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Ley marcial: policías contra manifestantes en Varsovia

Si me permiten, empezaré citando las palabras de Mahatma Gandhi: “Si un gobierno comete una grave injusticia el súbdito debe retirar su cooperación total o parcialmente, lo suficiente para apartar al gobernante de la perfidia. En cada caso, hasta donde puedo concebirlo, hay un elemento de sufrimiento físico o mental. Sin este sufrimiento no es posible alcanzar la libertad.”

Hoy, hacia el fin del siglo que vio triunfar la acción legal de Gandhi en su país, es legítimo preguntarse si sus palabras no son demasiado idealistas. Oímos con frecuencia que la resistencia pasiva de Gandhi tuvo posibilidades de éxito porque el imperio británico respetaba la ley, mientras que los modernos estados totalitarios o policiacos no reconocen límite alguno al ejercicio de su poder. ¿Es posible una filosofía y una táctica individual de no violencia entre esos estados? Es verdad que Gandhi mismo reconocía sus obstáculos. Decía: “La práctica de la no violencia requiere valentía y coraje del mayor rango. Estoy consciente, y es algo doloroso, de mis fracasos.” Pero Gandhi no tenía como adversario a un estado capaz de lanzar tanques contra sindicatos de trabajadores.

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Adam Michnik. Fotografía de: Stephan Röhl bajo licencia de Creative Commons

Nuestra muy natural tendencia a ubicar lo posible en el pasado, lleva con frecuencia a pasar por alto actos de nuestros contemporáneos que desafían el orden de las cosas, supuestamente inamovible, y cumplen lo que a primera vista parecería imposible o improbable. Así las cosas, quien aparezca hoy como representante de la filosofía de la no violencia debiera ser conocido y honrado. Podría decir aquí los nombres de Lech Walesa y otros líderes polacos de Solidaridad. Pero esta vez quiero concentrarme en un hombre que difunde la no violencia en sus escritos y al hacerlo fundamenta teóricamente su propia actividad. Estoy pensando en Adam Michnik, a quien tengo el privilegio de contar entre mis amigos y a quien los tribunales polacos sentenciaron a tres años de prisión en junio de 1985. Trataré de presentarlo primero como el autor de los libros que ha escrito en sus breves momentos de libertad y, sobre todo, durante sus encarcelamientos.

Adam Michnik, nacido en Varsovia en 1946, hijo de un militante comunista de la preguerra y él mismo un encendido marxista en su primera juventud, ha sufrido una evolución que vuelve fascinante la lectura de sus ensayos. Michnik habla de la influencia de los libros que estaban en su casa o de los que tomó prestados en forma no muy legal de las bibliotecas públicas, que los ubicaban en los departamentos de lo “prohibido”. Michnik descubrió una discrepancia entre la verdadera historia del siglo XX y la que ofrecían las historias y los libros de textos oficiales. Como esa discrepancia se volvió el centro de su pensamiento, empezó a reflexionar sobre el papel de los intelectuales como servidores del partido y constructores de la cortina de humo que disfraza la verdad.

Decidido a volverse un intelectual, aunque intelectual diferente, Michnik estudió historia en la universidad y se comprometió simultáneamente en actividades de oposición. Desde 1965 lo han arrestado varias veces. Cuando en 1968 lo expulsaron de la universidad y lo sentenciaron a tres años de prisión se volvió obrero industrial mientras continuaba sus estudios de historia. Llegó a delinear su campo de acción: 1) mirar claramente, convocar a los intelectuales a vencer el miedo y nunca mentir, 2) redefinir relaciones entre los intelectuales y las dos fuerzas principales capaces de cambiar Polonia: los trabajadores y la iglesia.

El libro de Michnik La Iglesia, la Izquierda. Un diálogo, que se envió clandestinamente a París y se publicó en 1977, marca un viraje decisivo en el clima político de su país. Durante la primera mitad del siglo las relaciones entre la mayoría de los intelectuales polacos y la iglesia católica no fueron cordiales; ambos mundos parecían incluso hostiles entre sí. Sin embargo, desde el fin de la guerra la iglesia ha sufrido profundos cambios. Dejó de ser la iglesia de los campesinos y atrajo cada vez más a jóvenes de alto calibre intelectual, que ingresaron a sus filas como sacerdotes y laicos. Gracias a su defensa del individuo contra el poder del estado, y a su valor durante el periodo estalinista, la iglesia se volvió un aliado natural de todos los que deseaban introducir libertad en la vida pública. La evolución de los intelectuales los condujo en la misma dirección. El diálogo propuesto por Michnik no tenía nada que ver con los famosos diálogos entre marxistas y cristianos, que siempre terminaban reclutando a los últimos para el servicio de la revolución. El objetivo de Michnik era más bien unir a las dos fuerzas, llevarlas a trabajar en forma no violenta para la transformación de la sociedad. Según Michnik esta transformación empezaría en cuanto la sociedad aprendiera a considerarse como un sujeto y no como un objeto manipulado por quienes gobiernan.

