El juicio contra Joaquín Guzmán Loaera, líder del cártel de Sinaloa, duró 99 días. Los testimonios de amigos, socios, amantes y protectores confirmaron secretos a voces, y desnudaron al capo con narraciones detalladas de sus temores y obsesiones. Hubo un puñado de declaraciones lanzadas como dardos envenenados dirigidos a ex presidentes y funcionarios de México. Presentamos la crónica del desenlace

Para pagarle la distensión del malentendido con Ismael Zambada en 2003, el colombiano Jorge Cifuentes le hizo al Chapo dos grandes regalos. En 2007 le entregó a su hermano Alex, quien conocía al Chapo desde 2002, cuando Jorge, aún temeroso de acercarse al país, lo envió a supervisar un embarque de cinco toneladas de coca que viajaba rumbo a costas mexicanas en uno de los atuneros del sinaloense. Alex llegó a México para quedarse luego del asesinato de su hermano Francisco, llevando consigo tres toneladas de cocaína a dos mil 400 dólares el kilo, y al cocinero favorito de su difunto hermano, un químico de monte apodado el Negrito.

Luego de su infancia procesando hoja de coca en la granja familiar, Alex pasó su adolescencia en Medellín, con Pablo Escobar como el héroe de su juventud. Su madre vivía cerca de una de las casas del capo, y uno de sus grandes placeres era oír las historias de los guardaespaldas de Pablo encargados de cuidar la propiedad mientras jugaban en el boliche instalado en el sótano de la misma. El Discovery Channel completó su educación sentimental con historias de illuminati, de naves espaciales y del apocalipsis maya; en alguna ocasión llevó al Chapo a ver un médico brujo. Igual que su hermano Jorge, no pocas veces sacó a los defensores de sus casillas: se presentó como un ingeniero en sistemas y cuando Lichtman, con la cara roja y a grito pelón, le preguntó que entonces por qué tantas armas y drogas, Alex le contestó que porque su empleador era Joaquín Guzmán Loera; que si tenía más dudas mejor le preguntara directamente a su cliente.

No sorprende que Alex se convirtiera muy pronto, en palabras de Guzmán, en “su secretario, su mano derecha y su mano izquierda”, moviendo coca, heroína y metanfetaminas desde el sur, consiguiendo armas —no sólo de Estados Unidos, sino de sus contactos militares en Ecuador y Honduras—, montando casas de seguridad, bajando dólares y quedándose al lado de Guzmán hasta su arresto en 2013, traicionándolo sólo cuando, en la cárcel, recibió una llamada de Jorge diciéndole que “con los americanos hay que confesarse como con Dios Padre”, que no tuviera reparo en traicionar a nadie a cambio de una mejor sentencia, que si a él le pedían testificar contra su propio hermano sería el primero en sentarse en el banquillo. Como así fue.

El otro obsequio, recibido en 2008, fue Christián Rodríguez. Dadas las dificultades para comunicarse con Alex, Jorge enviaría al corazón de las montañas sinaloenses a su propio técnico para montarle a Guzmán una red de telecomunicaciones ultrasegura. Rodríguez, quien entonces tenía 22 años, dejó la carrera de sistemas a meses de haberla comenzado para poner su negocio, donde lo contrató Dolly Cifuentes. Al Chapo le armó dos servidores cerrados para llevar voz por internet y uno para datos —Guzmán evita escribir, si puede hacerlo—, encriptados de punta a punta y con claves individuales para cada aparato que el FBI nunca logró penetrar. La red permitía dos tipos de llamadas: una mediante extensiones de tres dígitos, en un sistema cerrado, y la otra a través de líneas telefónicas tradicionales, desde donde sólo se podían enviar llamadas, no recibirlas.

El Chapo, encantado con los resultados, pronto le pidió a Christián un par de añadidos: la capacidad de abrir remotamente el micrófono del teléfono de su elección, la de poder ubicarlo en un mapa por GPS y la de ver y descargar mensajes, correos, fotos o cualquier contenido de los cerca de 50 aparatos intervenidos con spyware que, de inmediato, comenzó a repartir entre sus lugartenientes, ex esposas, amantes y esposa. Obsesionado con su nuevo juguete, mandaba llamar al técnico un par de veces a la semana, llegando a pedirle interceptar toda llamada o mensaje de texto generado en el estado de Sinaloa. El equipo, que nunca llegó a instalarse, fue cotizado en un millón de dólares en Holanda.

Esta fina paranoia, y su afición por las mujeres, resultaron instrumentos cruciales en la caída del capo, que comenzó a gestarse cuando Rodríguez se reunió, a inicios de 2010, en un hotel de Nueva York con un supuesto cliente potencial: un mafioso ruso que requería una red de telecomunicaciones parecida a las que el técnico había montado en México y en Colombia. Para pesar de Rodríguez, el ruso era en realidad el agente encubierto Stephen Marston. En febrero de 2011 Rodríguez fue formalmente reclutado por el FBI, abriéndole a los gringos el universo entero del cártel: las conversaciones del Chapo con sus proveedores en Colombia y Ecuador; con sus distribuidores en Estados Unidos y Europa; con sus hombres de confianza en México y con sus novias y amantes por doquier.

