“¿Ya ves? Te digo que ni te importa…”, dice Jacinto cada vez que nos cruzamos en la calle. Siempre es igual, yo camino, él barre y separa basura con prisa. Antes se quejaba de la carga de trabajo, ahora del pie, trae un tendón desgarrado, “me duele tanto como el corazón”.

Sus uñas largas y negras combinan con la camiseta que trae puesta. Alrededor de su cuello cuelga una cruz dorada y delgada, “la misma que usaba mi madre el día que escapó de su casa”.

Su madre huyó una noche en que los coyotes aullaron tanto que sus padres no se percataron del rechinido de la puerta. Con un morral bajo el brazo, dejó aquel pueblo en medio de la selva chiapaneca repleto de perros sueltos, tuertos y hambrientos.

Escapó de un padre que la golpeaba, con los puños y con las palabras. Que esa misma mañana le había prohibido acercarse a la carpa que se había instalado a las afueras del pueblo. Una carpa que resguardaba trapecistas, ilusionistas, domadores y aficionados. 

Se escondió en el camión de los magos poco antes de que el circo partiera rumbo a un nuevo destino. Con la cabeza esperanzada, dejó atrás ese pueblo miserable, repleto de fantasmas y monstruos que atormentarían por siempre su existencia.

Ilustración: Kathia Recio

“Tengo poco tiempo”, me dice Jacinto apresurado, “cada vez hay más trabajo”. Lo poco que sabe lo aprendió de su madre. Sus raíces lo enorgullecen, siempre que me ve me cuenta. Habla rápido, con acento chilango, tupido y cantado.

Cuando el circo pasó por el antiguo Distrito Federal, su madre se bajó. El amor la capturó. Un hombre que trabajaba y vivía de la basura la instaló en los difuntos tiraderos de Santa Fe. Jacinto nació entre muebles desgastados y radios viejos descompuestos. Ahí aprendió a leer la basura. Distinguir lo que vale de lo que no. Lo que es desecho y lo que se traduce en ingreso.

Para construir el centro comercial los desalojaron. El gobierno les prometió dinero y una casa en otro barrio. Nada. Fueron palabras que se olvidaron. Su madre, que nunca aprendió a leer ni escribir, se había hecho diestra en el arte de resistir.

Entró a la policía y por sus buenos méritos su jefe le regaló una pistola de plata. “Entonces se pudrieron las cosas”, recuerda Jacinto. El jefe renunció y ella tuvo que abandonar el uniforme para volver a manosear la basura.

Cada mañana Jacinto barre la cuadra. Tiene la piel tan oscura como las uñas. Recoge la basura de las casas y oficinas, en su esquina la separa y después se trepa al camión pues es voluntario de limpia. En los últimos meses se ha peleado con el conductor, quiere que le diga “jefe” pero a él nadie lo domina.

Cojea. Le cuesta mantenerse parado. Son heridas que le recuerdan que no todo se cura con el paso de los días. “¿Quieres agua?”, le pregunto, al ver que se le ha formado una pasta blanca en la comisura de los labios. Me acepta una botella y se sienta a descansar sobre la acera. Son pocos los minutos del día que pasa relajado. “Hace calor”, pronuncia y se arremanga. Debajo de la tela aparecen sus brazos tatuados.

Jacinto es de sangre caliente. Lo heredó de su padre que soñó con ser boxeador. Era tan malo que siempre lo noqueaban. Así se hizo de una nueva profesión, la de ser perdedor. Para eso le pagaban. Regresaba a la casa dolido, perdido, ensangrentado, pero con unos pesos en la mano.

Un día no volvió. Pensaron que había muerto pero las malas lenguas confirmaron que se había escapado, que una mujer de otro barrio lo había hechizado.

“¡Jamás me verán en un cuadrilátero!”, insistía Jacinto a su madre mientras era un niño, pero cuando la volvió a ver comer de la basura la pobreza y las hormonas de la adolescencia lo encauzaron a una primera pelea.

Sucedió en una calle sin suerte ni asfalto. En un barrio escondido y olvidado, con casuchas de hormigón y varillas descubiertas y oxidadas. Peleó para defenderse, para ver si le dolía, para confirmarse que podía.

Con un golpe dirigido a la mandíbula Jacinto tiró al hombre que lo amedrentó. A un testigo le gustó lo que vio: una guardia insípida pero efectiva, de brazos largos y puños pesados. Era un muchacho ágil, que se movía y fastidiaba al contrincante. “Yo seré tu promotor”, le ofreció el hombre y Jacinto, que jamás había tenido más de lo que fisgoneaba en la basura, aceptó.

