El dengue constituye un importante problema de salud en distintas regiones del planeta. Es una enfermedad viral que se transmite por la picadura de mosquitos de la especie Aedes (Ae. Aegypti y Ae. Albopictus). Las personas infectadas con el virus del dengue pueden presentar desde síntomas muy leves, casi indetectables, hasta condiciones graves como la fiebre hemorrágica o el síndrome de shock del dengue que pueden producir la muerte. En México hay gran preocupación por el aumento reciente en el número de casos y decesos, especialmente en algunos estados como Veracruz, Jalisco, Chiapas, Oaxaca y Quintana Roo, donde se concentra 72 por ciento de los afectados, de acuerdo con el reporte más reciente de la Secretaría de Salud.

Como no hay por ahora una vacuna ni tratamientos efectivos contra la enfermedad, la prevención es la única medida más o menos eficaz. Consiste, por un lado, en reducir las probabilidades de desarrollo de las larvas, evitando los charcos o sitios en los que se pueda acumular el agua en lugares abiertos y mediante el uso de químicos (larvicidas). Por otra parte, eliminando al mosquito ya desarrollado con insecticidas en áreas seleccionadas (fumigación), además de otros recursos como cubrir el cuerpo y blindar las casas con protectores metálicos o de tela en puertas, ventanas y camas. Su eficacia es relativa, por la imposibilidad de eliminar por completo al mosco (el cual juega además un papel importante en los ecosistemas que habita). Como quiera que sea, la prevención, si es bien conducida, puede abatir significativamente las cifras de enfermedad y las muertes.

Ilustración: Estelí Meza

Ante el aumento alarmante de personas enfermas y decesos en nuestro país en lo que va del año, se justifica preguntarse si las medidas citadas se han realizado de manera correcta. Hay que tomar en cuenta que las actuales autoridades de salud se enfrentan por primera vez a este problema. No me refiero con esto a una falta de conocimientos, no, pues hay profesionales con gran experiencia sobre esta patología como el subsecretario de prevención y promoción de la salud, Hugo López Gatell, quien acompañó al presidente Andrés Manuel López Obrador en su conferencia de prensa matutina el 4 de septiembre.

En esa ocasión el especialista dio muestras de erudición sobre la complejidad del fenómeno, aunque relativizó la gravedad del aumento de la enfermedad en México, negó fallas en las acciones de prevención y responsabilizó a las empresas que se benefician con la venta de insecticidas de una campaña de desinformación. Pero la imagen de perfección de la función gubernamental que dibujó en esa ocasión el funcionario, resulta poco creíble ante el incremento constante de la enfermedad entre la población, con 22 mil casos confirmados y 72 muertes al 10 de octubre de este año. Las cifras de dengue con signos de alarma y graves (6 mil 514) son este año las más altas desde 2016.1

Antes de proseguir me detengo en estas cifras, pues se trata de los casos y los fallecimientos en los que se ha demostrado mediante pruebas de laboratorio la presencia del virus del dengue. La identificación del subtipo viral causante de la enfermedad (entre los subtipos 1 a 4) requiere además de estudios moleculares. Esto significa que existe un subregistro del número de enfermos y de muertes pues no a todos los afectados se les realizan este tipo de pruebas. Es difícil estimar la magnitud de los casos no registrados, pero un estudio realizado por Óscar Pacheco y sus colaboradores en el municipio de Girardot en Colombia con relación al virus del Chikungunya, reveló que el subregistro fue en ese caso de 87 por ciento, lo que da una idea de la distancia entre los casos demostrados y los reales.2

Pero volviendo a López Gatell, me gustaría resaltar dos temas presentes en su comparecencia: la oportunidad en la compra de insecticidas y las relaciones entre la federación y los estados.  De acuerdo con un reporte de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad fechado el 6 de septiembre, la compra de insecticidas debió de haberse realizado en los meses de mayo y junio pero fueron adquiridos hasta el 6 de agosto. Según explicó López Gatell en la conferencia mañanera, las autoridades encontraron un panorama adverso pues la adquisición de estos insumos ocurría en mercados concentrados y “amafiados” con dos grandes grupos disputando el control de las compras las cuales representan —sólo de adquisiciones federales— 900 millones de pesos anuales.

Añadió un dato interesante: “(…) es lo que hemos visto en casi todos los temas de insumos para la salud”. En otras palabras, el retraso en las adquisiciones federales de insecticidas para contender con el dengue, habría sido el resultado de enfrentar los mismos problemas que con las compras de medicamentos para la atención del cáncer y otras enfermedades. El gobierno decidió emprender la lucha contra la corrupción de los proveedores, lo cual es correcto, pero al hacerlo, se tuvo que pagar un precio demasiado alto, pues mientras se lucha con las mafias, irremediablemente las enfermedades avanzan. Este costo adicional forma parte de la curva de aprendizaje a la que se ha referido en diversas ocasiones el secretario de salud Jorge Alcocer.