Ilustraciones: Patricio Betteo

Además de inmunidad, a Rodríguez le pagaron 480 mil dólares por sus servicios, y le permitieron conservar medio millón de lo que antes le había entregado Guzmán. Lo primero que hizo fue “olvidar” renovar una licencia de software que forzó la caída del sistema. Esa pausa fue aprovechada por la DEA para grabar al Chapo, obligado a regresar temporalmente al uso de celulares tradicionales, en llamadas como la que le hizo al comandante de las FARC pidiéndole ocho toneladas de coca. Luego, Rodríguez cambió los servidores de Canadá a Holanda, país con menos reparos legales para las incursiones policiacas clandestinas en servidores ajenos y, por último, le entregó a los gringos el santísimo grial: las claves de codificación del sistema, instalándoles un servidor espejo que grababa todo lo que pasaba por los teléfonos controlados por el capo. Entre 2011 y 2012 el FBI se apropió de cerca de mil llamadas telefónicas. ¿Cómo asegurar que el de la voz registrada en cerca de 300 de ellas es realmente la del Chapo? De entrada, cotejándola con el video que Guzmán le proporcionó gustosamente a Rolling Stone en octubre de 2015, en espera de realizar un sueño largamente acariciado: tener una película sobre su vida. No que el malhadado intento de Kate del Castillo fuera el primero; una de las ex esposas de Alex Cifuentes, Angie San Clemente, se había quejado con Guzmán de que los medios estuvieran llevándose toda la gloria con sus historias, convenciéndolo de hacer apuntes biográficos que sirvieran a modo de futuro guion. Una de las viñetas pone a los militares torturando al Chapo, colgándolo de los pies desde un helicóptero y moliéndole las manos a culatazos para forzarlo a entregar un cargamento de droga. En presencia de Alex, El Chapo le habría mostrado las cicatrices resultantes a un aspirante a productor llevado a Sinaloa desde Colombia: Javier Rey. Lichtman le preguntó a Cifuentes que si él vio alguna de las cicatrices, y el testigo contestó, con una leve sonrisa socarrona, que no, que no vio ninguna. Con o sin cicatrices, el documento existe: una copia la tiene Iván Archivaldo y, la otra, “los abogados”.

No podemos saber si en ese guion aparecen los sobornos que el defensor Lichtman le recordó a Alex Cifuentes que, en sus declaraciones luego de su extradición en 2017, habría mencionado: que, recién entrado a Los Pinos, el presidente Peña Nieto le habría pedido al Chapo 250 millones de dólares a cambio de protección, para que “no tuviera que permanecer escondido”. Cifuentes precisó que, en octubre de 2012, una mujer descrita solamente como la comadre María le habría entregado al entonces presidente el acuerdo final de ese requerimiento: 100 millones de dólares en efectivo. Cuando Lichtman le preguntó que cómo sabía eso, Cifuentes contestó: “Eso me lo dijo Joaquín”.

Sería un error concluir que el poder corruptor del narco tiene predilecciones políticas: la secretaria y confidente de Alex Cifuentes, Andrea Vélez, además de tener un papel activo en los movimientos del cártel, regenteaba por su cuenta una agencia de escorts en la Ciudad de México que servía a los intereses del Chapo. En sus declaraciones previas a los fiscales Cifuentes mencionó que Vélez le envió desde la oficina de Juan José Rendón, en la Ciudad de México, una foto con maletas retacadas con billetes. Rendón, venezolano, fue estratega de campaña de personalidades como Porfirio Lobo, Juan Manuel Santos y el mismo Peña Nieto. Es imposible saber si ese dinero provenía del narcotráfico; lo que sí se sabe es que Rendón tuvo que renunciar a la campaña de Santos cuando el representante de los cárteles colombianos, Javier Antonio Calle Serna, le reveló al fiscal de su país que, entre 2010 y 2011, él y otros seis narcotraficantes le entregaron a Rendón y al entonces asesor presidencial, Germán Chica, 12 millones de dólares para que mediaran en caso de ganar Santos la presidencia. Chica y Rendón aceptaron haberse reunido con los abogados de los narcos y haberle llevado la propuesta a Santos, pero enfatizaron haberlo hecho sin fines de lucro. Cifuentes narró también que, alrededor de 2008, Vélez le ofreció a petición del Chapo a un general cliente de su agencia 10 millones de dólares que el militar, sin nombre, rechazó; ella habría recibido un millón de haber tenido éxito. El Chapo, enfurecido con el rechazo y acusándola de mentirle, mandó matar a Vélez, quien, además de volverse informante del FBI, huyó en 2012 a Estados Unidos. Otros no fueron tan patriotas: según Cifuentes, un operador de la campaña presidencial de 2006 de López Obrador habría aceptado dinero del Chapo, y Felipe Calderón —sí, el de la guerra contra el narco— también habría sido sobornado, pero por los Beltrán Leyva para que los protegiera de Guzmán quien, en ese entonces, se alzaba como su enemigo más encarnizado.

La claridad que otorgan las ventanas sónicas obtenidas por el FBI a partir de la cooperación de Rodríguez sobre la vida cotidiana de Guzmán es estremecedora. La corte lo escucha hablando con un comandante para pedirle favores. O indicándole a su jefe de sicarios, Iván Gastélum, el Cholo Iván, que trate bien a los policías locales, que no los madree, que algunos son del cártel, y que ya no mate gente inocente a lo pendejo, ante lo cual Cholo le contesta que él los enseñó a ser como lobos, y que a él “así le gusta”. Se le oye conversar con Emma Coronel, hablando de lo lindas que son sus hijas, dándole a los jurados y periodistas despistados una momentánea semblanza de humanidad, hasta que le dice que como Kiki, o María Joaquina, una de las gemelas, no le tiene miedo a nada, “le va a conseguir una AK-47 para que pueda acompañarlo”. Coronel, en su banca de costumbre, permanece impávida incluso cuando escucha al Chapo hablar con una de sus amantes, Agustina Cabanillas, apodada La Fiera, concediéndole dinero para una liposucción y enviándola a tratar asuntos del cártel en un vuelo clandestino con paradas en Ecuador y Venezuela a un costo de 200 mil dólares —“vete sin pasaporte, amor”—. En algún punto del periplo Cabanillas se da cuenta de que su teléfono está intervenido, aunque evidentemente no a qué grado, pues el micrófono abierto sin su conocimiento recoge una conversación donde exclama que con esos Blackberries el “hijo de la chingada” la puede rastrear, que qué se cree si ella es mucho más inteligente que él. La grabación más punzante del día, sin embargo, no habla de negocios: sorpresivamente El Chapo le confiesa a Cabanillas que la ama, que “no hay nadie más importante para él” y, por primera vez desde que comenzó el juicio, Joaquín Guzmán no busca más la mirada de Emma.

