Fíjese, de niña me atraía especialmente el edificio del cine Roble. Usted no conoce bien México, pero, mire, le hablo nada menos que de la avenida Reforma. Siempre que he caminado por ese lado de la acera, la del cine Roble, llueve, o hace frío. Frío a medias, y sin embargo uno llega a resentirlo como si el invierno tuviera ligas con nosotros, los mexicanos originarios del de efe. No, allí la temperatura baja apenas unos grados. Yo le decía del cine Roble ¿no?, recordando a tientas su construcción. Mucho tiempo me pregunté si habría oficinas arriba, entonces, ¿por qué se me ocurrió creer que Pedro Armendáriz había muerto en los altos del cine Roble? ¿Usted sabe de quién le hablo? El caso es que uno se aficiona a los rincones de una ciudad: años atrás por el cine Roble en Reforma, hoy por los Dakota en Manhattan. Desde que los descubrí me atrajeron y no sólo fueron sus inquilinos el motivo de mi interés. Cada que logro escaparme a mi propia disciplina, y apearme a la altura del museo de Historia Natural refrendo el simple gusto de caminar hacia abajo, hasta la calle 72. En en el otoño (se me llena la boca con la palabra porque provengo de una latitud donde no transcurren las estaciones), en el otoño, le digo, me he llegado a internar en el parque por el antojo de sentarme a leer el Times, sin premura y a sabiendas de que al horizonte lo interrumpe el edificio. ¿Le conté que fatigo la idea de que una pátina de malignidad lo cubre desde el tejado? Me concentro pues en el periódico, porque así llamo menos la atención, ve usted. De todas formas, no resulta fácil permanecer sentada sin que alguno se aproxime a abordarme, incluidos traficantes de droga y hombres de saco de tweed y paragüas que cautelosamente se dan a mi cortejo. Si insisten demasiado me levanto y me voy con paso apresurado. Si no, me hago la desentendida para disfrutar un rato más de la tarde. Cuando la luz violeta, que diría Eliot, me hace forzar la vista, y dentro de los Dakota comienzan a encenderse las luces, me retiro.

Mire, los gringos son amarillistas hasta el tuétano, ¿me entiende? ¿Por qué habría de provocarme miedo? Dije que me internaba porque esa es la única manera en la que uno se mete al Central Park, internándose como lo hiciera el Dante por una selva oscura. No es más que un retruécano literario, ¿sí? Si le he de ser sincera, me busco un banco próximo a la calle, cerca del tránsito de la gente, y ahí me quedo.

Lennon y Yoko paseaban solos los dos. Cruzaban la avenida y el parque los acogía, como a mí, con una bienvenida silenciosa. Nunca pude verlos, pero leí en varias entrevistas que era su costumbre caminar ahí por las tardes. A Mick Jagger, en cambio, me lo topé un mediodía en Columbus Avenue. Iba de blanco traje de alpaca y bajaba de un taxi, inmune al escándalo que pudiera levantar su presencia. En verano, por cierto, he contemplado al edificio Dakota en el transcurso de las representaciones operísticas que el Metropolitan Opera House realiza en el corazón mismo del Park. Miro, escuchando Fidelio, por ejemplo, la techadura verdosa que Polanski no sacó en Rosemary’s baby, y me permito perder la mirada en la perspectiva que ofrecen los rascacielos del lado West.

Lo del New York Times, en lugar de cualquier otra publicación, ha sido mi opción para no ofrecer visos de mi persona durante mis visitas solitarias al parque. El Rolling Stone, digamos, lo leo en casa, aguardando a que mi marido regrese del consulado. Soy una Penélope gráfica, sabe usted.

¿Recuerda aquella fotografía en la que John y Yoko se abrazan acostados, a la Klimt? Lennon está desnudo, y la Ono, de jeans y suéter negro, le cubre a él una parte del cuerpo. Fue portada del Rolling y la foto la tomaron la mañana previa al asesinato. Lennon parecía ya un cadáver ceñido por una mujer de luto.

La de John Lennon vino a ser una muerte cercana ¿no? Por años pensé que el momento que muriera uno de los Beatles yo habría de empezar a morirme también. Repensándolo ahora, no necesitaba que Lennon fuera asesinado a las puertas de los Dakota para saber que nos aproximamos a morir mucho antes de darnos cuenta.

