Hace diez años aproximadamente que se manifestó en México una corriente intelectual que replanteó, a la luz de nuevos datos y análisis, la cuestión agraria y rural del país. La visión desarrollista y tecnócrata que reducía todo a la “productividad”, a la brutal simplificación del “costo-beneficio” y de las “ventajas comparativas”, siempre confiando en la dirección de la mano invisible y todopoderosa del capitalismo, fue sometida a una crítica profunda y rigurosa que mostró que los supuestos teóricos no correspondían con la realidad del México rural. Evidente y tristemente, la visión desarrollista no ha desaparecido ni fue derrotada, pero la corriente de los setentas que planteó la problemática rural en términos de la presencia de un grupo campesino, le disputó seriamente la hegemonía intelectual con todas sus implicaciones. En los ochenta, la visión desarrollista resurge con todo su simplismo y vigor, con su “realismo” vulgar, para recuperar el terreno perdido. El debate, sin embargo, no ha surgido. Sería muy triste que ganaran por ausencia de contendientes.

La corriente de los años setentas no fue, ciertamente, un movimiento visionario ni prematuro. La llamada crisis agrícola, que estadísticamente se presentó desde 1965, se manifestaba, clara y obviamente, como un conjunto de problemas económicos y sociales. La importación de alimentos básicos en volúmenes importantes y crecientes, que ha continuado hasta la actualidad, se estableció desde principios de los setentas como un fenómeno normal. La implicación de ese hecho es obvia y dramática: el país había perdido la capacidad de alimentar a su población. Los productores pobres del campo, la inmensa mayoría, habían perdido la capacidad para aumentar su producción al mismo ritmo con el que crecía la población. La imposibilidad de crecer se tradujo en un deterioro de sus condiciones de vida que ya eran las más malas del país. Los campesinos no permanecieron inactivos y se movilizaron con intensidad, se hicieron presentes por sus acciones. Los movimientos campesinos se lanzaron a la lucha pese a los cerrojos que las centrales campesinas oficiales y la represión habían establecido para prevenir esa eventualidad. La movilización campesina de los setentas fue heterogénea en sus características y tácticas, pero articulada alrededor de una demanda básica, común y permanente: la lucha por la tierra. Esa demanda terca y reiterada contradecía a todas las predicciones por entonces vigentes. Caricaturizando: los campesinos que pedían la tierra ya no deberían existir, si existían no deberían movilizarse y si se movilizaban no deberían demandar el reparto de la tierra. La corriente intelectual de los setentas fue en muchos sentidos, una reacción y una respuesta a la movilización de los campesinos. 

“La corriente de los setentas que planteó el problema en términos de la presencia de un grupo campesino, le disputó a la visión desarrollista la hegemonía intelectual. En los ochentas, la visión desarrollista resurge con todo su simplismo y vigor, con su ‘realismo’ vulgar, para recuperar el terreno perdido”

El esfuerzo por entender y explicar la “irregularidad” de la presencia y lucha campesina se concentró en el estudio de su economía y a través de él, del modelo para la acumulación del capital en el México posrevolucionario, y en especial posalemanista. Para ello, en lo fundamental, se recurrió a la teoría marxista y a su tradición crítica -lo que no quiere decir contraria-, que se había enriquecido por la aparición de los materiales que había suprimido el estalinismo y sus secuelas. A esta gran fuente renovadora se sumó otra de la mayor importancia: el trabajo de campo, la observación directa y a profundidad del quehacer y la opinión de los campesinos. Esta manera de investigar produjo información alternativa a la de tipo cuantitativo y agregada que había sustentado las visiones desarrollistas sobre el problema agrario en México. Sobre estos dos pilares, teoría e investigación básica, y muchos más, y con mucho trabajo que se concretó en libros y publicaciones, conferencias y debates públicos, proyectos de investigación ambiciosos e imaginativos, etc., se echó a rodar el tema del México campesino en la década de los setentas.

