Presentamos en esta entrega una visión a detalle del mundo del libro en Italia. Por desgracia, señala el autor, los italianos no cuentan con programas de promoción de lectura que funcionen y ante ello se han vuelto más susceptibles a los dictados de la mercadotecnia.

“…y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio,
que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él…”
—J. L. Borges, Del rigor en la ciencia.

Como todo el mundo, Italia está cambiando junto con su literatura. En los últimos 10 o 15 años se fueron casi todos los maestros reconocidos de la segunda mitad del siglo XX —literatos y no— cuya obra se tradujo a varios idiomas: Norberto Bobbio (1909-2004), Gillo Dorfles (1910-2018), Mario Luzi (1914-2005), Giovanni Sartori (1924-2017), Guido Ceronetti (1927-2018), Umberto Eco (1932-2016), Antonio Tabucchi (1943-2012), etcétera. Resisten, felizmente, Raffaele La Capria (1922), Pietro Citati (1930), Alberto Arbasino (1930), Dacia Maraini (1936), Claudio Magris (1939), Carlo Ginzburg (1939), Roberto Calasso (1941), Benedetta Craveri (1942) y otros, en lo que llegan a las librerías, no sólo italianas, nuevos mentores como el físico Carlo Rovelli (1956) y el psicoanalista Massimo Recalcati (1959). También el panorama político y social va transformándose rápidamente: los partidos de izquierda se han vuelto arqueología, mientras que la derecha, el populismo, la intolerancia, el racismo parecen estar lejos de haber llegado a su fin, y la gente se siente cada vez más preocupada por cuestiones como la precariedad laboral, el fuerte desempleo, el estancamiento de la economía, la “invasión” de  los migrantes, la inseguridad, la difícil relación con la Unión Europea liderada por Alemania.

En este cuadro me parece útil empezar a esbozar el mapa literario de la Italia de hoy —con sus pródromos en los años ochenta del siglo pasado (¿Literatura como enfermedad? ¿Como cura?) enfocándonos un poco en detalles concretos y, quizás, interesantes. Me refiero sobre todo al mercado libreril y a sus conexiones con la práctica de la lectura, el número y tipo de lectores, los libros que más se venden, los que no, etcétera; ya que hablar de literatura sin mencionar el contexto en el que se da me parece reductivo, especialmente hoy que la industria del libro acondiciona de forma tan pesada cada matiz del asunto.

Ilustraciones: Izak Peón

Ahora bien, las estadísticas más recientes1 dicen que hay cada vez menos italianos que leen: en 2016, en promedio, apenas 40.5% de la población, cuando en España es el 62.2%, en Alemania 68.7%, en Estados Unidos 73%, en Canadá 83%, en Francia 84%, en Noruega 90%; y eso a pesar de que un estudio realizado por tres investigadores de la Universidad de Yale, intitulado A chapter a day: Association of book reading with longevity y publicado en la revista Social Science & Medicine, sostiene que leer alrededor de 30 minutos cada día alarga la vida al menos 23 meses: ¿será que los italianos no manejan bien el inglés?

El hábito de la lectura se adquiere de niños, principalmente por el influjo de la familia —lee el 80% de los chicos que tienen padres lectores, contra el 39.8% de los que no— y de las prácticas escolares; sigue relativamente estable hasta llegar al fin de la escolaridad básica, pero ya en la universidad empieza a bajar considerablemente, y para cuando un joven termina su carrera y entra al mercado laboral se desploma: 39% de los ejecutivos y 25% de los licenciados no lee ningún libro en el tiempo libre. Los lectores “fuertes”, vale decir los que leen al menos un libro al mes, se encuentran entre los jóvenes de entre 11 y 14 años (12.7%) y los adultos mayores de 55 años (16.5% entre 55 y 64 años, 17.4% de los que tienen más de 65). Las mujeres leen más que los hombres (el 47.1% lee al menos un libro al año, contra el 34.5% de los varones), el norte más que el sur (49.0% contra 28.3%). Leer y descargar libros electrónicos es propio de los jóvenes (uno de cada cinco aproximadamente entre 15 y 24 años), pero el mercado digital va creciendo —en 2018, 38% de los libros ha sido comprado en internet—, sobre todo en el reparto de las ediciones escolares (70% del total).

