Hace 50 años, en la madrugada del sábado 28 de junio de 1969, hubo una redada policiaca en un bar gay en el Greenwich Village de Nueva York. La repentina irrupción de los policías en el Stonewall Inn de la calle Christopher no era nada fuera de lo común. Los lugares de reunión de homosexuales eran objeto frecuente de redadas, aunque gozaran de la protección de la mafia o de autoridades corrompidas. En esta ocasión varios clientes y empleados del bar fueron detenidos por conductas públicas indecentes y la venta ilegal de alcohol. Hasta ahí, nada nuevo. Lo diferente esta vez fue que en lugar de huir y esconderse, unos 400 clientes y vecinos confrontaron a los oficiales con insultos y pedradas. La revuelta fue creciendo, se sostuvo durante cinco días y llegó a reunir a varios miles de manifestantes.

Fue la primera vez en la historia que los homosexuales se sublevaron abierta y públicamente contra la discriminación y la persecución. También por primera vez se solidarizó con ellos un importante sector de la población heterosexual progresista, en paralelo con la lucha por los derechos de afroamericanos y mujeres, así como las protestas contra la guerra de Vietnam. El evento fue ampliamente difundido y fungió como catalizador entre las pocas asociaciones gay existentes mientras impulsó la creación de otras, dando forma y estructura a la lucha por los derechos civiles de las minorías sexuales en Estados Unidos y en el mundo. Por todo ello se considera que la redada de Christopher Street marcó el inicio del movimiento de liberación gay, razón por la cual cada junio se celebra, en casi todos los países occidentales, el mes del Orgullo Gay.


Ilustraciones: Patricio Betteo

Medio siglo después los resultados del movimiento están a la vista. Cosas inimaginables entonces se han vuelto realidad: leyes contra la discriminación, unión civil y matrimonio gay con derechos parentales, así como la homosexualidad abierta de un sinfín de personajes públicos, no sólo en las letras y las artes sino también en el deporte, la política, los medios y —lo más importante— en la vida cotidiana. Se trata de un cambio sin paralelo en la historia de las mentalidades: en sólo una generación buena parte de la sociedad ha aceptado algo que reprobó, criticó y castigó durante siglos.1 Podríamos decir que la causa gay ha avanzado más, y con mayor rapidez que algunas mucho más antiguas. En países que todavía no han aprobado el divorcio o el aborto, que no han alcanzado o legislado aún la igualdad de género, o en los cuales sigue vigente el racismo institucional, la población gay ha logrado la igualdad jurídica, así como una plena inserción cultural y social. En Estados Unidos, por ejemplo, el Equal Rights Amendment que garantizaría la plena igualdad entre hombres y mujeres en una reivindicación histórica del feminismo norteamericano, lleva un siglo en el Congreso sin ser aprobado.

Cuando la revuelta en el Stonewall Inn tuvo lugar, la homosexualidad no sólo era considerada un crimen en muchos países, sino una patología: médicos, psiquiatras y psicólogos intentaban “curarla” con hormonas, castración química, condicionamiento aversivo o psicoterapia. Al verse obligados a ocultar su orientación los homosexuales llevaban una doble vida. Se reunían clandestinamente; los hombres buscaban sexo en baños públicos, parques o bares de mala muerte, siempre con el temor de ser descubiertos, y las (pocas) lesbianas que lograban tener pareja lo hacían bajo la apariencia de la amistad o vivían amores ciertamente apasionados pero platónicos. No había ejemplos de personas ni relaciones homosexuales que terminaran bien: las pocas novelas que tocaban el tema como El pozo de la soledad de Radclyffe Hall, o películas como The Children’s Hour con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine (1961), acababan en la desgracia o el suicidio de sus protagonistas. 

A partir de decisiones de sus máximos cuerpos colegiados los profesionales de la salud han dejado de lado prácticamente la visión patologizante de la homosexualidad. Para dar sólo algunos ejemplos, en 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana quitó la homosexualidad de su lista de enfermedades; fue seguida por la Asociación Psicológica Americana que hizo lo propio en 1975, y por la Organización Mundial de la Salud en 1992. Poco a poco se han ido descartando los supuestos tratamientos al comprobarse que la homosexualidad no se debe a imbalances hormonales ni a factores orgánicos, al abuso sexual infantil, a la dinámica familiar comúnmente aceptada de “padre ausente, ma- dre sobreprotectora”, ni tampoco a las “malas influencias”. Además, a partir de la década de 1950, la investigación psicométrica demostró en incontables estudios que no existe diferencia alguna entre homosexuales y heterosexuales en cuanto a su salud psicológica.

