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A México le amaneció el siglo sin marxismo. Los pocos textos difundidos en la anterior centuria parecían olvidados en la última década del porfiriato. La publicación en El Socialista de El manifiesto comunista, los Estatutos de la Internacional, de fragmentos de Miseria de filosofía había pasado a mejor vida.

La poderosa tradición liberal, la moralina utopista y la ausencia de perspectiva política del anarquismo dejaron poco o ningún espacio al socialismo científico. La represión porfiriana acabó por reducir el marxismo a las bibliotecas de unos cuantos estudiosos, entre los que se contaba Pablo Zierold, alemán que llego a México en 1888 y que al decir de García Cantú «divulgaba, en páginas manuscritas y traducidas por él, artículos y ensayos de los autores del socialismo científico»: Zierold tuvo correspondencia con Febel, Liebknecht y Rosa Luxemburgo», y mantenía relaciones con los cerveceros de Toluca, entre los cuales estaba un hijo de Augusto Bebel»

Fue precisamente Zierold quien fundó con otras personas el Partido Socialista Obrero que «a raíz del triunfo de la revolución encabezada por el señor Madero -dice Rosendo Salazar en Las pugnas de la gleba-, conmemoró en 1912 la fecha del primero de mayo, ya publicando en El Socialista artículos de orientación conexos con dicho día, ya celebrando una velada y otros actos más o menos notables».

El Partido Socialista, según Luis Araiza (Historia del Movimiento Obrero Mexicano), desarrollaba diversas actividades, pero invariablemente al margen de la lucha sindical de las agrupaciones obreras.»

El mismo autor agrega que por divergencias ideológicas, en una Conferencia celebrada por el Partido Socialista, el domingo 23 de junio de 1912, surgió una polémica que a la postre dividió a los asistentes a sus reuniones, esta división, inspiró e impulso a los Idealistas de corte anarquista, a tomar su propio grupo con hombres afines a la esencia de su ideología». El día 30 de ese mes, los escindidos formaron el grupo anarquista Luz.

John M. Hart se refiere a la misma organización como Partido Obrero Socialista, «de orientación marxista ortodoxa, que contaba sólo con una veintena de miembros regulares». Dice que el anarquista Juan Francisco Moncaleano «asistió a las reuniones» del POS y que primero cuestionó y luego atacó las esperanzas de victoria que este partido abrigaba mediante la vía electoral y así logró atraerse a sus miembros más radicales para el pequeño grupo que estaba formando».

Rafael Pérez Taylor, calificado con mucha ligereza de «marxista ortodoxo» por Hart, en su libro El socialismo en México (CEHSMO, 1976) decía en 1913 que «el movimiento socialista en la República Mexicana ha sido, desgraciadamente, muy pequeño» De El Socialista, periódico al que otros autores atribuyen una influencia determinante del Partido Socialista, afirma que, dirigido por Manuel Sarabia, publicó 20 números. Del grupo bastante pequeño de luchadores», cuenta que, «viendo que su campaña en año y medio había sido muy efímera, acudieron a unirse con la Casa del Obrero Mundial».

Como haya sido, parece que la vida del Partido Socialista y de su periódico no fueron suficientes para crear una corriente de pensamiento marxista, pese a ciertos hechos que muestran interés por el fundador del socialismo científico. Por ejemplo, Víctor Manuel Villaseñor en sus Memorias… señala que Jesús Urueta fue el primer diputado en rendir homenaje desde la tribuna de la Cámara a la doctrina de Carlos Marx», lo que probablemente sucedió antes de terminar 1912.

LA FUNDACIÓN DEL PCM

La revolución bolchevique entusiasmó a los radicales mexicanos de la época. Al calor de ese entusiasmo se celebró en agosto de 1919 el Congreso Nacional Socialista de México, al que confluyeron junto a reformistas y anarcosindicalistas algunos grupos y personas que se consideraban identificados con los bolcheviques.

En ese congreso se creó el Partido Nacional Socialista para «propagar la idea de la derrota del capitalismo por medio de la conquista industrial del poder político, hasta llegar al establecimiento transitorio de la dictadura del proletariado». Se acordó también nombrar delegados a la tercera Internacional (Gerardo Peláez, Partido Comunista Mexicano 60 años de historia).

