida individual y colectiva. Ante una realidad plural en la que coexisten muy diversas colectividades, cada una de ellas con su particular plano general de vida, expresado en un patrimonio cultural específico y con la consecuente pretensión de mantener y/o recuperar la capacidad de decisión y uso de los recursos materiales y los elementos culturales que considera propios y exclusivos, es explicable el enfrentamiento permanente de las comunidades, los grupos étnicos y las regiones, al proyecto uniformador; más aún, cuando los mecanismos sociales que deberían hacer efectiva la participación de todos los integrantes de la sociedad en las decisiones que afectan su destino, han resultado en gran medida vehículos para legitimar formalmente las decisiones exclusivas de los grupos en el poder. Es en esa diversidad real, histórica y actual, en la que se sustenta, en última y definitiva instancia, el proyecto cultural pluralista.

La formulación sistemática de este proyecto ha recibido impulso en los últimos tres lustros a través de ciertas organizaciones políticas, particularmente de carácter étnico o indio, así como de algunos medios académicos e intelectuales. En años recientes ha ganado adeptos en el propio aparato gubernamental, al grado de que en varios programas oficiales se afirma explícitamente un propósito pluralista- es el caso, por ejemplo, de las redefiniciones de la política indigenista entre 1977 y 1983, así como de los programas de la Dirección General de Culturas Populares y de algunas otras dependencias de la SEP.

El proyecto cultural pluralista puede caracterizarse en forma esquemática de la siguiente manera:

En primer término, se reconoce que en México no hay ni ha habido nunca uniformidad cultural; pero tal diversidad no se entiende como un obstáculo, ni para la unidad nacional en el seno del Estado mexicano, ni para el desarrollo y el avance de la sociedad en su conjunto y de cada una de sus unidades socioculturales en lo particular. La valoración positiva de la diversidad cultural descansa en la convicción de que todas las sociedades poseen una cultura propia así como las capacidades para transformarla y enriquecerla creativamente en su propio beneficio. Si muchos grupos tienen hoy una cultura empobrecida y aparentemente estática, eso no se debe a características inherentes a tales culturas, a condiciones propias que las hagan inviables en el mundo actual y futuro, sino al secular sistema de dominación y opresión a que han estado sujetos y que ha reducido su control cultural y ha constreñido sus posibilidades de creatividad. El proyecto pluralista implica entonces, necesariamente, la supresión del sistema de dominación, para dar paso a la eclosión de las iniciativas culturales de los diversos pueblos.

En este proyecto se concibe la cultura como un ejercicio permanente de creación, recreación e innovación de la herencia cultural que cada pueblo recibe, acorde con su plano general de vida. El hombre es portador y creador de cultura, no mero consumidor pasivo de bienes culturales ajenos.

En el proyecto pluralista, la unidad nacional es la unidad de lo diverso, el ámbito común para el diálogo y el intercambio fecundo de experiencias culturales diferentes. Esta posibilidad se entiende como una garantía mayor de unidad nacional, que la improbable imposición de una cultura uniforme, cualquiera que ella sea. Por otra parte, el asegurar a los diversos pueblos y comunidades el derecho a ejercer su propia cultura, se crean las condiciones para aprovechar total y efectivamente el rico y variado patrimonio cultural del país, que aun en el proyecto de la cultura nacional única se vería desperdiciado en gran medida por la inevitable selección que implica.

La posibilidad de recuperar ese rico tejido social y cultural, sistemáticamente ignorado, negado y agredido, representa también un avance sustancial hacia una vida democrática, ya que permite la participación real de los individuos en los asuntos de interés colectivo. Nadie puede participar al margen de su cultura. La asimilación de una cultura ajena, impuesta como condición para participar, es una pretensión que ha llevado a que las grandes mayorías no participen, o lo hagan sólo formalmente y bajo presión: es una manera eficaz de excluir, por más que se presente con un discurso igualitario y democrático.