No se consideraban ya enfermos, pero los homosexuales seguían sufriendo. Poco a poco se hizo evidente que lo que dañaba a los homosexuales no era una patología sino la homofobia, tanto externa como internalizada, y la marginación: el estigma, el temor, la vergüenza y la soledad. La paulatina desaparición de estos factores en la mayor parte de la sociedad occidental ha sido el gran logro del movimiento de liberación gay, el cual fue incorporando a activistas, asociaciones, organizaciones no gubernamentales, legisladores, intelectuales y creadores, empresas y medios masivos.

Este enorme cambio en la percepción social de la homosexualidad fue paulatino y necesitó de la articulación de distintos elementos. El primer paso, y una constante en el movimiento gay desde 1969, fue volver visible a la población homosexual, anteriormente oculta, aislada y poco conocida. Frente a la impresión de que los homosexuales eran tan sólo unos cuantos degenerados, se volvió imprescindible demostrar que eran muchos, y que se encontraban en todos los niveles de la sociedad. Esto se logró de varias maneras. La organización anual de marchas del Orgullo Gay fueron sumando miles, decenas de miles y luego cientos de miles de gays, con representantes de todas las profesiones y todos los sectores de la sociedad. Un segundo factor fue el argumento recurrente de las cifras: durante mucho tiempo los activistas gay sostuvieron en múltiples foros que el 10% de la población era homosexual, basándose en los estudios de la década de los cincuenta del sexólogo norteamericano Alfred Kinsey. Tales estudios han sido desacreditados y ahora se sabe que entre el 3% y el 5% de la población en todos los países estudiados es homosexual.2 Pero la mítica cifra del 10% sirvió su propósito: demostrar que existía un universo importante de gente gay, que podía tener un peso electoral e incluso económico.

El tercer factor del cambio, que derivó lógicamente del segundo, fue la campaña para que la gente gay saliera del clóset; en un exceso lamentable, los que no querían incluso eran sacados (outed) contra su voluntad. La idea era combatir el prejuicio mediante la socialización. Trátese de negros, judíos, musulmanes o extranjeros, conocerlos de primera mano ha dado a entender que no son tan diferentes, extraños, ni temibles. Hace apenas 20 años la mayoría de la gente heterosexual no conocía a homosexual alguno; hoy la gran mayoría en Occidente tiene amigos, familiares, vecinos o colegas que viven abiertamente su orientación sexual.3 En cuanto más gays salen del clóset, más heterosexuales conocen a gente gay, lo cual lleva a que más homosexuales salgan del clóset, y así sucesivamente. Esto que he llamado “el círculo virtuoso de la visibilidad” tomó fuerza en los años ochenta.

La tragedia del sida en esa misma década impulsó un sinfín de proyectos de investigación sobre los homosexuales. Primero por razones epidemiológicas empezó a estudiarse la vida real de la gente gay, sobre todo de los hombres. Poco a poco fue apareciendo un vasto cuerpo de conocimientos científicos basado en encuestas con muestras grandes, censos, estudios de mercadotecnia y —desde la aparición de la unión civil y el matrimonio gay— registros civiles.  Fueron surgiendo datos fiables sobre la demografía, sociología, estructura familiar, hábitos cotidianos e incluso las preferencias electorales de la población gay.

Con toda esta investigación muchas empresas y corporaciones multinacionales de la talla de IBM, Marriott o American Airlines y diversas agencias de publicidad descubrieron el llamado “dólar gay” o “mercado rosa”. Observaron que los homosexuales (sobre todo los varones) tenían un ingreso mayor que los heterosexuales, al no tener hijos ni verse obligados a mantener a su pareja: en general, en la gran mayoría de las parejas gay y lésbicas las dos personas trabajan fuera del hogar. Constataron así que los gays tienen más tiempo libre y gastan más, sobre todo en artículos de lujo; viajan más; acuden más a restaurantes, bares, conciertos, al cine y teatro. Cada vez más empresas adoptaron políticas “gay-friendly” no sólo dirigidas a sus clientes sino a sus empleados quienes, al no estar casados ni tener hijos, estaban más libres para trabajar horas extra y desplazarse cuando fuera necesario.