El 16 de septiembre del mismo año «se funda la Federación de Jóvenes Comunistas» y el 24 de noviembre, en el primer Congreso del Partido Nacional Socialista éste se transforma en Partido Comunista de México

Como esta dicho en otra parte, uno de los grupos constituyentes publicaba un periódico llamado El Sóviet mismo que pasó a convertirse en órgano del PCM. Así se inició la prensa comunista mexicana, en la cual se nutrieron de teoría los militantes de la época, pues era en sus páginas donde podían leerse algunos textos de los clásicos, sobre todo de los dirigentes bolcheviques. Miguel Angel Velasco lo dice claramente: Lo que sabíamos de nuestra ideología era lo que aparecía en El Machete».

Vale consignar, como dato curioso, que la noche del 13 de octubre de 1919, en la «velada literaria-libertaria» celebrada en el teatro Peón Contreras de Mérida, Yucatán, se leyó un texto anunciado como Carta de Lenin a los trabajadores de la región mexicana, misma que fue editada posteriormente por los trabajadores manuales de Yucatán en conmemoración al aniversario del fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer Guardia».

Los anarquistas, pues, asumían la causa bolchevique, pero a su manera, pues la Carta de Lenine era la dirigida a los obreros de Estados Unidos. Pero los cambios no se referían sólo a los destinatarios. Los ácratas yucatecos introdujeron diversas modificaciones en la misiva hasta hacerla irreconocible en muchos puntos.

Acerca de la formación teórica de los comunistas, Velasco recuerda que en las bibliotecas sindicales había obras de autores utopistas, cooperativistas, fabianos, y anarquistas, así como de escritores de ficción, como Vargas Vila.

Rafael Carrillo, por su parte, cuenta que en 1923 viajó a la URSS como delegado al Congreso de la Internacional Juvenil Comunista, donde, dice, «pude leer material en francés, en alemán y en ruso. Entonces leí materiales de Lenin sobre la cuestión nacional y el movimiento campesino, especialmente el concepto de desarrollo desigual y el planteamiento de integrar a las fuerzas nacionales, incluida la burguesía». A su regreso señala que tradujo y publicó textos de Lenin y del Congreso de IJC.

Los textos que llegaban de Francia y de Estados Unidos, sobre todo los editados por los partidos comunistas, fueron al parecer la fuente de diversas traducciones aparecidas en El Machete y en folletos», según Carrillo: Hice traer de Argentina la traducción de Juan B. Justo del primer tomo de El capital.»

Además de la folletería, circulaban en México algunas publicaciones periódicas como La Correspondencia Internacional, La Correspondencia Sudamericana, La Internacional Comunista, etcétera.

Es de suponerse que entre los folletos de los años veinte había algunos de comunistas mexicanos. Gerardo Peláez, en la obra citada, menciona Revolución social o motín político, de José C. Valadez, publicado por la Biblioteca del Partido Comunista en 1922.

En la década de los treinta, El Machete de la clandestinidad anunciaba El ABC del comunismo, de Bujarin, y otras obras de autores marxistas de segunda fila. Surgen asimismo diversas editoriales, es de suponerse que para sustituir una a otra, de filiación inequívocamente comunista, pues publican trabajos del PCM y sus líderes (discursos, resoluciones, manifiestos, etcétera): Ed. Frente Cultural, Ed. Lenin, y Ed Popular.

La revista trotskista Clave en el número 6, del primero de marzo de 1939, manifiesta que la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, de Marx, fue» publicada en español por la editorial mexicana Dialéctica, bajo el título de Filosofía de la revolución». En la misma revista se hace la reseña de Karl Marx, el hombre y la obra, de Augusto Cornu, publicada en español por Editorial América como «un trabajo más en su obra de difusión de la doctrina marxista». Clave también anuncia obras de Serge, Longuet, Reich y otros autores socialistas, las que podían conseguirse pidiéndolas a un apartado postal.

Papel destacadísimo jugó el propio gobierno cardenista como editor. La lucha de clases a través de la historia de México, de Rafael Ramos Pedrueza, tuvo una primera edición en 1934, misma que se agotó rápidamente, pues en 1936, la Secretaría de Educación Pública hizo una segunda tirada de 25 mil ejemplares, cifra espectacular para aquella época y para ésta.

