Escondido entre rasgos de frivolidad o displicencia en el debate político y público mexicano, se encuentra un momento de regocijo perverso para uno que dedica la mayor parte de su tiempo y cabeza a leer, a escribir y a la literatura. Al lenguaje como máximo acuerdo político y, por ende, social. Entre motes aventados con ligereza, su posterior argumentación, defensiva o reiterativa; entre lo efímero de las declaraciones que antes permanecían por mayor tiempo que días, acaso unas semanas, y el enamoramiento con el instante y la prisa que envuelven las redes sociales, resulta que ahora en este país se le dedica una buena dosis de energía a discutir asuntos de lenguaje. A debatir o renegar sobre si una palabra quiere decir una u otra cosa, sobre si un apodo resulta ofensivo desde la interpretación de aquellos suponiendo que el lenguaje sólo se construye con definiciones de diccionario, sobre la pertinencia de escribir medianamente bien como si al hacerlo mal, no se afectaran las posibilidades de transmitir una idea de forma más clara. Como si la ortografía, la sintaxis y la redacción, fueran un accesorio al estilo de un sombrero de felpa; banalidad de quien se da tiempo y derrocha recursos, porque a menudo quienes le restan importancia a esos acuerdos con los que una frase intenta expresar algo, llegan a estar convencidos de que lo que han dicho o escrito era tan sagaz, tan sesudo y profundo, que una tilde o una coma no puede cambiar el sentido de nada y su aplicación exacta sirve tanto como una bufanda en primavera tropical.

Ilustración: Víctor Solís

Si esa misma energía o tiempo se dispusiera para intentar entender la importancia de las excentricidades que son los signos, los puntos, la construcción gramatical, probablemente nos habríamos ahorrado la discusión inicial y yo no hubiera pensado que estas líneas me habrían servido, al menos, para desahogo de algo. Quizá, pero insisto, encuentro cierto placer en lo que puede considerarse una necedad que estoy convencido es necesario sostener. Si no queremos llegar al punto en que se reduzcan las posibilidades de que un otro nos entienda de manera eficiente, puede ser apropiado dejar de considerar superfluo o pretencioso que el lenguaje y todo aquello que lo forma, tiene una utilidad nada desdeñable que se desenvuelve en su condición dual de mutabilidad e inmutabilidad.

Por lo pronto, me atrevo a pensar que se está viviendo un proceso de deterioro del lenguaje que poco a poco va ganando terreno.

No será secreto para nadie que, en un país como México, con sus niveles aterradores de desigualdad y urgencias, que van desde la mera subsistencia a las tragedias noticiosas y nada esporádicas, la industria del libro y los materiales escritos sufren un embate en el que los textos que se entienden profesionales no llegan a los idílicos lectores. Éstos, a fuerza de repetición y hábito, con rigor de ambas partes, quien escribe y quien lee, lograrían tradicionalmente un mejor uso de esa amplitud elástica que es apenas una parte de lo que entendemos como lenguaje.

Cada que escucho este argumento para darle razón al deterioro de la lengua en nuestro país, me veo forzado a recordar que ni en éste ni ningún otro lugar del planeta los alcances de lo publicado han sido masivos. Entonces, el deterioro daría la impresión de ser planetario, basta asomarse a medios impresos y a plataformas digitales para ello. Incluso ante el fenómeno, en Francia, el Ministerio de Educación intenta entender cómo remediarlo y ha llegado a pensar en recuperar la enseñanza del latín y el griego.

Si bien existe un consenso bastante probado acerca de la relación con la que alguien que lee habitualmente, tiende a escribir o hablar con más recursos que quien no lo hace, más que en la cantidad de lo leído me atrevo a depositar la causa del deterioro en la relación que estamos desarrollando con lo leído y con lo hablado.

Es de suponer que los sectores con posibilidad de leer lean más ahora que se tienen redes sociales, diarios digitales, en buena medida gratuitos, así como, aunque seguramente menos, publicaciones desde académicas a literarias que permiten su acceso con relativa facilidad. Con dichas lecturas nuestra relación a través de lo escrito se percibe más frecuente que con lo hablado. La gente se relaciona por medio de conversaciones cortas, escritas, y no tanto a través de la oralidad. El lenguaje escrito, que partía de lo oral y se encumbraba en lo literario, puede estar viviendo un proceso inverso en el que hablamos desde lo que escribimos en lo cotidiano. Ahí la complicación.

Cualquiera con algo de experiencia en materias de lenguaje, tiene claro que éste se construye no sólo en las palabras, sino, entre más elementos, con ellas en su contexto e intencionalidad. El ejemplo que más me gusta para ilustrar esta idea cae en la palabra: ridículo. Sin un contexto específico, hacer el ridículo podría significar convertirse en bolsa de señora para guardar el pañuelo, según su definición que, pese arcaica, se encuentra en el diccionario. Todos sabemos que, en el contexto actual, hacer el ridículo se refiere a una exhibición vergonzosa —de las que abundan sobre todo en declaraciones políticas—, y no a una bolsa de mano.