Alex Cifuentes describió a detalle cómo Guzmán, a partir de aquella primera fuga en el carrito de la lavandería, gustaba pasar sus días en alguna de sus siete u ocho pequeñas fortalezas serranas —llamadas la villa, la playa o la cancha, modestas por fuera pero equipadas con todas las comodidades por dentro—, acompañado por una u otra de sus amantes, esposas o ex esposas —Griselda López era una de las habituales—, atendido por su secretario y por personal doméstico elegido entre las familias locales de su confianza, siempre en turnos de dos en dos, y resguardado por medio centenar de pistoleros y halcones, acomodados en círculos concéntricos y capaces de neutralizar extraños enemigos a muchos kilómetros de distancia; regañaba a sus asistentes cuando le advertían de la presencia del ejército con demasiada anticipación, diciéndoles que sólo necesitaba cinco minutos para huir. “Aunque sea encuerado, me les escapo”, solía decir, proféticamente.

La nómina doméstica del Chapo alcanzaba los 200 mil dólares mensuales. Se levantaba a las 12, cuando le llevaban sus mensajes y los pendientes del día. Si Emma Coronel estaba allí, le hacía enchiladas suizas, y la tarde se le iba en contestar recados, hacer tratos o cerrar negociaciones con panameños, españoles y colombianos, o con compradores de metanfetaminas en Canadá donde, antes de ser apresado, planeaba comprar propiedades contiguas, a ambos lados de la frontera, para facilitarle el transporte a su mafioso local de nombre Tony Suzuki. Algunas noches recibía amigos o socios, y entonces fluían el tequila, el whiskey y el cognac; el 4 de abril de 2008, en su cumpleaños, organizó una fiesta donde Dámaso López le regaló una pickup blanca, equipada y blindada, y sus hijos una Hummer camuflada, como la vestimenta de los invitados, por si llegaba el ejército y había que internarse en la sierra. En transcripciones de testimonios previos, liberados por el juez Cogan a petición de Vice y del New York Times, Alex Cifuentes declaró que había días cuando la comadre María —la misma que habría entregado los 100 millones de dólares a Peña Nieto— le hacía llegar a Guzmán fotografías de jovencitas hasta de 13 años. Por cinco mil dólares por cabeza le enviaba al capo y a sus amigos a las de su elección. Guzmán les llamaba “sus vitaminas”, porque ultrajarlas le daba vida y energía, decía; Cifuentes declaró que en ocasiones le pedía, para que no opusieran tanta resistencia, que les mezclara somníferos en las bebidas.

En enero de 2008, cuando arrestaron al Mochomo, Alfredo Beltrán, Arturo y sus hermanos concluyeron que El Chapo y El Mayo lo habían entregado. El razonamiento no era descabellado. Hacía tiempo que el cártel sobornaba al ejército y a las policías no sólo para comprar protección, sino para usarlos a modo de guardias pretorianas personales contra los Beltrán, los Arellano Félix y los Carrillo; a pregunta expresa de Lichtman, Alex Cifuentes mencionó que los militares le proporcionaban al Chapo los números telefónicos de los principales operadores de los cárteles rivales, mismos que El Chapo rastreaba gracias a los buenos oficios de Ramírez, entregándoles las coordenadas de vuelta para que procedieran a matarlos o a detenerlos. Por el servicio los “capis” o capitanes habrían cobrado entre 10 y 12 millones de dólares. “Sí, señor, esas son las cifras que yo escuché, la organización, el cártel de Sinaloa, El Chapo, El Mayo y los otros pagaban al ejército para que los ayudara contra los Beltrán Leyva”.

Esta mecánica tuvo su punto más álgido en diciembre de 2009, cuando fuerzas especiales asaltaron cerca de Cuernavaca la rumbosa fiesta navideña de Arturo Beltrán, amenizada por los Cadetes de Linares, Ramón Ayala y una veintena de prostitutas. Arturo escapa para ser ubicado en un barrio residencial cercano una semana después, el 16 de diciembre, por una centena de marinos que, acompañados de helicópteros y tanques, intercambian con el cártel hora y media de balas y granadas. Las fotos póstumas, filtradas a la prensa, sólo pueden ser explicadas como un mensaje o tributo, una señal macabra de misión cumplida: el capo aparece muerto, tendido en el piso apenas en ropa interior, cubierto de sangre y de vísceras y tapizado el cuerpo con billetes geométricamente acomodados sobre su piel.

A partir de esa guerra los días serranos del Chapo se hicieron menos placenteros. Cambiaba de base cada 15 o 20 días, rotando sus guardias en cada ocasión sin avisarle a los anteriores a dónde iría, ni a los nuevos cuándo llegaría. No se despegaba de su .38 enjoyada, manteniendo en todo momento cerca una AR-15 montada con una granada de 40mm. Nunca volvería su época de oro de fines de los ochenta e inicios de los noventa, cuando, contando con toda la protección de González Calderoni, Guzmán pasaba largas temporadas en sus ranchos, casas de playa o viajando por el mundo, despreocupado y a todo lujo.

Isaías Valdez Ríos, el Memín, gafe por siete años hasta que lo reclutó Jonathan Salas, el Fantasma —uno de los sicarios en jefe del Chapo, junto con el Negro y con Iván Gastélum, el Cholo Iván—, fue miembro del círculo más cercano de guardaespaldas de Guzmán de 2004 a 2007, y luego su piloto y secretario. Cuando llegó en avioneta a la Tuna lo esperaban 30 compañeros con equipamiento militar, armas de alto poder, lanzagranadas y lanzacohetes. Lo equiparon, lo llevaron a una finca llamada El Cielo y le dieron turnos de un mes, por dos mil pesos a la semana que, con el tiempo, se convirtieron en 14 mil; El Chapo dormía en la casa y ellos en el monte. Tenía instrucciones de no acercársele al patrón, de ni siquiera dirigirle la palabra.