Para la mayoría de los participantes iniciales en la corriente la mayor sorpresa fue el “éxito”. Había una demanda para nuestro trabajo fuera de los círculos académicas, en muchas partes y sectores del país. La discusión se nos fue de las manos, el debate se llevaba a cabo en muchos foros y con la intervención de muchas gentes, la mayoría desconocidos. Nuestras preocupaciones coincidían con las de gentes, grupos y organizaciones que manifestaban preocupación por el destino del país. Los enfoques sobre el campesino se debatían en la prensa y entre funcionarios del sector público, se colaban en los discursos y programas del gobierno, se discutían en los partidos políticos, incluido el del gobierno. La existencia de un sector campesino en los términos establecidos por la nueva corriente, se convirtió en un tema de opinión pública, con todas las ventajas y restricciones que esto implica. Estábamos haciendo política. Nos sentíamos como los creadores de un pequeño Frankenstein, que al adquirir vida propia nos desconocía y a veces nos agredía.

Desde el comienzo, los participantes en el debate habían partido de diferentes premisas y distintas posiciones, que se agrupaban por temas y preocupaciones comunes que debían ser tratados con libertad e imaginación. Probablemente uno de los factores que más contribuye al éxito del debate fue la diversidad, la pluralidad, y en cierto sentido la inconciencia y la libertad. Pero en la medida que la discusión obtenía éxito las posiciones intelectuales se fueron agrupando en corrientes, en escuelas encontradas que hasta nombres recibieron. Los bandos se fueron separando -valdría la pena averiguar las muchas razones que influyeron en el distanciamiento- y al mismo tiempo que se discutían argumentos se repartían calificativos. Empezó la guerra de las citas y éstas fueron adquiriendo la intención, el peso y la contundencia de garrotes. La discusión se ideologizó y aunque fuera insuficiente, parecía natural y estimulante. En lapsos más breves que un suspiro uno podía sentirse esforzado e incomprendido cruzado, guerrero victorioso y condecorado o minoría injustamente perseguida y maltratada.

“La demanda terca y reiterada de la lucha por la tierra contradecía a todas las predicciones vigentes. Caricaturizado: los campesinos que pedían la tierra ya no deberían existir, si existían no deberían movilizarse, y si se movilizaban no deberían demandar el reparto de la tierra”

En un momento que a mí me resulta difícil precisar dejamos de avanzar, o lo hicimos mucho más lentamente, y la discusión se congeló y se volvió, en lo fundamental, reiterativa y hasta ornamentalmente barroca. Los nuevos resultados se agregaban a temas ya discutidos sin modificarlos en lo escencial. Con frecuencia, los datos obtenidos por las nuevas investigaciones se usaron más para confirmar los hallazgos conocidos que para abrir nuevas áreas en el debate. Los argumentos se volvieron densos y esotéricos, es decir para los iniciados. Ideologizada pero no verdaderamente politizada -o tal vez crecientemente despolitizada- y desligada de los acontecimientos cotidianos, la discusión se dogmatizó y se volvió más académica. Nos separamos poco a poco de las preocupaciones de la opinión pública. Apareció el riesgo de que los adjetivos que nos endilgamos se volvieran epitafios.

Tengo la impresión de que al iniciarse los ochentas estábamos discutiendo temas que intelectualmente habían envejecido, bien porque su utilidad ya se había cumplido o porque nunca maduraron. Perdió impulso la investigación de campo y se suspendió o se hizo más lenta la formación de nuevos investigadores. El reconocimiento académico para los estudios campesinos se convirtió en un refugio. La discusión sobre el campesinado, en lo que a mí me parecen sus términos actuales, volvió a su origen. El ciclo podría considerarse como normal y saludable si no persistieran en la sociedad los hechos perturbadores que dieron origen al debate: los campesinos siguen ahí, ahora también en contradicción con las nuevas predicciones. No han desaparecido ni son los mismos que cuando comenzó la discusión. El estallido no se ha dado pero la crisis sigue ahí, más profunda y más aguda.

