Cuando Victor Serge llegó a México el 4 de septiembre de 1941, después de un largo y accidentado viaje por mar, había casi terminado de redactar “Plena espera. (Notas sobre un viaje de París a México)”,1 primer esbozo fresco de lo que después será el último capítulo de sus Memorias de un revolucionario, autobiografía escrita en México entre 1942 y febrero de 1943.

Ilustraciones: Estelí Meza

El barco Capitaine Paul Lemerle, zarpado de Marsella el 24 de marzo, traía un raro cargamento de refugiados:2

Aquí nos vemos, de golpe, sobre el puente de un carguero extrañamente acondicionado como un campo de concentración flotante. Parto sin alegría, mil veces habría preferido quedarme si hubiera sido posible. Desgarrado. Y esta Europa, con sus Rusias fusiladas, sus Alemanias pisoteadas, su Francia desmoronada, ¡cuánto la quiere uno! […] Somos cuarenta camaradas entre trescientos refugiados, los demás sólo piensan en huir, apolíticos, la mayoría reaccionarios. ¿Qué puedo decir de esencial, a mi vez, a estas cuarenta cabezas reunidas en la sombra, entre el cielo y el mar? […] Todos traemos cantidad de errores y equivocaciones, porque el camino del pensamiento sólo puede ser vacilante y a tropiezos. Creo que entre nuestras mayores equivocaciones y errores está en primer lugar la intolerancia ante los nuestros. Viene ésta de ese sentimiento de poseer la verdad que está en el fondo de todas las convicciones fuertes, sentimiento justo y necesario —poseemos grandes verdades—, pero que forma también a los inquisidores y a los sectarios. Nuestra salvación está en una intransigencia tolerante, que consiste en reconocernos unos a otros el derecho al error, el más humano de los derechos, y el derecho de pensar diferente, el único que da sentido a la palabra libertad.

Con esa verdad elemental y mínima, herejía para un comunista de aquellos tiempos, navegaba Serge hacia México. Venían también en el carguero André y Jacqueline Breton, Wifredo Lam, Claude Lévi-Strauss, André Masson y Vlady Kibalchich, hijo de Serge.

Quedaban atrás en Marsella Laurette Séjourné, la compañera de Victor Serge, y con ella Jeannine Kibalchich, pequeña hija de Victor Serge y Liuba Rusakova. Liuba, esposa de Serge desde hacía 15 años en la Rusia de la revolución, sufría de una grave enfermedad mental y estaba internada en una clínica psiquiátrica en Francia de la que nunca más saldría.

Durante el largo viaje de Serge, la guerra cambia de cara definitivamente.

En marzo de 1941 la ofensiva alemana contra Inglaterra había fracasado pero Alemania ocupaba casi toda la Europa continental. Francia, vencida, está dividida en dos zonas, la del norte ocupada, y la del sur “zona libre” bajo el gobierno colaboracionista de Vichy: Marsella está en la “zona libre”.

El pacto de no-agresión germano-soviético sigue vigente entonces, y la noticia de la invasión de Rusia en junio de 1941 alcanza a los viajeros en su escala forzada de Ciudad Trujillo, Santo Domingo.

En diciembre, cuando Japón bombardea Pearl Harbour y provoca la entrada de Estados Unidos en la guerra, Victor Serge ha llegado por fin a México pero Laurette y Jeannine siguen en Marsella, siempre a punto de partir y siempre impedidas.

La primera de sus cartas de exilio a Laurette Séjourné sale el 29 de marzo de 1941, primera escala del Capitaine Lemerle en Casablanca, donde no puede bajar a tierra por su situación de apátrida. El 24 de marzo había anotado en sus cuadernos:3

Últimos instantes: nosotros a proa, de pie sobre unas tablas en la cubierta, tu sonrisa radiante y desolada, el aire triste de Jean. Tu pequeño abrigo azul con sus hombreras cuadradas que hacía saltar mi corazón cuando te esperaba con una especie de desesperación en la Porte des Lilas y tú salías del metro. Te miro a través de un vaho, aprieto los dientes, inolvidable. Desgarrado. […]

Y el 29 se pregunta:

¿Hice bien en aceptar esta separación con Laurette y Jeannine? A cada giro de la hélice la distancia crece. ¿Sabe uno jamás qué es, qué será una separación?