Isaías explicó en la corte que cuando encontraban cerca a grupos pequeños de soldados, enviados en patrullajes de rutina a quemar sembradíos de mota o de amapola, Guzmán les hacía llegar una hielera bien surtida, sugiriéndoles que escogieran el refresco en vez de una lluvia de balas. Contra sus verdaderos enemigos no era tan amable: alrededor de 2006, en Durango, El Mayo le hizo saber que le enviaría a un miembro de los Arellano Félix recién capturado. Cuando llegó lo habían torturado con una plancha al grado de tener la camisa fundida a la piel, y las suelas de sus pies como carbones. Le vendaron los ojos, lo encerraron, y El Chapo se fue a dormir. Pasaron días hasta que Guzmán comenzó a interrogarlo. Cuando paró, se fue a recibir a unos invitados, mudándose después de casa y llevándose al prisionero con él. En esa segunda parada lo metieron a un gallinero, de nuevo por varios días. La piel herida comenzó a infectarse y a supurar, despidiendo un olor que llegó a resultar insoportable; entonces Guzmán les ordenó cavar un hoyo y llevarlo allí. El Chapo sacó una pequeña pistola y lo interrogó de nuevo, hasta que le espetó un hijo de puta, le disparó y ordenó enterrarlo. Lo hicieron, aunque todavía respiraba.

Al poco tiempo Guzmán recibió otra llamada. La gente de Dámaso había capturado a dos zetas cerca del Dorado, y El Chapo pidió que en cuanto llegaran les dieran una calentadita y los llevaran al bosque. Una vez allí El Chapo buscó un palo. La fiscalía preguntó para qué, y Memín se rió, contestando que “no iba a ser para hacerles cariñitos”: los estuvo golpeando por horas hasta que quedaron descoyunturados. Cuando acabó con ellos ordenó cavar una zanja, llenarla de leña y encenderla. Se acercó al primer cautivo, le gritó un chinga a tu madre y le disparó a la cabeza con un rifle. Repitió con el segundo, y le pidió a sus hombres desaparecerlos: “no quiero que quede ningún hueso”. Memín se quedó alimentando el fuego toda la noche y, al amanecer, molió lo poco de sólido que había quedado entre las cenizas.

A inicios de 2012 El Chapo supo que su sistema de comunicaciones estaba vulnerado. Se deshizo de sus aparatos, centralizando unos Blackberries en una “oficina” —que al poco rato fue intervenida por los gringos— y huyó a Los Cabos. Esas mismas fechas, mientras Rodríguez interceptaba para el FBI una de las llamadas de Alex, escuchó al colombiano confirmarle a su madre que el técnico era el soplón que le había ayudado a la DEA a apañar a su recién capturado hermano Jorge, y que El Chapo le había pedido buscarlo y matarlo. Christián huyó de inmediato a los Estados Unidos, salvando su vida pero sufriendo ataques de pánico tan severos que requirieron hospitalizaciones múltiples, terapia electroconvulsiva y medicamentos. Parte del estrés, reveló, se debía a que tenía dos familias, ambas con hijos, y que la oficial no estaba al tanto de la existencia de la otra. Con todo, el FBI le pidió volver pronto a México para montar su siguiente operativo y apresar al capo en la península, lo que hubieran logrado de no haber sido por el pitazo que le dieron al sinaloense las fuerzas locales. Mardsen explicó cómo la DEA había avisado a las autoridades mexicanas que El Chapo se estaba quedando en una casa de playa, ayudándoles a planear el inminente ataque; la cincuentena de policías mexicanos, sin embargo, se presentaron dos horas tarde y dejaron descubierta la retaguardia de la casa, por donde el capo escapó. Además de encontrar una libreta con las extensiones telefónicas de su organización, ropa interior, tinte para bigote, Levis talla 32 por 30 y unos Nike talla 9 americano, hallaron también una lista de pendientes —armas por comprar, mota por mover, etcétera— y un apunte apresurado del aviso del operativo por venir. Hasta ese día Guzmán se había escondido en Los Cabos a plena luz del día, paseándose con Agustina Cabanillas, La Fiera, en shorts, cachucha y anteojos de sol, moviéndose en una discreta camioneta dorada con vidrios polarizados y cargando una mochila con su pistola y un par de granadas al tiempo que el pueblo hormigueaba de soldados ante la celebración de la cumbre del G20 en el verano de 2012. Luego de ese encuentro cercano Guzmán volvió a Sinaloa, pero ya no al monte sino a Culiacán, donde había acondicionado varias casas con túneles ocultos.

En este juego de complicidades fluidas entre la DEA y el FBI por un lado, y los capos y el gobierno mexicano por el otro, lo abrió el primer testigo de 2019: Vicente Zambada, alias La Mesera o El Niño, hijo del Mayo y su sucesor natural hasta su arresto en 2009. El Chapo es padrino de bautizo de su hijo menor. Al entrar a la corte Guzmán y Zambada se saludaron con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. “Chapo sabía que yo vendría. Mi compadre Chapo no es mi enemigo”, le dijo al abogado Lichtman, a lo que éste le retobó: “estás testificando en su contra; eso te convierte en su enemigo”.

Cuando, a los 32 años, Vicentillo le avisa a su padre y a Guzmán que quiere abandonar el negocio, El Chapo le ofrece hablar con “sus contactos en la DEA”. El documento 569-5 con número de caso 1:09-cr-00466-BMC-RLM registra que, desde 1998, estando preso en Puente Grande luego de su primera captura en la frontera guatemalteca en 1993, Guzmán contactó a los gringos con el fin de evitar la extradición y la cárcel en los Estados Unidos. Reconoció su actividad criminal y ofreció, a cambio de clemencia, información sobre el paradero y las rutas de sus enemigos, los Arellano Félix, y los de sus amigos, como El Güero Palma. De la fuga en 2001 —motivada por un aviso de “amigos en el gobierno” sobre la inminente llegada de una orden de extradición— podemos concluir que esa negociación fracasó, aunque eso no pareció arredrar a Guzmán quien, según Dámaso López, de nuevo habría invitado en 2014 a Culiacán a un abogado gringo para otear la posibilidad de un acuerdo de cooperación para él y sus cuatro hijos mayores. No se sabe si al final Guzmán arregló el encuentro de Vicentillo; lo que sí sabemos es que, después de decenas de sesiones entre Zambada y la DEA habría una última, en marzo 17 de 2009, en un cuarto de hotel donde estuvieron los agentes Manuel Castañón, David Herrod y el abogado del cártel, Humberto Loya Castro, sin el conocimiento de las autoridades mexicanas. Terminaría a las dos de la mañana y, ese mismo día, Zambada sería arrestado por federales mexicanos para ser extraditado y acabar, paradójicamente, declarando contra El Chapo en un tribunal de Nueva York.