Este puede ser un buen momento para pasar revista y tratar de reabrir el debate con nuevos términos. Una manera de hacerlo consiste en tratar de identificar los temas y enfoques superados, para sugerir algunos de los que pueden ocupar su lugar, no sólo en el campo de la discusión sino también en el de la investigación. No pretendo llegar a ser inclusivo ni objetivo. No me propongo intentar la autopsia del debate con juicios definitivos. Mi planteamiento no será sistemático ni exhaustivo sino simplemente propositivo desde un punto de vista muy particular: el mío. Estoy casado con mis ideas y mis prejuicios (malo que adúlteramente lo estuviera con las de otros), pero no las considero ni eternas ni sagradas. No quiero juzgar sino opinar. La invitación a la polémica es una propuesta, esquemática y telegráfica, de un participante.

La construcción del debate alrededor del tema campesino debe mucho al concepto, o juego de conceptos, de modo de producción. Sin ellos no se hubiera llegado a plantear el comportamiento económico del campesinado como algo específico, racional y productivo. El uso de la unidad familiar de producción-consumo como la célula socioeconómica mediante la cual el campesino se reproduce socialmente, contrastando con la empresa que se define por la reproducción del capital por la ganancia, se debe al uso del concepto de modo de producción, así como otros muchos hallazgos importantes. La reacción defensiva de los campesinos frente a los avances técnicos y la modernización indiscriminada pudo entenderse como una decisión lógica, económicamente acertada para el mejor manejo de recursos limitados e intransferibles. El “conservaturismo” y la “ignorancia” que calificaban las decisiones económicas del campesino no encontraron sustento en la realidad. En cambio apareció la explotación, la captura por otros del producto y el trabajo campesino, como el factor escencial en la condición social de los campesinos.

Pero todo por servir se acaba. El concepto de modo de producción como herramienta del conocimiento requiere de la abstracción de las diferencias, de la polarización de los contrastes. Pero el requisito metodológico de la abstracción parece que adquirió vida propia y se nos fue a los cielos. Capitalismo y modo de producción campesino se empezaron a discutir como tipos puros e ideales, sin historia concreta, como si las abstracciones fueran reales y ellas fueran motivo de nuestra preocupación. La articulación de los modos, su interacción y dependencia, fueron tratados a veces como simples distorsiones de la realidad abstracta, que acabaría por imponerse. Me parece que en algún momento se invirtieron los términos y que del terreno sustantivo nos trasladamos al campo de la especulación.

El concepto de modo de producción tiene como tradición intelectual, además de su sentido metodológico, un contenido clasificatorio que ubica a los modos en una escala evolucionista que implica una jerarquía, y casi siempre, juicios de valor. “Precapitalista” implica, con mucha frecuencia, una supervivencia del pasado, una obsoleta reliquia histórica fatalmente destinada a ser aniquilada o absorbida por los estadios superiores de la jerarquía. Este contenido clasificatorio que está casi siempre presente, que nos convierte en los cronistas de la agonía de una especie de dinosaurios sociales, constituye una de las barreras más formidables para la comprensión de la permanencia campesina y de su transformación. Más grave aún, ha imposibilitado la concepción de una sociedad futura que incluya a los campesinos como tales. La carencia de una utopía se traduce en la imposibilidad de contribuir en la formulación de proyectos políticos concretos y viables, con perdón por la herejía.