En lo que se refiere a la producción de libros, en el último año ha habido un crecimiento de 9.3% que, sin embargo, ha racaído casi exclusivamente en los grandes grupos editoriales del país. El 15.1% de los operadores activos en el sector público concentran más del 80% de los títulos disponibles y más del 90% de los impresos. Cabe agregar que en 2017 había en Italia mil 459 editoriales, la mitad pequeñas (54%), las restantes medianas (31%  producen de 11 a 50 obras anuales). Ahora bien, las editoriales pequeñas y medianas publican y venden cada vez menos, tratando de especializarse para sobrevivir en los últimos 20 años, si bien ha aumentado el número de títulos publicados (+35%), el tiraje se ha reducido casi a la mitad.

Hablando en general, los libros de mayor venta son los de narrativa para adultos (en 2017 se publicaron más de 13 mil obras entre novelas y cuentos); siguen los títulos que se dirigen al público infantil y juvenil, al alza, incluyendo los manuales escolares (obligatorios). Sin embargo, a partir de 2015 los libros más populares han sido panfletos: La passione ribelle de Paola Mastrocola (sobre la escuela y el estudio); La lingua geniale. 9 ragioni per amare il greco de Andrea Marcolongo (sobre el estudio del griego antiguo); L’arte di essere fragili. Come Leopardi può salvarti la vita de Alessandro D’Avenia (una nueva lectura de Leopardi en salsa católica); Viva il latino. Storia e bellezza di una lingua inutile de Nicola Gardini (sobre la ventaja de estudiar latín).2 Analizando los datos disponibles, encontramos la causa de tanto éxito: estos son libros que los maestros aconsejaron a sus alumnos para que los leyeran en las vacaciones de verano; las familias, cumplidas, los compraron, pero ¿los chicos los habrán leído?

La narrativa importada representa 16% del total; la exportada sólo 2%. Considerando toda la oferta libreril, el precio promedio es de alrededor de 20 euros por ejemplar. El Estado no contribuye con ninguna política específica, aunque sí define el marco reglamentario del sector. De esta forma, sólo al mercado corresponde dictaminar quién vive y quién no: también por eso más de la mitad de las editoriales participan en ferias —siendo la de Turín la más importante— y encuentros literarios —como el Festival de Literatura de Mantua o Pordenonelegge— los que logran atraer a las masas. Finalmente, la mayoría de las librerías pertenecen a cadenas (Feltrinelli, Mondadori, Giunti), mientras que las independientes son valoradas por tener una relación más atenta y confiable con sus clientes, pero luchan a diario para no cerrar.

De datos como estos se perfila la imagen de un país vivo pero estancado no sólo en la economía y la política, sino cada vez más desprovisto de programas de promoción de la lectura que funcionen, menos interesado en los libros que se leen por gusto y más dependiente de la mercadotecnia que sólo se pueden permitir las grandes editoriales. Entre los libros más vendidos hay varios de literatura (sobre todo novela), pero se trata de obras que han logrado imponerse después de haber sido adaptadas para el cine o la TV o de ganar algún premio importante, como por ejemplo el Strega o el Campiello. Así sucedió con Las ocho montañas (2016) de Paolo Cognetti, que se convirtió en campeón de ventas en 2017, varios meses después de su publicación, por haber ganado el Premio Strega de ese año. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Otro rubro es el de la literatura creada para vender. Aquí predominan dos géneros: la novela sentimental y la policiaca (Freud diría: amor y muerte). El primer tipo tiene un largo historial y no necesita grandes explicaciones: son narraciones centradas en historias de amor dirigidas sobre todo a un público de adolescentes y jóvenes romanticones cuyos mejores intérpretes son, hoy en día, Federico Moccia (A tres metros sobre el cielo) y Fabio Volo (Un lugar en el mundo). A su vez, las novelas policiacas, ya sean thriller, hard-boiled, noir o una mezcla de todo, suelen ser intrascendentes desde el punto de vista artístico, pero bien armadas y aptas para convertirse en series televisivas o películas, por supuesto igualmente comerciales. El caso más famoso es el del commissario Montalbano de Andrea Camilleri (en el nombre hay un homenaje a Manuel Vázquez Montalbán y a su detective Pepe Carvalho). El siciliano Camilleri, es un escritor fino, culto e irónico, cuya obra no se agota con las andanzas de Montalbano, pero gracias a la trasposición televisiva de sus novelas policiacas se ha vuelto extremadamente popular también entre los que nunca leen, aunque les dé por regalar libros en Navidad u otro festejo (que por cierto no sabemos qué destino tengan, como en el caso de las virtuosas tareas de verano de los estudiantes). Cabe recordar que en la segunda mitad del siglo XX el género fue utilizado también por escritores de la envergadura de Carlo Emilio Gadda —cuyo experimento policiaco El zafarrancho aquel de Vía Merulana (1946 en revista, 1957 en volúmen) es una obra maestra sobre todo por su manejo del lenguaje— y Leonardo Sciascia, que solía mezclar los ingredientes más típicamente policiacos con el análisis inspirado en su querida Ilustración: pensemos en obras como El día de la lechuza (1961) o A cada cual lo suyo (1966). Sólo más adelante, a partir de los noventa, este género sería retomado por escritores como Carlo Lucarelli, Antonio Manzini, Gianrico Carofiglio, Giancarlo De Cataldo, etcétera, hasta enganchar a tantos lectores (¿espectadores?) también por su recurrente serialidad.