En su declaración preliminar del 27 de octubre de 2011 con número de caso 1:09-cr-00383, Vicente alegó que, a razón del trato negociado en 2005 por el abogado Loya Castro como representante del cártel de Sinaloa, con la bendición del Chapo y del Mayo y con Manuel Castañón, David Herrod y Greg Garza por parte de la DEA, donde a cambio de información sobre los cárteles rivales obtendrían inmunidad y carta blanca para traficar en México y en Estados Unidos, él, como miembro del cártel, debía salvarse de pisar la cárcel. El documento no tiene desperdicio: “En esencia, el gobierno de los Estados Unidos conspiró con uno de los cárteles de droga más grandes del mundo. El gobierno acepta que sus agentes sabían que Loya Castro se encontraba regularmente, si no es que diario, con Chapo, Mayo y los otros líderes del cártel, sirviendo de enlace entre éstos y los agentes por cerca de 10 años. Sin embargo la DEA nunca lo usó para localizar a Chapo o a Mayo —dos de las personas más buscadas en el mundo—, quienes estaban y están bajo orden de arresto en numerosas jurisdicciones y siguen siendo sujetos de extradición”. Al final el trato alcanzado por Vicentillo fue declararse culpable y recibir una posible sentencia mitigada de alrededor de 10 años, además de entregar al Departamento del Tesoro mil 300 millones de dólares, reservando medio millón para la esposa y otorgándole residencia y protección a ella y a sus hijos, con exclusión de la familia de la lista de la OFAC, u Office of Foreign Assets Control, que no es poca cosa: estar en esa lista impide hacer negocios con personas físicas o morales de origen estadunidense.

El testimonio de Víctor Vázquez, agente de la DEA nacido en Durango que vino a México entre febrero y julio del 2014 con la encomienda de atrapar a Ismael Zambada, a Rafael Caro Quintero y a Joaquín Guzmán, confirma el papel primario que han jugado los Estados Unidos en la guerra contra el narco en suelo mexicano, y no sólo tras el escritorio. Si bien del Mayo y de Quintero sigue sin haber rastro, la experiencia de Vázquez fue instrumental en la segunda captura del Chapo. En las fotos y videos el agente porta uniforme castrense mexicano, se le ve activamente en medio de las refriegas y lleva al brazo armas de alto poder. El caso no es aislado: el 11 de julio de 2014, en un operativo en Sinaloa contra los Beltrán Leyva, un agente estadunidense, vestido de soldado mexicano, fue herido en una emboscada y trasladado a Culiacán, resguardado del ojo público hasta que pudo ser trasladado por aire a San Antonio. El Wall Street Journal documentó en noviembre de 2014, y Jesús Esquivel, de Proceso, desde años antes, que esas incursiones se dan un par de veces al año, en operativos aprobados por la marina mexicana y por el Departamento de Justicia, aunque los gobiernos de Estados Unidos y de México —cuya Constitución lo prohíbe— han negado vehementemente la presencia de oficiales extranjeros armados en operativos en suelo mexicano, más allá de su papel como “consejeros”.

La primera acción como “consejero” del agente Vázquez contra El Mayo fue el 13 de febrero de 2014. Cuatro helicópteros Black Hawk, cortesía de la Iniciativa Mérida, salieron de una base que habían establecido en La Paz rumbo a las afueras de Culiacán, llevando alrededor de 40 marinos cada uno. Luego de la experiencia en Los Cabos, Vázquez insistió en trabajar sólo con los marinos; no con la Policía Federal ni, menos, con las locales. Cuando llegaron al sitio señalado, donde los esperaban otros 50 soldados, encontraron cientos de armas de alto poder enterradas en la propiedad, pero no al Mayo, quien había sido advertido por sus halcones apenas cruzaron los helicópteros las líneas del estado.

Con las manos vacías se trasladaron a la base militar de Topolobampo y decidieron ir por Guzmán, habiendo capturado el 16 de febrero a uno de los mandaderos del Chapo, apodado El Nariz, quien los condujo por un tour de toda la noche por las distintas casas seguras del capo en Culiacán. Nariz señaló la casa número tres como la residencia del Chapo, pero mintió; estaba en la número cinco, en la colonia Guadalupe, a espaldas de la funeraria San Martín. Como las demás, tenía puertas de acero reforzado que tumbaron, luego de mucho perseverar, con un mazo. En la casa sólo había un lanzagranadas, una pistola enjoyada con la iniciales JGL, unas fotos de los hijos del Chapo y una de una mujer no identificada inscrita con un “Tu Reina”, dos mil 800 paquetes con metanfetaminas y unas cajas con plátanos de plástico rellenos de cocaína. El capo había huido minutos antes por el drenaje, completamente desnudo, seguido de su guardaespaldas de más confianza, Carlos Manuel Hoo Ramírez, El Cóndor, y con quien aparece como la figura más trágica de esta historia: Lucero Sánchez, alguna vez diputada local del PAN por el distrito 16 de Cosalá, Sinaloa.

Atrás de la silla de los testigos Sánchez luce muy diferente a la pizpireta joven que negaba conocer al Chapo luego de ser atrapada usando una identificación falsa, que ahora sabemos fue proporcionada por Manuel Osuna, abogado de Guzmán, a nombre de Devany Vianey Villatoro Pérez. Con ella lo fue a visitar al penal en septiembre de 2014. Demacrada y con un fuerte tic que le contrae constantemente la cara, su llanto furioso hizo que el juez alargara el receso hasta que pudo calmarse. Desde las bancas Emma Coronel la miraba con una sonrisa tan leve como despectiva, escuchándola desgañitarse de amor por Guzmán, leyendo junto al resto de la corte las cartas donde él se dirige a ella como “para mi reina may… te cuento me dio mucho gusto recibir tu carta, amor, y al leerla me puse muy feliz al darme cuenta de que nuestro hijo está muy bien”. Al día siguiente, el último de Sánchez en el banquillo, Emma y Chapo aparecieron con llamativos sacos de terciopelo rojo vino a juego, mientras Lucero terminaba de declarar enfundada en su uniforme de presa.

