¿A quién le habla uno cuando se dirige al público? Fuera de las cofradías herméticas o muy definidas en las que se conoce la intención o propósito de sus integrantes, no es sencillo enfrentarse a la variopinta e intimidante diversidad de un público heterogéneo del cual uno no sabe nada, excepto que está allí, escuchando, juzgando… acosando. Los lectores anónimos de novela pertenecen a otra clase, pues el escritor no sabe quiénes son y sobre todo no les mira el rostro, no los tiene frente a sí respirando y a la espera de un mensaje o de algo que nadie sabe exactamente qué es. Sin embargo, ¿a quién le habla uno cuando se dirige a un público representado por un grupo de personas presentes? Se trata de un verdadero encuentro, de una aventura sicológica y de un malentendido. La experiencia me dice que la idea que nos hacemos acerca de los individuos que forman la totalidad de un auditorio es una mera construcción de quien se dirige a ellos. Es uno mismo quien crea a ese monstruo, dócil a veces, terrible por momentos, sereno o aguerrido según la propia imaginación. Cuando hablo ante un público yo lo invento, lo hago crecer o amainarse. Por razones como las anteriores me ha dado por ya ni siquiera mirarlo, ni imaginarlo, y mucho menos complacerlo. Me dedico a charlar con molinos de viento inmóviles y a contar el paso de los minutos hasta llegado el momento de la liberación. Y si hay algún comentario o pregunta cándida no me molesto en absoluto puesto que no esperaba nada, ni un cuestionamiento sagaz o inteligente, ni tampoco una burrada o tontería que no tenía nada que ver con el asunto que nos convocaba.

Ilustración: Kathia Recio

Hace una década tuvo lugar en Viena una charla respecto a cierta novela que yo había escrito años antes y que recién se había traducido al alemán. En la mesa se encontraba la traductora y unas señoras que se dedicarían a hablar acerca de mi novela. El público estaba formado en su mayoría por austriacos y algunos latinoamericanos melancólicos que deseaban escuchar la voz de un escritor en su propia lengua. Es posible que jamás me haya sentido yo tan fuera de lugar de cara a un público inabarcable en la imaginación; e incluso cuando una de las ponentes me preguntó acerca de un pasaje específico de la novela le respondí que no lo recordaba. Había yo inventado o dado vida en mi mente a un pozo sin fondo en el que caí de bruces y del cual no saldría hasta que al día siguiente y en soledad caminé por las calles más céntricas de la ciudad y retorné a la calma. Me comporté, por decirlo así, de una manera demasiado emocional e incorrecta. Causé suspicacias innecesarias entre mis anfitriones y sufrí conatos de culpa que no me permitieron dormir aquella noche. Hoy, cuando recuerdo aquel suceso, sé que en realidad no le hablaba yo a ningún público, sino a un espejo deformado, réplica de mi ansiedad y tormento.

El escritor checo, Bohumil Hrabal (1914-1997), escribió un libro de cuyo nombre no quiero acordarme y en el que recuerda a su amigo pintor, Vladimír Boudnik, compañero suyo de cien batallas artísticas y políticas. Y en el libro dice, respecto a la relación entre la temperatura del cuerpo de Vladimír y su pintura:

Sus emociones eran su salud. Sólo así podía sentar las bases de la imaginación científica, únicamente sus relaciones subjetivas con la materia amada le permitían penetrar en el espíritu objetivo de su tiempo. Tomando del contrato social solamente la obligación de demostrarse a sí mismo y experimentando que la guerra sólo se puede declarar a uno mismo, que se puede devastar sólo el propio territorio, que está en la cabeza.

He hecho una cita demasiado larga, pero, según yo, adecuada para lo que estoy tratando de expresar aquí. Yo he descansado a partir de la intuición o sospecha de que el público no es más que una extensión de mis propias emociones y de que no existe por sí mismo; que cuando uno tiene la desmesura o impudicia suficiente para enfrentarse ante un grupo de personas y dirigirles un discurso o unas palabras lo que está haciendo en realidad es librando una guerra emocional contra sí mismo y lo más sabio, según yo, es ignorar —de manera simbólica— a las personas físicas que en sus butacas te miran quién sabe con qué ojos y qué resquicios de sensibilidad. ¿Y quien se acerca para que le firmes un libro es también una emoción o un fantasma? No, allí puedo verlo más de cerca e intentar adivinar cuáles son sus verdaderas intenciones. Chocar contra un árbol no es lo mismo que ver su silueta en lontananza. La emoción no se desembaraza del cuerpo, por ello, como aconseja Jaime Jaramillo en uno de sus poemas, hay que hacerse amigo del sepulturero.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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