Quizás también puedan encajar en el rubro de la literatura comercial las novelas que salen de la Escuela Holden de storytelling, fundada en Turín a medadios de los noventa por Alessandro Baricco —uno de los intelectuales italianos más polémicos y destacados, autor de obras como Océano mar (1993), Seda (1996) y Novecento (1998)—, en donde se han formado escritores de éxito como Paolo Giordano (La soledad de los números primos, 2008; Premio Campiello y Strega) y Marco Missiroli (El destino del elefante, 2012; Actos obscenos en lugar privado, 2015).

Pero más allá de lo comercial, las tendencias de la literatura italiana de hoy se ven representadas por escrituras que evitan lo ficticio, moviendo hacia una instancia de realidad que suele indentificarse con la non-fiction y/o la auto-fiction. Es el caso de la novela histórica; del diario y del reportaje novelado; de la novela-testimonio; de las narraciones epistolares. Parecería que las Musas de hoy se hallan en los archivos —investigaciones históricas, memoriales, biografías, fotografías— o en la calle —testimonios de vidas reales, crónicas, sucesos—. En este sentido, y en plena época virtual, la literatura italiana de los últimos 30 años habría recobrado una de sus características más reconocidas, vale decir la pasión por el realismo, dejando atrás los experimentos de citacionismo, metaliteratura, narrativa potencial y combinatoria que marcaron las décadas de los sesenta y setenta, y que tuvieron sus cumbres en ciertas obras de Tommaso Landolfi (In società, 1962), Edoardo Sanguineti (Il giuoco dell’oca, 1967), Luigi Malerba (La serpiente, 1965; Salto mortal, 1968; El protagonista, 1973), Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados, 1969; Las ciudades invisibles, 1972; Si una noche de invierno un viajero, 1979), Giorgio Manganelli (Centuria. Cien breves novelas-ríos,3 1979) y en el tratado Ópera abierta (1962) de Umberto Eco.

El cambio se dio a partir de los ochenta, con dos novelas donde la narración abandona los experimentos para volver a utilizar códigos mucho más planos y cotidianos: Otros libertinos (1980) de Pier Vittorio Tondelli y Tren de nata (1981) de Andrea De Carlo. Más o menos por esos años la escena literaria italiana se enriquece con una nueva generación de escritores de calidad: Antonio Tabucchi, Gianni Celati, Daniele Del Giudice, Sebastiano Vassalli, Marco Lodoli, Claudio Piersanti, Stefano Benni, Sandro Veronesi, entre otros: algunos de éstos empezaron en el clima de los setenta y más adelante cambiaron de estilo y de intereses, reforzando la veta realista y empleando en sus obras un léxico más coloquial que antes (Celati, Vassalli). Otros, como Tabucchi o Benni, fueron puliendo paulatinamente su forma de escribir, hasta llegar a la categoría de clásicos (Tabucchi en la línea que une Pirandello a Pessoa; Benni con su humor no exento de crítica social).

La década de los noventa vio el fénomeno de los Cannibali (“Caníbales”), un conjunto de autores —Aldo Nove, Tiziano Scarpa, Niccolò Ammaniti, Isabella Santacroce— que se inspiraban en las nuevas referencias estadunidenses: el minimalismo, la moda splatter o pulp, el cine de Tarantino, escritores como Raymond Carver, Philip Dick, Bret Easton Ellis, David Leavitt. También esta corriente contribuyó a reforzar el realismo y a dejar a un lado lo literario en el sentido de inventado o falso; aunque hay que precisar, evidentemente, que existen tantas realidades cuantos son los ojos que las perciben, o las plumas que las describen.