Estas limitaciones, y otras que podrían agregarse, han contribuido para que el uso del concepto de modo de producción para describir y clasificar al campesinado acabara por fortalecer la visión que trataba de combatir: la del campesino como un segmento externo de nuestra realidad, casi siempre marginal y en proceso de extinción. La idea de que el campesino viene y está fuera del sistema capitalista, aunque sometido y subordinado por él, que en una perspectiva histórica es cierta, se convirtió en un freno para el reconocimiento y la comprensión del papel central que juega dentro del sistema en la actualidad. Cumplido el proceso de separar para entender, me parece importante emprender el cambio de regreso. Para ello el concepto de modo de producción y sus categorías asociadas: articulación, subordinación formal o real -subsunción le dicen-, precapitalismo, externalidad, etc., no me parece el más fructífero, aunque no deban desecharse los hallazgos ni las lecciones metodológicas derivadas de su uso. En mi caso, el concepto de clase social aplicado al campesinado representa una alternativa al uso de modo de producción. La concepción del campesino como clase, en la medida que éste juega papeles diversos en el proceso productivo y establece diferentes relaciones de producción simultáneas -como productor agropecuario independiente o dependiente, como vendedor de fuerza de trabajo en el sector o fuera de él, como recolector, extractor y transformador directo de productos naturales, incluyendo su manufactura-, no constituye una solución fácil. Está llena de problemas y de lagunas, pero abre las fronteras que el marco anterior había cerrado.

El problema de la renta de la tierra es uno de los menos desarrollados en la teoría económica marxista. Presenta áreas oscuras, confusas y hasta contradictorias con otros conceptos fundamentales para el análisis del capitalismo. Tal vez por ello, es uno de los conceptos que menos se actualizaron para seguir el rápido proceso de transformación técnica de la agricultura en el capitalismo. Pese a esas limitaciones, la aplicación de ese modelo analítico resultó fructífera al aplicarse al caso de México en la década pasada. Algunos de los procesos de formación y reproducción del capital agrario, y su contraparte, la pauperización de los sectores mayoritarios, fueron establecidos a la luz de esta categoría teórica. El dominio del capitalismo se configuró de una manera más precisa al aplicar el concepto de la renta de la tierra.

Como sucedió con el concepto de modo de producción, y acaso de manera más acentuada, la discusión sobre la renta de la tierra derivó hacia una querella eminentemente teórica. La distancia entre el debate entre la renta de la tierra y la situación concreta creció aceleradamente, y esto sólo en parte puede atribuirse a la naturaleza del concepto y su relativa inmadurez. El uso de ejemplos inexistentes y de modelos matemáticos abstractos para dar claridad al argumento, así como el análisis en términos generales y globales, acentuaron las limitaciones propias del concepto. La discusión se dio a costa del conocimiento de las condiciones específicas. No se trata de menospreciar el trabajo puramente teórico, simplemente de señalar su acelerado distanciamiento del análisis de la realidad concreta. Esta distancia desgastó el uso del concepto de la renta de la tierra en la discusión pública sobre el campesinado. Tengo muchas dudas respecto a que el proceso sea reversible. Pienso que lo que el concepto tenía de útil y de pertinente fue incorporado por los primeros trabajos que lo aplicaron al caso de México. Incluso éstos, por la misma naturaleza del concepto, fueron generales, deductivos, y no abrieron nuevos rumbos para la investigación empírica. Insisto otra vez en que nada de lo aprendido es inútil ni desechable, sólo sugiero que no es a través de la discusión del problema de la renta de la tierra como se recobrará el dinamismo perdido en la discusión sobre el campesinado en México.