De esta angustia, que ya no lo abandonará, intenta razonar en su primera carta:

Me inclino a aceptar que, razonablemente, la solución de la valentía era la justa: se trata ahora de volverla fecunda, de extraerle una gran felicidad y mucho depende de ti, pues te toca actuar rápido, para Jeannine y para ti.

Locamente enamorado pero militante al fin, Victor se despide de Laurette con una carta de amor y una tarea urgente para ella: seguirlo pronto y traer a Jeannine.

 

Desde La Habana, última escala del accidentado viaje por mar, Serge y Vlady vuelan a México:4

Sobrevolamos el mar Caribe, las tierras tempestuosas de Yucatán y luego el altiplano de México, cubierto de espesas nubes traspasadas de sol. Maciza, rosa y cuadrada, la Pirámide del Sol surge de golpe sobre llanos rocosos… El primer rostro que veo en el aeródromo de México es el de un amigo español, un rostro con anteojos, concentrado, enérgico y seco: Julián Gorkin. Cuando él estaba en las cárceles de España, luchamos dieciséis meses para salvarle la vida. Ahora, otros camaradas como él, en Nueva York y en México, lucharon catorce meses para asegurarme este viaje, esta evasión. Sin ellos, yo hubiera estado casi irremediablemente perdido. Destino privilegiado, es la segunda vez en seis años5 que este milagro racional de la solidaridad se produce para mí.

Julián Gorkin seguirá siendo su compañero y su amigo más cercano en el exilio,6 junto con Marcel Martinet y con otros, no muchos, exiliados socialistas antistalinistas en tierra mexicana. Sufrirán, tanto o más que el exilio, la agresión, la persecución y la calumnia de otros exiliados y otros comunistas mexicanos, fieles entonces de la creencia monolítica en Stalin.

Persecución y hostilidad en los exilios no son nuevos para Victor Serge. Lo recuerda en sus Memorias:7

En ningún caso se trata de convencer; se trata en definitiva de matar. Uno de los fines perseguidos por el torrente de insensateces de los procesos de Moscú fue hacer imposible la discusión entre comunistas oficiales y comunistas de oposición. El totalitarismo no tiene enemigo más peligroso que el sentido crítico: se empeña en exterminarlo. […] He enfrentado a mis atacantes en reuniones públicas. Les ofrecía responder a todas sus preguntas. Ráfagas de injurias, proferidas a voz en cuello, trataban de cubrir mi voz. […] Tanto en París como en México, hubo momentos en que, en algunos cafés, se hablaba como cuestión corriente de mi próximo asesinato.

En México, sin embargo, el ambiente no es el mismo que en Europa:

En las calles de México siento la sensación singular de ya no estar fuera del derecho, de no ser más el hombre acosado, en peligro inminente de detención o de desaparición….

Es una sensación nueva, fresca y extraña como el paisaje mexicano, como salir del infierno y ver de nuevo las estrellas:8e quindi uscimmo a riveder le stelle”.  

Al final de sus Memorias Victor Serge hace el recuento de esos recorridos:9

Exilado político de nacimiento, conocí las ventajas reales y los pesados inconvenientes del desarraigo. Amplía la visión del mundo y el conocimiento de los seres humanos; disipa las brumas de los conformismos y de los particularismos asfixiantes; preserva de una suficiencia patriótica que en verdad no es más que una mediocre satisfacción consigo mismo; pero en la lucha por la existencia constituye una desventaja más que seria. Vi nacer la gran categoría de los “apátridas”, es decir de los hombres a quienes las tiranías niegan hasta la nacionalidad. En lo que toca al derecho a la vida, la situación de los apátridas, que son en realidad los hombres más apegados a sus patrias y a la patria humana, sólo es comparable a la del hombre “sans aveu” de la Edad Media que, al no tener amo ni rey, no tenía derecho ni defensa, y cuyo solo nombre se convirtió en una especie de insulto. Por espíritu conservador, en un tiempo en que nada puede conservarse sin cambio, y también por espíritu de inercia jurídica, la mayoría de los Estados modernos se han hecho cómplices de la persecución de estos defensores de la libertad. Ahora que estamos convirtiéndonos en millones, tal vez esto cambiará… Por otra parte, no me quejo de llevar sobre mi nuca esta tonelada de plomo, habiéndome sentido a la vez ruso y francés, europeo y euroasiático, en ninguna parte extranjero (pese a las leyes), pero reconociendo en todos los lugares, en la diversidad de los sitios y de las gentes, la unidad de la tierra y de los hombres. Sobre la tierra mexicana misma, tan profundamente original con su sequedad volcánica, he vuelto a encontrar paisajes de Rusia y de España; y el indio se me ha aparecido como el hermano de los trabajadores de Asia Central.