El marxismo menos que elemental de Ramos Pedrueza fue recibido con cautela por la crítica. El soviético E. Pokhitonod le escribió al autor que se apreciaba, sobre todo, «la tentativa de mostrar la historia de México desde el punto de vista marxista.

Enrique González Aparicio le dijo que un «ensayo, en efecto, es su libro y en sus aciertos y en sus insuficiencias, señala un camino». Alfonso Teja Zabre lo justificaba porque el autor «ha tenido que afrontar enormes obstáculos que no pueden superarse de un golpe». La revista Ruta reconocía que «algunas fallas surgen en su obra». La Gaceta de Literatura le llamaba libro modesto» y Antonio Acevedo Escobedo decía citar al propio autor al asegurar que el trabajo es deficiente».

Nicolás Molina Flores relata que no se le concedió mucha importancia entre los militantes, pues «se pensaba que no era una obra definitiva». Miguel Angel Velasco, por su parte, narra que el libro «tuvo poca influencia, sólo en ciertos sectores del partido» (el PCM) y que otro historiador entonces destacado, Luis Chávez Orozco, era apreciado intelectualmente solo entre historiadores». El que si influyó mucho -según Velasco- fue Miguel Othón de Mendizábal».

Es también en el sexenio de Cárdenas cuando se funda, asegura Miguel Angel Velasco, «el Fondo de Cultura Popular con Alejandro Martínez Camberos y el venezolano Salvador de la Plaza». Por su parte, Molina Flores afirma que «a partir de 1936, un señor Navarro (el mismo que tuvo una librería en la calle de Seminario) se encargó de editar las cosas principales (de marxismo). Fue la primera vez que se editaron las obras de los clásicos en México. Se les ocurría ponerle a un libro de Engels citas de Plejánov o de personajes del cardenismo, pero fue una tarea importante porque Navarro no sólo editó sino que también distribuyo ediciones extranjeras en español y otros idiomas».

Carrillo, Velasco y Molina Flores coinciden en que por esos años llegaban volúmenes editados en Argentina y en España, sobre todo las obras de Cenit, de Madrid, que incluían trabajos de Marx, Engels, Lenin, Bujarin, Lunacharsky y otros autores, y también de Trotsky y la oposición de izquierda, de acuerdo con Molina Flores, quien recuerda publicaciones en español editadas en Estados Unidos y «unos cuadernillos, Ediciones Comunismo».

A fines del período cardenista, A. P. Márquez Editor publicó en diez mil ejemplares la historia general del socialismo y de las luchas sociales, de Max Beer, con un insufrible posfacio dedicado a México cuyo autor era José Mancisidor, el mismo que falsificó y mutiló Los diez díaz que conmovieron al mundo, de John Reed, según Molina Flores.

También al finalizar ese sexenio, el PCM inició la publicación de un órgano teórico: El Comunista. Por esos años, también circulaban ya en México algunos folletos soviéticos, entre los que Molina Flores recuerda, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, que, sin decirlo, llevaba dedicatoria para los trotskistas.

La obra más célebre de Stalin, y según algunos de sus críticos lo único legible porque se lo corrigió Lenin, El marxismo y el problema nacional, apareció por primera vez en este país en 1940, bajo el sello de Ediciones Sociales.

«MARX ES NUESTRO»

Los años cuarenta son los de grandes purgas en el PCM. Tanto el partido como los grupos escindidos o expulsados pugnan por aparecer como los legítimos depositarios de todas las verdades, resumidas en el marxismo-leninismo-estalinismo. Para garantizar la validez de cada frase se recurre a la contundente cita de Lenin o de Stalin. Los manifiestos, resoluciones, discursos y todos los textos producidos por los comunistas de esos años están saturados de citas. Y junto a las citas, los adjetivos: para diferenciarse, cada grupo acusa al otro de liquidador, de pequeñoburgués, de aventurero, de infiel al legado de Marx, Engels y Lenin, de contrario a las enseñanzas del Guía Internacional del Proletariado, del Padre de Todos los Pueblos, del Jefe de la Revolución Mundial, nada más ni nada menos que José Stalin.

