Las mujeres mexicoamericanas han sido esenciales en el desarrollo de Estados Unidos. Como grupo social, sus experiencias históricas y contemporáneas se han moldeado por dinámicas de género, etnia/raza, clase, sexualidad e identidad nacional. En general, sus características históricas, económicas y sociales las definen como una población subordinada, pero también como un grupo que consistentemente ha aspirado a la dignidad, la justicia y la igualdad en este país.

Las mujeres de descendencia mexicana tienen raíces complejas que involucran a diversas sociedades y en particular a pueblos de ascendencia indígena, europea y africana de América del Norte. Explorar el cambiante estatus de las mujeres mexicanas y chicanas en Norteamérica de la Colonia al periodo contemporáneo nos ofrece nuevas perspectivas acerca de la historia de Estados Unidos y de la historia mexicoamericana. A pesar de que sus experiencias han sido en gran medida ignoradas, marginadas o banalizadas en la historia estadunidense o en los textos populares, este ensayo las presenta como sujetos diversos y cambiantes, que luchan por obtener de lleno libertad, equidad y dignidad.

A lo largo de diferentes épocas la mano de obra de las mujeres de descendencia mexicana ha sido la base para la acumulación de la riqueza y del desarrollo político de las sociedades de las eras premoderna y moderna de México y Estados Unidos. Algunas evidencias demuestran que los ancestros de las mujeres mexicanas de la actualidad vivían en comunidades que no estaban rígidamente definidas por el género y, por lo tanto, las mujeres tenían representación en diversas posiciones económicas y sociales, y como propietarias de tierras. Sin embargo, las estructuras ideológicas y materiales dominantes en tiempos coloniales las han posicionado de manera secundaria a los hombres. Su lucha por la igualdad y el empoderamiento tienen una arraigada y larga historia en México y Estados Unidos.

Ilustraciones: Patricio Betteo

Sin duda, después de la anexión de 1848 la comunidad mexicana en lo que era la frontera norte, y que ahora es el suroeste de Estados Unidos, gradualmente se convirtió en una mayoría sin tierra, empobrecida, explotada y privada de sus derechos económicos y políticos. Esta transformación impactó la vida de las mujeres mexicanas de múltiples maneras. La extensión de la “frontera” estadunidense a áreas del extremo norte de México no se tradujo en una mejor democracia electoral o en mayor igualdad social a nivel de las comunidades mexicanas. La afluencia de anglosajones, las prácticas del nuevo gobierno y de las nuevas instituciones debilitaron la participación política y la posición económica de la comunidad mexicana, y afectaron negativamente la vida de las mujeres.

El desarrollo de los sistemas económicos previos hacia el capitalismo industrial tuvo efectos en la población femenina. Un número creciente de mujeres buscó empleo fuera del hogar, por ejemplo en fábricas de enlatados o de textiles, en lavanderías, en restaurantes y en algunos establecimientos minoristas y de manufactura ligera, así como de costureras tanto en el suroeste de Estados Unidos como en México. El trabajo asalariado abrió nuevas posibilidades a la fuerza de trabajo femenina pero no siempre se crearon las condiciones óptimas para su empoderamiento social y cívico. El acceso a la educación ofreció a algunas mujeres el ingreso a ocupaciones profesionales, pero sólo una escasa minoría ejerció profesiones como medicina, leyes o educación.

Los esfuerzos prodemocratización continuaron antes y después de los años veinte. Las mujeres mexicoamericanas iniciaron y se involucraron en actividades en torno a la defensa de los derechos civiles en un intento por reformar sus comunidades y pugnaron por su derecho al voto, el apoyo para sus gastos médicos y de salud, y el desarrollo de su comunidad. Las mujeres activistas en el suroeste, particularmente en Nuevo México, ejercieron (a partir de 1920) el derecho al sufragio en Estados Unidos, y participaron en iniciativas electorales y organizacionales. Las mujeres mexicoamericanas fueron algunas de las primeras en Estados Unidos en formar parte de la legislatura y ocupar puestos en las oficinas ejecutivas estatales a finales de los años veinte y principios de los treinta. Muchas de estas mujeres provenían de las elites. Sin embargo, estas mujeres eran también promotoras de legislaciones para lograr reformas sociales que beneficiaron a las personas de menores ingresos.

Muchas mujeres mexicanas se involucraron activamente en la organización de la fuerza laboral dentro de la comunidad mexicoamericana y más allá. Existen muchos ejemplos antes de la década de los veinte. Dramáticamente, los años treinta fueron testigos de la gran escalada de repatriaciones de los trabajadores mexicanos y de sus familias, incluyendo a mujeres y niñas.