¿Qué se nos terminó la noche que mataron a Lennon?

Mire, yo hubiese querido ir corriendo a los Dakota, a ver si la muchedumbre que se juntó en la calle me devolvía al principio de la realidad y me obligaba por lo tanto a aceptar el comunicado transmitido por la radio. Pero, fíjese, hacia un frío del carajo y además teníamos un invitado en casa, un huésped. Mi marido y yo habíamos recibido la noticia igual que el impacto de una bala. Es decir, como al mismísimo Lennon, nos sorprendía bruscamente el azar. A mi esposo se le saltaron las lágrimas, mientras que yo, que nunca me puse antes a mirar los Dakota desde su acceso, intentaba traer a mi memoria la entrada al edificio. Nuestro amigo, por el contrario, ni siquiera se inmutó. Al día siguiente se despertó mascando el sentido épico del asunto: el working class hero murió asesinado, y su primera mañana de otoño invernal en el extranjero se le nubló.

Usted no acudió a los Dakota ¿verdad? Yo no volví sino días después. No, sola no. Primeramente asistimos a la manifestación del silencio. Extraña reunión, sabe. Para mi los Dakota se habían transformado en una suerte de mausoleo, sino es que eso fueron desde un principio. Encontrarme en el parque, junto a tantísima gente, era, en efecto, comparecer en el entierro del héroe. Me escapaba del curso de mi propia vida y me incorporaba al suceso extraordinario. Imagínese, intervenía yo en las exequias del beatle favorito de todos, aunque, a decir verdad, los funerales auténticos se llevarían a cabo en otro sitio, con un sigilo oriental. Esta vez, ahora sí muy adentrados en el Park no habría entierro ni servicios funerarios de ninguna especie sino un magno encuentro luctuoso. We all want to change the world. Ni mi marido ni yo podíamos ver más allá de lo que sucedía a medio metro a la redonda. El lugar estaba a reventar. Un mismo aliento se desprendía de la garganta común que formábamos los concurrentes. Wanna get stunned? Sonaban canciones de los Beatles en los altavoces, sonaban las del llamado a la paz, sonaba Imagine, de John Lennon. A mi lado, o atrás de mí, un larguirucho de impermeable (who is that lankylooking galoot over there in the macintosh) silbaba al aspirar su cigarrillo de marihuana. Se convocó, al silenció y se mantuvo durante largos diez minutos en la tierra. No es fácil, ve usted. No resulta cómodo para algunos callar a fuerza y tener que introyectar a boca cerrada tanto rato (the eagle picks my eye/the worm he licks my bone) ¿Se acuerda del minuto que vuelve interminable la película Yellow Submarine?

A todo esto, me era inaccesible desde ahí el contorno de los Dakota.

¿Le expliqué que el acto parecía la muerte del héroe en pleno combate? Lo que arriba era no lo era abajo. A pesar de los helicópteros sobrevolando el parque, the rock and roll hero recibía las honras fúnebres de sus fans, mediocremente treintones y desapercibidos en la guerra, porque, y esto es algo que no comprendo, los norteamericanos exageran la virtud de la obediencia. ¿Seríamos un cuarto de millar? Y nada no sucedía nada, sólo el estrépito de los propulsores y Lennon across the universe. Era igual que encontrarse en primera línea de fuego y estuve a punto de sugerirle a mi esposo que nos fuéramos, y ¿cómo?

¿Fantasea usted con su propia hecatombe? No puede haber otra más que la propia. La de los otros, si es que no se la comparte, pasa a ser asunto puramente literario o, si lo prefiere, ético. En el mundo se han levantado sin cesar monumentos al héroes desconocidos pero nadie sabe del horrible padecer de quien averigua que pronto será un cadáver al que se despojará de la armadura/uniforme. Black cloud crossed my mind. Sin embargo, permanecerá como un eco del suplicio el lamento de Andrómaca.

Se creía oiga ¿estuvo usted o no? se creía, le digo, que Yoko Ono esperaría al ejército silente asomada a los balcones de su apartamiento. ¿Usted piensa que si hubiera habido alguien fustigado por la indignación, la viuda se habría dejado ver? Quién sabe, Manhattan no se hizo para ventanear. El hecho es que cruzamos el parque en grave concierto, y que la agorafobia amainó con verme habilitada para ¿alzar banderas? En realidad, agradecía el orden en el que avanzaba la muchedumbre. No habría tolerado el tropel de un episodio más significativo que el de una temprana tarde fría, triste y marihuana.