 

Victor Serge y Vlady Kibalchich llegaron a México ya en tiempos del presidente Manuel Ávila Camacho. La visa, sin embargo, había sido concedida por el general Lázaro Cárdenas en las últimas semanas de su gobierno, menos de tres meses después del asesinato de León Trotsky en Coyoacán por un agente de Stalin. Un grupo de escritores y académicos estadunidenses, cuyo don era el de la solidaridad enérgica y efectiva, se había movilizado para salvar a Victor Serge y los suyos, varados en Marsella, y obtener una visa en Estados Unidos o en México. Hacen gestiones ante ambos gobiernos, publican boletines sobre Serge y su obra, reúnen fondos para pagar el viaje: “¡800 dólares para salvar a un destacado intelectual! Pedimos su ayuda”, concluye uno de esos boletines de la Partisan Review donde se reseña la situación de Serge. Dwight Macdonald, uno de los directores de Partisan Review, y su esposa Nancy Macdonald, administradora de la revista, están entre los animadores de la campaña.

El 8 de octubre de 1940 Nancy Macdonald envía una breve esquela a Frank Tannenbaum, con una carta del escritor Max Eastman, en la cual éste le pide a Tannenbaum, si le es posible, lograr una visa mexicana para Victor Serge. El 18 de octubre de 1940 Tannenbaum escribe una carta manuscrita dirigida al general Lázaro Cárdenas:

Mi querido general y amigo:

Unos muy queridos amigos míos me han pedido que yo intervenga con usted a favor de un escritor famoso de Francia para que se le permita entrar a México con su hijo e hija. La carta escrita para mí es de Max Eastman, el traductor de los libros de Trotsky en inglés y hombre de mucho talento y fama en Estados Unidos. Si es posible que usted ordene que se le dé una visa a Victor Serge y sus dos hijos, yo quedo muy agradecido. Todos los costos de viajes y demás serán proporcionados por sus amigos en los Estados Unidos.

Muchas gracias por hacer mandar las fotografías tomadas en Las Cruces. Espero saludarlo pronto. Afectuosamente, Frank Tannenbaum.

El 12 de noviembre de 1940 la Secretaría de Relaciones Exteriores otorgó el permiso de internación en México, “en calidad de asilados políticos, en favor del señor Victor Kibalchich (eminente escritor francés cuyo nombre literario es “Victor Serge”, que es el que figura en el permiso respectivo) y sus hijos menores Vladimiro y Jeannine”. La orden de visado, sin embargo, tardaba en llegar al consulado mexicano en Francia.

El 25 de noviembre Dwigth Macdonald envió un telegrama al general Lázaro Cárdenas donde, en nombre de Frank Tannenbaum y en el suyo propio, expresa su “más profunda gratitud por su generosidad en asegurar una visa al señor Victor Serge Kibalchich”, y manifiesta su preocupación porque a esa fecha la visa todavía no llega a Marsella, donde Serge se encuentra “en extremo peligro”. El general, ya no presidente pero sí respetado, en silencio intervino y la visa por fin llegó a sus destinatarios.