Las necesidades derivadas de la Segunda Guerra Mundial impulsaron la participación femenina en la fuerza laboral y con ello se mejoraron los sueldos y las condiciones de trabajo. Las mujeres chicanas entraron a nuevos espacios en el sector laboral porque los hombres, incluyendo a los chicanos y los latinos, habían sido enviados a la guerra. Las mujeres participaron en labores industriales para producir bienes y materiales para la guerra. También ocuparon algunos trabajos de alta especialización en la industria aérea, en los ferrocarriles y en los sectores agrícolas. Las mujeres chicanas también apoyaron a los veteranos y a otros grupos en su lucha por los derechos civiles a través de las organizaciones mexicoamericanas. También se crearon organizaciones de mujeres donde desarrollaron sus propias agendas. En fin, las mujeres mexicanas lograron algunos progresos y participaron en sindicatos durante la Segunda Guerra Mundial, y en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, aunque continuaron experimentando discriminación en la fuerza de trabajo en todo el país en función de su género, raza y clase.

El liderazgo de las mujeres mexicanas estuvo asociado a la lucha en las huelgas en la industria minera, las cuales sobresalieron en el contexto de la historia heroica de las organizaciones sindicales. Casi desde el inicio de la huelga en la Compañía Empire de Zinc en Nuevo México, y a lo largo de la misma, las mujeres fueron indispensables. Sus esfuerzos para luchar en favor de la equidad y la dignidad las llevaron a participar en otras huelgas importantes en favor de los trabajadores de la industria de la confección de ropa durante los años sesenta y setenta, que demostraron las tensiones derivadas de la explotación de los trabajadores mexicanos en la fuerza de trabajo. Por cierto que algunas mujeres anglosajonas se unieron a las mexicanas en las actividades de la huelga.

Durante la década de los sesenta y los setenta las mujeres chicanas encabezaron, colideraron y participaron en diferentes facetas del Movimiento de los Chicanos y las Chicanas por los derechos civiles, que estuvo constituido por una serie de luchas en favor de la igualdad, la equidad y la dignidad para los mexicoamericanos en Estados Unidos. Estas luchas abarcaron los derechos civiles, la representación política, la integridad económica, la educación, el feminismo, los derechos de los trabajadores, los derechos a la tierra, la justicia ambiental y el activismo artístico. Aunque no se le prestó total atención o reconocimiento en sus roles de liderazgo, las mujeres chicanas del Movimiento Chicano por los Derechos Civiles (en las décadas de los sesenta y los setenta) hicieron posible mucho de lo ganado, y también sufrieron muchas de las pérdidas.

La economía global evolucionó y afectó las complejas relaciones e instituciones sociales de Estados Unidos durante los años ochenta. Los latinos, como grupo social, constituyeron el sector laboral de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Los trabajadores mexicanos aumentaron en un 28% —gran parte de este crecimiento fue resultante de la creciente población de inmigrantes. Las mujeres chicanas continuaron organizándose alrededor de su agenda específica, muchas de ellas insistieron en que su empoderamiento conduce a comunidades más justas. Además, muchas chicanas vivían y trabajaban junto a latinas (y la información estadística empezó a agrupar a todas ellas como latinas).

El avance de las mujeres mexicanas se produjo en medio de una creciente feminización de la pobreza. Después de las décadas de los 1960 y 1970, como resultado de sus esfuerzos de defensa de las mujeres, las chicanas hicieron importantes avances en la obtención de educación media y universitaria, en la apertura de empresas y en la obtención de empleos profesionales. Por ejemplo, las latinas obtuvieron el 60% de los títulos de licenciatura otorgados a latinos. Es importante destacar que las mujeres chicanas junto con las latinas ganaron y también se convirtieron en líderes en varios campos. Las latinas en puestos gerenciales pasaron de 110 mil en 1980 a 291 mil en 1990, y a 300 mil en el 2000, una tasa de crecimiento dos veces mayor que la de los hombres latinos. Las latinas tenían un porcentaje más alto de puestos directivos que sus contrapartes masculinos 7%, en comparación con el 6% de sus respectivas fuerzas de trabajo. El número de profesionistas latinas con títulos o certificados en educación, consejería, salud, planificación urbana y biblioteconomía superó al de sus contrapartes masculinos.

En 10 años, de 1986 a 1996, las empresas propiedad de latinas se triplicaron a 382 mil 400 y emplearon en conjunto a 671 mil personas, y generaron 68 mil millones en ventas. En 1996 las empresas latinas crecieron cuatro veces más rápido que todas las empresas de Estados Unidos. Se estima que las empresas propiedad de latinas eran más de 470 mil para el año 2000; emplearon a 200 mil personas y generaron 25 mil millones en ventas. En 2000, 10% de todas las mujeres latinas de 25 años o más eran graduadas universitarias, su participación en la universidad aumentó a una tasa más alta que la de los hombres. Los cambios de estatus en la década de 1990 entre las mujeres latinas fueron históricos. Varias organizaciones de mujeres hicieron hincapié en las necesidades, actividades y objetivos comunes entre los latinos. Estos grupos generalmente destacaron, en su discurso, el reconocimiento profesional de las mujeres y sus contribuciones económicas en relación con el desarrollo de la comunidad. Si bien las mujeres profesionistas eran financiera y socialmente más privilegiadas que la mayoría de las latinas, no tenían los mismos privilegios que sus contrapartes anglosajonas. Las mujeres latinas ganan 549 dólares por semana, mientras que las mujeres estadunidenses ganan 718 dólares por semana, en promedio, por el mismo tiempo de trabajo.