Después de las manifestaciones espontáneas de los trabajadores en Radon en 1976, que la policía dispersó brutalmente, Michnik se volvió uno de los fundadores del Comité para la Defensa de los Trabajadores (KOR) y se dispuso a practicar con diligencia su propuesta: una alianza entre los intelectuales y los trabajadores. Hostilizado sin cesar por la policía, que arrestaba y trataba de intimidar a sus miembros, el Comité permaneció fiel al principio de la acción legal, abierta y no violenta. La huelga de Gdansk en 1980, que llevó a la creación de Solidaridad, cumplió en la práctica lo que Michnik había entrevisto en la teoría: una alianza de intelectuales, trabajadores e iglesia bajo los principios de legalidad y no violencia. Si Solidaridad ha conservado su carácter no violento —cosa rara en casos similares— el mérito de esto se debe a los fundamentos definidos por Michnik y sus compañeros. Michnik mismo demostró su apego a estos principios durante un disturbio masivo cerca de Varsovia: la multitud enardecida sitió una estación de policía, pero Michnik intervino para proteger a los policías amenazados y para calmar a la multitud.

Detenido junto con otros miles después de la proclamación de la ley marcial del 13 de diciembre de 1981, Michnik pasó casi tres años en prisión. Cuando se le ofreció la libertad a cambio de que dejara Polonia, se negó. Su extraordinaria disciplina le permitió escribir dos libros de ensayos en su celda, aunque no tenía la soledad adecuada. En estos libros se revela como un crítico literario de primer orden y como un historiador dotado de estilo mucho más vivaz que el de los investigadores universitarios.

En algún momento de su carrera Michnik fue un revisionista del comunismo. Todavía es un revisionista pero en un sentido diferente. ¡Qué título para un autor de izquierda (Michnik no renuncia al ideal socialista) el de su libro publicado en París en 1965: De la historia del honor en Polonia! Porque en ese libro las nociones olvidadas o abandonadas de verdad y falsedad, de bueno y malo, adquieren extrema importancia y la historia de Polonia de los últimos cuarenta años se interpreta según la conducta honorable o deshonesta de los individuos frente a las autoridades. Lo más sorprendente, sin embargo, en un hombre preocupado por las tareas cívicas como Michnik, es que sea un lector atento de poesía polaca contemporánea: encuentra en ella la voz más expresiva de la libertad. En esto es hijo legítimo de un país que, al menos en un aspecto, merece la envidia de los escritores de Occidente: en Polonia todo mundo trata a la poesía como un asunto serio. La superioridad de Michnik sobre los practicantes de la crítica literaria profesional, tan versados en las últimas modas intelectuales, consiste precisamente en su utilización de los criterios simples de honor y conciencia.

Pero la actitud de Michnik no es la de un moralista ofendido. Frente al nuevo celo moral recientemente adquirido por ciertos activistas libertarios, Michnik dirigió a su angélica buena conciencia el pasaje que cito de un ensayo de 1979:

Pase lo que pase mañana, siento mi deber señalar ahora que un ángel que exige heroísmo no sólo de sí sino de otros, que se rehusa completamente a reconocer el valor de la negociación y percibe el mundo con simplicidad maniquea, que vierte burlas sobre gente que concibe de un modo diferente sus tareas hacia sus conciudadanos, este ángel, incluso si admira y busca el cielo, ha entrado ya en el camino que conduce al infierno. No importa que justifique sus acciones con una fraseología de independencia nacional o una utopía socialista universal: siembra las semillas del odio futuro.

Michnik representa la mejor tradición de la inteligencia polaca, la del liberalismo y la tolerancia. Ha luchado siempre contra la tentación del odio en sí mismo y en sus compatriotas. Su programa de hermandad internacional incluye no sólo a los vecinos inmediatos de Polonia -los checos, los eslovacos, los lituanos, los ucranianos y los alemanes sino también a la nación rusa. A las quejas muy repetidas de los polacos de que Occidente los ha abandonado, Michnik opone las palabras de gratitud por el interés de Occidente en la causa del Comité de la Defensa de los Trabajadores y luego de Solidaridad. Ya que este interés activo lo expresaron en primer término el pueblo y las autoridades de Francia, Michnik habla de la deuda de los militantes polacos con el país de los Derechos del Hombre y de la Ciudadanía.

Como historiador, Michnik expresa en sus escritos la lucha por la independencia de su país, que recorre todo el siglo XIX y desemboca en la creación de una Polonia libre y sin embargo destinada otra vez a la derrota en la segunda guerra mundial y a volverse un país cautivo en la postguerra. El antiguo dilema aparece: la elección entre colaboración y resistencia. Lejos de ser un nacionalista, Michnik se adscribe a su idea del pueblo como sujeto de su historia y no como objeto, cosa imposible en un país donde los gobernantes no son electos democráticamente, sino, muy al contrario, son impuestos desde fuera. Michnik cita a Engels, que solía decir: “Sólo es posible un movimiento proletario internacional entre naciones soberanas”.

