El sol centelleaba en los lagos y Hernán Cortés y Moctezuma se vieron el rostro por primera vez. Era 1519, hace ya 500 años. 

Medio millar de españoles habían partido de Cuba en febrero de ese año, con una bandera de insignia en la que se leía: “Hermanos y compañeros: sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos”.

Fue el año en que Cortés oyó hablar en Cozumel de dos personajes milagrosos: los náufragos Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, cuya embarcación se había hundido ocho años atrás, y quienes vivían desde entonces entre los mayas. Fue el año de la batalla de Centla, la primera que ganaron los españoles en estas tierras, y en la que descubrieron el temor de los nativos a la pólvora y el caballo.

Fue el año en que Cortés recibió a Malintzin, quien fue bautizada como doña Marina, y sirvió desde entonces de “lengua y faraute”. 

El año en que los enviados de Moctezuma remaron hasta los barcos anclados en Veracruz y entregaron piezas de oro y máscaras de turquesa. El año de fundación de la Villa Rica, de la alianza con los totonacas. El año en que los mexicas fueron vencidos por primera vez en Cempoala, y el año del famoso barrenamiento de las naves. El año del avance hacia Tlaxcala, de la matanza de Cholula, del paso entre los volcanes. El año de la entrada a México-Tenochtitlan aquel día en el que Bernal no supo si la ciudad que veía era real, o “una de esas cosas de encantamiento que se cuentan en el libro de Amadís”. El año en que Cortés preguntó a Moctezuma: “¿Acaso eres tú? ¿Es que ya tú eres?”. El año del que venimos, “el año de todo lo que pasó después”. 

Conmemoramos medio milenio de aquel encuentro con un conjunto de reflexiones sobre las primeras formas de contacto entre dos culturas, sobre los objetos que aceleraron o enriquecieron la interacción cultural, sobre la polarización mexica a la llegada de los españoles y la cauda de asesinatos en que culminó, sobre las habilidades políticas y jurídicas de un Cortés sin Maquiavelo, sobre el primer corredor abierto a la economía global —Veracruz— y su función estratégica en el siglo de consolidación de las redes mundiales.

Iniciamos un año de reflexiones sobre el peso, la trascendencia, el significado de lo que empezó en la calzada de Iztapalapa hace ya 500 años.


Vera Cruz, la quimera de una tierra firme

Antonio García de León

Moctezuma era más sabio

Camilla Townsend

Hernán Cortés sin su Maquiavelo

Alejandra Moreno Toscano

El primer contacto

Pablo Escalante Gonzalbo

El maíz y las palabras

Antonio Saborit

Ilustración: Izak Peón

 

Un comentario en “1519

  1. A ver, para que lo mediten por escrito a lo largo del año: el principal rasgo en común de Sócrates y Jesús, el escandinavo de Nazareth, es que son personajes literarios. Ninguno de los dos dejó una obra escrita, por lo que sólo los conocemos por lo que terceros les atribuyen como sus dichos o acciones. En esencia, pues, se trata de un ejercicio de ficción histórica con mayor o menor asidero en la realidad. También se trata de una visión que es primariamente la de otra (u otras) persona(s), no la suya. Esto lo menciono, porque desde hace generaciones, propios y extraños (así va la expresión) utilizan la obra de Bernal Díaz como si fuera uno de esos prismas que en las películas de ciencia ficción ponen sobre una especie de piedra redonda, para que irradie imágenes de colores vivos en movimiento –narrativas, pues—que explican qué pasó y cómo verlo. Por alguna razón, se soslaya un asunto crucial de investigación historiográfica, psicología de la recordación en un arco de tiempo, y sociología de la conversación con propios y extraños, sobre todo si su catalizador es un objetivo político personal: Díaz publicó su libro 47 años después de la caída de Tenochtitlán, y no hay récord (LOL) de que su espada tuviera un artefacto de grabación en la empuñadura, como si fuera el punto de la “i” en su camisa Mariscal, ni de que cargara hatos de papel como si fuera Hemingway en España, o los occidentales en general con sus rollos de papel de baño, cuando incursionan por esos países donde la gente usa la mano y una esterilla para esos menesteres. ¿No debería un escepticismo benévolo ser el exordio analítico de rigor al abordar su obra? ¿Cómo ven desarrollar tal idea en el transcurso de este 1519plus500, con la misma enjundia alegre y propositiva (LOL) con que acometerían la redacción introspectiva y edificante de “Qué hice en mis vacaciones de verano”. Muy bien!

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