Otro problema ligado al anterior, lo constituyen las fallas en la comunicación entre el gobierno federal y las autoridades sanitarias en algunos estados de la República, que se evidenciaron precisamente por los reclamos de las segundas ante los retrasos en la adquisición de los químicos. Mientras unos responsabilizaban al centro, la secretaría de salud federal trasladaba la responsabilidad inicial de adquisición de estos insumos a los estados, quedando la federación como segunda línea de reserva en caso de faltantes. Sea quien sea que tenga la razón, es claro que estamos frente a una controversia inaceptable en un momento crítico del desarrollo de una enfermedad.

Por su parte, el Secretario de Salud, Jorge Alcocer, aportó datos adicionales durante su comparecencia ante las comisiones del Senado el pasado 30 de septiembre. Explicó que el ciclo de la enfermedad,  que es bimodal (tiene dos etapas en el año con mayor presencia de mosquitos y picaduras), presenta un incremento. Reconoció que hay acciones que no se realizaron a tiempo en la prevención, lo cual es signo de honestidad intelectual. Pero la responsabilidad principal del aumento de la enfermedad obedece, de acuerdo con su dicho, no a fallas en el sistema de salud, sino a un elemento externo: el cambio climático. 

Se trata de una hipótesis razonable, pero que no ha sido demostrada cabalmente a nivel global y mucho menos en nuestro país. La mayoría de los autores han reconocido que la dinámica del mosquito como respuesta a las tendencias del clima durante los siglos XX y XXI, sigue siendo un tema que debe ser  aclarado. Si bien hay estudios recientes como los de Liu Helmersson y sus colegas de la Universidad Ůmea, en Suecia, que se han aventurado mediante el empleo de modelos matemáticos a establecer una relación directa entre el dengue y el cambio climático,3 otros expertos son mucho más cautelosos.

En un trabajo publicado en 2014, Suchitra Nais y sus colegas de la Queensland University of Technology en Australia, revisaron la literatura científica, encontrando que si bien la mayoría de los estudios con un enfoque basado en métodos cuantitativos coinciden en que la transmisión de la patología es altamente sensible a las condiciones climáticas, no se puede asegurar una relación directa con el cambio climático y concluyen que es  importante reunir patrones espacio-temporales de transmisión compatibles con datos a largo plazo sobre el clima.4

Así, los estudios regionales cobran especial importancia. En el caso de algunas zonas vulnerables de China, por ejemplo, Chenlu Li y sus colaboradores en la Universidad Normal en Beijing, muestran que hay una falta de conocimiento en su país sobre cómo responderá la distribución espacio-temporal del dengue al cambio climático, por lo que recomiendan desarrollar investigaciones que incluyan el desarrollo de modelos regionales específicos para zonas de alto riesgo y alentar la colaboración interdisciplinaria entre los estudios climáticos y la salud.5

Para el caso de México, este tipo de estudios no existen. Al finalizar el sexenio pasado las autoridades sanitarias señalaban que enfermedades como la diarrea, la malnutrición, la malaria y el dengue, eran sensibles al clima, por lo que auguraban que se agravarían con el cambio climático, contribuyendo a la carga global de enfermedad y muerte prematura. Pero, al mismo tiempo, reconocieron que en la actualidad no se cuenta con un diagnóstico nacional completo del impacto de las condiciones ambientales sobre la salud de la población.

La única conclusión posible es que en nuestro país se requiere de mucha investigación sobre este tema. Por lo pronto, transferir la responsabilidad al cambio climático por el actual aumento en el número de casos y muertes por dengue, no alcanza para ocultar las evidentes fallas en la curva de aprendizaje en que se encuentra inmerso el  nuevo gobierno.

 

Javier Flores
Médico y periodista científico.


1 Secretaría de Salud. Dirección General de Epidemiología. Informes Semanales para la Vigilancia Epidemiológica de Dengue 2019. Semana epidemiológica 40.

2 Pacheco, Ó., Martínez, M., Alarcón, A., Bonilla, M., Caycedo, A., Valbuena, T., y Zabaleta, A. (2017). Estimación del subregistro de casos de enfermedad por el virus del chikungunya en Girardot, Colombia, noviembre de 2014 a mayo de 2015. Biomédica. 37 (4), 507-515.

3 Liu-Helmersson, J., Brännström, A., Sewe, M.O., Semenza, J.C., y Röcklov, J. (2019). Estimating Past, Present, and Future Trends in the Global Distribution and Abundance of the Arbovirus Vector Aedes aegypti Under Climate Change Scenarios. Front. Public. Health. 7: 148.

4 Suchithra N., Pat Dale, P., Mackenzie, J.S., McBride, J., Mengersen, K., y Shilu Tong, S. (2014). Climate change and dengue: a critical and systematic review of quantitative modelling approaches. BMC Infectious Diseases, 14:167.

5 Li, C., Lu, Y., Liu, J., y Wu, X. (2018). Climate change and dengue fever transmission in China: Evidences and challenges. Sci Total Environ. 622-623: 493.