Rebasado el umbral del nuevo milenio, la tendencia ha ido acrecentándose: Gomorra (2006) de Roberto Saviano; las novelas biográficas, de viaje, basadas en reportajes escritas por Eraldo Affinati, Edoardo Albinati, Mauro Covacich, Davide Enia, Walter Siti, Emanuele Trevi, Elena Ferrante, Helena Janeczek, Antonio Scurati;4 las de Antonio Pennacchi, Milena Agus, Michela Murgia, Andrea Bajani y otros sobre temas laborales; las novelas históricas de Valerio Massimo Manfredi, Valerio Evangelisti, Bruno Arpaia, Luther Blissett, Wu Ming,5 Rosella Postorino; la investigación sobre específicas porciones de territorio (Giorgio Vasta, Antonio Pascale, Giorgio Falco, Laura Pugno…); las obras de escritores migrantes que relatan sus vivencias (Pap Khouma, Julio Monteiro Martins, Igiaba Scego, Nicolai Lilin, etcétera); las novelas gráficas de corte biográfico, por ejemplo sobre Pasolini, Frida Kahlo o Alan Turing.

También la poesía más reciente parece interesada en documentar lo real, o cuando menos su percepción: empezando por la materialidad del cuerpo, como en Alda Merini (Cuerpo de amor, 2001), Valerio Magrelli (La vecindad de la carne, 2003), Umberto Fiori (Voi, 2009), Pierluigi Cappello (Esta libertad, 2013), Patrizia Valduga (Poesie erotiche, 2018). Sólo en poesía, además, es todavía posible leer algunos de los dialectos de Italia, tan importantes en su historia no sólo literaria, y que se siguen hablando en muchas regiones del país: pensemos en el romañolo de Tonino Guerra y Raffaello Baldini; el milanés de Franco Loi; el véneto de Andrea Zanzotto y Luigi Bressan; el piamontés de Remigio Bertolino; el friulano de Amedeo Giacomini; el siciliano de Nino De Vita, y varios más. Los dialectos guardan la memoria de la experiencia humana en sus aspectos concretos, relacionados por ejemplo con los trabajos del campo, la geografía específica, el léxico de cada día: de ahí su implícita cercanía a la poética realista.

Si este es el panorama de la literatura italiana actual, entre escasos lectores, abundante talento, dominio del mercado y nuevas corrientes de realismo dentro de un cauce histórico, cabe plantearse una última cuestión: en esta época de virtualidad, selfis, redes sociales, notificaciones falsas, verdades maquilladas, hechos que se convierten de inmediato en sus representaciones, en espectáculos… ¿qué posibilidad hay, aún, de hallar algo verdaderamente “real”? Tal vez sólo considerando que la realidad ya no puede pensarse sola, sino como un híbrido que contiene su opuesto, en una maraña inextricable.6 Quien sepa dar cuenta de este enredo podrá ambicionar a convertirse en el intérprete más auténtico de nuestro tiempo, no sólo en Italia.

 

Stefano Strazzabosco
Enseña literatura italiana en la UNAM, el Istituto Italiano di Cultura y la Fundación para las Letras Mexicanas. Es poeta y traductor.


1 Cfr. Report Editoria Lettura, ISTAT (Instituto Nacional de Estadística), 27 dicembre 2018; Tirature ’18. Lieto fine, ed. de V. Spinazzola, ilSaggiatore-Fondazione Mondadori, Milán, 2018.

2 Cito en italiano los títulos de las obras que no me consta hayan sido publicadas en español; las que sí, aparecen en traducción.

3 La traducción de este título traiciona el original: un romanzo-fiume (“novela-río”) es un novelón.

4 M. El hijo del siglo, una novela biográfica de Antonio Scurati, es el caso literario del momento, ya que basándose en un gran trabajo de investigación reconstruye la vida de Benito Mussolini a partir de sus propias palabras (sin ningún afán apologético, por cierto).

5 Luther Blissett y Wu Ming son nombres de colectivos de escritores que sobre la marcha deciden si guardar su anonimato o no.

6 Cfr. A. Mazzarella, Politiche dell’irrealtà. Scritture e visioni tra Gomorra e Abu Ghraib, Torino, Bollati Boringhieri, 2011.

 

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