Durante las últimas semanas hemos observado, no sin cierta alarma y creciente incredulidad, cómo el gobierno federal ha implementado una política migratoria que dista mucho de lo que dicta el artículo 11 constitucional y se contrapone a lo que por décadas ha constituido un canon inamovible en la idiosincrasia nacional. El cambio de guardia en el Instituto Nacional de Migración, el involucramiento de la novel Guardia Nacional en la materia, el férreo patrullaje de nuestras fronteras sur y norte, el acecho a la migración indocumentada centroamericana por nuestra geografía, y la creciente criminalización por parte de algunas voces de las figuras de migrante y refugiado, son elementos novedosos que requieren una profunda introspección y un concienzudo análisis.

Todo ello aunado a la legítima necesidad de tener un mayor control sobre el territorio nacional y a la perenne obligación de combatir la impunidad, la corrupción y las deleznables redes de trata y de tráfico humano, debe llevarnos a reflexionar sobre la política exterior de México, en particular en lo tocante a su posicionamiento frente al fenómeno migratorio y la posible pérdida de legitimidad en un discurso tan necesario para la enorme diáspora mexicana en los Estados Unidos. La diplomacia consular mexicana, en este cambiante y casi irreconocible contexto, enfrenta una importante disyuntiva que no debe desasociarse de los pendientes que cargaba consigo, mucho antes incluso del inicio de la presente administración.

De acuerdo con las estimaciones más recientes de la oficina censal del gobierno estadunidense, alrededor de 36.6 millones de personas en los Estados Unidos se identifican como mexicanos. Es decir, más del 10% de la población total del país reconoce tener sus raíces, o al menos parte de estas, en el vecino del sur. Las personas de origen mexicano constituyen la más grande, y por mucho, de las comunidades de origen latino y son uno de los grupos minoritarios más numerosos, casi a la par de los afroamericanos.

Ese universo humano de rostros, de edades, de geografías, de géneros, de religiones, de lenguas, de etnias y de estatus migratorios, engloba lo mismo a los descendientes de los conquistadores novohispanos del Nuevo México del siglo 16 que a los migrantes de origen mixteco que pululan en los barrios neoyorquinos del sur del Bronx y de Sunset Park. Incluye a los nietos de los braseros que dispararon la economía del Medio Oeste tras las Guerras Mundiales y a los bisnietos de los trabajadores agrícolas que coadyuvaron a la bonanza del campo californiano a inicios del siglo pasado. Incorpora a los herederos de las grandes familias del siglo 18 tejano y a los de las parcelas que en el 19 dieron origen a los núcleos urbanos de Los Ángeles y de San Francisco.

Este heterogéneo grupo de casi cuatro decenas de millones de personas posee una riqueza cultural única y un potencial económico enorme. Su riqueza la han descubierto y aprovechado los grandes intereses del país, desde las cadenas de distribución de alimentos hasta los grandes conglomerados dedicados al entretenimiento; y su potencial lo entienden los medios de comunicación, tanto electrónicos como de nueva generación, y los partidos estadounidenses a ambos lados del espectro político. Quizá quien menos les comprenda y les aproveche en menor medida sea, irónicamente, el país al que claman su origen, México.

Ilustración: Raquel Moreno

De acuerdo con estadísticas del Migration Policy Institute, hay 11.2 millones de mexicanos en los Estados Unidos, una tercera parte del total de personas que de acuerdo con las oficinas del censo declaran ser de ascendencia mexicana. De ese tercio nacido en México, aproximadamente cinco millones poseen algún tipo de visado, residencia permanente o permiso de trabajo, y los restantes seis millones no cuentan con un estatus migratorio regular. En ese grupo, ciertamente el más vulnerable y endeble, es en el que se han concentrado los esfuerzos del gobierno mexicano a lo largo de casi dos siglos de diplomacia consular en los Estados Unidos, en detrimento quizá de esos otros 25 millones y, sobre todo, de sus propios intereses.

La diplomacia consular mexicana es una de las más añejas del mundo, nace prácticamente al mismo tiempo que la diplomacia bilateral cuando tras la independencia abren los Consulados en Nueva Orleans y en Nueva York, y después de la Guerra México Americana de 1848 los Consulados en Los Ángeles y en San Antonio. Es, además, una de las más reconocidas, loadas, aplaudidas y replicadas por parte de Ministerios de Exteriores y agentes diplomáticos de países con diásporas significativas y, por ende, con actividad consular relevante; desde Irlanda hasta las Filipinas, pasando por Marruecos y Polonia. Tan sólo en el último año, ejercicios de intercambio de buenas prácticas en materia consular se han llevado a cabo entre la Cancillería mexicana, o alguno de sus consulados en los Estados Unidos, y representantes diplomáticos de naciones como China, Italia, Guyana, Paraguay, Bangladesh o la República Dominicana.