Ilustrativo del sectarismo y los dogmas de la izquierda de la época es el mitin que realizan algunos grupos de expulsados para conmemorar alguna de las fechas conmemorables, un mitin disuelto por la contundencia física de grupos de choques del PCM que irrumpen en el teatro Lírico al grito de » Marx es nuestro».

En esas condiciones, la teoría no encuentra cauce. Pero hay también otros factores que influyen en la situación: primero la guerra, ante la cual debería tomarse partido incondicionalmente por alguno de los bandos. Ya desde antes se había dictado la política de frente popular que obligaba a los partidos a respetar y hasta cuidar de los intereses capitalistas. Luego, al término de la guerra, la URSS emerge victoriosa y Stalin aparece como el revolucionario que implanta el socialismo en la mitad de Europa. El inicio de la guerra fría acabará por reducir a los comunistas a la trinchera de los dogmas y el sectarismo más inverosímil.

Las lecturas obligadas serán entonces las novelas del realismo socialista, el boletín informativo de la Embajada de la URSS, los trabajos de los clásicos que publica Ediciones en Lenguas Extranjeras de Moscú, entre los cuales se cuentan en lugar preponderante los textos de Stalin, sobre todo sus Obras completas que seguirán llegando hasta bien entrados los años cincuenta.

Junto a lo anterior, cerradas las editoriales españolas de marxismo, llegan a México libros publicados en Argentina, Chile y Uruguay. La obra de los inmigrantes españoles, admiradores de la «capacidad de síntesis» de Lombardo, da sus primeros frutos hasta 1947, cuando se publica por primera vez la traducción de El capital hecha por Wenceslao Roces. En 1944 se había publicado, también en versión de Roces, La historia crítica de la teoría de la plusvalía ambas obras bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. Esta edición de la Historia, se hallaba agotada en 1956, según informa el mismo traductor en el prólogo a Teorías sobre la plusvalía (FCE, 1980), donde dice Roces que la obra, debido a «las libertades realmente escandalosas que Kautsky (autor de la edición original) tuvo a bien arrogarse», no debía ser reproducida.

Síntoma de la arterioesclerosis que sufría el socialismo mexicano en los años cuarenta, es que las ponencias presentadas a la Mesa Redonda de los Marxistas, celebrada en 1947, no fueron ni han sido recogidas en un libro, lo que permitiría apreciar el desarrollo de las ideas de la izquierda hasta ese momento.

En la década de los cincuenta las lecturas obligadas eran revistas soviéticas como Tiempos Nuevos y otra cuyo nombre indicaba su farragosidad: Por una paz duradera por una democracia popular. El libro de cabecera para quienes se iniciaban era Fundamentos de filosofía de Georges Politzer, versión francesa del mecanicismo lombardista.

LA TEORÍA DE LOS HECHOS

Fueron los hechos, más que los libros, los que obligaron a iniciar el abandono de los dogmas. Stalin muere en 1953 y su iconografía empieza a ser discretamente retirada de las publicaciones comunistas de aquí y de la URSS. Luego viene el XX Congreso del PCUS con las revelaciones de Jrúschov, lo que representó un fuerte jalón al tapete donde estaban parados los revolucionarios. El que pudo sacar raja del asunto fue lombardo, quien publicó un libro dedicado al asunto donde aprovecha el viaje para proponer, su «vía mexicana al socialismo».

«Pero el ramalazo para mi generación -recuerda Emilio García Riera- fueron los sucesos de Hungría», ante los cuales eran insuficientes las tres o cuatro verdades elementales que habitualmente se manejaban. Por si fuera poco, el éxito de la guerrilla castrista vendría a poner en entredicho la llamada teoría del partido, armada por Stalin con citas de Lenin que hablaban de centralismo democrático pero negaban en la práctica y hasta en las palabras la democracia para poner el acento en el centralismo. No era poca cosa que sin el Partido Comunista como principal dirigente se hubiera podido tomar el poder.