¿Cuál es el significado de estas naciones en una Europa que finge existir aunque ya no es más que una sombra de sí misma, partida como está desde los acuerdos de Yalta? Al elegir la resistencia no violenta, Michnik no espera cambiar el mapa de Europa. El pone su esperanza en la constante presión que pueden ejercer ciudadanos concientes de sus derechos sobre los gobernantes. Los gobernantes nunca se inclinan a satisfacer las demandas de la población si no se ven forzados a hacerlo. Es verdad que Polonia pertenece al bloque soviético. Pero la República Popular de Polonia firmó el acta de Helsinki y el Convenio de Derechos Civiles y Políticos, lo mismo que la Convención número 87 de la organización internacional de trabajo sobre la libertad de asociación y la Convención número 98 sobre los derechos de los trabajadores para organizarse y negociar. Estos hechos bastan para definir como perfectamente legales todas las acciones que Michnik inició y ha propuesto; por el contrario, los medios que utilizan la policía y el aparato judicial de Polonia suponen la violación de esos flagrantes acuerdos internacionales.

En su trazo general, el programa de Michnik recuerda el de Lech Walesa. Y fue debido a una conferencia convocada por Walesa que Michnik purga una condena de tres años de prisión. Su crimen consiste en haber discutido con sus compañeros de celda, Bodan Lis y Wladyslaw Fransyniuk, la posibilidad de proclamar una huelga general de quince minutos. La huelga nunca tuvo lugar, pero el simple hecho de considerarla bastó a las autoridades para darles trato de criminales. Michnik es un animal político. Todo en él ésta orientado a la acción. Es posible que debamos sus obras literarias a los meses y años que ha pasado en la cárcel porque ahí no tiene otra forma de actuar que la pluma: Privado como estoy de un temperamento político, confieso que Michnik me resulta un fenómeno extraño, precisamente por la combinación de energía en movimiento, pureza moral y altas cualidades intelectuales, una combinación contraria a la naturaleza de los compromisos públicos. Tenemos un vínculo porque él ha dedicado penetrantes estudios a mi poesía. Pero ante su voluntad indominable, que lo empuja a pagar con su propia persona cada vez que encuentra una injusticia, siento lo que probablemente sentía un hindú normal al enfrentarse a la devoción de Gandhi: admiración mezclada con incredulidad y esperanza.

¿Cuál es entonces la eficacia de la no violencia elevada al nivel de principio y aplicada a las condiciones de nuestra vida contemporánea? El terrorismo parece responder a una visión nihilista en la cual lo único que cuenta es la fuerza desnuda. El terrorismo de los revolucionarios y el terrorismo del estado parecen ser dos caras de la misma moneda. Movimientos —estrictamente pacíficos— la primavera de Praga de 1968 y Solidaridad de 1980-81 han sido aplastados; la posibilidad de un diálogo ente la población y el gobierno por el que han abogado siempre Lech Walesa y Adam Michnik, encuentra un cínico rechazo por parte de los que fundan su autoridad en la fuerza. ¿Cuál es entonces la utilidad de la no violencia y qué diría Gandhi sobre el tema si aún estuviera vivo?

Me parece que las nociones habituales de vínculos entre causa y efecto nos encierran en un dilema simplista, mecánico y sin esperanzas. La historia del siglo da muchos ejemplos de acciones al parecer insignificantes y destinadas al fracaso, que son sin embargo potencialmente fecundas. Hemos tenido la oportunidad de maravillarnos ante la vista de un árbol inmenso cuyo crecimiento, desde su forma original de pequeña semilla, nunca hubiéramos imaginado. Los escritos de Michnik son importantes para la historia intelectual de Polonia y marcan un decisivo cambio de mentalidad. Son también de gran importancia para la poesía polaca, una razón más por la que debo subrayar su valor. Desde luego puede decirse que los cambios de orientación entre intelectuales no significan gran cosa, que la literatura no pesa mucho cuando se enfrenta con carros blindados, precisamente lo que hace el gobierno de Varsovia. También es posible, como hizo el vocero del gobierno, rechazar el llamado que treinta premios Nobel dirigieron al general Jaruzelski, pidiendo la liberación de Michnik y sus colegas. Pero el desdén manifiesto hacia la opinión internacional es a veces muy costoso, como demuestra la historia del siglo. Abre la grieta de la iniquidad y esa grieta amenaza con tragarse a los hombres llevados por el orgullo arrogante.

Más polacos que el Papa

En sus actos nunca violentos Michnik establece la unidad de sus premisas y sus conclusiones. Quisiera llamar la atención sobre esta hipótesis: capaces de reconocer en el pasado la grandeza de gentes como Gandhi, podemos no ver lo que sucede en el presente. Si la hipótesis es correcta Michnik es uno de los que honrarán las últimas dos décadas del siglo XX, aunque no se produzca pronto una película sobre su vida.

 

Czeslaw Milosz

(De The New Republic, noviembre 1985)

Traducción de Gabriel Jiménez