El Instituto de los Mexicanos en el Exterior, con más de 15 años de existencia, ha inspirado estructuras gubernamentales similares en un número importante de países que buscan maneras más efectivas y directas para relacionarse con sus diásporas. Programas paradigmáticos como el 3×1 para migrantes o el programa de Ventanillas de Salud, han recogido premios por parte de organismos internacionales, como la Organización de Estados Americanos o las Naciones Unidas, por sus evidentes logros en materia de desarrollo social y de respeto a los derechos del colectivo migrante. La diplomacia consular mexicana ha hecho escuela y a través de su red de más de cincuenta consulados en los Estados Unidos es una de las herramientas más poderosas de la política exterior del país.

Sin embargo, hoy más que nunca, es momento propicio para revisarla y encaminarla hacia el futuro. Es tiempo de romper con su anquilosado paternalismo, resultado directo de la deuda histórica con aquellos que dejaron México ante la falta absoluta de oportunidades o seguridad, y de impulsar su inexplorado poder de incidencia en la política nacional americana, que al final del día es también para México materia de política interna.

A siete meses del inicio de la llamada Cuarta Transformación encabezada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, no son pocos los cambios que se han acumulado en la administración pública federal mexicana, de los que no ha estado exenta la Secretaría de Relaciones Exteriores. Cambios que si no buscan quedar olvidados entre ciclos sexenales habrán de considerar la forma en que esos otros 25 millones de personas de origen mexicano en los Estados Unidos puedan ser también parte central de la diplomacia consular mexicana y convertirse de esa manera en el ejército de embajadores que México necesita ante un cada vez más desafiante escenario para sus intereses en la Unión Americana. Una armada de veteranos, profesionistas, burócratas, políticos, académicos, periodistas, artistas, deportistas y estudiantes de origen mexicano que de forma orgánica puedan multiplicar, exponencialmente, la ardua labor que a diario realiza el cuerpo diplomático acreditado.

Es hora de que México aprenda también de la diplomacia consular y de la diáspora de otras naciones, como lo puede ser Israel, a fin de articular de forma institucional el potencial de esos otros 25 millones de mexicanos en Estados Unidos. Mexicanos al final del día, aunque sean de segunda, tercera, cuarta o décima generación. Es momento de que México ayude a desentrañar ese sentimiento de pertenencia en todos y cada uno de ellos, de que sepa despertar en los González de Illinois y en los García de Arizona esa mexicanidad enterrada, estadística, para transformarla en millones de voces y acciones que de manera efectiva puedan avanzar sus intereses económicos, culturales, académicos, turísticos y, ciertamente, de política exterior.

Conforme se acerca el 2020, el álgido debate político entre la plétora de precandidatos demócratas y el presidente republicano en funciones comenzará a subir de tono e, invariablemente, girará en torno a temas tan delicados como la política migratoria, el muro fronterizo y la aprobación del nuevo tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá. En tal coyuntura no sería sorpresa que México resulte, como lo fue durante la polarizada campaña electoral del 2016, el blanco de todo tipo de informaciones tergiversadas y de calificativos negativos y alejados de la realidad. No podemos descartar que el diálogo entre ambos países pueda verse afectado a todos los niveles, como lo ha sido en el pasado reciente, con las implicaciones que aquello conlleva para la relación bilateral y para la política interna mexicana. 

Si algo puede evitar que ello suceda en un futuro inmediato, de mediano o de largo plazo, es precisamente incorporar a esos otros 25 millones de mexicanos en los Estados Unidos de manera más proactiva y enfocada a la diplomacia consular de México. Algo tan sencillo, plausible y económicamente viable, como la creación de un programa que anualmente convoque a una veintena de jóvenes estadounidenses de origen mexicano al sur de la frontera por espacio de algunas semanas. Programa que financiado, organizado e implementado por la Cancillería mexicana debiese incluir encuentros con líderes políticos, empresariales, culturales e intelectuales del país; cursos de español y de cultura e historia de México; intercambios con jóvenes mexicanos y visitas a comunidades de origen de las familias migrantes. Un programa con periodicidad anual y que al cabo de una década podría producir para México los primeros cientos de soldados mexicanoamericanos listos para defender los intereses del país en los Estados Unidos, en tanto dichos intereses serían para ellos también los suyos. 

Una transformación, la de la diplomacia consular mexicana, necesaria, oportuna e impostergable. Una transformación que, ante los recientes ajustes en la implementación de la política migratoria nacional y sus evidentes repercusiones en el discurso dentro y fuera de México, pende aún de un hilo.

 

Diego Gómez Pickering
Diplomático, periodista y escritor. Fue Cónsul General de México en Nueva York entre 2016 y 2018.

 

Un comentario en “Los olvidados de la diplomacia consular mexicana

  1. Muy de acuerdo en incorporar a los mexicanos en Estados Unidos con los Consulados. Agregaria lo importante de trabajar con sus multiples organizaciones nacionales y locales de defensa de los derechos civiles. Ademas, quiero recordar que durante la Gran Depresion que trajo la deportacion a las comunidades mexicanas (incluso de quienes eran ¨legales), los Consulados trabajaron de la mano de las Sociedades de Beneficencia y otras agrupaciones de la comunidad en las tareas de ayudar a los mexicanos mas vulnerables. Creo que es un buen ejemplo¨de politica publica para retomar en estos tiempos dificiles.

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