Una semana después lo citó en otro barrio agreste y maloliente. Sin drenajes ni calles. Peleó de noche, bajo la luz de la media luna y al ras del suelo, rodeado por cientos de ojos perversos, crueles y morbosos.

El combate era sin guantes, ni vendas, ni jueces, ni reglas, ni rounds. Debía golpear hasta matar. Aguantar. Cuando el rival ensangrentado cayó por nocaut supo que le había tumbado los dientes. Esa noche peleó por menos de nada pero se enamoró de la adrenalina.

El hombre, ahora su promotor, le prometió que entre más ganara más le pagaría. El dinero salía de las apuestas que organizaba entre los que acudían. Pandilleros y políticos eran los principales aficionados a las peleas clandestinas.

“Sangre, sangre”, le exigía el promotor. Debía pelear contra todo el que se dejara, sin importar la edad, la altura o el peso. Jacinto regresaba a casa lastimado, a veces desfigurado. Caía tendido sobre la cama y descansaba. Su madre no preguntaba de dónde venía, había visto esa imagen antes, sabía que entre su familia la sangre hervía.

Despertaba temprano. Él se daba una ducha de agua fría, masajeaba sus heridas y se frotaba los músculos con alcohol para comenzar a entrenar. Levantaba piedras, corría arriba y abajo, luego frente a un espejo golpeaba al aire, derecho, arriba, abajo, al hígado, a la mandíbula. Así descubrió su sombra, una sin ciencia, cuya esencia era pura destreza.

Cada combate era peor que el anterior. El promotor buscaba a los rivales más fuertes y experimentados. Entre más difícil mejores las apuestas. Para descifrar a sus contrincantes Jacinto aprendió a leer un nuevo lenguaje, el de los tatuajes.

Se enfrentaba a la escoria, jóvenes sin nombre que venían de la penumbra, que dormían en las alcantarillas. Cuyos cadáveres no eran denunciados pues habían nacido olvidados. Cada tatuaje indicaba algo. Hablaban de lo peleado, de lo mucho o lo poco logrado. Animales, bestias, cada símbolo representaba el barrio y el tipo de pelea en la que habían ganado.

Pronto su piel también se expresó. Sus brazos fueron los primeros en cubrirse de dibujos. Luego la espalda y el pecho. Cuando ganaba el promotor lo amaba. Una noche, se enfrentó a un joven mucho más veloz y con mejor técnica, que entrenaba en un gimnasio. Le tumbó todos los dientes de enfrente y Jacinto perdió el conocimiento, ni así detuvieron la pelea.

El promotor lo dejó tirado. Unos vecinos lo recogieron y días después, cuando recordó la dirección de su casa, buscó a su madre. Jacinto era un guerrero desconocido, lleno de ambiciones y frustraciones, un hijo de la calle.

“Hace demasiado calor”, se queja Jacinto y hace de un cartón un abanico. Se nota cabizbajo, no porta la sonrisa chimuela que lo caracteriza.

“Mi mujer me tiene así”, está fatigado. Cuando conoció a Elena dejó de pelear. Han pasado 23 años. Tuvo cuatro hijos y prometió que escondería sus tatuajes para que nadie siguiera sus pasos. “La trato bien pero parece que ella quiere lo contrario”.

Ella le grita, lo agrede. Él le ha dado todo pero, “como todas las viejas”, le pide más. Le reclama que no le ha dado lo que guarda escondido. “¡Sí! ¡Ya sácalo!”, sus hijos se le amotinan pues les gusta el dinero fácil. A él le duele verlos durmiendo en el suelo y sin querer trabajar.

“Antes, cuando seguía con mi esposa, ni me paraba temprano pues prefería treparme al guayabo”. Ahora despierta triste, solo, con frío y dolor. Toma el pesero, tres cambios en la red del Metro “y a darle a la chinga”.

“Nos quitan el suelo, luego el cielo”, critica el nuevo horizonte que a lo lejos se edifica. La construcción de una torre amenaza con correrlo de su esquina. “Se me hace tarde”, concluye y levanta su cuerpo con la ayuda de su mano. “Va a pasar el camión de la basura y si llego tarde se enojan, ya sabes cómo son”. Jacinto sonríe y apoyándose del palo de la escoba desaparece cojeando con prisa.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.