El proyecto cultural pluralista coloca como centro dinámico del desarrollo del país a la iniciativa cultural que está latente en todas las comunidades que poseen una cultura propia: los pueblos indios, las comunidades campesinas, los barrios urbanos con una estructura consolidada. En esas colectividades se dan las condiciones para el surgimiento de procesos de innovación y apropiación cultural, porque cuentan con un plano general de vida y con un patrimonio cultural propio que permiten orientar los cambios según las necesidades y las condiciones concretas de cada comunidad. Por otra parte, la existencia de esas culturas reales, estructuradas, se concibe como el único fundamento sólido para una producción cultural autónoma.

4. PERSPECTIVAS

El proyecto cultural sustitutivo, encarnado cada día con mayor nitidez por el proyecto Televisa”, implica no sólo la permanencia y la generalización del dominio trasnacional, sino su hegemonía. Su avance, posible a partir de la fuerza y penetración creciente de los medios directos e indirectos que tiene a su servicio y de la pasividad (cuando no complacencia o franco apoyo) del gobierno y también de las fuerzas de la sociedad civil que sostienen proyectos distintos, significaría la renuncia paulatina a las capacidades creativas de la sociedad mexicana, en aspectos cada vez más amplios de la vida individual y colectiva. No se trata de presentar una visión apocalíptica ni de espantar con el petate del muerto. Se trata de reconocer, por una parte, que la sustitución del ejercicio de la cultura por el consumo de bienes culturales, en un hecho real y actual en amplias capas de la población mexicana y en aspectos muy diversos de su quehacer cotidiano. Esta tendencia es un fenómeno palpable, sobre todo en sectores urbanos. Hay una pérdida, no sólo en la capacidad de hacer, sino, lo que es mucho más grave, en la voluntad de hacer. La enajenación alcanza también a la voluntad y transforma la decisión de hacer en deseo de consumir: el deporte deja de ser práctica y deviene espectáculo; el esparcimiento está regulado por otros, que imponen modalidades y horario; se induce a comprar lo innecesario y también lo que fácilmente se puede hacer; se manipula y se oculta la información y se generaliza una opinión única. En muchos sectores, las aspiraciones personales se formulan en medida creciente de acuerdo con el “proyecto Televisa”. No es catastrofismo: eso es real, aunque muchos prefieran ignorarlo. El abandono, el olvido, la negación de nuestra cultura (cualquiera de ellas que sea) en aras del “proyecto Televisa”, es la renuncia a la decisión de construir un futuro propio. Pero no es un futuro imposible.

La otra cara de la medalla. No toda la población mexicana es igualmente proclive ni está inerme ante el proyecto Televisa”. No por acaso ni por simple proximidad física son precisamente los sectores urbanos los que más resienten el impacto de los medios y del clima general que impulsan este proyecto. Ciudades pobladas en gran parte por inmigrantes, ciudades que son asiento de clases medias recientes e inestables, ciudades en las que un urbanismo brutal ha destruido las viejas formas de convivencia y las ha reemplazado con nada, antiguas y nuevas ciudades donde habitan también los restos de la aristocracia y se concentra la alta burguesía con su afán de presencia cosmopolita: ciudades así, las nuestras, conforman un medio dócil, natural, casi inevitable para reclutar adeptos al “proyecto Televisa”. No es lo mismo en las comunidades indias, en los pueblos campesinos, en las ciudades pequeñas, en los escasos barrios que subsisten en la metrópoli. Y no porque los medios de comunicación lleguen menos, sino por la razón principal de que en esos ámbitos existe, en mayor o menor medida, una cultura propia. Esa cultura permite una reinterpretación social de las propuestas y mensajes que llegan de afuera y abre el espacio para rechazarlos o asimilarlos en forma discriminada, sin que se realice la sustitución cultural. Es ahí donde por el momento se concentra la resistencia al “proyecto Televisa” y, en general, a todo proyecto cultural sustitutivo o uniformante. La movilización de otros sectores en apoyo de esa resistencia será un factor de gran importancia para que la balanza no se incline más a favor del proyecto Televisa”.