En el trayecto se vendían botones con el rostro de John Lennon; así era como Príamo y sus hijos reclamaban el cuerpo del héroe. Pero no crea, yo, enmimismada, no respondía a otro gran pensamiento más que al de recordar que en el Album Blanco, mi predilecto, venía una fotografía a color de cada uno de los Beatles. Podría enmarcar la de Lennon y colgarla junto a la de Joseph Conrad.

Arreció el viento helado. El parque era comparable con el paisaje después de una batalla. Ya muy cerca, casco verde de los departamentos Dakota sobresalía de entre los árboles pelones (sin hojas, Doc).

Habíamos atravesado el Central Park un poco a la deriva y ahora no atinábamos con una manera decente de desembocar a la calle, sino a trepar un montículo de piedras y luego a brincar una verja que nos depositaría en la acera oeste, frente a los Dakota ¿Y Yoko?

Como no salía, la multitud fue virando sin perder de vista el costado del edificio que daba al parque. Nos atrincheramos mudos a la entrada, en señal de duelo. Comenzó a nevar, y usted sabe que lo del invierno no fue un detalle ni becqueriano ni que esté por demás traer a colación. Nevó sobre nosotros y sobre los Dakota. Y, claro, me debieron chisporrotear, lo mismo que a los otros, los cirios interiores, porque una densa congoja me asaltó.

¿Se imprimía la imagen del asesino en los ojos de su víctima? Supongo que cada uno de los allí dolientes evocó las instancias del crimen. Usted conoce los pormenores también, ¿no es así?

Lennon fue victimado a las puertas de los Dakota la negra noche del lunes 8 de diciembre de 1980. Con cuatro disparos se anunció la nueva década Just like Dylan’s Mr. Jones/Lonely wanna die. Un camillero de la ambulancia que se hizo cargo del herido preguntó: ¿es usted John Lennon?, y Lennon respondió Yeah. Yeah dijo, y recibió las unturas de la mierdera muerte.

¿Habría reconocido Lennon al joven de la gabardina oscura que emergió de las sombras, por segunda vez durante ese día, para pedirle un autógrafo?

“That (…) galoot over there in the macintosh?” Era el juego del doble ¿no cree?, lo que provocó al muchacho-lector asiduo-de-Lord of the flies a matar. Suele acontecer con frecuencia que un tipo/a se levante de la cama, se vea al espejo y lo que mira reflejarse no es su imagen sino la del otro la del que desea en lugar de sí mismo. Un William Wilson deformado cuya afinidad con aquel con quien quiere confundirse resulta amañadísima. Entretanto, Lennon se habrá despertado ese lunes por la mañana ajeno al torpe émulo que radiaba por absorber la identidad del rock and roll hero.

Cualquier cosa nos puede ocurrir a usted y a mí después de la sesión ¿Se da cuenta? Pero bueno, yo le contaba que mi marido y yo decidimos emprender la retirada rumbo a Columbus. Fue la nuestra una marcha lenta. Continuaba nevando y terminamos por detenernos en uno de los muchos restaurantes de la avenida. Estábamos hambreados luego del espectáculo, ve. Habíamos escogido un sitio de comida Argentina; así, entre el churrasco y el sabor de las empanadas, dejamos de pensar al exbeatle muerto, el favorito. Además, ¿cómo rememorar entonces a Lennon si Gardel inició el canto en cuanto hubimos extendido las servilletas sobre nuestros muslos?

Cuando volvimos nuestros pasos hacia las calles no pudimos esquivar a los Dakota ¿Es esa la compulsión a repetir? La misma noche de crimen, Yoko le mostró a su hijo de cinco años el espacio exacto en el que se había desaplomado Lennon, herido de muerte.

¿Calibra mi desconsuelo, cuando, a pocos días de la manifestación de los silentes (en tierra), me demoré a la entrada de los Dakota para observar a un grupo de japoneses que posó con grávida sonrisa ante una Nikon esplendente y automática en el punto mismo de la tragedia?

Well I just had to laugh

Isaw the photograp.