En la Edad Media Alain de Lille (1128-1202) habló del “paladar del espíritu”. Esto era fruto tardío de una larga tradición metafórica. Con imagen un tanto atrevida dice Platón (República) que el método dialéctico eleva suavemente “el ojo del alma, sumido en bárbaro lodo”. El “ojo del alma” se hizo desde entonces metáfora muy popular, que podemos encontrar tanto en autores paganos como en los eclesiásticos. La facultad visiva del ojo corporal se traslada aquí a la facultad espiritual de conocimiento; se hace corresponder a los sentidos externos con los internos. No sólo llegó a hablarse de los ojos, sino también de los oídos del espíritu. Tras los ojos y los oídos vienen las otras partes del cuerpo. La literatura cristiana adopta aquí las metáforas hebreas; así, en el antiguo testamento se leía praeputium cordis (Deuteronomio, X, 16; Proverbios, IV, 4), y San Pablo adopta la imagen cuando habla de la “circuncisión del corazón” (Romanos II, 25-29). De manera semejante transpone San Pedro los “lomos ceñidos” de Moisés (Éxodo, 12, 11): Succinti lumbos (I San Pedro, I, 13). Estas metáforas son frecuentes en la tardía antigüedad y en la Edad Media. Características de San Agustín son ciertas metáforas un poco violentas, como “la mano de mi lengua” (Confesiones, V, I), “la mano del corazón” (ibíd., X, 12), “la cabeza del alma” (ibíd., X, XII); el alma se revuelca “sobre la espalda, sobre los costados y sobre el vientre” (ibíd., VI, XVI, 26). Prudencio crea el “vientre del corazón”; Aldhelmo, la “vulva de la gracia regeneradora”, el “cuello del espíritu”, el “costado de las vísceras”.

En la poesía carolingia encontramos el “ojo del corazón” y la “frente del espíritu”; el “pie del espíritu” en Guigón; el “vientre del espíritu” en Alain de Lille y Pedro el Venerable. Godofredo de Breteuil puede decir: “Después de haber bebido todo esto devotamente y hasta la saciedad, el vientre de mi espíritu ansía nuevas cosas”. También Dante hace uso de este tipo de metáforas: “las espaldas de nuestro juicio”, “los ojos de la mente”, “el ojo de la razón”, “el ojo del alma”, “el ojo del intelecto”.

Por último una metáfora particularmente extraña. En la apócrifa Oratio Manassae, escrita probablemente hacia el año 70 d. C. e incluída en el apéndice de la Vulgata, leemos: et nunc flecto genua cordis mei, “y ahora doblo las rodillas de mi corazón”; este giro pasó a la primera Epístola de San Clemente, cap. LVII, y el editor observa que el giro se encuentra a menudo en los Padres y en los concilios. También pasó a la liturgia, grabándose así en la memoria de la Iglesia; aparece igualmente en la poesía medieval. Y en general, como tantas otras formas emotivas de la Antigüedad, el giro “las rodillas del corazón” tuvo fuertes repercusiones, hasta en el protestantismo, tan estrictamente apegado a la Biblia. Heinrich von Kleist lo usa en su Pentesilea (verso 2800) y en una carta a Goethe (24 de enero de 1808). La moderna psicología del estilo probablemente consideraría “barroca” toda esta categoría de metáforas. En este caso, el barroco literario es tan viejo como la Biblia y llega hasta Heinrich von Kleist.

 

Fuente: Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina (traducción de Margit Frenk y Antonio Alatorre), FCE, 1955; 5ª. reimpresión, 2017.

 

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