Las grandes luchas de masas de los años cincuenta tendrían poca repercusión -al menos inmediata- en la teoría, entendida como sistematización de la experiencia. Fue Revueltas el único marxista mexicano que publicó, en 1958, un trabajo de importancia: México democracia bárbara del cual se editaron apenas mil ejemplares. En esa obra se intentaba el primer deslinde teórico con el lombardismo, el que, pese a Revueltas y sus seguidores, tendrá sus primeros resultados en el XIII Congreso del PCM, donde el mismo Revueltas fue expulsado.

En mayo de 1960, ese XIII Congreso del PCM que planteó la necesidad de una nueva revolución a la que se bautizó como «democrática de liberación nacional», y que selló el regreso al FCM de la corriente del POCM encabezada por Valentín Campa, en tanto que Velasco, Sánchez Cárdenas, Aroche Parra y sus seguidores ingresaron al PPS.

En 1962 apareció el libro que más influyó en las transformaciones que habría de sufrir la izquierda, principalmente el PCM, en los siguientes quince años: el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, de José Revueltas. En el prólogo a la segunda edición, 18 años después, Andrea Revueltas, Rodrigo Martínez y Philippe Cheron dicen que, pese a su «tiraje reducido», el libro «goza de gran fama en los medios de izquierda», lo que «no quiere decir que haya sido realmente leído y hasta se puede adelantar que se trata de un libro que, no obstante su renombre, sigue siendo desconocido, incluso en estos medios».

El pesimismo de los prologuistas contradice los hechos. Es el libro de Revueltas el centro de la elaboración teórica de gran parte de la corriente espartaquista durante los años sesenta. La izquierda en su conjunto -con la sola excepción del lombardismo- empieza a incorporar a su bagaje teórico conceptos como la necesidad de construir el partido obrero y la autodesignación autovanguardista es cada vez más cuestionada, «la tesis de la enajenación histórica del proletariado mexicano y su falta de independencia de clase» se va poniendo en claro conforme entra en crisis la ideología de la revolución mexicana, etcétera.

El interés por el libro de Revueltas se manifiesta en las muchas manos que tomaron cada ejemplar, verdaderamente codiciado por los militantes de las más diversas corrientes de la izquierda, el lombardismo incluido. Sin embargo, la influencia mayor se produjo mediante los conceptos principales de la obra, repetidos una y otra vez, día tras día en las sesiones de los grupúsculos, en su precaria prensa, en las asambleas estudiantiles donde se refugió la izquierda de esos años. Todavía, a principios de los años setenta, la Juventud Comunista llamaba, mediante su prensa y un cartel «a construir el partido de la clase obrera». La prédica de Revueltas tuvo más escuchas de los que imaginó.

Otras obras que se publicaron por esos años fueron Moscú o Pekín y la vía mexicana al socialismo de Lombardo. Para refutar el conjunto de las concepciones de éste, Gerardo Unzueta publicó su Lombardo Toledano y el marxismo-leninismo. El PCM publicaba a su vez, con la irregularidad de siempre, su órgano teórico, (entonces Nueva Epoca) y otros grupos hacían esfuerzos por difundir el resultado de su elaboración teórica, por ejemplo en la revista Economía, que tuvo una corta vida. De especial importancia es la aparición de Historia y sociedad, donde se publican trabajos de marxistas mexicanos y extranjeros. De los años sesenta son también las obras más conocidas de Alonso Aguilar y Fernando Carmona Dialéctica de la economía mexicana, México, riqueza y miseria, etcétera.) Algunos marxistas extranjeros imparten cátedra en México, como André Gunder Frank, y la circulación de obras marxistas empieza a ser un fenómeno masivo, como lo demuestran las repetidas ediciones de La Democracia en México, de Pablo González Casanova (Era, 1965).

A mediados de los años sesenta circula, con una profusión que no tuvo Guerra de guerrillas del Che, el libro que dio celebridad a Regis Debray: Revolución en la revolución, fundamento del foquismo entonces en boga que impactó a más de un despistado, pues se vivía el auge de la lucha guerrillera en Latinoamérica. El debate fue de lo más movido.

Cabe citar aquí algunos datos útiles para comprender la intensidad que adquirió la circulación de ideas en los años 60. De El capital, cuya primera edición de 5 mil ejemplares se hizo en 1947, se tiraron otros cinco mil ejemplares en 1959, 4 mil más en 65 5 mil en 66 y 5 mil más en 1968. En los años setenta se editaron casi 80 mil ejemplares más, de la edición del FCE, misma a la que antes nos referimos.