Nacida en la pobreza, en el pueblo minero de Cosalá, Lucero vendía empanadas desde los ocho años a la orilla de la carretera. A los 10 pizcaba tomate y pepino. A los 14 se metió a estudiar para maestra y a los 16 conoció a quien se convertiría en su amante y verdugo: un narcomenudista de Tapichahua, Durango, que la golpeaba brutalmente y la introdujo al negocio. Alrededor de 2010 o 2011, a sus 21 años, El Chapo le hizo llegar un celular genérico que pronto le cambió por uno con spyware. Después de abusar de ella, la instaló en las montañas y la puso a comprarle a los campesinos en bulto y a organizar a los pilotos locales, además de montarle compañías fantasma para lavar dinero, conseguirle ropa interior, loción y otras necesidades personales, todo sin paga alguna, sólo compensada por “las palabras de amor que él me decía siempre”.

La cercanía ganada con la gente del campo, además del padrinazgo del cártel, le sirvió para ganar en 2013 su distrito de Cosalá; es un hecho que, a pesar de la mala calidad, Sánchez le compraba mota a los campesinos más pobres, y que evitaba hacerlo a crédito por miedo a que, a la larga, El Chapo no les pagara. Al sellar con señas particulares las pacas de mota de un envío de 400 kilos, Lucero le dice a Guzmán: “El corazon es k lo amo y el cuatro en k vendigo el dia k ustes yego a este mundo. El dia de su cumple”. Con todo, 2014 fue un mal año para Sánchez. Además de su periplo por el drenaje, su hermana fue degollada y su ex marido ametrallado con una ráfaga de AK-47. Nada de eso le impidió llamar, al día siguiente de la captura, a Dámaso López para conocer el estatus de las operaciones, intentando contactar a los hijos de Guzmán para entregarles “las cosas” del padre; es decir, un cargamento de drogas a su cuidado. A los pocos meses de ese año su relación con el capo la obligaría a renunciar a su curul. Luego de la fuga Lucero siguió viéndolo, pasando el año nuevo de 2016 con él.

Sánchez fue arrestada en junio de 2017 al intentar cruzar la frontera entre Tijuana y San Diego para pedir asilo ante las amenazas que recibía desde su fatídica visita al Altiplano “de parte de los enemigos del señor”. Ni siquiera sabía que tenía procesos abiertos en los Estados Unidos, aunque algo ha de haber sospechado porque dejó a sus dos hijos, de 12 y tres años, al cuidado de una ayudante en un restaurante de Tijuana mientras cruzaba. Cuando los agentes migratorios la rodearon intentó correr hacia la frontera mexicana; un agente la persiguió sin poder pararla hasta arrojarla al piso. No ha vuelto a ver a sus niños, que fueron regresados a Culiacán al cuidado de sus abuelos. Cuando la encarcelaron el 18 de julio de 2017 se declaró no culpable, pero apenas el pasado octubre Sánchez cambió la declaración a culpable de cargos relacionados al narcotráfico. Aún espera sentencia.

Ese 17 de febrero del 2014, alrededor de las cuatro de la mañana, ella se despertó por el sonido de fuertes golpes y por la precipitada entrada del Cóndor a la recámara. Las cámaras le mostraron a una veintena de marinos, equipados hasta los dientes, campaneando un mazo contra la puerta metálica. Guzmán, completamente desnudo, se metió al baño y les llamó; donde había estado la bañera se abría un hoyo húmedo y oscuro que descendía al drenaje. Luego de franquear una segunda puerta de seguridad a medio túnel, corrieron alrededor de una hora por un laberinto de canales, con el agua viscosa lamiéndoles las pantorrillas, hasta que salieron por unos tubos de concreto abiertos que daban a un riachuelo a las afueras de la ciudad. Una vez allí El Cóndor llamó a un asistente llamado Picudo, quien los recogió ante la impaciencia del Chapo y los llevó a una casa en Mazatlán con el jefe de seguridad y ex militar Manuel Alejandro Aponte, El Bravo, quien al poco tiempo sería torturado y ejecutado por Dámaso López. Allí, el capo se vistió y se deshizo de Lucero. Sabiendo que sus casas estaban comprometidas, Guzmán se refugió con Cóndor en el cuarto número 401 del hotel Miramar, y pidió a Emma.

Los agentes mexicanos del gringo Vázquez procedieron a peinar Culiacán y capturaron el 17 de febrero a Picudo, quien les reveló que Guzmán se había refugiado en el puerto. Allá se dirigieron, haciendo escala en el mercado para comprar pantalones cortos y camisetas, mezclándose entre los turistas y rastreando continuamente las llamadas de los miembros del cártel. El 21 de febrero ubicaron al Chapo en el improbable Miramar, un edificio indistinto de vocación familiar frente a la costera, resguardado por dos patrullas que, ante la veintena de elementos que llegaron armados hasta los dientes a la madrugada siguiente, se retiraron sin hacerla de tos. En el lobby se encontraba Condor, a quien capturaron sin que opusiera resistencia. Vásquez enfatizó que él se quedó cuidando a Cóndor mientras los marinos subieron al cuarto piso y apañaron a Guzmán; al reventar la puerta del cuarto, Emma gritó, insistiendo en que estaba sola, mientras El Chapo se escondía en el baño. Al final Guzmán salió a entregarse. Las gemelas ni siquiera se despertaron. Lucero también dormía cuando familiares le avisaron que El Chapo había sido detenido.