Las mujeres mexicanas en Estados Unidos han contribuido constantemente a la producción material y la riqueza económica del país. Su trabajo asalariado y su trabajo no remunerado sostiene a las familias y a las comunidades. Como parte de la fuerza de trabajo latina más grande, las mujeres mexicanas trabajan tiempo completo durante todo el año en varios sectores. Las disparidades económicas y sociales marcan su vida laboral. En 1996 la participación de la fuerza laboral asalariada latina fue de 54% y su ingreso medio fue de 17 mil 200 dólares.

Las tasas de participación de la fuerza de trabajo latina en varios sectores ha crecido consistentemente en las últimas cuatro décadas. De 1970 a 2007 las latinas experimentaron un aumento de 14% en la participación de la fuerza de trabajo. En algunos sectores, como el de servicios, están sobrerrepresentadas, constituyen 32.2% de la población trabajadora en comparación con el 20% de las mujeres blancas. El problema es que, frecuentemente, los trabajadores del sector servicios carecen de prestaciones como licencia por enfermedad o jubilación.

Dado que se espera que la proporción de latinas de las poblaciones femeninas aumente en 57% para el año 2050, de 16.4% a 25.7%, existe una necesidad creciente de responder a la participación laboral de esta población.

Las latinas han avanzado en el área educativa. A partir de la década de 1960 las tasas de educación universitaria han crecido más rápido para las latinas que para otros grupos de mujeres. Sin embargo, todavía se quedan atrás proporcionalmente al tamaño de su población. En 2012 las latinas recibieron 7.4% de los títulos obtenidos por las mujeres, que constituyen 16% de la población femenina. Además, en 2008, la tasa de graduación universitaria para las latinas fue de 31.3% en comparación con las tasas de graduación de las mujeres estadunidenses en 45.8%, una diferencia de 15 puntos. Las mujeres latinas han ganado una mayor parte de los títulos de licenciatura otorgados a los latinos —un 60%. En 2000 el 10% de todas las mujeres latinas mayores de 25 años eran graduadas universitarias, y su participación aumentó a una tasa mayor que la de los hombres (6-7).

Las empresas propiedad de latinas se concentran en varios sectores que incluyen servicios de salud (20%), servicios administrativos (18%), venta-minorista (10%) servicios profesionales (9%) y sector inmobiliario (6%). En comparación con las mujeres empresarias, que no pertenecen a minorías, las mujeres latinas enfrentan desafíos adicionales, como el hecho de ser jefas de familia, carecer de mentores y de redes formales, y experimentar niveles más bajos de  educación formal.

Los datos desde 2007 muestran que a pesar de tener limitaciones el número de latinas dueñas de sus propios negocios aumentó en casi 50%, mientras que las empresas propiedad de mujeres crecieron en 20% en el mismo período.

A pesar de su productividad en aumento, las mujeres latinas en su conjunto no han logrado ganancias sustanciales en la obtención de salarios dignos para ellas y sus familias. A medida que aumentan su porcentaje de jefas de familia es cada vez más importante que aseguren empleos estables que les permitan comprar una casa, enviar a sus hijos a la universidad, responder a tiempos económicos difíciles o enfrentar crisis de vida.

Trabajar y ganar dinero no necesariamente mantiene a las mujeres latinas viviendo en la línea de pobreza o por debajo de ella. De hecho, la tasa de pobreza de las mujeres latinas es casi el triple que la de las mujeres no hispanas. En 2012 la tasa de pobreza para las mujeres latinas en general fue de 27.9%, en comparación con la tasa para las mujeres no hispanas del 10.8%. Según un censo de 2007, las mujeres latinas tienen 69% más probabilidades de ser encarceladas que las mujeres blancas. En 2011 la Unión Estadunidense de Libertades Civiles (ACLU) afirmó que el encarcelamiento afecta particularmente a las mujeres latinas y negras, y por ende a sus familias de manera desproporcionada

Las tasas de liderazgo entre latinas revelan patrones mixtos de empoderamiento. En general, la cantidad de funcionarias latinas desde 1996 hasta 2010 creció en 105%. Si bien la tasa de participación en la política electoral para las mujeres latinas está creciendo, se quedan atrás de sus contrapartes latinos y de las mujeres blancas no pertenecientes a una minoría. Nueve mujeres latinas son miembros de la Cámara de Representantes, cinco de ellas fueron elegidas para el cargo en California. Las latinas ocupan 62 de los mil 789 cargos legislativos estatales en 22 estados. De un total de 73 mujeres que son electas a nivel del Poder Ejecutivo estatal, sólo seis son latinas, y cinco de ellas representan al estado de Nuevo México. A nivel local, sólo una latina ha sido elegida alcaldesa en las 100 ciudades más grandes de Estados Unidos. Así es que en las siguientes décadas las latinas (alrededor de 60% mexicanas) seguirán conquistando espacios, aunque aún les quedan muchos retos por vencer.

 

Irene Vásquez
Historiadora. Profesora asociada de American Studies y Chicana/Chicano Studies. Directora de la Chicana and Chicano Studies Department en la Universidad de Nuevo Mexico.

 

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