Debían ser inicios de los años dos mil, llevaba unos cinco sin ir a Palmira. La primera ocasión en que lo hice aún vivía el padre Assad. Aquella visita que le siguió ya era su hijo, Bashar, quien gobernaba el país. Nada de lo que fue Siria desde 2011 se atravesaba por alguna imaginación. La muerte del viejo dictador había dado aires de una modernidad exigua desde sus inicios. Se había vendido una supuesta apertura al mundo gracias a un mal servicio de líneas celulares e internet limitado, y con la misma estrategia se quiso dar atisbos de nuevas épocas con la restauración del anfiteatro en la ciudad romana. Sobre sus paredes exteriores, una misión de restauradores y arqueólogos locales acababan de colocar las piezas de mármol pulido que golpeaban la vista. No pasaban desapercibidas por encima de las rocas desgastadas. La artificialidad me resultó insultante. El material nuevo no tenía posibilidades ni intención de disimularse con el original, ni tampoco de jugar a una restauración evidente y armónica a la manera en que los japoneses trabajan la cerámica. La memoria que se construía en esas fechas no parecía tener respeto por el futuro. Años más tarde, cuando se instauró la peor demencia fundamentalista en el territorio, ninguno de los dos tiempos sobrevivió. Ni el pasado ni el que se intentó construir como futuro.

Me fui acostumbrando a los mármoles nuevos en visitas posteriores, su apariencia brillante no tardó en opacarse por la arena y los vientos. Seguramente, los turistas que llegaron a visitar el país en la primera década del siglo jamás compartieron mi enojo inicial. Lo que un día me pareció una imposición del mal gusto y la ostentosa naturaleza de un gobierno autocrático, tenía la enorme facilidad de colocarse en los recuerdos de quien conoció las ruinas con ellos. Poco importaba que yo haya llegado a pensar que el mármol más brillante cumplía para el régimen de Damasco la función estridente de los grandes Mercedes negros en los que se transportaban sus funcionarios. Palmira para los de fuera, Tadmor para los de dentro. Juntas hacían un todo que cobijaba y traducía lo imponente de un imperio, así su decadencia. La historia, la funcionalidad y lo contemporáneo. La belleza y la muerte.

Templo de Baalshamin, Palmira, Siria. Fotografía de Sasha Isachenko bajo licencia de Creative Commons.

La brutalidad del templo de Bel aplastaba a cualquiera. Sus dimensiones y color, parecido al de las tumbas romanas a lo lejos. Ellas, el templo y el arco principal, sostenido por el principio de bóveda y una simple piedra, quedan en la mente de quienes las vieron de frente o en imágenes. Da lo mismo. Su existencia era lo relevante. Cuando el Daesh destruyó la ciudad, buscó borrar un pasado tan denso que solo la desmemoria es capaz de erradicar. No sus explosiones, como tampoco lo hará el fuego que prendió la catedral de Notre Dame en París. Desgraciadamente, ya sea en Francia o en Siria, esa desmemoria parece encontrar sus espacios en nuestros días.

Leo frecuentemente que se tergiversa en la mayor ignorancia quiénes fueron los que destruyeron Palmira. Es la ignorancia escogida para satisfacer una postura política o ideológica. El nuevo antioccidentalismo, tan de moda en algunos sectores de occidente, sirve de pretexto para el propósito que da la bienvenida a los lugares comunes. Unos dirán que fueron los norteamericanos, otros que la OTAN. No se trata de pasar por alto las muchas barbaridades causadas por los anteriores, pero en este caso esas conclusiones se anteponen a juzgar al fanatismo religioso que ha destruido tantos otros testigos de nuestro paso por el mundo: Nimrud, Khorsabad, Hatra, el museo de Mosul, en Irak. Los Budas gigantescos que explotó al-Qaeda en Afganistán. Y no somos sin la memoria de ese paso. Leo en líneas del estilo, donde se privilegian las filias de una política identitaria, que se le imprime a Tadmor un espíritu árabe que jamás tuvo la reina Zenobia. Palmira, occidental en sus mejores años como lo fueron los romanos antiguos. Tan occidental, como más tarde la cristiandad. Leo, también, miradas que ven en Notre Dame, en pleno siglo XXI, un mero ejemplo del colonialismo occidental por el que merece ser minimizada. En una paradójica preocupación por las desgracias internacionales, se anula lo que ha rodeado a la catedral, se inventa y enaltece el carácter de minoría aplastada al tetrapylon1 en el oasis de Afqa. Incluso se niega la evolución de un pensamiento que contempla tanto sus máximos atropellos, como la continuación hacía su refinamiento y límites que, hoy, permiten la conciencia de los derechos humanos. Leo un insistente juicio moral a la empatía de unos. He leído eso toda mi vida, cuando se trata de darle a ciertas desgracias una carga de miseria mayor a las de todos los países del mundo. Evidentemente existen las jerarquías, pero no deberían ser campo para competencia. Estoy cansado de leer eso.