Balarezo le preguntó al testigo: “¿Iba usted armado?”. Ante lo cual Vázquez alcanzó a soltar un claro “no” antes de que la objeción de la fiscal Goldbarg fuera admitida. Pero las fotos de cargo del agente cargando armas de alto poder y vestido con el uniforme de la marina mexicana apuntaron a lo contrario. “Es para protección. Culiacán es una ciudad peligrosa, dominada por el cártel de Sinaloa”, respondió Vázquez, renuente, añadiendo que “100 marinos, bien entrenados, no son suficientes para enfrentar al cártel de Sinaloa en su territorio”. Andrew Hogan, el otro agente de la DEA que formó parte de este operativo pero que fue totalmente omitido del testimonio, escribió un libro llamado Cazando al Chapo que confirma la mayoría de los detalles descritos por Vázquez. Tampoco allí queda duda de quién comandaba el operativo: Vásquez fue llamado junto con su compañero a identificar a Guzmán tras la captura: “777, confirmado, ven al sótano”. “Eres tú, eres tú”, alcanzó a decir Vázquez, incrédulo, cuando lo vio hincado en el pavimento. Una foto tomada enseguida, con quizá la mano del testigo agarrándole al preso el cabello para que mirara a la cámara, muestra que, en el transcurso del cuarto piso al sótano, la cara de Guzmán se estrelló varias veces contra los puños de los marinos. Lo llevaron de Mazatlán a la Ciudad de México para su ingreso al Altiplano, donde duró 17 meses, escapándose por un túnel cuya construcción, según Dámaso López, El Licenciado, no dejaba dormir a los internos, aunque el ruido de constantes mazazos al concreto armado de la prisión nunca pareció perturbar a los custodios.

Cuando entró a la sala de la corte Dámaso saludó al capo con la cabeza, llevándose la mano al corazón. Antes de unirse a Guzmán era director de seguridad de Puente Grande hasta meses antes de la primera fuga del Chapo, en el carrito de la lavandería, en enero de 2001. Cuando Balarezo le preguntó si en su anterior trabajo no había jurado alguna promesa de hacer respetar la ley, el testigo contestó, lacónicamente: “no, no hay tal cosa en México”. Dámaso se aseguraba de que Guzmán tuviera un celular, buena ropa y comida y otras facilidades, como la visita conyugal de Griselda López, su ex esposa, sin sacar de la lista a la oficial, Alejandrina Salazar. Para agradecérselo El Chapo le regaló, a través de sus abogados, una casa en Guadalajara y bonos de 10 y 15 mil dólares cada que López lo requería. Ya en el cártel llegaría a encargarse de los enlaces con los colombianos y de los “contactos” con el gobierno; sus asistentes, Javier y Roberto, le pagaban al ejército, a los federales y a la procuraduría 100 mil y un millón de dólares mensuales, respectivamente. Para cuando el dinero no bastaba, creó también las FED, o Fuerzas Especiales de Dámaso, un ejército de una centena de pistoleros a su servicio personal. A la larga apadrinaría el bautizo de una de las gemelas, y El Chapo sería a su vez padrino de la boda de su hijo. López sabe dónde están enterrados todos los esqueletos del Chapo, literal y metafóricamente. En la corte lo acusó de, a petición de Estela de Jesús Ponce, la entonces alcaldesa priista de La Paz, mandar matar al comandante Juan Antonio Salgado en febrero de 2014, y de haber asesinado a su primo Juancho por el mero hecho de escondérsele.

Cuando la fuga, López ya había renunciado al penal, pero para entonces los custodios en las cámaras y en las garitas y, por supuesto, Chito, el intendente de lavandería —quien por poco arruina la fuga cuando estuvo a punto de voltear el carrito al llegar a la última puerta—, ya estaban más que aceitados; al salir Chito puso al capo en la cajuela de su auto, y los custodios, convenientemente, sólo revisaron el interior. Cuando después arrestaron a una cincuentena de custodios, El Chapo se encargó de que todos tuvieran abogado.

El Mayo arregló el coche que esperaba al Chapo a las afueras de la cárcel: un Jetta blindado que lo llevó hasta Nayarit, donde tomó un helicóptero conducido por el mejor piloto de Zambada: Patricio Estolano. Cuando aterrizó lo esperaba el mismo Ismael en persona para celebrar y llevarlo a la Ciudad de México, donde se escondió un tiempo abrigado por oficiales federales a sueldo del cártel. A la semana ya tenía cerca de 50 ex militares a su servicio, y protección en todo el país, pero particularmente en Sinaloa, con la PFP, la PGR, las policías locales y algunas unidades de la novena zona militar al mando del general Humberto E. Antimo. A los comandantes, como es el caso de Jesús Antonio Íñiguez, de la policía estatal, les pagaba entre 30 y 50 mil dólares al mes, y en el bolsillo llegó a tener a Marco Antonio de León Adams, alias El Chicle, el consentido de Martita en el Estado Mayor presidencial de Vicente Fox. La nómina mensual de sobornos llegaba al millón de dólares.

López también testificó que, en la primavera de 2014, Emma Coronel lo buscó para que la ayudara, a ella y a Iván, Alfredo y Ovidio, en la planeación de la histórica fuga del Altiplano, necesitando alguien para “trabajar” a los custodios. Coronel nació en Santa Clara, California, pero fue criada en Durango, en el triángulo dorado, siendo hija de Inés Coronel Barrera, lugarteniente de medio nivel del cártel cuyo perfil sin duda se acrecentó tras la boda, hasta que fue detenido junto a su hijo Inés Omar en abril de 2013 en Agua Prieta, Sonora.

Emma atrapó el corazón del capo en un baile y, a sus 17 años, ganó el certamen de belleza de su pueblo, Canelas, en el marco de la Gran Feria del Café y la Guayaba, con Guzmán en las gradas, aplaudiéndole y rodeado de sicarios. En entrevista con el New York Times recuerda que allí comenzó “una bonita amistad” con El Chapo y que “cuando cumplí los 18 años nos casamos en una ceremonia muy sencilla con familia y sólo amigos cercanos”. Sus gemelas, Emelí y María Joaquina, nacieron en el hospital Antelope Valley, en Los Ángeles, el 15 de agosto de 2012, adquiriendo como ella el pasaporte estadunidense. Dice que sus pagos, casi todos en efectivo, vendrían de sus tierras de irrigación, no de actividades ilegales. La telenovela rosa que Coronel pinta a los medios que se prestan a escucharla se estrella con la plena complicidad demostrada en audios y testimonios a lo largo del juicio: Dámaso declaró que, gracias a las visitas conyugales, Emma sirvió como enlace entre el capo y su familia, encabezando el plan de escape. El túnel, de casi dos kilómetros de largo, con ventilación, luz y un carrito jalado por una motocicleta que, la tarde de la fuga, era conducida por su hermano Édgar Coronel, comenzaría en una caseta localizada en una propiedad vecina al penal, recién adquirida por Iván Archibaldo, y terminaría en el baño de la celda de Guzmán: las coordenadas exactas las proporcionó un reloj con GPS muy probablemente contrabandeado por Coronel en una de sus visitas.