Alrededor del problema de la proletarización del campesinado se dieron las discusiones más duras y se formaron los bandos más beligerantes. No era para menos, lo que se debatía era la existencia y perspectiva histórica del campesinado, el terreno más fértil para concebir proyectos políticos y programas de acción. Ideología y política se aproximaron en ese debate, acaso se fundieron. Pese a la importancia de la discusión, tengo la impresión de que los escenarios futuros que se establecieron como destino manifiesto del campesinado (la preservación y reproducción de los campesinos autónomos o su transformación en proletarios agrícolas puros) eran falsos, ideales y prestados. Puede que por ello la discusión perdiera relevancia y oportunidad, sobre todo para los campesinos. Las ideas de que el campesino tenía que evolucionar inevitablemente por el camino de su desaparición, como había sucedido en otros países -muy pocos por cierto-, o que tenía que quedarse como era, se superó por los hechos más que por las discusiones. Lo que está sucediendo en el campo no corresponde a la evolución predicha conforme a esos modelos. En el último decenio, el campesino tradicional relativamente autónomo y básicamente autosubsistente, ha sufrido las más severas presiones de su historia para cambiar en el marco del capitalismo y a partir de la acción del Estado. Los cambios, sin embargo, no se dirigen por el camino de la proletarización total. La creciente falta de control sobre los medios de producción no se ha traducido en el abandono de la tierra sino en su enconada defensa por parte de los campesinos. La división del trabajo agrícola en el país se ha modificado y la producción de alimentos básicos, función elemental para el conjunto de la sociedad, se ha depositado en los productores campesinos porque no hay otro sector que pueda sostenerla. La eficacia y la eficiencia de la gran empresa agrícola, que se suponía universal, se ha reducido a unas cuantas líneas de producción y la presencia campesina se ha consolidado pese al incremento de su explotación. El campesino vende mano de obra, siempre lo ha hecho y ahora lo hace más que nunca, pero la economía y la sociedad no tienen posibilidad de absorber esa fuerza de trabajo como proletaria en su sentido más estricto. Estos fenómenos, con su propia especificidad, están sucediendo en muchas otras partes del mundo en un nuevo marco internacional de especialización del trabajo y de reparto del producto. No sé qué nombre ponerle al proceso de transformación que está dándose en el campesinado, pero parece claro que es algo nuevo, de magnitud desconocida e imprevista, y que no corresponde a los modelos que discutimos. Más urgente que bautizarlo es conocerlo, describirlo y analizarlo con las enseñanzas del pasado pero sin sus limitaciones y estrecheces.

“En el último decenio, el campesino tradicional relativamente autónomo y básicamente autosubsistente, ha sufrido las más severas presiones de su historia para cambiar en el marco del capitalismo y a partir de la acción del Estado. Los cambios, sin embargo, no se dirigen a la proletarización total”

Si se replantea o si se abre, cuando menos, la cuestión de la existencia y perspectiva histórica del campesinado, tiene que emerger el tema de su comportamiento político, que casi siempre es considerado como un tema subsidiario del de su destino histórico. Los clichés respecto a su incapacidad política, su imposibilidad de formular proyectos, la inevitabilidad de su alianza subordinada con el proletariado, la necesidad de movilizarlos desde afuera y sumarlos a destinos históricos manifiestos, etc., tienen que revisarse con rigor, sin dogmatismos, sin la certeza de que una historia futura, que ninguno veremos, nos dará inevitablemente la razón y condenará a nuestros enemigos.

Los trabajos dedicados al estudio de movimientos campesinos, que en los últimos años se han multiplicado, constituyen una de las líneas de trabajo que, desde mi punto de vista, deben impulsarse y ocupar un primer plano en el debate. En ellos está, como historia, la potencialidad política de los movimientos campesinos, sus características, sus mecanismos de expansión y sus formas de agrupación y alianza. También están algunos de los elementos para identificar los proyectos campesinos para una sociedad mejor a través de sus demandas concretas e inmediatas. Creo que el tema de las movilizaciones campesinas tiene riqueza, frescura y actualidad y que llevado al centro del debate puede resultar fructífero para profundizar en el conocimiento del campesinado por medio de su acción política. Esto, necesariamente se traducirá en un mejor entendimiento de la arena política nacional, en la que la presencia campesina está analíticamente subvaluada si no es que del todo ignoraba.

Los estudios sobre los movimientos campesinos concretos podrían enriquecerse buscando identificar a sus componentes internos: los grupos y sus intereses, los lazos de unión y mecanismos de movilización, el establecimiento del liderazgo, etc. En muchos de los estudios disponibles en que se establecen los conflictos e intereses encontrados entre los campesinos y otros grupos de la sociedad, los integrantes del movimiento campesino no aparecen más que como masa amorfa, irreal. La organización social de la clase campesina merece atención prioritaria. Sus unidades constitutivas y sus modalidades para identificarse como grupos son poco conocidas. La comunidad agraria, el parentesco, el barrio, la etnicidad, no se han estudiado como organismos que conforman y expresan a una clase. La existencia de estos organismos no ha preocupado centralmente a los investigadores y con frecuencia se intentan análisis de clase en unidades de otro tipo como la localidad de residencia. Es como si se identificara a la fábrica con la clase obrera, ignorando que en ella también están presentes el patrón y los capataces. La vieja idea del “costal de papas” no puede mantenerse y es necesario dedicar la máxima atención al estudio de la organización social de la clase campesina, de sus unidades constitutivas y de sus relaciones internas y externas.