Al tomar la oralidad como fuente para decantarse en lo escrito, es necesario darle a lo escrito los elementos con los que lo dicho podrá ser interpretado desde la palabra impresa. Me centraré en la lengua española que, en su naturaleza, al ser leída acorde a su escritura, contiene mayor precisión para explicar esto. La entonación de una pregunta, para separarla visualmente de una frase contigua, se ilustra con los signos de interrogación. Para efectos similares, los acentos diacríticos, tan despreciados actualmente a causa de un malentendido del que escribiré líneas abajo, facilitan la claridad de un texto. Con ellos, se evitará confundir la situación de un jefe de Estado que espera solo el inicio de su mandato, y otro que sólo espera el mentado inicio. En lengua española más que en otras lenguas romances, el proceso primero oral y luego escrito obliga a contar con la mayor cantidad de instrumentos con los que la lectura se empate con lo hablado. Al invertir el proceso, daría la impresión de que se propicia un divorcio entre ambas estructuras, privilegiando los modos orales a las grafías, sólo que las grafías y su interpretación son las que permiten establecer el consenso a largo plazo que necesita cualquier lengua para perdurar y, a través de su permanencia, mantener las vías de pensamiento, de imaginación, y de sociedad. De algo sirven las bibliotecas.

Quienes insisten en la futilidad de las tildes, de los signos de apertura al interrogar o notar exclamación, o de algunas otras particularidades como la diferenciación entre sustantivos, conjunciones y demás —por qué, porqué, porque—, quizá sin pensarlo o quererlo terminan por dificultar el acuerdo más antiguo de la civilización: para expresar algo, en un tiempo específico, se necesita hacerlo de una manera más o menos precisa.

En un par de libros he mencionado la condición simultánea de inmutabilidad y mutabilidad del lenguaje. Con la primera se llega a un entendido sobre los significados y las formas. Con la segunda, los significados y las formas se modifican acorde a los tiempos y necesidades. Dichas modificaciones se dan por medio del uso masificado de los instrumentos del lenguaje. Así, lo que en un tiempo posiblemente no significaba nada, gracias a su uso adquiere significancia: cantinflear, apapacho, etcétera.

Las academias de la lengua, que común y erróneamente se cree que establecen la validez de las palabras, sólo dan fe de su empleo y al hacerlo, consignan la mutabilidad del lenguaje. No dictan sentencia, se alimentan de lo hablado que permanece en lo escrito para representar el consenso que otorga inmutabilidad. Tal consenso, fuera de la percepción que se tenga de las academias, partía hasta ahora de los usos de lenguaje en dos niveles de discurso: lo escrito y lo hablado. Entre los dos el acuerdo era tácito, las reglas servían de columnas para que los dos niveles se entrelazaran. La interpretación está limitada por el acuerdo, si una coma divide una frase, el punto la termina. Para quien escribió como para quien leyó. Contemplando esos límites, la libertad es infinita. La verticalidad asumida.

Nunca como ahora los instrumentos del lenguaje están al alcance general, su apertura horizontal abrió un tercer nivel del discurso. Me ha resultado frecuente, sobre todo en México, descubrir más de un texto periodístico para el que es prudente imaginar que tras escribirlo, su autor tomó un puñado de comas y las aventó al aire esperando que cayeran en lo escrito acomodándose como fuera. Ya me había percatado de tal ejercicio en múltiples mensajes que se reciben en teléfonos o en correos. Incluso me han llegado algunos que, al pie, aclaran a manera de petición que se ignoren las posibles erratas que contenga la comunicación. Son simplemente adjudicadas a la prisa que impediría otorgar cuidado suficiente a la redacción de un saludo. Primero, se da por entendido que habrá errores y después, que no hay problema en exigir un nuevo proceso de interpretación que ya no se sustenta en el acuerdo del lenguaje en sí mismo, sino en uno que le obliga al lector, en lo individual, a entender lo que quiso decir un autor, también en lo individual. El consenso ya es una burbuja personal, pervirtiendo la naturaleza social del lenguaje. Lo siento, buscar entenderse entre unos pocos y no entre muchos, es jugar a la efe de los años jóvenes: lo-fo sien-fe to-fo, no-fo se-fe en-fe tien-fe de-fe na-fa da-fa.

Si el rigor que se le exige a lo escrito para ser leído en lo público se parece más a su ausencia en lo privado, en lo pequeño y en lo efímero, estaremos perdiendo la posibilidad de hacer que una idea perdure, que la imaginación se haga realidad, aunque sea en un libro. Estaremos agitando la bandera ilustrada del analfabetismo funcional.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado las novelas Casa Damasco, La carta del verdugo, Clandestino, El jardín del honor y El mal menor, y los ensayos Reserva del vacío, Pensar Medio Oriente, Pensar México y Pensar Occidente.

 

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