Un incendio simultáneo al de París se prendió en el complejo de la mezquita Al-Aqsa, en Jerusalén. No faltaron quienes se apresuraron a afirmar que aquel fuego no llamó la atención de los medios occidentales por tratarse de un sitio musulmán, aunque en realidad apenas fue un incidente que no ocasionó mayor daño.

Nuestros tiempos son los de la universalidad de un par de metros cuadrados. Gracias a nuestros propios avances conocimos el mundo para terminar mirando nuestra propia cueva, y hacerlo con una superioridad que se disfraza en la supuesta empatía con la que rechazamos la universalidad más amplia.

Algo similar me ocurrió a inicios del 2015. Asistí a una reunión que intentaba darle forma a un programa de apoyo a exiliados sirios. Entre los organizadores, un hombre que sólo por esa actividad costaría a primera vista imputarle falta de empatía, me refirió su molestia por lo que llamó “tanta alharaca” alrededor del atentado terrorista contra el semanario Charlie Hebdo. El sorprendido y molesto fui yo. La violencia y las tragedias contienen tal cantidad de elementos, que es imposible equipararlas sin perder de vista muchos de ellos. Hay cierta lógica envuelta en intenciones positivas que, a menudo, resultan de una antipatía suficiente para excluir la capacidad de entender la empatía misma. Los platos de la balanza se llenan a cada lado de sujetos incomparables, que no necesitan competir porque se desenvuelven en ramas distantes. Sin embargo, cada vez es más frecuente que se mezclen en oraciones, muestra de un localismo limitado a ver el mundo entero en jerarquías incompatibles, que ponen a elegir entre desgracias.

De manera paralela, hacer escoger entre el incendio o la deforestación de una montaña o una selva, por más grande que sea, con la destrucción accidental o intencional del paso de la historia, tampoco encontrará arena contra la fatalidad del pueblo que se antoje. Si seguimos por esa línea, en lugar de entender lo que le afecta a alguien más, sólo alcanzaremos a defendernos a nosotros mismos. En un error de sentido, la empatía que busca a un otro lo desaparece si ese otro no es parecido a lo que creemos, convencidos, es más importante que nuestras preocupaciones. Al igual que el lenguaje, la construcción de la empatía no sólo depende de la definición de las palabras, sino de su intencionalidad. Ahí el conflicto de la óptica limitada.

Hemos llegado a un punto de miopía en el que, si Palmira hubiera estado en Europa, no me sorprendería leer que conmoverse por su destrucción es olvidar los abusos romanos sobre África. Solo que Tadmor ahora es suelo árabe, y Notre Dame siempre representó mucho más que Francia. La universalidad como concepto siempre ha causado problemas para quien busca que la historia sea aséptica. Planetario, se le quiso denominar en una época al mismo concepto con tal de evitar la imposición de universal a lo que no se percibía de todos. Sus alcances fueron menguados precisamente por la carencia de universalidad. En el reclamo a la destrucción de Palmira se ha privilegiado lo político, ya sea porque se dinamitó a manos del terrorismo islámico, o porque sirve para imaginar que a Occidente no le perturba como lo hicieron las llamas en París. Su valor cultural, histórico y artístico, se mantiene opacado por el contexto de su destrucción.

Si bien somos una especie dispuesta a barbaridad y media, es probable que nuestra mayor virtud sea la capacidad de, a través del pensamiento y la imaginación, dejar testigos de nuestro paso por el mundo. Con ellos, generar la favorable ambigüedad que hemos entendido como belleza. Cuando la destrucción de dichos testigos se da por la violencia que nos distingue, desparece la consciencia de nosotros mismos. Regresamos a las épocas en que la humanidad, completa, creyó válida la aniquilación cultural como medida de construcción futura. Volvemos a una discusión que logramos tener bastante resuelta desde hace unos buenos años. En cambio, cuando la destrucción se da a manos de la causalidad, recordamos la fragilidad a la que estamos condicionados, todos. Ahí, uno de los elementos profundos para la conmoción por el incendio parisino. El acercamiento empático no será muy honesto si no es capaz de aceptar que hay escenarios con los que unos se sentirán más cercanos. Es sólo eso, pero eso es grande.

Fragilidad y testimonio de nuestra existencia son parte de aquella universalidad contenida en esas, no pocas, ruinas, no tan ruinas, manifestaciones del pensamiento. Por eso no podemos despreciarlo, menos reduciéndolo a juicios morales que anularán la afortunada cualidad amoral del arte. Ésta que le ayuda a servir de reflejo, también, de nuestras mejores virtudes.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.


1 Monumento cuadrangular grecorromano. El tetrapylon de Palmira fue destruido por ISIS durante su ocupación a la ciudad.