Entre 1956 y 1966, Editorial Grijalbo tira 48 mil ejemplares del Manual de economía política, de la Academia de Ciencias de la URSS. De 1960 a 1962, apenas en tres años, edita quince mil ejemplares del Manual de Marxismo-Leninismo, de Kuusinen y otros. Es de suponerse los tirales que habrán tenido otros manuales como el de Afanasiev y el de Nikitin, también soviéticos.

De 1958 a 1967, la edición de Grijalbo de La sagrada familia tira 14 mil ejemplares. La misma firma lanza al mercado, en 4 mil ejemplares, la primera edición de Dialéctica de la naturaleza, en 1961; en 1966, 5 mil ejemplares de Materialismo y empiriocriticismo, de Lenin; y, 3 mil ejemplares, en 1967, de la Filosofía de la praxis, de Sánchez Vázquez.

Entre 1961 y 1967, la Compañía General de Ediciones hace cuatro publicaciones de la Biografía del Manifiesto comunista, de Roces. Era edita en 1965 el Stalin, de Isaac Deutscher; en 66 el primer tomo de su Trotsky y en 67 el segundo, año en que la misma firma publica de ese autor La revolución inconclusa.

De los escritos de juventud de Marx, traducidos y prologados por Erich Fromm y publicados por el FCE (Marx y su concepto del hombre), se publicó un total de 28 mil ejemplares entre 1962 y 66, lo que en modo alguno es poca cosa.

Cuando estalla el movimiento de 1968, la izquierda, contra lo que se cree, va no estaba desarmada teóricamente. Contaba con buenas herramientas cuya utilidad se evidenciaría en el despliegue de imaginación de las bases y en la madurez de los núcleos dirigentes de cada escuela.

LA EXPLOSIÓN TEÓRICA

Los principales testimonios del conocimiento acumulado durante un siglo por la izquierda mexicana se presentarían durante los años setenta. En el boom de la teoría marxista «nacional» participarían algunos autores ligados estrechamente a la militancia, lo mismo que estudiosos parapetados en las universidades; veteranos de las publicaciones revolucionarias junto a muchachos recién egresados de las aulas; escritores con posgrados obtenidos en México y Europa; mexicanos y extranjeros.

A Editoriales como Era, Grijalbo y el Fondo de Cultura Económica se había unido ya Siglo XXI, Nuestro Tiempo, Juan Pablos. La editorial del PCM tuvo un auge relativo y publicó a decenas de autores que se referían a la realidad nacional. La Secretaría de Educación Pública realizaría su más notable actividad editorial en 50 años mediante la colección Sepsetentas, que incluyó más de 300 títulos. Mediante otro organismo, el CEHSMO, el Estado impulsaría la difusión de publicaciones obreras. El FCE, en varias ediciones, haría un tiraje de casi 80 mil ejemplares de El capital durante esos años, y de 52 mil de Marx y su concepto del hombre.

Algunas obras cobraron especial significación. Adolfo Gilly publicó La revolución interrumpida, trabajo elaborado durante un cautiverio de más de cinco años en Lecumberri, donde tuvo ocasión de discutir ampliamente con Víctor Rico Galán, quien sostenía algunas de las ideas más importantes expuestas en el libro.

Asimismo, Nicolás Molina Flores visitó a Gilly cada domingo, durante muchos mese, y después fue su compañero de crujía, lo que permitió un fructífero intercambio de puntos de vista sobre la materia de la obra. Con el libro de Gilly se inició el rexamen de la revolución mexicana, su carácter y significación.

Editada en 1969, pero en circulación durante los años setenta, una obra de Roger Bartra marcaría un vuelco en el estudio de los modos de producción, objetivo que no había logrado Mauro Olmeda mediante una labor de muchos años que cristalizó en una serie de libros sobre el desarrollo de la sociedad mexicana, cuyo primer tomo, en edición de autor, apareció en 1966. Del mismo Bartra son otros trabajos sobre el problema agrario y acerca de temas estrictamente políticos. Referida a las relaciones de poder, La ideología de la revolución mexicana, de Arnaldo Córdova, tiene varias ediciones a partir de 1973.