 

Además de una vasta obra ensayística y periodística, fueron numerosos los libros que Victor Serge escribió durante sus años de exilio en México: El caso Tulaev, tal vez la mejor novela escrita sobre las confesiones de los procesos de Moscú cuya redacción había comenzado en Marsella y que él mismo consideraba como su libro más logrado y más importante; Los últimos tiempos, novela;10 Memorias de un revolucionario, autobiografía; Los años sin perdón, novela; y Vie et mort de Trotsky, fechada en Coyoacan en junio de 1947, cinco meses antes de su propia muerte.11

Escribe también sus Carnets (Editions Actes Sud, París, 1994), diario de su exilio desde la salida de Orenburg. Sigue escribiendo poemas: la serie de su último exilio se titula Messages, recopilada después junto con sus poemas de Orenburg (Resistence) en Pour un brasier dans un désert, Bassac, Plein Chant, 1998.

Escribe también sobre México: El sismo se llama su relato (nouvelle) sobre la erupción del volcán Paricutín en el pueblo michoacano de San Juan Parangaricutiro.12

Octavio Paz conservaba, años después, el recuerdo de su encuentro con Victor Serge:13

Al comenzar el año de 1942 conocí a un grupo de intelectuales que ejercieron una influencia benéfica en la evolución de mis ideas políticas: Victor Serge, Benjamin Péret, el escritor Jean Malaquais, Julian Gorkin, dirigente del POUM, y otros. […] Mis nuevos amigos venían de la oposición de izquierda. El más notable y el de mayor edad era Victor Serge. […] 

 La figura de Serge me atrajo inmediatamente. Conversé largamente con él y guardo dos cartas suyas. En general, excepto Péret y Moro, ambos poetas con ideas y gustos parecidos a los míos, los otros había guardado de sus años marxistas un lenguaje erizado de fórmulas y secas definiciones. […] 

Nada más alejado de la pedantería de los dialécticos que la simpatía humana de Serge, su sencillez y su generosidad. Una inteligencia húmeda. A pesar de los sufrimientos, los descalabros y los largos años de áridas discusiones políticas, había logrado preservar su humanidad. Lo debía sin duda a sus orígenes anarquistas, también a su gran corazón. No me impresionaron sus ideas, me conmovió su persona. Sabía que mi vida no sería como la suya, la del revolucionario profesional; yo quería ser escritor o, más exactamente, poeta. Pero Victor Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción sino participación. Tal vez, me dije, no se trata tanto de cambiar a los hombres como de acompañarlos y ser uno de ellos…

El asilo asegurado por el general Lázaro Cárdenas y por México prolongó seis años y dos meses la vida de Victor Serge. Fueron años de intensa creación literaria, intelectual y política.

 

Laurette Séjourné, el otro personaje sin la cual esta historia de exilios y de amores nunca habría existido, había quedado en Francia a la espera de su visa, la de Jeannine Kibalchich, hija de Victor, y la de su propio hijo René Séjourné.

Esa muchacha de treinta años de edad desbordaba de energía, inteligencia y ternura. Italiana convertida en francesa por su primer matrimonio, apasionada por el cine que ya era su oficio, ella a quien nada obligaba a huir estaba dispuesta a partir a México, hacia lo desconocido, para seguir a este hombre veinte años mayor que ella, protagonista y testigo de arrasadoras tragedias históricas e íntimas, a quien ella, no obstante, ama desde hace dos años ya.

Laurette llegó por fin a México a principios de 1942 con Jeannine pero sin René, bloqueado por la guerra con sus abuelos en Italia.

Aquí, Laurette Séjourné se formó como arqueóloga, escribió varios libros importantes y siguió siendo, hasta el fin de sus días en 2003, la madre de Jeannine. En los papeles que dejó encontró Jeannine Kibalchich estas cartas, testigos de aquellos años terribles y de la aventura de este último exilio.

Barrio San Lucas, Coyoacán,
Ciudad de México.
8 de junio de 2017

 

Adolfo Gilly
Historiador. Profesor Emérito de la UNAM. Libros recientes: Cada quien morirá por su lado. Una historia militar de la Decena Trágica y El tiempo del despojo. Siete ensayos sobre un cambio de época (en coautoría con Rhina Roux).

Este texto es la versión en español del prólogo del libro: Victor Serge et Laurette Séjourné, Correspondance inédite 1941-1942, Signes et Balises, París, 2017.