Así surgieron, a partir de los años noventa, campañas publicitarias en Estados Unidos y Europa dirigidas a la población gay que sin duda contribuyeron a cambiar la imagen social de los homosexuales: lejos de ser los perdedores tímidos, temerosos y poco viriles del imaginario colectivo, de pronto fueron representados como gente guapa y rica, exitosa, sofisticada, viajada y cosmopolita, a la vanguardia de la moda. Incluso surgió un nuevo modelo de la masculinidad heterosexual: el metrosexual, aseado y arreglado, vestido de colores antes considerados como femeninos e incluso, en ocasiones, de aretes.

Ya en los albores del siglo XXI empezaron a aparecer en Estados Unidos y luego en otros países películas y series de televisión con protagonistas gay jóvenes, apuestos y simpáticos. Series como Queer as Folk (2000-2005) y The L Word (2004-2009) hicieron época, así como novelas y filmes que presentaban a personajes gay cuyas vidas —más allá de su sexualidad— eran en realidad bastante parecidas a las de sus coetáneos heterosexuales.

Finalmente, la progresiva legalización de la unión civil y el matrimonio gay en la gran mayoría de los países occidentales produjo algunas sorpresas. Incluso los estudiosos del tema se sorprendieron de la cantidad de parejas que de pronto se precipitaron a las alcaldías y oficinas del registro civil. Nadie se imaginaba que existieran tantas parejas homosexuales lo suficientemente longevas y estables como para querer contraer matrimonio. En la televisión y los periódicos salían parejas de hombres y mujeres de 60, 70, 80 y hasta 90 años de edad, que llevaban años juntos sin jamás haber sido identificados, contados ni estudiados, porque vivían en el clóset o porque nunca habían asistido a marchas gay o participado en las encuestas. 

La otra gran sorpresa fue que, contrariamente a lo que pronosticaban los opositores al matrimonio igualitario, el mundo no se acabó. Los heterosexuales no dejaron de casarse en las mismas proporciones que antes; no se perdieron los valores familiares; no se pervirtió la juventud; no aumentó la pederastia y, sobre todo, no se dio una repentina e incontrolable proliferación de homosexuales por doquier. No: las cifras se mantuvieron iguales y todo siguió como antes. Salvo que —consecuencia inesperada— las cifras de aceptación del matrimonio gay y de la homosexualidad en sí subieron en todos los países que habían legalizado las uniones homosexuales.4 En efecto, cuando la gente vio que no había pasado nada, y que las parejas gay eran inofensivas, y hasta simpáticas, las aguas se calmaron.

Todo ello contribuyó a lo que hoy podríamos llamar la “normalización” de la homosexualidad. Este ha sido el gran, el inimaginable, logro de un movimiento que empezó en un bar neoyorquino hace 50 años. Por supuesto, no debemos minimizar la persistencia de la homofobia en todas partes, tanto internalizada como externa, física o verbal. Es más, los avances de los derechos gay son seguidos inmediatamente por repuntes en la incidencia de crímenes homofóbicos por parte de personas, pandillas o grupos opuestos a la creciente aceptación social de la homosexualidad. Tampoco debemos olvidar que los logros alcanzados son revertibles: las leyes pueden ser abrogadas, los gobiernos liberales pueden ser sustituidos por otros más conservadores. Lo que resulta innegable es la tendencia a largo plazo en la opinión pública, sobre todo entre los jóvenes, a favor de los derechos igualitarios. Por ello, creo y espero que en la próxima generación se logre la meta reivindicada por Jean-Louis Bory: el derecho a la indiferencia.

 

Marina Castañeda
Autora de La experiencia homosexual, La nueva homosexualidad y Una vida homosexual (en prensa).


1 Por ejemplo, en 2018 un 56% de la población norteamericana declaró estar satisfecha por la aceptación de los homosexuales, y un 23% se declaró insatisfecho por sentir que debería haber una mayor aceptación.

2 Ver https://bit.ly/2nPuyFQ.

3 Por ejemplo, en Estados Unidos el 73% de la población dice conocer a por lo menos una persona gay entre sus familiares, amistades o entorno laboral. Ver https://bit.ly/2NldVCK.

4 En Francia, por ejemplo, la proporción de personas a favor del PACS (Pacto Civil de Solidaridad) subió 20 puntos, a 70%, en los dos años que siguieron su adopción por el Parlamento. Ver “Un rapport parlementaire dresse un bilan très positif des deux ans d’existence du pacs”, Le Monde, 15 de noviembre 2001

 

Un comentario en “Medio siglo de liberación gay

  1. Gracias, Marina. Me parece que la publicación de tu texto precisamente el día de hoy ha sido un acierto grande. Es buenísimo. Un abrazo.