El estudio de las relaciones sociales del campesino y de éste con las otras clases de la sociedad, tiene que enfatizar la investigación respecto a la naturaleza actual del ejido en sus múltiples variedades. El ejido no sólo es central como la institución básica de enlace entre la clase campesina y el Estado sino también como campo de lucha en el medio rural. La estructura interna de ejidos que ya cumplieron sesenta años de existencia, el acceso diferenciado a los recursos y a los apoyos oficiales, el comportamiento del ejido en las actividades políticas y electorales, se reflejan en una variedad de modelos organizativos que poco conocemos. En la organización interna del ejido se manifiestan relaciones sociales de opresión y aquellas que permiten la persistencia por la colaboración, de las que pueden derivarse modelos alternativos de organización. La reorganización interna de los ejidos para asumir papeles y funciones de los que ha sido despojado, para fortalecerse como unidades de clase y ganar autonomía, como unidad de producción, constituye una demanda campesina en pleno desarrollo.

Los estudios sobre la organización social del campesinado contribuirán a resolver uno de los problemas más oscuros en la discusión previa: el de la estratificación interna de los campesinos. Con frecuencia se ha interpretado la presencia de diferencias económicas como síntomas de un inevitable proceso de desintegración, suponiendo una polarización continua, predicción que no se aplica a otras clases de la sociedad que presentan un rango más amplio en su diferenciación interna. El tema requiere trabajo riguroso para contribuir a establecer los elementos de unión y las fronteras de clase en un universo tan heterogéneo como el mundo rural.

Un tema que, desde mi punto de vista, debe ser tan importante como el de la organización social es de la variedad étnica y cultural del campesinado. Evidentemente esto no puede hacerse con un enfoque culturalista, en el que la cultura aparece como una variante independiente, ni concibiendo esta dimensión como una simple superestructura que refleja mecánicamente las relaciones económicas. Cultura y etnicidad son muchas cosas pero se expresan como áreas de poder, como conflicto y lucha. En ese sentido nuestro conocimiento y capacidad de análisis son insuficientes y están rebasados por las demandas campesinas. Muchos de los conflictos agrarios, y por ello políticos, se han concentrado en las zonas indígenas en los últimos años. Esto no es una casualidad ni un episodio pasajero sino una expresión de procesos que han cambiado su peso específico y su trascendencia. Por un lado se discute el problema étnico y nacional, y en consecuencia el indigenismo, y por el otro la cuestión campesina, cuando en la realidad se nos presentan juntos y revueltos, en el mismo centro de la lucha en el campo. Este es, para mí, un tema central para el debate sobre el campo en el futuro.

“Por un lado se discute el problema étnico y nacional, y en consecuencia el indigenismo, y por el otro la cuestión campesina, cuando en la realidad se nos presentan juntos y revueltos, en el mismo centro de la lucha en el campo”