En lo que atañe al proyecto oficial y a la consecuente construcción de una cultura nacional homogénea, cabe señalar que el modelo nacionalista da muestras evidentes de estar agotado como propuesta capaz de aglutinar nuevamente las fuerzas sociales necesarias para darle un impulso significativo. Más que actualizar el proyecto, el Estado ha logrado petrificarlo y convertirlo en objeto de museo. Esto no es sorprendente si se piensa que, al margen de las intenciones originales, no llegó a ser un proyecto nacional, porque su propia definición excluía la participación de las mayorías en la formulación y en la renovación constante del proyecto, al negarle validez a sus culturas reales.

Si el Estado decide impulsar un proyecto cultural que no sea el “proyecto Televisa” no tiene más alternativa que adoptar el proyecto pluralista. Insistir en la uniformidad cultural como un valor indiscutible que debe realizarse es, en términos teóricos, insostenible; y sería un error político preñado de graves consecuencias para el futuro del país. Por definición, y más allá del lenguaje que se emplee para justificarlo, un proyecto de cultura única para México es un proyecto antidemocrático; es, además, el camino seguro para encontrar la resistencia tenaz de las comunidades, los pueblos, los barrios; y la forma más gratuita de renunciar a la capacidad de iniciativa cultural de la mayoría del pueblo mexicano. Es, en fin, una fórmula segura para debilitar la unidad y la capacidad de respuesta creativa que son necesarias hoy y serán indispensables mañana.

El proyecto pluralista tiene todavía poca visibilidad en el escenario político: como que no se le toma en serio. Quizá sea porque se confunde con propuestas románticas y conservadoras que llevan sólo al pasado y únicamente valoran las tradiciones muertas. Quizá sea también porque la discusión del proyecto pluralista conlleva la necesidad de volver a pensar muchas convicciones que nos han parecido indiscutibles. Es más cómodo el dogma: ¿por qué dudar de que el desarrollo tecnológico y económico produce inevitablemente la homogeneidad cultural? ¿Por qué cuestionar la democracia representativa por vía electoral como la fórmula superior y más avanzada de la convivencia democrática? ¿Por qué meter ruido en la conclusión de que los logros científicos (a la manera occidental) son, indiscutiblemente y en todos los campos, superiores a cualesquiera conocimientos tradicionales, “no científicos” y “empíricos”? ¿Por qué poner una interrogación a la idea de que el progreso significa a fin de cuentas, un consumo mayor e indiscriminado? Quizás se deba, en fin, a que la colonización intelectual, antigua y presente, nos ha puesto anteojeras que nos impiden mirar la realidad; y peor aún: nos ha convencido de que nuestra ceguera es la única manera de ver. Sea como fuere y a pesar de ello, el proyecto pluralista va tomando cuerpo en el horizonte del debate político nacional.

Al margen del debate, el proyecto encarna y vive en el acontecer cotidiano de la mayoría de los mexicanos: en la conservación y el enriquecimiento de sus conocimientos tradicionales, adecuados e imprescindibles para manejar su propio mundo actual; en sus formas de trabajar y convivir, en sus valores, en sus modos de expresión y de emoción, en su identidad, en el transfondo de sus luchas. Esa realidad es proyecto, en tanto urgencia de permanecer pese a las poderosas fuerzas que la niegan y en tanto aspiración de recuperar y ampliar los espacios en que se realiza, enajenados y prohibidos, con diversas modalidades e intensidad variable, durante casi cinco siglos. El México de mañana se construirá con este México real, no en contra de él; porque no sería posible y porque no sería México ni sería nuestro.

La querella por la cultura no puede ser más la ocupación onanista y desvelada de unos cuantos, ni el tema tan inevitable como intranscendente de la charla de salón. En la opción del proyecto cultural que modele el México de mañana se decide nuestro ser y nuestra manera de ser. Es asunto vital para todos: vamos tomándolo en serio.