Bastó poco más de un año para completarlo. Una vez rotos los azulejos del baño, a las 8:25 de la noche del 11 de julio, El Chapo bajó hacia el cuerpo principal del túnel, se montó en el carrito de la moto y llegó a la caseta del otro lado. De allí una camioneta lo transportó a una bodega cercana, donde se cambió y pasó a tomar una avioneta que lo llevó a San Juan del Río, Querétaro, y de allí a la Tuna, a su casa favorita en la sierra: El Cielo. A la semana se organizó una reunión con Dámaso, El Mayo, los hijos del Chapo y los principales lugartenientes del cártel.

A partir de entonces su vida fue a salto de mata, con la visita de Kate del Castillo, Sean Penn y los productores argentinos Fernando Sulichin y Jose Ibáñez, el 2 de octubre de 2015, como único intermedio cómico. Días después de ese encuentro se lastimó una pierna al huir de un helicóptero a pie, por las montañas sinaloenses, escapándose sólo porque cargó al hijo de su cocinera a modo de escudo humano, impidiéndole a los soldados dispararle. Una cincuentena de marinos lo rodeó el 8 de enero de 2016, en Los Mochis, pasando a una balacera que dejó cinco sicarios muertos. La casa de la avenida Jiquilpan número 1002, colonia Las Palmas, muy cerca de donde vivía la madre del entonces gobernador del estado, se delató cuando un asistente, en un coche que los soldados habían identificado como del cártel, pidió una gran orden de tacos para llevar. No capturaron a Guzmán allí, sino a la salida de un nuevo paseo por las alcantarillas luego de escapar por un túnel escondido tras un armario, de donde emergió por una alcantarilla con Iván Gastélum, El Cholo, frente a un Walmart en la calle Boulevard Rosales. Su camiseta, toda en grises, algún día fue blanca. A punta de pistola se robó un Volkswagen blanco que a las pocas cuadras comenzó a echar humo. Atracó entonces al Ford Focus de una mujer que llevaba a su hija con su pequeño nieto; luego de bajarlas del coche, Guzmán le extendió caballerosamente a la señora el bolso que ésta había dejado bajo el asiento.

Horas después un contingente de soldados lo detuvo por la carretera a Navojoa. Con un ejército de pistoleros en camino a rescatarlo, los soldados le pusieron un chaleco antibalas y se pertrecharon en un hotel carretero llamado Doux. Mientras esperaban Guzmán les prometió trabajo y dinero y, cuando vio que no aceptaban, juró matarlos a todos. Afortunadamente para ellos los primeros en llegar fueron los refuerzos, y el helicóptero que al final transportó al capo a la Ciudad de México. Enrique Peña Nieto lo anunció así en redes sociales: “Misión cumplida: lo tenemos. Quiero informar a los mexicanos que Joaquín Guzmán Loera ha sido detenido”. Los voceros del hoy ex presidente negaron los 100 millones que, según Alex Cifuentes, éste le habría pedido al Chapo diciendo que, de haber sido sobornado, no lo hubieran capturado en su presidencia. Pero en una carta de puño y letra del Chapo a Dámaso López, que la fiscalía reveló cuando éste testificó días después, Guzmán afirma que Peña Nieto fue informado por los gringos de la captura hasta después del hecho. No es difícil adivinar por qué.

Al poco tiempo Emma volvió a llamar a Dámaso y le participó que dos millones de dólares habían sido entregados a un directivo sin nombre del sistema de penales con la intención de que regresaran al Chapo del de Ciudad Juárez, donde esperaba ser extraditado, al del Altiplano para, desde allí, intentar de nuevo una fuga. El gasto fue en balde: lo enviaron a los Estados Unidos el 19 de noviembre de 2017, un día antes de que Donald Trump tomara posesión de la presidencia. Sobre una cama de su última casa en Los Mochis quedó la colección completa, en DVD, de La Reina del Sur.

 

El juicio terminó con el mes de enero. En su cierre, la fiscal Andrea Goldbarg hizo un tedioso pero contundente resumen de lo declarado por 56 testigos y de las abundantes pruebas conducentes a los 10 cargos imputados: entregarse a una empresa criminal continua —con 27 violaciones—; conspirar para manufacturar y distribuir internacionalmente cocaína, heroína, metanfetaminas y marihuana; conspirar para importar cocaína; conspirar para distribuir cocaína; distribución internacional de cocaína —cuatro cargos—; uso de armas de fuego y lavado de dinero. El 4 de febrero, día cuando comenzó a deliberar el jurado, Matt Whitaker, el procurador general en funciones, pasó a desearle suerte a la fiscalía. La defensa llamó a un solo testigo, el ex agente del FBI Paul Roberts, para una precisión menor respecto a una entrevista que sostuvo con Jorge Cifuentes; el interrogatorio duró cerca de media hora y el defensor acabó peleándose con Roberts al punto de que el juez Cogan le recordó a Lichtman: “sí sabe que ése es su propio testigo, ¿verdad?”. El defensor cerró con una diatriba agresiva y emocional, más que eficiente, como fue en general el desempeño del equipo legal del Chapo que, en no pocas ocasiones, cayó en el absurdo, como cuando cuestionaron la existencia de los asesinatos ordenados por Guzmán porque no había certificados de defunción, o cuando desestimaron la identificación del capo en un video donde sale interrogando a un hombre sangrante y amarrado a un poste alegando que podría haber sido cualquier persona, ya que “todos los mexicanos usan bigote y sombrero”.

El único que parecía contento con su equipo legal era Guzmán quien, leyendo mal la larga deliberación del jurado, congratulaba a sus abogados y les daba palmaditas en la espalda. Hasta el 12 de febrero cuando, para pasmo del Chapo y evitándole la mirada, salieron los 12 a declararlo culpable de los 10 cargos imputados. La sentencia se dictará oficialmente el día 25, pero será mero trámite: bastan tres de estos cargos para enviarlo de por vida y sin posibilidad de apelación a una prisión de supermáxima seguridad.

 

Roberta Garza
Periodista.

 

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