En otra esfera, la dimensión técnica y ecológica de la producción rural, que parece olvidada en la discusión contemporánea, constituye un tema prioritario. No sólo como la base material que distingue al trabajo campesino y a sus formas de explotación sino también como el escenario en que se juega el destino del país entero. La destrucción y el saqueo de los recursos territoriales son elementos centrales para la comprensión de la posición, del quehacer y de las demandas de los campesinos. La desaparición de los bosques, las modificaciones en el clima y en las lluvias, la extinción de la fauna y de especies vegetales silvestres, el agotamiento de los mantos acuíferos, la desertificación, son condiciones que favorecen y configuran la explotación del campesino y su resistencia. Ciertamente esos no son fenómenos accidentales del crecimiento y de la modernización sino resultados de los intereses de grupos precisos y de la reproducción de su capital. La presencia de las transnacionales y la expansión de la ganadería extensiva, la tala de bosques, la mecanización irracional y el desmonte de las selvas tropicales, la irresponsable extracción de agua y su enorme desperdicio, como antes el cultivo irresponsable del algodón, en fin, la destrucción acelerada de muchos recursos, no reflejan más que un tipo de modernización: la de las ganancias. La sucesión de actividades redituables para la burguesía agraria han sido concesiones sobre la naturaleza como recurso no renovable, que hay que agotar mediante la extracción acelerada. La crónica de la destrucción de la naturaleza, la ruptura de equilibrios naturales y sociales, es la historia de la burguesía agraria y del aumento de su productividad.

Todos los temas confluyen en uno que debe colocarse en el centro de la discusión: la intervención del Estado en la agricultura y en el medio rural. En la última década, y aunque sólo fuera por crecimiento cuantitativo, el papel del Estado ha cambiado cualitativamente. El hecho dramático de que el gasto público nominalmente destinado al fomento de la producción agropecuaria casi se igualara con el valor de la producción rural en los años recientes ilustra la magnitud del fenómeno. Creo que no es exagerado afirmar que este cambio ha sucedido sin que la investigación y la discusión lo reflejaran. Los marcos analíticos utilizados no tuvieron la capacidad de establecer con rigor y verosimilitud la naturaleza de esa intervención, su intencionalidad y su efecto sobre las relaciones sociales. La acción del Estado fue simplificada y tratada adjetivamente. Los subsidios, la burocracia, el contratismo, el control directo sobre la producción campesina, la ineficiencia y la corrupción, la suspensión del reparto de la tierra, fueron tratados como fenómenos dados y conocidos, como constantes que no ameritaban de un análisis concreto y preciso. Debemos reconocer que las cosas no fueron tan sencillas y que no tenemos, bien a bien, cómo explicarlas. La conformación económica y social en el campo tiene en la acción del Estado a su factor más poderoso. Su análisis, independientemente de su exégesis o su condenación, debe ocupar un lugar prioritario.

El listado de los temas para debate puede prolongarse indefinidamente, ya sea por la agregación de problemas omitidos o por la desagregación y precisión de los señalados, pero seguirá incompleta y sin satisfacer a nadie. El enunciado, tan parcial e incompleto como está, puede, sin embargo, cumplir con la intención de convocar al debate, o así lo espero.

En mis propuestas temáticas hay una constante: la afirmación de que la discusión, para recobrar su vigor y trascendencia, debe transitar de la ideología a la política, de la academia a la opinión pública, de la teoría a la realidad. No puede haber renuncia a la ideología o a la teoría pero sí al dogmatismo y al academicismo, a la especulación. Nuestro trabajo no está sirviendo para interrogar a la realidad sino para clasificarla y ponerle rótulos. Nuestra discusión se alejó de la demanda social.

Aquí vale la pena abrir un último paréntesis. No es lo mismo la discusión pública que la investigación. Son procesos distintos que no deben someterse uno al otro sino integrarse en un complejo y difícil equilibrio. Nada más peligroso que obligar a los investigadores para que definan sus temas en los términos de la discusión pública. Pero tampoco puede admitirse que la ignoren. Nuestro trabajo tiene que someterse a la opinión pública, la voz de nuestro verdadero patrocinador. Tenemos la obligación de transmitir nuestros resultados y preocupaciones y pelear porque adquieran la importancia que nosotros le atribuimos. La discusión en el pasado nos enseñó que, algunas veces, la relevancia es algo que se gana a pulso. La investigación tiene que ir adelante de la discusión pero no debe quedarse al margen, como me parece que ha estado sucediendo. Para lograrlo no hay recetas ni fórmulas, pero qué hemos de hacer si nos tocó bailar con la más fea.