Las revistas donde se publican ensayos marxistas son cada vez más -Estrategia, Cuadernos políticos, Militancia, Socialismo (del PMC), Nueva Política, Coyoacán, Críticas de la Economía Política, Nexos, etcétera-. El expreso reconocimiento legal obtenido por la izquierda favorece el enriquecimiento de la cultura política de los socialistas revolucionarios de México.

Se publican obras críticas sobre el pasado del Partido Comunista Mexicano -la de Octavio Rodríguez Araujo y la de Manuel Aguilar Mora- y sus propios militantes vuelven sobre sus pasos: Arnoldo Martínez Verdugo publica varios trabajos, entre ellos El PCM trayectoria y perspectivas: Gerardo Peláez reúne en dos tomos la mejor cronología del mismo partido y otros autores hacen esfuerzos por entender el pretérito y el presente de las fuerzas revolucionarias para orientar su futuro.

Muy indicativo de la circulación que han adquirido las ideas socialistas es, en el periodismo comercial, la presencia de varias decenas de articulistas miembros del PCM en la segunda mitad de los años 70, número que se ha duplicado con la creación del PSUM.

Los manuales, tan justamente vilipendiados por esquemáticos, han jugado sin embargo un papel importante, pues mediante su empleo se han popularizado categorías antes reservadas a especialistas. Solamente las ediciones mexicanas del Nikitin y del Afanasiev (antes editadas en español en la URSS) tienen más de 150 mil ejemplares por título.

Nada despreciables son los casi 100 mil ejemplares editados por Grijalbo del Breve diccionario de sociología marxista, de Roger Bartra, cuya primera edición es de 1973 (las reimpresiones se han hecho con los mismos negativos y no se han modificado los datos).

Pero el récord manualero lo ostenta Marta Harnecker con su librito Los conceptos elementales del materialismo histórico, que lleva 47 ediciones (la primera es de 69) con un tiraje total de 524 mil ejemplares bajo el sello de Siglo XXI, a lo que debe agregarse un sin fin de ediciones piratas hechas en Columbia, España y República Dominicana, de las cuales una parte circula en México.

Otros títulos de Siglo XXI que han tenido una espectacular difusión son los de Althusser. De La revolución teórica de Marx se han impreso 55 mil ejemplares, a partir de 1967; y, de Para leer El capital, desde 1969, se han hecho 18 ediciones con un tiraje total de 47 mil ejemplares.

La misma casa ha tirado 65 mil volúmenes de Poder político y clases sociales, de Nicos Poulantzas (primera edición de 1969); 43 mil de El capital monopolista, de Baran y Sweezy, en 16 ediciones hechas a partir de 1968; 20 mil ejemplares del primer tomo de los Grundrisse, 18 mil del segundo y 15 del tercero en diez años.

Lo más sorprendente se presenta con la edición de El capital hecha por Arnoldo Orfila, en ocho volúmenes. Entre los científicos sociales se pensó que esa edición sería de interés sólo para especialistas, debido a su carácter crítico y su aparato erudito. Otro factor que no permitía augurar mucha difusión era la existencia de por lo menos dos ediciones mexicanas y varias más hechas en el extranjero del magnum opus de Marx. Sin embargo, el primer volumen lleva diez ediciones y 43 mil ejemplares; el 2, nueve ediciones y 33 mil ejemplares; el 3, ocho ediciones con un tiraje total de 29 mil; el 4, 21 ejemplares en seis ediciones, etcétera. Vale decir que la primera edición del volumen uno es de 1975 y que los volúmenes subsiguientes han aparecido con diferencia de meses entre uno y otro, hasta llegar al 8, de muy reciente lanzamiento.

Si bien es cierto que la mayor receptividad para toda esa labor teórica se produce en las universidades de masas del país y en otros de sus centros de estudios superiores, el hecho es que esa literatura es consumida también por trabajadores movilizados durante los últimos doce años: electricistas, universitarios, metalúrgicos, telefonistas y muchos otros que empiezan a voltear hacia el socialismo revolucionario. En sus manos y en sus cabezas queda la tarea de convertir esas ideas en fuerza material.